Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

Soltó una carcajada, me atrajo hacia él y me besó la sien con ternura. Aquel gesto, que tenía siempre después de follar, intensificaba la punzada en mi pecho y hacía que solo quisiera quedarme así con él todos los días.

A medida que nuestra respiración recuperaba su ritmo, empecé a fijarme en lo que nos rodeaba.

Parecía estar en una de aquellas habitaciones de motel equipadas con todo lo necesario para el placer de sus huéspedes.

En una esquina había una butaca negra que recordaba a un diván; al otro lado, una barra de baile, y espejos que cubrían el techo de extremo a extremo y todas las paredes hacia las que miraba.

Me incorporé, incapaz de creer lo que veía. Los pocos tramos de pared sin espejos eran de un tono más oscuro. Me fijé en que el cristal que daba al baño era transparente y dejaba ver dos duchas enormes, además de una bañera de hidromasaje inmensa.

¿Qué coño era todo aquello?

Me quedé atónita y me inquietó pensar en cuántas mujeres habrían pasado por aquella habitación de motel privada.

—¿Este es tu picadero, por casualidad? —pregunté con ironía, intentando contener mi incredulidad.

Entonces me di cuenta de que Matteo también se había incorporado y observaba mi reacción, como si estuviera pensando qué responder.

—«Era» sería la palabra correcta.

Lo miré de reojo.

—¿En serio? ¿Me has traído al sitio donde te follabas a un montón de mujeres y me lo dices con esa tranquilidad?

Me levanté, furiosa al imaginar todo lo que hacía, o seguía haciendo, en sus fiestas privadas en aquel lugar asqueroso.

—Chiara, por favor, no vamos a discutir, ¿verdad? —Intentó calmarme, levantándose y acercándose a mí mientras me ponía las bragas—. Quería que conocieras este sitio, pero me daba miedo precisamente esta reacción.

—¿Qué reacción? ¿La de estar pensando mil cosas, como que quizá, mientras la imbécil duerme en la mansión y tú dices que has venido a trabajar a esta discoteca llena de mujeres desnudas que se te insinúan, en realidad te estás follando a unas cuantas en tu motel privado?

—repliqué, alzando la voz, enfadada conmigo misma por ser una idiota en sus manos y haberme enamorado.

—No es así. Es verdad que preparé este sitio para tener más intimidad cuando venía, pero entonces no te conocía, amore mio.

—No me vengas con amore mio ni con nada de eso. —Empecé a ponerme el sujetador, todavía furiosa—. ¿Cómo voy a saber que no me engañarás cuando vengas? ¿Cómo voy a saber que me estás siendo fiel?

Una lágrima me resbaló por la mejilla con solo imaginar que hiciera exactamente lo que acababa de decir.

¿Desde cuándo me había vuelto tan celosa y posesiva?

Sus brazos me rodearon la cintura y me atrajo contra él. Aunque no debería haberlo hecho, dejé que me calmara.

Me levantó la barbilla para que lo mirara a los ojos.

—Tienes que confiar en mí, principessa. ¿Sabes por qué?

Negué con la cabeza, sin estar segura de si realmente debía hacerlo.

—Porque te quiero, carina.

Acercó los labios a los míos y me dio un beso suave mientras el corazón me golpeaba con fuerza en el pecho después de escuchar sus palabras.

—Y, desde el día en que te vi, solo tengo ojos para ti. Mis pensamientos, todo, son tuyos, preciosa.

Hasta el día en que traicione tu confianza.

Las lágrimas empezaron a rodarme por las mejillas con solo pensar que aquel amor pudiera convertirse en odio. Dio, cómo me odiaba por haber permitido que me involucraran en aquella puta venganza. Nunca me perdonaría.

—No llores, amore mio. —Me secó las lágrimas con los dedos—. Si eso no basta para que me creas, puedes acompañarme cuando tenga que venir. ¿Qué te parece? —preguntó con aquella preciosa sonrisa ladeada que siempre me derretía.

Sabía perfectamente que, con mi ataque de celos, parecía una ragazza caprichosa e infantil. Intentando comportarme como la mujer madura que necesitaba a su lado, respiré hondo y dije lo que me pedía el corazón, porque era verdad después de lo que acababa de decirme.

—Te creo. Te creo por todo lo que haces por mí, por cómo me cuidas y te preocupas por hacerme feliz con pequeños detalles. No importa lo que hicieras aquí antes de lo nuestro. Me importa lo que has hecho desde que estamos juntos. ¿Has estado con alguien más desde que nos prometimos?

Negó con la cabeza, con aquella sonrisa todavía iluminándole el rostro. Estaba tan guapo que, por un momento, incluso olvidé que era un mafioso temido.

—Eres la única, principessa.

Sus palabras disiparon la rabia que aún sentía. Le sujeté la nuca y lo atraje hacia mí para besarlo despacio, transmitiéndole todo lo que sentía y que todavía no estaba preparada para decirle.

No sabía si todo lo que me había contado era verdad, pero mi corazón lo creía y, por ahora, me aferraría a eso.

—De todas formas, prefiero acompañarte cuando tengas que venir —advertí al separar nuestros labios. Su risa resonó por la habitación.

—Me encanta ese lado celoso tuyo, principessa.

Puse los ojos en blanco y lo abracé, satisfecha con el rumbo que había tomado nuestra conversación y todavía recordando la declaración que me había hecho unos minutos antes. Sentía que flotaba y, por fin, era feliz por haberlo encontrado.

A su lado sentía que estaba donde debía estar, como si sus brazos fueran mi mundo, ¡mi todo!