Capítulo 25
CHIARA LUCCHESE
—¡No me puedo creer que vayamos a la discoteca con el que manda en todo este puto tinglado! —exclamó Giana, dando unos grititos que estuvieron a punto de perforarme los tímpanos después de coger su bolso de mano para salir de su habitación.
No pude evitar reírme mientras nos dirigíamos hacia la entrada de su casa.
Sus padres no querían dejarla ir, pero cedieron porque se lo había pedido yo, la esposa de don Matteo, aunque le hicieron prometer que se comportaría, puesto que estaba prometida.
Mi amiga puso los ojos en blanco al salir, bastante más desanimada que cuando yo había llegado, mientras nos acercábamos al coche de lujo que nos esperaba a la entrada de su casa.
Matt nos aguardaba dentro junto a Marco, que conducía. Había ido a buscar a mi amiga porque me había dicho que le daba vergüenza estar delante de mi marido, algo que me parecía surrealista, teniendo en cuenta que la timidez nunca había sido uno de sus rasgos.
—No te pongas así. —Le apreté las manos en un gesto de apoyo—. Quizá no sea tan malo como piensas.
Me miró arqueando una ceja con ironía y me recordó, incrédula, un detalle importante.
—Tiene sesenta años, Chichi.
No supe qué decir. En ese momento, mi guapísimo marido salió del coche para recibirnos. Leonardo estaba junto al vehículo de atrás y Marco se situó al lado de Matt, al igual que Carlo. Una leve sonrisa me curvó los labios.
Ya imaginaba que mi primo nos acompañaría, pues había empezado a trabajar directamente con mi marido después de aquel día en que lo llamó para hablar durante el entrenamiento.
No había invitado a mi amiga por eso, pero sabía que la animaría a venir.
El rubor que le tiñó el rostro en cuanto lo vio confirmó mis sospechas.
—Quizá pueda ayudarte con eso. —Tenía que aprovechar las ventajas de estar casada con el don. Cosas que antes me parecían impensables ahora eran posibles, así que tal vez también pudiera encontrarle a Giana un marido menos horripilante.
Sus ojos brillaron de ilusión, pero yo fui incapaz de concentrarme en nada más en cuanto la mirada cargada de deseo de mi marido recorrió mi cuerpo y una sonrisa ladeada apareció en sus labios.
Un calor intenso se apoderó de mí, como si tuviera el cuerpo en llamas, con solo recordar las noches que habíamos compartido aquella semana, desde que dejé caer mis barreras y me entregué a él.
No iba a negar que a veces aún me costaba aceptar quién era y lo que había hecho, pero parecía afectarme cada vez menos, sobre todo cuando estábamos a solas. Y, cuando me daba cuenta, me sentía todavía peor. ¿Cómo podía una hija olvidarse de vengar a su padre?
Quizá me mereciera todo lo que Matt me haría cuando descubriera lo que le había ocultado y cuánto lo había perjudicado.
Sacudí la cabeza. No quería pensar en eso en aquel momento.
—¿Cómo estás, Giana? —la saludó Matt. A ella se le dibujó una sonrisa que casi no le cabía en la cara, pero sabía que solo se debía a lo increíblemente guapo que era. Nunca intentaría quitarme a mi marido, como hacían otras mujeres.
—Muy bien, señor Lucchese. Gracias por la invitación y por venir a buscarme.
Él asintió y me atrajo por la cintura hasta pegarme a su cuerpo.
Aquel simple contacto bastó para que mi corazón se acelerara.
Me mordisqueó el labio inferior y las piernas me flaquearon, sin que me importara la escena romántica, o erótica, que estábamos dando delante de mi amiga y sus guardaespaldas.
Cada vez que sentía su cuerpo contra el mío, una sensación distinta se apoderaba de mí. Una punzada que nunca había experimentado hasta entonces parecía adueñarse de mi corazón. Era cálida, única y deliciosamente dolorosa.
La frustración me golpeó en cuanto Matt se apartó y me dio un suave empujón para que entrara en el coche, detrás de Giana, que ya estaba sentada.
Odiaba aquella sensación que me dejaban sus besos.
Sin embargo, así me sentía todos los días: con unas ganas incontrolables de que me besara a cada instante.
Marco ocupó el asiento del conductor y Carlo se fue al coche de atrás con Leonardo y otros dos guardaespaldas.
Nos pusimos en camino hacia la discoteca y mi expectación fue creciendo a medida que nos acercábamos.
Cuando Matt me había invitado el día anterior a acompañarlo, me había sorprendido tanto como ilusionado. Me dijo que tenía que resolver algunos asuntos con el encargado del local, pero que podíamos aprovechar para disfrutar juntos de la noche.
Por supuesto, no dudé en aceptar. Esta vez no tendría que ir a escondidas y, además, estaría con mi marido, ese hombre al que me sentía cada vez más unida.
No podía negar que siempre me había inquietado que llegara tarde cuando no había estado haciendo nada en el calabozo.
Imaginaba que habría ido a la discoteca y me irritaba pensar en lo que podría hacer allí, con aquellas mujeres casi desnudas que recordaba bailando en las barras y que estaban a su disposición.
Más aún porque, por entonces, yo no tenía ningún tipo de intimidad con él, aunque tampoco estaba dispuesta a reconocer lo que sentía. Me resultaba inaceptable.
Pero, desde que me cansé de luchar contra mis sentimientos, acepté que Matt era la persona adecuada para mí, aunque lo nuestro hubiera empezado mal, y me entregué a él, no pensaba darle motivos para buscar fuera de casa lo que ya tenía dentro.
Eso no hacía que me doliera menos la posibilidad de que me hubiera sido infiel alguna vez para satisfacer sus necesidades.
Respiré hondo al sentir su mano acariciándome el brazo desnudo. Lo miré a los ojos y quedé atrapada en aquel abismo plateado, olvidando al instante la inseguridad que me había invadido apenas unos segundos antes.
En cuanto llegamos, Marco dispuso que entráramos por la parte de atrás para evitar la aglomeración de la entrada, cada vez más concurrida.
Fuimos directamente a un ascensor que llevaba a la zona reservada donde había visto a Matt por primera vez mientras bailaba.
También permitía acceder a otras dos plantas a las que, según me había explicado en una ocasión, solo podían subir él y su equipo de seguridad.
Sabía que en la última planta estaba su despacho, pero no era esa la que despertaba mi curiosidad, sino la otra, de la que no me había dicho nada. Mi sexto sentido me advertía de que no me gustaría descubrir qué había allí.
Nos dejó en la zona reservada y un camarero se acercó a tomar nota de nuestras bebidas.
Había varios pufs y cómodos sofás blancos repartidos por el amplio espacio, además de una enorme terraza a la que se podía salir a fumar.
Desde allí se veía todo lo que ocurría en la discoteca.
Era magnífico y me quedé impresionada con las vistas.
Giana se movía de un lado a otro al ritmo de la música, todavía con cierta contención, mientras bebía su cóctel de sake y miraba de reojo una y otra vez a Leonardo, que permanecía serio, pendiente de lo que sucedía a nuestro alrededor.
Matteo me abrazaba por detrás. Sentía su cuerpo pegado al mío mientras me torturaba con el roce de su nariz en la nuca.
Las bailarinas, que solo llevaban una máscara y un tanga que apenas cubría nada, bailaban repartidas por el enorme salón. Me incomodó aún más que mi marido estuviera viendo aquello y no pude resistirme a lanzarle una pulla.
—Bonitas vistas, ¿no?
Miré por encima del hombro y vi cómo una sonrisa presuntuosa le curvaba los labios.
—No mejores que tenerte aquí, principessa. —¡Cabrón! Había entendido perfectamente a qué me refería.
Me volví hacia él, incapaz de contenerme.
—Pero, si no recuerdo mal, no siempre te acompaño cuando vienes aquí —dije, forzando una sonrisa. El muy descarado me mordisqueó el labio inferior y deslizó la mano desde mi cintura hasta el muslo, incendiándome el cuerpo entero.
—¡Tampoco suelo venir!
Lo miré, intrigada, tratando de averiguar si decía la verdad en lugar de distraerme con el recorrido de su mano.
—Venga, cuéntame otra…
—¿Quieres que te mienta, amore mio?
—No, quiero que me digas cuántas veces has venido desde que estamos juntos. Y con «juntos» me refiero a prometidos.
—¿Estás celosa, carina?
Sí, y odiaba tener que admitirlo. Pero no pensaba reconocértelo, amore mio.
—Solo tengo curiosidad —mentí descaradamente. El maledetto soltó una carcajada, echando la cabeza hacia atrás mientras me estrechaba aún más contra él.
—Me encanta saber que tienes curiosidad, principessa. Me acabas de subir el ego por las nubes. —Respiré hondo, intentando contenerme para no mandarlo a la mierda—. Pero sabes que no tienes que preocuparte, ¿verdad? Solo tengo ojos para ti y no pienso en nadie más, preciosa.
Sus palabras me tranquilizaron un poco, pero me di cuenta de que seguía sin responderme.
—¿Cuántas veces, señor Lucchese? —insistí, mirándolo con seriedad.
—Dos. Pero las dos por trabajo y nada más.
Cuando iba a preguntarle si no había aprovechado para disfrutar de las vistas, me calló con un beso y su lengua pidió paso entre mis labios. Sentí que me derretía entre sus brazos y aquella punzada en el pecho se hizo aún más intensa.
Siempre era así, y Matteo parecía haberse dado cuenta. Cada vez que me besaba de aquel modo, me sacaba de órbita y conseguía que me olvidara de todo y de todos. Hasta ese punto empezaba a dominarme aquel hombre.
Le rodeé el cuello con los brazos y no pude resistirme a hundir los dedos en su pelo para despeinarlo, como tanto me gustaba.
Su mano derecha, oculta entre nuestros cuerpos, alcanzó mi daga y sus dedos recorrieron el contorno.
Dio, aquello era excitante. Siguió deslizándolos sin separar nuestros labios y moví las piernas, sintiendo cómo aumentaba la humedad entre ellas, deseando que llegara de una vez a mi punto más sensible.
Llevaba un vestido negro, largo y ajustado, con una abertura enorme desde el muslo derecho, lo que le permitía seguir torturándome con facilidad.
—¿Tienes idea de lo buena que estás con ese vestido, principessa? —me susurró al oído, haciéndome morder el labio mientras el cuerpo me ardía—. ¿Cómo voy a trabajar y dejarte aquí sola, vestida así?
—¡Pues no trabajes! —sugerí con voz angelical, esperando que me hiciera caso.