Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 27 #3
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Capítulo 27 #3

Cuando ella, por iniciativa propia, les pidió a sus escoltas que esperaran en la planta de abajo de la mansión en vez de junto a su puerta, me sentí muy satisfecho.

Aquello demostraba que confiaba cada vez más en mí y que había comprendido que jamás sería capaz de hacerle daño.

Regalarle una daga nueva había sido lo que faltaba para que entendiera que alguien que le había proporcionado un arma más potente jamás la lastimaría.

Al fin y al cabo, ¿por qué iba a darle yo mismo un arma con la que pudiera matarme?

Aquello pareció cambiar algo dentro de ella y, por fin, sentí que había derribado el muro que levantaba a su alrededor cada vez que me acercaba.

Tenía algunos asuntos que tratar con mi pequeña fiera, pero no quería asustarla. Como no usábamos preservativo cuando nos acostábamos, necesitaba aclararlo antes de que Chiara se quedara embarazada. Llevábamos poco tiempo juntos y no quería que un embarazo no deseado la alejara de mí.

—¿En qué piensas tanto? —preguntó, acariciando los dibujos que me cubrían el pecho.

Me había perdido tanto en mis pensamientos que ni siquiera me había dado cuenta de que estaba despierta.

Esbocé una pequeña sonrisa, acerqué su rostro al mío y le di un beso casto en los labios.

—¡Buenos días, bella durmiente!

Puso los ojos verdes en blanco, pero sabía que le divertía el cariño con el que la trataba.

—Apenas hemos dormido esta noche. Me impresiona que puedas dormir tan poco.

Me encogí de hombros, fingiendo que no tenía importancia. Pero lo cierto era que siempre estaba alerta y no podía permitirme dormir demasiado; por eso tampoco tenía nunca el sueño profundo.

—Ya me he acostumbrado.

—Sé muy bien lo que es eso… —dijo, más para sí misma que para mí, y algo me decía que tenía que ver con las palizas que recibía.

—¿Tú tampoco dormías bien? —pregunté, intentando averiguar algo más sobre su pasado, pero Chiara tragó en seco y decidió cambiar de tema. Entendí el mensaje.

—¿En qué estabas pensando? Parecías muy distraído.

Ya que ella no había querido sincerarse conmigo, no iba a inventarme un tema para que se sintiera más tranquila, así que opté por la verdad.

—Me preguntaba si quieres tener hijos pronto. —El cuerpo de Chiara se tensó al instante—. Todavía no hemos hablado de eso y no estamos tomando precauciones.

Asintió, pensativa, y se quedó en silencio un rato. Su falta de respuesta ya empezaba a inquietarme.

—Estoy tomando la píldora. —Su respuesta me sorprendió, porque no era una decisión que debiera haber tomado sola.

La mirada que le dirigí debió de dejar claro que no aprobaba que lo hubiera decidido por su cuenta, porque siguió explicándose—.

Sé que debería habértelo dicho en cuanto lo decidí, pero tenía miedo de que me obligaras a quedarme embarazada desde el principio y todavía no me siento preparada para tener un hijo.

Su sinceridad me desarmó por un momento, así que decidí ser menos duro.

—¡No me gusta que me oculten cosas, Chiara! —Sentí que se estremecía al oír su nombre en mis labios, porque no solía llamarla así—. Si no estás preparada para darme un heredero, está bien, pero no quiero que vuelvas a ocultarme nada.

Asintió sin mirarme a los ojos, y aquello me incomodó mucho, como si algo en el fondo de mi subconsciente me advirtiera de que eso era precisamente lo que hacía: ocultarme muchas cosas.

Le levanté la barbilla para que me mirara a los ojos y, cuando su mirada verde se encontró con la mía, pregunté despacio:

—¿Me has entendido?

—Sí —respondió en voz baja, y la rapidez con la que apartó la mirada me intrigó aún más.

Siguió en silencio unos minutos, mientras yo también pensaba en cómo Chiara siempre parecía escapárseme entre los dedos.

—Sabes que en algún momento tendrás que darme un heredero, ¿verdad? —Asintió y, después de respirar hondo, me hizo una pregunta.

—Pero ¿es algo que quieres pronto? —La aprensión en su voz no me pasó inadvertida, y me pregunté por qué parecía tener tanto miedo de tener un hijo. ¿Le asustaba el parto? ¿O simplemente no le gustaban los niños?

Por el momento, decidí tranquilizarla y dejar aquella conversación para otro día.

—No. Solo quiero disfrutar de mi mujer, que está buenísima. No tengo prisa. Quizá dentro de unos años.

Sus hombros se relajaron al instante y respiró aliviada.

—No soy un monstruo, amore mio. No tienes por qué tener miedo de hablar conmigo. Intentaré comprender tus temores y hacer lo que sea mejor para los dos.

Sus ojos brillaron y tuve la impresión de que se le humedecían.

—Lo sé. No eres el monstruo que creía —admitió, poniéndose encima de mí y apoderándose de mis labios con un beso lleno de cariño.

De momento me conformaría con aquello. Sabía que ya era un gran paso para alguien que llevaba más de dos meses odiándome.

—Aunque, en realidad, aquí hay un monstruo que está deseando devorarte.

Su carcajada llenó el dormitorio cuando cambié de posición y la dejé boca arriba en la cama king size en la que estábamos.

—A ese monstruo soy adicta.

—Menos mal, porque está loco por comerte.

Después de eso no tuvimos tiempo de decir nada más, porque la necesidad de fundirnos el uno con el otro era más fuerte que cualquier otra cosa.