Capítulo 27 #2
Todos salieron del despacho conmigo, algo más confiados en que nuestro plan funcionaría, y en ese momento apareció mi madre junto a Francesca.
—Ah, menos mal que habéis terminado justo a tiempo.
La comida ya está lista, vamos a comer. —Miró a Francesca—.
¿Puedes decirle a la bambina que deje de trabajar un rato y venga a comer?
—le pidió con su habitual tono tranquilo.
Cuando Francesca asintió y se dispuso a darse la vuelta, mi mirada se cruzó con la de la mujer que ocupaba mis pensamientos a todas horas.
El corazón me dio un vuelco al verla sonreír de oreja a oreja, y me resultó imposible contener mi propia sonrisa.
Para mi sorpresa, echó a correr hacia mí, impaciente, sin importarle el público que nos observaba en silencio, pendiente de cómo avanzaba lo nuestro. A mí tampoco me importaba; solo quería saber qué deseaba tanto mi principessa.
Llevaba un vestido formal y recatado, además de tacones, pero eso no le impidió seguir corriendo hacia mí. En cuanto llegó, saltó a mis brazos, me rodeó la cintura con las piernas y se apoderó de mis labios con un beso cargado de deseo que hizo que se me pusiera dura al instante.
Oí el suspiro enternecido de mi madre y la risita maliciosa de mi hermano a mi lado, y le enseñé el dedo corazón sin separar los labios de los de mi pequeña fiera. Empecé a caminar de vuelta al despacho, sin importarme lo que pensaran de nosotros, y solo alcancé a oír a Pietro:
—¡No vuelvo a sentarme en esos sillones ni aunque me paguen!
Cerré la puerta a mi espalda, mientras mi esposa ninfómana seguía devorándome, y la tumbé en el sillón que antes había ocupado mi padre.
Empecé a besarle el cuello, impaciente por lo que vendría después, y un gemido escapó de sus labios.
—¿Se puede saber a qué viene tanto entusiasmo? —pregunté, bajando hasta sus pechos y mordisqueándolos todavía por encima de la ropa.
Sus dedos me revolvieron el pelo, algo que ya había descubierto que le encantaba hacer, y empezó a mover las caderas contra mi erección, que clamaba por escapar de los calzoncillos que la aprisionaban.
—A la sorpresa que me has dado esta mañana —respondió, sin aliento, mientras me sacaba la camisa de los pantalones y desabrochaba los botones a toda prisa.
Ya me imaginaba a qué se refería, pero quería estar seguro.
—¿Qué sorpresa, principessa?
Me atrajo el rostro hacia el suyo con avidez y me empujó hasta hacerme caer al suelo, arrancándome una carcajada por la urgencia con la que deseaba tenerme.
Se puso encima de mí y empezó a lamerme el pecho y el abdomen, mientras sus dedos me bajaban la cremallera de los pantalones y liberaban mi polla.
Chiara parecía una auténtica viciosa, y aquello era un sueño para mí. Me dolían las mejillas de tanto sonreír al verla así. Se subió el vestido hasta la cintura y, al descubrir que nada cubría su coño empapado, abrí los ojos de par en par, invadido por los celos.
—¿Has saltado a mis brazos con ese vestido, rodeada de hombres y sin bragas?
Una sonrisa traviesa apareció en su rostro, pero no respondió. En cambio, se colocó mi polla en la entrada empapada y se dejó caer despacio sobre ella. El placer me invadió de tal manera que, por un momento, hasta olvidé lo que estaba diciendo.
Arqueó la espalda y le subí el vestido para tenerla completamente desnuda para mí. Ella se lo quitó por la cabeza y se quedó solo con el sujetador de encaje negro.
—¡Joder! ¡Qué buena estás, pequeña viciosa! —gruñí, apretándole los pechos entre las manos mientras me cabalgaba todavía más deprisa.
—¡Eres tan guapo! —dijo, deslizándome sus pequeñas manos por el pecho mientras subía y bajaba—.
Te deseo tanto… ¿Lo sabías? —confesó, aún embriagada de deseo.
Sus palabras solo aumentaron mi excitación; la sujeté por la cintura estrecha y empecé a moverla más deprisa, avivando el deseo que nos consumía.
Siempre que estábamos juntos, Chiara parecía dejarse llevar por nuestros momentos de intimidad y, a veces, confesaba cosas que, en otras circunstancias, se guardaba para sí.
Poco a poco me demostraba más cariño, tanto con sus palabras como con sus gestos, y eso bastaba para volverme loco.
El roce de nuestra piel me enloquecía cada vez más y sus gemidos subían de intensidad, pero no me molesté en taparle la boca para que no nos oyeran. Si no me equivocaba, los demás ya estarían comiendo y no podrían escucharnos.
—¡Qué bueno estás! ¡Dio! —gritó, fuera de sí.
—Dime que eres mía, dilo…
Soltó una risita por la nariz, con la piel enrojecida por el calor que nos envolvía, y negó con la cabeza.
—¡Ya lo dirás, ya, descarada!
