Capítulo 26 #2
Pero no tenía por qué significar nada. Leonardo siempre se había preocupado por quienes lo rodeaban, y Giana era importante para mí.
Le sonreí, agradecida por su iniciativa, y él inclinó la cabeza, todavía preocupado.
Nos quedamos un rato más, hasta que llegó su familia.
Mi marido tomó las riendas y les explicó lo ocurrido, asegurándoles que la vida de Giana no corría peligro.
Unos minutos después, el médico regresó y confirmó nuestras sospechas: la habían drogado.
Vi la furia en los ojos de Matteo, Leonardo y el señor Innocenti.
Donato Innocenti también pertenecía a la famiglia y ocupaba un puesto respetable.
Al igual que el miserable de Federico, llevaba muchos años siendo caporegime y formaba parte de algunos comités que Matteo reunía para tratar cuestiones estratégicas.
Mi marido lo llamó aparte junto a sus hombres y debió de compartir con él sus sospechas.
Solo lo oí decir que se encargaría de aquello y descubriría quién estaba detrás.
Creía que la intención no había sido hacerle daño a la hija de Donato, sino ir contra él mismo, porque también me habían ofrecido una bebida.
De pronto me faltó el aire al imaginar qué habría pasado si la hubiera aceptado, como había hecho cuando Matteo me ofreció una al conocernos.
Si Federico estaba detrás de todo aquello, habría quedado tal como él quería: completamente indefensa para hacer conmigo lo que siempre me había amenazado con hacer.
La señora Graziana, al verme tambalearme hacia atrás por aquel pensamiento aterrador, me cogió de la mano y me ayudó a sentarme.
—¿Qué te pasa, ragazza? Tranquila, descubrirán quién lo ha hecho. ¡Ese individuo está muerto!
Por lo visto, no había sido la única en escuchar aquella parte de la conversación. Asentí sin decir nada, todavía aturdida por la crueldad con la que habían actuado contra nosotras.
En ese momento vibró mi móvil. Lo cogí y se me heló el corazón al leer el nombre de aquel desgraciado en la pantalla.
Miré hacia mi marido y, al comprobar que seguía ocupado hablando con los demás, abrí el mensaje.
Federico: ¿Te ha gustado la sorpresa de hoy, principessa?
Espero que hayas entendido el mensaje, porque la próxima vez mataré
a tu amiguita y, drogada o no, te cogeré por mi cuenta.
Los músculos se me tensaron al leer la amenaza. Contuve el aire y lo solté despacio, intentando frenar la crisis de ansiedad que empezaba a apoderarse de mí.
Tenía que arreglar mi vida cuanto antes, encontrar una salida. Habían perdido la cabeza hasta el punto de poner en peligro a mi amiga, y eso era lo que habían querido demostrar: podían hacerme daño sin necesidad de apuntarme con una pistola. Tenían contactos, y con eso les bastaba.
***
Unas horas después regresamos a casa. Tenía la mente agotada por todo lo ocurrido aquella noche.
Matteo cuidó de mí, consciente de lo angustiada que estaba por lo que le había sucedido a mi amiga y por lo que podría haberme pasado a mí.
Me bañó y fue cariñoso conmigo. Me besaba el rostro y no dejaba de decirme que estaba a mi lado y que jamás permitiría que me ocurriera nada. Quise creerle.
Quise creer que de verdad estaría siempre conmigo. Por eso, en un momento de vulnerabilidad, cuando sentía que la esperanza se me escapaba entre los dedos, le pregunté mientras me secaba el pelo:
—¿Me prometes que siempre estarás a mi lado?
Aquellos ojos plateados que tanto amaba me miraron con desconcierto, pues acababa de asegurármelo.
—Claro, amore mio. No puedes hacer nada que cambie eso —bromeó, aunque cada palabra sonaba firme, y una lágrima me resbaló por la mejilla.
—¿Y si algún día te decepciono? ¿Te acordarás de esa promesa?
Una sonrisa comprensiva le iluminó el rostro. Acercó sus labios a los míos y me besó despacio, con un amor y una ternura que me reconfortaron mientras duró el beso.
—Nunca me decepcionarás, amore mio. ¿Sabes por qué?
—Negué con la cabeza, deseando únicamente que volviera a besarme para olvidar todo lo ocurrido—.
Porque te quiero tanto que, aunque intentaras alejarme, no te lo permitiría.
Y sé que equivocarse es humano. Si alguna vez me decepcionaras, sería por una buena razón.
En aquel momento quise creer sus palabras con todo mi corazón. Creer que la vida sería como un cuento de hadas y que, aunque descubriera que lo había traicionado y había conspirado contra su familia, su amor podría con todo, me perdonaría y viviríamos felices para siempre.
Sabía que aquello no ocurriría, pero en ese instante me aferré a sus palabras. Le acerqué el rostro al mío y le pedí:
—Hazme el amor, amore mio.
Una sonrisa llena de ternura le curvó los labios. Sus ojos parecían decirme que sí, que lo haría, pero su boca respondió:
—Haré todo lo que quieras, amore mio. Te daré el mundo si me lo pides.
Me puse de puntillas, le rodeé el cuello con los brazos y le di un beso suave en los labios.
—Mientras tú estés en él, eso es lo único que me importa.
Entonces Matteo reclamó mi boca y me aferré a aquel beso, intentando olvidar la pesadilla que habíamos vivido y lo mucho peor que podría haber sido.
Me cogió en brazos sin separar nuestros labios y me llevó hasta la cama.
Matteo me besó como si aquel momento nos perteneciera. Fue cariñoso y cuidadoso, completamente distinto a como me había tomado en la discoteca. Esta vez sentía que de verdad me hacía el amor y, cuando me penetró, me hizo sentir que era lo más importante de su vida.
—Te quiero tanto, principessa.
Salió de mí y volvió a penetrarme despacio mientras yo arqueaba la espalda.
—Tanto que voy a demostrarte cada día lo importante que eres en mi vida.
Volvió a besarme mientras lo sentía llenarme por completo.
—Y jamás permitiré que nadie te ponga un dedo encima.
Matteo siguió moviéndose dentro de mí, cada vez con más intensidad a medida que nos acercábamos al clímax.
Quería decirle que yo también lo amaba. Las palabras me rozaban los labios, pero algo dentro de mí se resistía.
Aunque estaba dispuesta a luchar junto a mi marido, sentía que era una batalla perdida y que confesarle mi amor acabaría precipitando al vacío todo aquello que sentía.