Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

MATTEO LUCCHESE

Me puse un guante con varios clavos en el dorso de la mano y esbocé esa sonrisa maquiavélica que siempre reservaba para momentos como aquel.

Habíamos capturado a otro maledetto en una de las emboscadas que habían intentado tendernos esa semana. Parecía algo mayor que yo y estaba irreconocible después de las diversiones a las que mi hermano y yo lo habíamos sometido durante dos largos días.

El otro al que habíamos traído, el de la noche de la discoteca, no era más que un niñato al que habían pagado para ofrecerles las bebidas a mi ragazza y a su amiga. Según nos había dicho, una vez que se las bebieran, el hombre que lo había contratado se las llevaría.

Por supuesto, después de sacarle toda la información que necesitábamos, lo habíamos matado.

Alguien así solo demostraba la clase de persona que era: no se lo había pensado dos veces antes de ganarse un poco de dinero, aun sabiendo lo que podía pasarles a dos mujeres que quedarían completamente indefensas.

No sé cómo cojones se le había ocurrido al desgraciado que había organizado aquello que podría sacar a mi mujer de mi propia discoteca, con el local lleno de hombres de seguridad que trabajaban para mí. Eso solo confirmaba mis sospechas: habían querido darnos un aviso. Pero ¿cuál?

¿Que me vigilaban y que irían a por mi mujer? Era posible, y habían atacado a su mejor amiga porque sabían que, de rebote, aquello también me afectaría. Ver a Chiara en aquel estado me había dejado destrozado; solo quería cuidar de ella y demostrarle que jamás le pasaría nada.

Por eso había movido algunos hilos para reforzar su seguridad y le había permitido visitar a su amiga en casa algunas veces durante los quince días transcurridos desde lo de la discoteca, acompañada de sus escoltas, por supuesto, para que estuviera más tranquila.

De todos modos, estábamos todos pendientes y sabía que Giana, aunque asustada, se encontraba bien.

Volví a centrarme en mi hermano, que le mostraba una botella de agua a nuestra víctima de turno. Los ojos del hombre parecían suplicar por un solo sorbo.

—¿Quieres? Debes de estar muerto de sed, ¿verdad? —Mi hermano desenroscó el tapón y se llevó la botella a la boca para dar un largo trago, sin apartar sus ojos claros del hombre, que tragaba en seco, consumido por la sed.

Mi hermano le había hecho varios cortes para que fuera perdiendo líquidos y empezara a deshidratarse. El hecho de que el calabozo no tuviera ventanas y fuera muy caluroso solo empeoraba su situación, porque no dejaba de sudar. Por eso, al cabo de aquellos dos días, el tipo apenas se tenía en pie.

Además, le habíamos hecho bastante daño, pero aun así parecía decidido a no abrir la boca.

Tenía que reconocer que los hombres a los que capturábamos para sacarles información aguantaban bastante y apenas soltaban algún dato aislado.

Nada que nos sirviera para encajar las piezas del rompecabezas que nos atormentaba desde hacía meses.

Necesitaba descubrir por qué estaban arruinando mis cargamentos y quién estaba realmente detrás.

Sospechaba de la Camorra, la organización rival que intentaba ganar territorio, pero, al mismo tiempo, aquello no encajaba con su forma de actuar.

Si decidieran entrar en guerra conmigo, no se dedicarían a provocarme con pequeños ataques, como destruir algún cargamento de vez en cuando.

Mi hermano acercó la botella a la boca del pobre diablo, que ya abría los labios para recibir un pequeño sorbo, con la esperanza reflejada en los ojos.

Pero entonces vertió el agua despacio en el suelo, delante de él.

Al hombre poco le faltó para echarse a llorar, aunque creo que ni siquiera le quedaban lágrimas.

—Ups… Se me ha caído… —Se encogió de hombros con aquella sonrisa ladeada que no tenía nada que ver con el hombre carismático que solía ser con los demás.

Tuve que contener la risa y vi que Marco y Carlo hacían lo mismo. No éramos tan malos: si colaboraba, le concedería una muerte rápida y digna para que dejara de sufrir así, pero parecía que les gustaba que los torturaran.

—¿Tienes algo que contarnos? Tengo mucha agua para ti. Solo tienes que colaborar y yo también te ayudaré —le propuso Pietro con tono irónico, mientras yo movía la mano, impaciente por usar el guante que ya llevaba puesto.

El maledetto siguió en silencio y oí a Pietro soltar un suspiro de frustración.

—¡Mira que eres idiota, cazzo! —Mi hermano me miró y se encogió de hombros—. Es todo tuyo, brother.

Como mi hermano pasaba tanto tiempo en Estados Unidos, siempre volvía con alguna expresión americana, y esa era la que solía usar conmigo.

—¡Por fin! —gruñí, haciéndome crujir los dedos delante del esbirro. Se le abrieron los ojos de par en par al comprender lo que venía a continuación—. Sería mucho más fácil si colaboraras con nosotros… Pero, como no quieres ayudar…

Cerré el puño, eché el brazo hacia atrás y le asesté un fuerte golpe en la cara, abriéndole varios cortes.

Su grito retumbó en el calabozo, pero no dijo nada. Así que le propiné otro puñetazo en el estómago y un nuevo alarido me taladró los oídos. Levanté el brazo para golpearlo en el otro lado de la cara, pero por fin reaccionó.