Se rio todavía más y yo intensifiqué las embestidas, consciente de que estaba a punto de correrse. Como si me hubiera leído el pensamiento, sentí cómo se contraía alrededor de mi polla y se derramaba sobre mí, corriéndose con fuerza.
La embestí unas cuantas veces más y me corrí dentro de ella, descargando todo mi placer.
Nos quedamos abrazados y jadeantes, todavía unidos durante unos segundos, hasta que apoyó el antebrazo en mi pecho, esbozó una sonrisa de mujer bien follada y habló con los ojos brillantes:
—¡Gracias!
—¿Por haberte follado tan bien? No hay de qué. Podemos pasarnos así toda la tarde, si quieres —propuse, guiñándole un ojo.
Se rio, pero negó con la cabeza.
—No por eso, sino por haber puesto a Leo como mi escolta.
Sabía que era por eso, pero me encantaba provocarla.
Le acaricié el rostro y recorrí con un dedo el contorno de sus labios.
—Haría cualquier cosa por tu bienestar, amore mio.
—No tienes ni idea de cuánto te… —el corazón me dio un vuelco ante lo que estaba a punto de decir. Tragó en seco, como si acabara de darse cuenta de que iba a decir algo que no debía, y esperé sus palabras con ansia— adoro por haber hecho esto por mí.
Suspiré, frustrado, contando los minutos que faltaban para que por fin admitiera lo que sentía por mí.
Quizá pecaba de confianza, pero el brillo de sus ojos y la manera en que me recibía, siempre llena de deseo, ya me demostraban que Chiara también se había enamorado de mí.
Sin embargo, algo le impedía decirlo. Por mi parte, intentaba contenerme para no parecer un hombre pegajoso que se pasaba el día declarándose; no quería que se alejara después de todo lo que habíamos avanzado, y mi actitud podía provocar precisamente eso.
Hacía un mes que Chiara y yo habíamos empezado a entendernos, y nuestra relación parecía haber dado un enorme salto.
Por fin parecía haber dejado atrás el rencor que me guardaba, o al menos esa era la impresión que me daba, teniendo en cuenta que ya no se hacía la difícil e incluso había empezado a buscarme, ya fuera para recibir una caricia, un beso o para que me la follara bien.
Desde que nos habíamos casado, no había encontrado un hueco para pasar unos días a solas con ella.
Como a mi preciosa pequeña fiera tampoco le interesaba lo más mínimo, no la había obligado y me había escudado en el ajetreo de mi día a día para no concedernos ese tiempo.
Al fin y al cabo, tenerla entre cuatro paredes durante días sin poder hacer nada con ella habría sido demasiada tentación.
Ahora que la situación por fin había cambiado, la llevaría a mi mansión de Palermo para que tuviéramos un poco más de intimidad.
—Vamos a comer, que quiero que prepares una maleta para ir a la mansión más tarde.
Abrió mucho los ojos, como si le gustara la idea.
—¿Vamos a conocer tu casa?
—Nuestra casa, amore mio. —Chiara se mordió la comisura del labio, intentando ocultar la sonrisa que le había arrancado mi corrección—. Quizá te apetezca mudarte allí. Creo que necesitamos un poco más de intimidad.
Soltó una risita y hundió el rostro en mi cuello mientras yo le acariciaba el pelo suave.
En cuanto se incorporó, me besó con delicadeza y me mordisqueó el labio inferior.
—Creo que no sería mala idea.
—Estupendo. Tengo una reunión esta tarde y, cuando termine, nos iremos para allá. ¡Pasaremos todo el fin de semana juntos!
Abrió los ojos, sorprendida por lo que acababa de decirle, y no pudo contener la sonrisa.
—¿En serio? ¿No tendrás que trabajar?
—Solo si ocurre algo grave, pero quiero pasar un poco de tiempo contigo, a solas.
Para mi sorpresa, Chiara se apoderó de mis labios con un beso fervoroso y, en lugar de ir a comer, nos quedamos allí otra hora dándonos placer.
***
Habíamos llegado el día anterior a nuestra mansión de Palermo.
Ya había amanecido y ella seguía dormida a mi lado, completamente desnuda, mientras yo, como el tonto en el que me había convertido desde que la había conocido, me dedicaba a admirar a mi principessa dormida.
En eso me había convertido: en el tipo de hombre que se quedaba mirando cómo dormía su esposa, tan guapa y tan buena.
Era tan de manual que, si Pietro se enteraba, se burlaría de mí el resto de mis días.
Chiara parecía tan serena mientras dormía que ya ni siquiera dejaba la daga debajo de la almohada.
¿Y cómo lo sabía? Porque, cuando la empleada había ido a arreglar nuestro dormitorio y había descubierto lo que escondía debajo, había insistido en contármelo, convencida de que era importante.
Por supuesto, a cualquiera le habría parecido extraño.
A mí no, teniendo en cuenta que sabía algo de lo que había vivido Chiara, aunque eso no había impedido que me preguntara si sería capaz de usarla contra mí, considerando que al principio me veía como al mismísimo diablo.
A medida que nuestra relación había pasado de enemigos a «amigos», si es que podía llamarlo así, había seguido comprobando si aún la guardaba allí y siempre había encontrado el metal frío escondido.