Capítulo 26
CHIARA LUCCHESE
En cuanto regresamos a la zona reservada de la discoteca, encontré a mi amiga con cara de enfado, bebiendo una cerveza sin apenas respirar entre trago y trago.
Matt me acompañó y me dio un beso suave en los labios al darse cuenta de lo mismo que yo: había ocurrido algo que había disgustado a Giana.
—Tengo que resolver unos asuntos con el encargado. Estaré en mi despacho. Si quieres subir, solo tienes que pedirle a Marco o a Carlo que te acompañe.
Sentía curiosidad por conocer el lugar donde trabajaba, pero en aquel momento mi amiga parecía necesitarme, así que me limité a asentir con una sonrisa.
Mi marido se alejó, seguido por Carlo y otro guardaespaldas, mientras Leonardo, Mattia y Marco se quedaban conmigo.
Las miradas que mi primo nos dirigía una y otra vez me hicieron sospechar que quizá él fuera el motivo del malestar de Giana.
—Eh, ¿qué ha pasado?
Me coloqué a su lado junto a la barandilla, fingiendo observar a la gente que bailaba desenfrenadamente en la pista.
—No ha pasado nada. —Me miró a los ojos, pero su mirada decía otra cosa: no podía hablar allí.
—¿Quieres ir a bailar? —sugerí, para alejarnos y darle la oportunidad de contarme lo que ocurría.
—Si tus perros guardianes mantienen las distancias, estaría bien. —Giana me sonrió y le devolví la sonrisa. La cogí de la mano y avisé a Marco mientras nos dirigíamos hacia la escalera que llevaba a la planta baja.
—Vamos a la pista, Marco.
—Señora… —intentó decir algo, pero no le di tiempo y eché a correr hacia la pista con mi amiga de la mano, riéndome de nuestra pequeña fuga.
Miré por encima del hombro y vi que los tres bajaban para seguirnos a cierta distancia. Al menos tendríamos algo de intimidad.
—Suéltalo. ¿Qué ha hecho Leonardo? —pregunté alzando la voz para hacerme oír por encima de la música ensordecedora.
—¡Para variar, el problema es lo que no ha hecho! —gritó, indignada. Pero la gente estaba demasiado ocupada besándose o bailando para prestar atención.
Llegamos al centro de la pista y empezamos a bailar una frente a la otra, todavía intentando conversar.
—A ver, cuéntamelo bien.
Bajó la mirada al suelo, dudando si contármelo, y le di tiempo.
—Me ha dicho que soy demasiado joven para él.
¿Te lo puedes creer? Mírate tú: te llevas doce años con tu marido y eres superfeliz.
—¡Cazzo! ¿Tanto se me notaba?—. Y que mire al hombre con el que estoy comprometida.
Así verá lo que es una diferencia de edad —refunfuñó, entristecida, y sentí pena por ella.
La estreché entre mis brazos mientras nos movíamos un poco más despacio de lo que marcaba la música.
—Leonardo es muy de hacer las cosas bien. Quizá no sea tu edad lo que le impide querer algo contigo, sino tu compromiso.
—Pero me importa una mierda ese puto compromiso. Todavía no nos hemos prometido oficialmente. Si me pidiera que me escapara con él, no me lo pensaría dos veces.
Miré hacia mi primo, que nos observaba con extrañeza. Su expresión seria parecía esconder cierto disgusto, y suspiré, frustrada.
—Ya te he dicho que intentaré ayudarte con ese compromiso, ¿no? Pero quizá sea mejor que intentes olvidarte de mi primo —le dije con sinceridad.
No era que no creyera que pudiera enamorarse de Giana, porque tendría que ser muy idiota para no hacerlo.
El problema era que solo era un soldado y sabía que sus padres no lo aceptarían como posible pretendiente.
No sería un compromiso ventajoso para su familia y, por desgracia, conocía a su padre: valoraba el beneficio económico por encima de la felicidad de su hija.
Una lágrima le resbaló por la mejilla y, en ese momento, un chico se acercó a nosotras con dos bebidas en las manos.
—Hola, guapas. ¿Os apetece una copa? —Llevaba dos bebidas y me recorrió de arriba abajo con una mirada lasciva que me erizó la piel.
—Gracias, yo sí. —Giana aceptó una y empezó a beber de inmediato. Intenté impedírselo, pero ya era tarde: de un solo trago se había bebido más de la mitad.
Le arrebaté el vaso.
—¡Eh, que estaba bebiendo!
—Eso, guapa, deja beber a la ragazza… ¿Y tú no quieres la tuya? —me ofreció con una sonrisa que me dio escalofríos.
—Gracias, pero hoy no estoy bebiendo. —Era mentira. Había bebido en la zona reservada, pero no podía bajar la guardia. Desde que me había casado con el don, me había convertido en un objetivo y cualquiera podía acercarse con malas intenciones.
—Venga, guapa. Solo una. Te prometo que no te arrepentirás.
Intentó acercarse para bailar conmigo, poniéndome las manos en la cintura.
Traté de apartarlo, pero aquello pareció animarlo a insistir.
Me agarró con fuerza y me atrajo contra su cuerpo.
Me enfurecí tanto que, antes de darme cuenta, lo había empujado con todas mis fuerzas.
Cuando se tambaleó hacia atrás, le clavé una rodilla en el estómago.
El tipo se quedó un instante intentando recuperar el aire.
—¡Puta! —me insultó cuando se recuperó. Me preparé para defenderme, pero Leonardo lo lanzó lejos de mí y empezó a golpearlo.