—¡Os diré lo que sé, os lo diré…! —exclamó, desesperado.

—Por fin te decides a colaborar. Entonces, dime: ¿quién está detrás de todo esto? —pregunté, sin paciencia ya, deseando resolver aquel asunto de una vez.

—No sé cómo se llama el que da las órdenes…

—Resoplé con resignación, harto de oír las mismas respuestas de todos los que capturábamos—.

Hay un grupo de rebeldes que no están contentos con que la familia Lucchese esté en el poder y quieren derrocarte.

Son gente de dentro de la famiglia, por lo poco que he podido averiguar —añadió entre jadeos.

—¿Y tú eres uno de esos rebeldes?

Se encogió de hombros, sin molestarse siquiera en mentir.

—Me pagaron bien por hacerlo y juraron proteger a mi familia.

Esta vez me reí a carcajadas, porque esa era una de las cosas que siempre prometían y nunca cumplían.

—Qué ingenuo eres. Yo suelo cumplir ese tipo de promesas porque tengo palabra, pero, cada vez que hemos ido a casa de alguno de los hombres que he capturado, nos hemos encontrado a toda su familia muerta, incluidos niños y ancianos, a los que yo no suelo matar.

Sus ojos se abrieron de par en par al oírme y, pese a ser mi enemigo, pareció creer lo que le decía.

—Dime quién está detrás de esto y le perdonaré la vida a tu familia, si aún estamos a tiempo de salvarla —le propuse, intentando tocar su punto débil.

Tragó en seco y negó con la cabeza.

—De verdad que no sé quién da las órdenes. Solo he oído que es alguien cercano a ti.

Aquella información me sorprendió y volví la cabeza hacia mi hermano, que entornó los ojos, pensando en cómo descubrir quién era el desgraciado que nos estaba traicionando de aquella manera.

Miré a Marco y a Carlo. Ambos parecían sorprendidos por aquella información y no mostraban nada que me diera motivos para sospechar de ellos, pero, ahora que sabía que se trataba de alguien cercano a mí, no pensaba descartar a nadie.

—¿Sabes qué cargo ocupa? ¿Cómo es?

Volvió a negar con la cabeza y, cuando fui a coger mi revólver para acabar con su vida, habló de nuevo.

—Hay algo más que sé… —dijo con dificultad—. Si te lo cuento, ¿prometes proteger a mi familia?

Respiré hondo, conteniendo la rabia para no matar a aquel desgraciado que, además de traicionarme, pretendía negociar conmigo. Sin embargo, necesitaba información y cualquier dato podía ayudarnos.

—Dependiendo de lo que me cuentes, puedo hacerlo por ti.

—Está prometiendo ocupar tu lugar. —Lo miré con los ojos entornados, confundido, porque, si me pasaba algo, como no tenía ningún heredero, Pietro asumiría mi posición—.

Así está consiguiendo que crezca el grupo que está formando.

Promete cambiar las leyes, las políticas y otras cosas, como los cargos.

Me reí, incrédulo ante lo que estaba oyendo.

—Eso es imposible. ¿Y la Camorra? ¿Sabes algo?

—Solo que hay algunos de sus hombres implicados y que están ayudando con las armas.

Eso sí tenía más sentido, porque no creía que fueran ellos quienes intentaban derrocarme directamente.

—¿Vas a proteger a los míos? —preguntó, con la sangre resbalándole por la cara.

Asentí, sin saber si llegaríamos a tiempo, pero lo intentaría, porque por fin me había dado algo con lo que empezar.

Respiró aliviado y, antes de que pudiera darse cuenta, apreté el gatillo de mi revólver y le disparé en plena cara para acabar con él de una vez.

—Vamos a reunirnos en mi despacho. Necesitamos trazar un plan para afrontar todo esto —dije, dejando el guante sobre la mesa de los utensilios para que la empleada lo limpiara y lo esterilizara después.

Llevaba dos horas reunido con Pietro y mi padre, además de Marco y Carlo, y, aunque el día apenas acababa de empezar, contaba los minutos para volver al dormitorio, encontrarme con mi pequeña fiera y seguir con lo que habíamos estado haciendo toda la noche: follar como dos conejos.

Aquella mujer parecía insaciable, pero no iba a quejarme. Me encantaba que, durante aquellas últimas semanas, desde que por fin habíamos empezado a acostarnos, se sintiera cada vez más cómoda conmigo, algo que iba sucediendo poco a poco, día tras día.

—¡Lo que dijo ese tipo no tiene sentido! —comentó Carlo, todavía indignado por las palabras de uno de los hombres que habíamos capturado en la última emboscada que habían intentado tendernos aquella semana.

—No creo que se refiriera a alguien de esta sala, sino a alguien de la famiglia, quizá del propio consejo.

—Eso tiene más sentido —comentó mi hermano, aún pensativo.

—Podemos lanzarles un cebo —sugirió mi padre, sentado en uno de los sillones mientras fumaba su puro.

—¿Qué propones? —pregunté, impaciente por saber qué podíamos hacer para atrapar a aquellos desgraciados.

Mi padre empezó a explicarnos lo que había pensado y, entre todos, perfeccionamos la idea para que no lo pusiera en peligro.

—Convocaré una reunión con el consejo para esta tarde —anuncié, levantándome para ir en busca de mi pequeña fiera.