Capítulo 23
CHIARA LUCCHESE
La mujer, que debía de tener más o menos mi edad, quizá uno o dos años más, sacó un pintalabios de su pequeño bolso de mano, negro como su vestido, y empezó a retocarse los labios, aunque el maquillaje seguía intacto.
—En realidad, soy Chiara Lucchese. —Levanté la mano izquierda para mostrarle mi precioso anillo de compromiso junto con la enorme alianza de oro blanco que llevaba.
Miró los anillos con incredulidad y negó con la cabeza, como si se resistiera a aceptarlo.
—Entonces, ¿es verdad? —Aunque me había dirigido la pregunta, pareció hacérsela a sí misma.
No entendí su comentario. Nuestro matrimonio había salido en los titulares, aunque no hubiéramos invitado a todos los clanes de la mafia.
—Perdona, no quería ser descortés —siguió hablando mientras yo la observaba, intentando averiguar qué quería en realidad—. Simplemente no quería creer que se hubiera casado de verdad. Quería conocer a la mujer que ha conseguido conquistar ese corazón de hielo que tiene en el pecho.
Sus palabras me incomodaron aún más y no dudé en defenderlo.
—Creo que no hablamos del mismo Matteo, porque su corazón está muy lejos de ser de hielo. —Sonreí con una ironía que dejaba entrever lo que quería decir. Ella asintió, visiblemente avergonzada.
—Me alegra saberlo. Eso demuestra que mi intuición sobre él nunca estuvo equivocada y que había elegido bien al hombre que quería como marido.
Me quedé atónita de que me dijera a la cara cuánto deseaba a mi marido. Qué poca dignidad tenía aquella mujer para seguir pensando en un hombre que, además, ya estaba casado.
—Pues espero que tengas el mismo criterio con el próximo, teniendo en cuenta que Matteo no está disponible.
Guardó el pintalabios, todavía incómoda, y decidí retocarme yo también para ver qué hacía. La posibilidad de que hubiera tenido algo con mi marido empezaba a molestarme. Intenté contener la rabia que me hervía en la sangre al pensar que quizá lo conociera mejor que yo.
—Sí, tranquila. No volveré a intentar acercarme a él ahora que sé que se ha casado de verdad. No voy a negar que me enfadé mucho al descubrir que había perdido mi oportunidad por alguien a quien apenas veía, cuando nuestras familias siempre estaban juntas.
Arqueé una ceja, sorprendida por sus palabras y todavía más interesada en averiguar qué había detrás de ellas.
—Perdona, ¿quién eres exactamente? No recuerdo haberte visto en nuestra boda, teniendo en cuenta lo cercanos que sois. —Sí, fui irónica. No pude evitarlo.
La rabia le cruzó el rostro por un instante, aunque debía admitir que sabía controlarse mucho mejor que yo.
—Soy Elisa Moretti. Salvatore había hablado varias veces con mi padre de concertar un matrimonio entre nosotros, pero prefirió darle tiempo a Matteo. Si no hubiera elegido a nadie antes de aquel baile, hoy yo sería su esposa.
Matteo, no señor Lucchese. De verdad tenían confianza.
—Qué lástima para ti que me eligiera a mí, ¿no?
—Sí, una lástima —confirmó, enderezándose—. Espero que seáis felices, señora Lucchese.
No creí una palabra, por supuesto, pero respondí con tanta ironía como ella.
—Gracias. Espero que la próxima vez encuentres al hombre adecuado.
Cogí el bolso y me dirigí a la salida del baño, pero sus siguientes palabras me hicieron detenerme, sorprendida por aquel desafío.
—Sé que las posibilidades de que un don se separe son casi nulas, porque se toman el matrimonio muy en serio. Pero, si por alguna razón cometes un error y él decide separarse, que sepas que estaré ahí, dispuesta a darle todo el amor que merece.
Un escalofrío me recorrió la espalda, pero no dejé que se notara el miedo a que tuviera razón y aquello llegara a suceder algún día.
Me volví despacio y la miré a los ojos, con la mano en el pomo, lista para salir.
—Menos mal que no pienso cometer ningún error, ¿verdad? Ahora, si me disculpas, tengo que volver con mi marido. Me debe un baile.
Le guiñé un ojo a aquella descarada y salí. Sus palabras seguían resonando en mi cabeza, junto con la posibilidad de que supiera algo sobre mí y por eso se hubiera atrevido a amenazarme tan abiertamente.
* * *
No dejaba de molestarme la actitud desdeñosa de Elisa, como si estuviera deseando que cometiera algún error en mi matrimonio.
Tal como había dicho, cuando regresé a nuestra mesa y la música se volvió más lenta, mi marido me invitó a bailar. Acepté encantada.
Ya no soportaba las miradas escalofriantes de Federico y contaba los minutos para que pudiéramos marcharnos. Me preguntaba si no valoraba su propia vida, porque, si Matteo lo sorprendía mirándome de aquella manera, dudaba que encontrara una excusa capaz de justificarlo.
—¿Hay algo que te preocupa, principessa? —preguntó Matteo mientras me guiaba por la pista con soltura.
¿Quizá que tu ex, o lo que fuera que tuvieras con ella, me haya dicho a la cara que todavía te quiere? ¿O quizá la forma maliciosa en que me observa mi estimado padrastro? Tuve aquellas palabras en la punta de la lengua, pero me limité a responder:
—No, solo estoy cansada.
Me acariciaba la espalda y aquel gesto parecía bastar para calmar un poco la inquietud que sentía en el pecho.
—Si quieres, podemos irnos —sugirió, acercando la nariz a mi nuca con picardía delante de todos. No podía negar lo mucho que me gustaba aquel contacto.
—Quizá sea una buena idea —respondí con una sonrisa cuando terminó la canción. Pero se me borró en cuanto vi quién se acercaba por detrás de mi marido.
—¿Puedo bailar con mi hija? —preguntó Federico con absoluta seguridad. No pude evitar que mi cuerpo se tensara al instante.
No supe si Matteo lo había notado. Dio un paso atrás, separándose de mí, y se volvió hacia mi padrastro, que esperaba una respuesta. Yo no sabía qué hacer. No quería que aquel hombre me rozara siquiera el brazo, mucho menos bailar con él.
El problema fue la mirada que me lanzó cuando Matteo se volvió de nuevo hacia mí y preguntó:
—¿Te parece bien, principessa?
Tragué saliva. Algunas personas nos observaban.
Si me negaba, despertaría las sospechas de Matteo y, además, quienes nos miraban empezarían a comentar lo maleducada que era con mi familia.
También recordé que, la última vez que no había querido hablar con mi madre, le habían tendido una emboscada a Matteo.
No dudaba que hubiera sido por mi culpa.
Estaban empezando a desconfiar de mí; lo sentía en sus miradas.
Respiré hondo para recomponerme, enderecé el cuerpo como si me preparara para un enfrentamiento y asentí, intentando evitar algo peor.
—De acuerdo, te esperaré para que nos vayamos. —Me dio un beso casto en los labios y me preguntó al oído, en voz baja—: ¿Llevas la daga? —Lo miré sorprendida, pero asentí ante aquella insinuación de que la utilizara—. Bien.
¿Sospecha que es Federico quien me daba las palizas?
Seguía preguntándomelo cuando sentí una de aquellas manos ásperas tomar la mía y la otra posarse en mi cintura. Intenté mantener toda la distancia posible entre nosotros. Su olor bastaba para que se me revolviera el estómago.
¡Cuánto lo odiaba!
—Pensaba que mi querida hija iba a volver a desairarme —comentó con ironía. Guardé silencio; no tenía ningún interés en darle conversación—. Resulta que tienes mano para organizar estos eventos. No voy a negar que pensé que sería un fiasco.
—¡Vaya! Gracias por semejante elogio —respondí con tanta ironía como él.
—Echaba de menos tus malas contestaciones, ragazza. O, mejor dicho, principessa —añadió junto a mi oído. Tuve que contenerme para no apartar la cara y aumentar la distancia.
Su provocación solo consiguió enfurecerme más. Respiré hondo. No podía dejar que notara cuánto me había molestado la forma despectiva en que había imitado a Matteo.
—No puedo decir lo mismo. No he echado nada de menos tu compañía. —Fui sincera y le dediqué la sonrisa más falsa que pude.
—Ah, Chiarinha, no veo la hora de continuar lo que empezamos hace un tiempo. —Me tensé ante la posibilidad de que volviera a ponerme un dedo encima—. Ahora ya no hay nada que nos lo impida, ