Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 25 #2
55%

Capítulo 25 #2

—¡Joder! Me vuelves loco, ¿lo sabes? ¿Tienes idea de cómo me estoy conteniendo para no llevarte ahí dentro y follarte?

Si antes ya sentía calor, ahora todo parecía arder en mi pecho y, sobre todo, bajo las bragas.

—¡Pues no te contengas, cazzo!

Apartó el rostro y sus ojos se oscurecieron al dilatarse las pupilas. Lo provoqué mordiéndome el labio inferior, pintado de rojo, como a él tanto le gustaba.

—¡Ven conmigo! —Me cogió de la mano y apenas tuve tiempo de buscar a Giana con la mirada para avisarla de que volvería enseguida. Me quedé tranquila al verla junto a mi primo, hablando animadamente, aunque él no le siguiera demasiado la conversación.

Matt me colocó delante de él. Por una vez no llevaba su habitual traje negro, sino unos vaqueros oscuros y una camiseta negra que se ajustaba a sus músculos y dejaba a la vista los tatuajes de sus brazos.

Noté su erección contra mi cadera y no pude resistirme a pegarme un poco más a él y mover las caderas para provocarlo.

Matt gimió y volvió a pulsar el botón del ascensor con impaciencia. Tuve que contener la risa para que no se diera cuenta.

En cuanto se abrieron las puertas, me empujó hacia dentro y pulsó el botón de la segunda planta, la que tanto me intrigaba, pues su despacho estaba en la tercera y última.

Las puertas se cerraron y no me dio tiempo a preguntar nada: mi espalda chocó contra el espejo frío y mi marido empezó a devorarme los labios como si el mundo se acabara y aquel fuera el único momento que nos quedaba.

Me subió el vestido, dejando libres mis piernas, y le rodeé la cintura con ellas mientras me apretaba el trasero. Sus manos, que parecían quemarme la piel, se dirigieron hacia donde más las deseaba. Noté cómo apartaba el tanga con un dedo y lo deslizaba dentro de mí.

—¡Joder! Estás empapada, qué viciosa —gruñó al mismo tiempo que el ascensor anunciaba nuestra llegada.

No me dejó en el suelo. Salió conmigo en brazos, sin dejar de besarme, y se detuvo un instante cuando las puertas se cerraron. Pulsó algo en el panel y se encendió una luz roja.

Cuando intenté mirar a mi alrededor para satisfacer mi curiosidad, Matt me tiró del pelo mientras me tumbaba sobre una cama enorme y mullida, reclamando de nuevo mis labios.

Empezó a bajar la cremallera de mi espalda y lo ayudé, impaciente por quitarme el vestido.

En cuanto me lo sacó por la cabeza y lo lanzó lejos, le subí la camiseta por la espalda ancha y definida y la arrojé al suelo.

Estábamos desesperados el uno por el otro y aquella necesidad parecía escapar a nuestro control.

Se detuvo un instante y se apartó para bajarse los vaqueros y los calzoncillos de una vez. Me miró con tanto deseo que habría podido correrme solo con aquella mirada.

—Qué buena estás. Y eres toda mía —dijo, acariciándome los pechos, tensos por la excitación.

Cuando intenté quitarme la daga para continuar, me sujetó la mano.

—No, quiero follarte con ella puesta, tal como estás. ¡Estás sexy de cojones!

Su lenguaje descarado surtió efecto y mis ganas de tenerlo aumentaron todavía más, aunque habría jurado que era imposible.

Me comía con los ojos mientras contemplaba mi cuerpo, vestido únicamente con un conjunto de lencería roja con encaje bordado, la daga que me había regalado sujeta al muslo y unos zapatos rojos de quince centímetros de tacón.

Me cogió de una mano para ayudarme a ponerme de pie y me hizo dar una vuelta para él. Joder, qué sexy me sentí. No tuve vergüenza ni me importaron las numerosas cicatrices que afeaban mi cuerpo. En aquel momento me sentí la mujer más hermosa del mundo.

—Definitivamente, el rojo es mi color favorito —bromeó, masajeándome los pechos con lentitud—. No tienes idea de cuánto he soñado con verte exactamente así.

—Pues haz conmigo todo lo que has soñado —lo incité, deseando que diera rienda suelta a sus ganas. Era lo que quería, lo que ansiaba.

Me atrajo hacia él con brusquedad y volvió a devorarme los labios. Le rodeé la cintura con las piernas y me tumbó de nuevo en la cama. Me sujetó los brazos por encima de la cabeza y empezó a recorrerme el cuerpo con sus labios suaves, sometiéndome a una tortura enloquecedora.

Me retorcía debajo de él, incapaz de controlar la impaciencia, y gemía con cada caricia de su boca en mis pechos, que en algún momento habían quedado desnudos.

—Matt… Dio… Por favor… —supliqué, todavía intentando acostumbrarme a pedirle lo que de verdad quería.

—¿Qué quieres, amor? —preguntó, bajando los labios y rozándome el vientre con su barba corta.

Eché la cabeza hacia atrás cuando lo sentí llegar al lugar donde tanto lo necesitaba y gemí con fuerza al notar su barba rozándome aquel punto sensible que parecía robarme todas las fuerzas.

—Dímelo, principessa. O voy a parar.

¡Hijo de puta!

—¡Fóllame de una vez, cazzo! —gruñí, irritada porque me provocara hasta hacerme usar el mismo lenguaje que él.

Su risa satisfecha me habría irritado aún más y lo habría mandado a la mierda de no ser porque hundió la boca entre mis piernas con tanto deseo que perdí la noción de todo por un instante, echando la cabeza hacia atrás y arqueándome.

Gemía sin preocuparme por si alguien podía oírme.

Solo quería que continuara con aquella deliciosa tortura.

Matt siguió follándome con la lengua mientras me pellizcaba un pezón endurecido, llevándome a la locura.

Su otra mano se deslizó hasta mi cadera. Noté que recogía con un dedo la humedad de mi coño y la extendía sobre mi entrada trasera. Pensé en pedirle que no me tocara ahí, pero, entre su lengua, el movimiento de su dedo por detrás y los pellizcos en el pecho, me olvidé de todo lo demás.

Aquella sensación que ya conocía empezó a crecer en mi vientre con una intensidad abrumadora. Mientras gemía fuera de mí, Matteo intensificó las caricias y estallé en su boca con un orgasmo arrollador.

—¡Cazzo! —grité, sin control, mientras los espasmos se apoderaban de mí.

Mi marido no esperó a que me recuperara. Me dio la vuelta como si no pesara nada y me levantó las caderas. Todavía sin aliento, apoyé el rostro en el colchón, tratando de recuperarme.

—Voy a follarte a cuatro patas y hacerte disfrutar. Si no te gusta, me lo dices y paro, pero estoy seguro de que te va a encantar.

Sentí sus manos abiertas sobre mis caderas mientras las contemplaba y me separaba por completo para disfrutar de las vistas. Aunque había pensado que aquello me incomodaría, solo consiguió despertar algo dentro de mí.

—Algún día voy a follarte ese culito tan apretado.

Solté una carcajada, dispuesta a decirle que ni en sueños, pero me quedé sin palabras cuando sentí aquella monstruosidad que llamaba polla penetrarme y…

—¡Joder! —No pude contener el taco. Matteo empezó a follarme con fuerza mientras me sujetaba del pelo, manteniéndome la cabeza levantada y la espalda arqueada, y me dio una palmada en el trasero.

—¡Qué coño más rico, joder!

Dio mio, hubo un tiempo en que pensé que jamás permitiría que me hicieran algo así, después de todo lo que había pasado. Sin embargo, en aquel momento solo quería que siguiera haciendo conmigo todo lo que quisiera.

Gemía cada vez más alto y balbuceaba palabras inconexas al sentir cómo su polla me llenaba por completo. Creía que iba a estallar de pura excitación en cualquier instante.

Nos perdimos el uno en el otro durante quién sabe cuánto tiempo, y lo único que deseaba era que aquello no acabara nunca.

Matteo intensificó las embestidas mientras tiraba con fuerza de mis caderas para hacerlas chocar contra las suyas y gemía fuera de sí.

—Qué placer… Dio… Voy a… —intenté decir «otra vez», pero no pude terminar antes de estallar en otro orgasmo increíble, al mismo tiempo que Matt alcanzaba el suyo.

Cuando los espasmos cesaron, salió de mí y nos desplomamos sobre la cama, completamente agotados. Yo boca abajo y él boca arriba, a mi lado.

—Eso… ha sido… —empezó a decir.

—Follástico —bromeé, todavía sin palabras después de todo lo que había sentido.