Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

CHIARA LUCCHESE

—¡Ayúdame a llevar al jefe dentro! —le pidió Marco a Carlo, que reaccionó al instante.

Seguí presionándole el pecho para intentar detener la hemorragia mientras lo llevaban al interior.

—Quédate despierto, amor. No cierres los ojos… —seguí suplicando, viendo cómo mi marido parecía cada vez más ausente y sintiendo que el terror crecía dentro de mí.

En cuanto lo dejaron en el suelo, Marco le rasgó la camiseta y empezó a hacer llamadas, gritando al teléfono, mientras Carlo corría hacia la despensa.

—Princi… —intentó decir, pero le puse un dedo sobre los labios, entre sollozos.

—Chis… No te esfuerces en hablar ahora… —Lloré todavía más—.

Vas a ponerte bien, ya lo verás… —Me incliné sobre él y rompí a llorar, consumida por la culpa—.

Perdóname, amore mio. Perdóname, todo es culpa mía.

Perdóname, por favor. Quédate conmigo —empecé a suplicar sin parar, repitiendo una y otra vez las mismas palabras—.

Te amo, Matt, te amo. ¿Me oyes? ¡No te atrevas a dejarme ahora!

—lo regañé, besándole la boca, de la que salía un poco de sangre.

Una leve sonrisa apareció en su rostro y lo acaricié entre lágrimas.

—H-he tenido… q-que recibir un disparo —dijo con esfuerzo, en un hilo de voz— para oír…

—¡Perdóname por eso, amor! Prometo que, a partir de ahora, te lo diré todos los días de nuestra vida para compensar mi error.

Unos segundos o unos minutos después, no habría sabido decirlo, sentí que un brazo tiraba de mí para apartarme de él.

—¡Ven, Chiara! Deja que Carlo se ocupe de él.

Me apartaron de su cuerpo y Carlo se agachó, mirándome con una expresión intrigada mientras sacaba varias cosas de un maletín médico. No me gustó la mirada que me dirigió, pero no tenía tiempo para pensar en eso. En aquel momento, solo me importaba Matt.

Vertió un líquido rojo y de olor rancio sobre la zona donde había impactado la bala y se dirigió a mi marido:

—Esto va a doler. Marco, sujétalo. Tengo que sacar la bala mientras llega la ambulancia.

Tragué en seco, incapaz de creer lo que iba a hacer.

—Pero ¿qué vas a hacer? ¿Estás loco? ¡¿Y si lo matas al intentar hacerle algo?!

No me respondió y siguió trabajando, pero Marco contestó por él.

—Es médico especialista en primeros auxilios. Sabe qué hacer en estas situaciones. Será mejor que te apartes —me pidió.

—No. Voy a quedarme al lado de Matt todo el tiempo.

Intercambiaron una mirada y Carlo, después de ponerse un guante quirúrgico, hizo una incisión con el bisturí e introdujo el dedo para localizar la bala.

El charco de sangre bajo su cuerpo no dejaba de crecer, al igual que mi desesperación.

—Ya la he localizado. Parece que no ha alcanzado el corazón.

Sentí que los hombros se me relajaban un poco. Aunque no entendía de aquellas cosas, sabía que una herida allí sería mortal y que probablemente ya ni siquiera estaría vivo.

Retiró la mano, cogió unas pinzas largas y finas, las introdujo en el pecho y fue tirando despacio hasta extraer la bala.

En ese momento oí un estruendo que se acercaba y supe que era un helicóptero. Carlo colocó varias gasas sobre la herida abierta del pecho para detener la hemorragia y la cubrió con una venda blanca.

Entonces entraron en la casa varios hombres vestidos de blanco, con una camilla y equipo médico, acompañados de Leonardo y Mattia, que estaban sin aliento.

—¡Dio! —exclamó Leo al ver la escena—. ¿Cómo ha podido pasar esto? —Solo con oír la pregunta, mis lágrimas volvieron a intensificarse, porque todo era culpa mía.

Leonardo me apartó del don, cuyas manos yo seguía sujetando, para dejar trabajar al equipo médico.

Me aferré a mi primo y rompí a llorar todavía más contra su camiseta sucia.

Después de colocarle varios dispositivos a Matt, lo tumbaron en la camilla y lo llevaron al helicóptero, acompañados de Marco y Carlo. Me solté de los brazos de mi primo y corrí tras ellos.

—¡Será mejor que vuelva a la mansión, señora! —dijo Marco mientras lo subían al helicóptero.

—Ni en sueños voy a volver allí después de que le hayan disparado a mi marido. —Pasé junto a aquellos armarios y corrí hacia donde estaba él para acompañarlo.

Carlo se plantó delante de mí con cara de pocos amigos y levantó una mano para detenerme.

—Será mejor que vaya por otro medio.

Entorné los ojos, incrédula.

—¡Soy su esposa, voy con él y quiero ver quién se atreve a impedírmelo! —Lo empujé con todas mis fuerzas y ni siquiera se movió, pero me dio igual. Lo rodeé y subí con ayuda de uno de los sanitarios. Me senté junto a mi marido y le sujeté la mano durante todo el trayecto.

No me pasó inadvertida la mirada que Carlo seguía dirigiéndome. Volví el rostro hacia mi marido, que se esforzaba por mantenerse despierto, aunque estaba cada vez más pálido.

—Nunca voy a abandonarte, amore mio. Voy a compensarte por todo lo que te he hecho, te lo prometo —le susurré al oído, acariciándole el pelo, manchado de la sangre que había corrido por el suelo.

***

En cuanto llegamos al mismo hospital en el que había estado ingresada mi amiga, destinado a atender a la famiglia, llevaron a Matt al quirófano y ya no pude seguir acompañándolo.

Llevaba cuatro horas esperándolo en aquella sala, y parecía que las lágrimas se me habían secado después de tanto llorar.

Me quedé apartada en un rincón, sin ganas de hablar con nadie, pensando en todo lo que había sucedido en las últimas horas.

La sala estaba reservada para la familia y para las personas a las que autorizáramos a entrar.

Por eso Leonardo y Mattia estaban allí, por mi seguridad y porque necesitaba a mi primo.

La señora Sandra había llegado una hora después, junto a Salvatore, y su estado era deplorable, igual que el mío.

El padre de Matt también estaba abatido, pero se mostraba más entero y había permanecido todo el tiempo abrazado a su esposa, apoyándola.

Pietro estaba sentado a mi lado, indignado por no haber conseguido atrapar a aquel maledetto.

En cuanto habían disparado a Matt, había corrido hacia el tirador con los escoltas, pero no había servido de nada: no lo había encontrado.

Un equipo seguía buscándolo, pero, en cuanto Pietro había oído el helicóptero, había querido acompañar a su hermano hasta que estuviera fuera de peligro. Porque eso era lo que todos creíamos: que saldría de aquella. Tenía que hacerlo. De lo contrario, nunca me lo perdonaría.

Mi aparición allí, justo en aquel momento, había distraído a Matteo, exactamente como él me había advertido que podía suceder. Pero la necesidad de verlo y saber que estaba bien había pesado más que la sensatez de quedarme en casa esperando a que volviera.

A veces me sentía tan inmadura que llegaba a enfadarme conmigo misma por haber estorbado y puesto su vida en peligro. Otra cosa que no conseguía quitarme de la cabeza era la imagen de aquel desgraciado sonriendo en cuanto había alcanzado su objetivo y había visto cómo me había quedado.

No sabía por qué me odiaba tanto, y descubrir que formaba parte del equipo de Federico debería haberme parecido algo premeditado, teniendo en cuenta lo mala persona que siempre había sido.

Aun así, me había sorprendido verlo y sí, deseaba que lo atraparan y lo mataran lentamente, porque eso era lo que yo le haría si le pusiera las manos encima.

—¿Quieres un café? —me preguntó Leonardo, que estaba sentado a mi derecha—. Necesitas comer algo.

No respondí; solo negué con la cabeza, todavía perdida en mis pensamientos.

Sentí una mirada sobre mí y ya sabía de quién era: Carlo.

No dejaba de observarme, pensativo, como si sospechara algo, y aquello empezaba a incomodarme más de lo que me habría gustado.

No volví a mirarlo; no quería lidiar con nada de aquello en ese momento, pero había algo en su manera de actuar desde que habían disparado a Matteo que no me gustaba.

Así que lo ignoré, aunque seguí sintiendo su mirada durante todas las horas que pasamos allí.

Después de quién sabe cuánto tiempo, apareció un médico de unos cincuenta años, con aspecto cansado, quitándose la mascarilla al entrar en la sala de espera.

—¿Familia Lucchese? —Todos nos levantamos de golpe.

—¿C-cómo está, doctor? —empezó a preguntar Sandra.

—¿Ya está fuera de peligro? —preguntó Pietro, con los ojos hundidos de quien llevaba días sin dormir.

—¡Dejad hablar al médico, cazzo! —los reprendió mi suegro, impaciente, y luego se dirigió al doctor—. ¡Hable, caspita!

El médico respiró hondo y empezó a hablar.

—El señor Lucchese ha perdido mucha sangre, pero, por suerte, no ha resultado dañado ningún órgano vital.

Que recibiera atención inmediata ha ayudado, aunque eso no ha evitado que necesitara varias bolsas de sangre para favorecer su recuperación.

Ahora mismo está inconsciente. Lo hemos puesto en coma inducido para evitar que haga esfuerzos al despertar.

Necesita descansar para recuperarse, y las primeras cuarenta y ocho horas son fundamentales.

Dependiendo de cómo evolucione durante ese tiempo, empezaré a sacarlo del coma.

Se me hizo un nudo en la garganta al imaginar a mi marido tan vulnerable y miré a Pietro.

—Será mejor que pongas a unos guardias de confianza delante de la puerta de su habitación.

Como ya no estaba al tanto de los planes de mi madre, me pareció mejor evitar que alguien pudiera hacerle algo.

—Sí, ya le pedí a Marco que se encargara en cuanto llegamos.

Me alivió oírlo, porque demostraba que Pietro pensaba lo mismo que yo y ya iba un paso por delante.

Las palabras del médico habían aliviado un poco el peso que me oprimía el pecho, porque sabía que Matt saldría de aquella. Solo era cuestión de tiempo.

Cuando el médico se dispuso a marcharse, corrí hacia él.

—Doctor, ¿puedo ver a mi marido?

—Dentro de un rato. Lo están trasladando a la unidad de cuidados intermedios y podrán verlo unos minutos, solo los familiares más cercanos, ¿de acuerdo?

Asentí, satisfecha de poder verlo, aunque fuera un momento.

Volví a sentarme, más tranquila, y empecé a recordar cómo había reaccionado cuando le habían disparado a Matt. Me había desesperado tanto que incluso me había declarado, diciéndole que lo amaba, algo que había creído que no admitiría con facilidad, aunque ya supiera lo que sentía.