—Vuelve a llamarla puta y no verás otro amanecer, desgraciado.
Marco se acercó a mí y a Giana, que parecía más alegre de lo normal y se reía a carcajadas sin motivo.
—Vamos, señora Lucchese. Será mejor que regresemos a la zona reservada.
Pero qué cazzo, ya ni siquiera podía divertirme.
No protesté porque sabía que tenía razón. Cogí a Giana de la mano, pero ella se soltó de un tirón brusco.
—No pienso subir ahí. Voy a divertirme y a impedir ese compromiso a mi manera. —Se le trababa la lengua y parecía costarle mantener los ojos abiertos.
Mattia se llevó al tipo al que Leonardo estaba golpeando. Entonces vi a mi primo a mi lado, mirando a mi amiga con irritación.
Había notado lo mismo que yo. Se acercó a ella, que también intentó empujarlo, pero no le dio ocasión de hacer nada más. La cogió en brazos pese a sus protestas y los seguimos de vuelta a donde habíamos estado.
Leonardo la dejó en un sofá cómodo y lo oí decirle a Marco:
—Creo que la han drogado.
Era exactamente lo que yo había pensado. Giana cerraba los ojos y parecía estar perdiendo el conocimiento.
Matteo llegó en ese instante y me buscó de inmediato con la mirada, preocupado. Vi cómo se relajaba al encontrarme.
Habló con Carlo y Marco a cierta distancia de nosotros, que seguíamos junto a mi amiga, y lo oí darle una orden a Marco.
—Dile a Mattia que lo lleve al calabozo.
Abrí mucho los ojos al comprender la situación y no pude evitar preguntar, preocupada:
—¿Crees que sabía quién era yo?
—No lo sabemos, amore mio. Eso es lo que vamos a averiguar: si solo era un cabrón que quería drogaros o si hay algo detrás para ir contra mí.
Pensé de inmediato en Federico y en la posibilidad de que quisiera secuestrarme o asustar a Matteo, si se había dado cuenta de cuánto había avanzado nuestra relación y pretendía utilizarlo para hacerle daño.
Después de aquella fiesta benéfica, imaginaba que sí, que se habían dado cuenta.
Además, me había limitado a responder a los mensajes de mi madre y a atender alguna de sus insistentes llamadas.
Siempre mentía para que no descubrieran la verdad sobre nosotros, pero sabía que se me acababa el tiempo y tenía que resolverlo cuanto antes.
Solo que no sabía cómo hacerlo sin perder la confianza de Matteo.
Estaba tan absorta en mis pensamientos que no me di cuenta de que Carlo le comprobaba el pulso y le examinaba los ojos, mientras Marco llamaba a Mattia para transmitirle la orden de Matteo.
—Vamos a llevarla al hospital. Tenemos que hacerle un análisis de sangre y darle medicación para que la droga salga antes de su organismo.
¡Dio mio! Recogí nuestros bolsos a toda prisa, angustiada ante la posibilidad de que le hubiera dado algo más fuerte que pudiera perjudicar su salud. Matt me los quitó de las manos y me atrajo hacia él para dirigirnos al ascensor que nos llevaría al aparcamiento.
Leonardo volvió a cogerla en brazos y nos encaminamos hacia los coches. Ella fue con ellos en el otro vehículo para que estuviera más cómoda, y nos dirigimos al hospital de la mafia.
Pocos minutos después, ya había un equipo médico esperándonos. Me impresionó la rapidez con la que la recogieron de los brazos de Leonardo y se la llevaron dentro. No necesité preguntar: estaba segura de que aquello se debía a la influencia de mi marido.
—¿Y si se muere? —pregunté con la voz quebrada, pensando que podían haberla envenenado.
Mi marido me abrazó mientras aguardábamos en la sala de espera unas noticias que parecían no llegar nunca.
—No creo que haya sido veneno. Me inclino más por alguna rape drug, de las que se usan para dejar a alguien indefenso y agredirlo sexualmente. —Abrí mucho los ojos al pensar que Federico pudiera haber caído tan bajo.
Después de aquello me quedé callada y Matt permaneció a mi lado, como si entendiera que necesitaba pensar en todo lo ocurrido.
De vez en cuando, Carlo lo llamaba para decirle algo, y Marco hacía lo mismo.
Para mi sorpresa, Leonardo también seguía allí.
Me alegraba que mi marido lo hubiera incorporado a su equipo de seguridad.
Aunque temía por él, sabía que, desde el momento en que había elegido aquella profesión, correría riesgos a diario, igual que yo por haberme casado con el capo de la famiglia.
Al cabo de un rato apareció el médico y me levanté de inmediato. Sabía que, en circunstancias normales, solo informarían a su familia, pero, estando Matteo allí, no se atrevió a negarnos información.
—La paciente está estable y está recibiendo medicación por vía intravenosa para aliviar los síntomas provocados por la droga.
—Entonces, ¿de verdad la han drogado? —pregunté, angustiada.
Él asintió y continuó:
—Todo apunta a que sí. Le hemos extraído sangre y en breve tendremos los resultados para confirmarlo. Tendrá que pasar el día en observación. Convendría avisar a algún familiar para que la acompañe hasta que reciba el alta.
Asentí, reprochándome no haber llamado antes a sus padres.
Cuando cogí el móvil para hacerlo, mi marido respondió al médico.
—Mi guardaespaldas ya ha avisado a la familia. Están de camino.
—Puedo quedarme con ella hasta que lleguen —se ofreció Leonardo, solícito. Lo miré, intrigada.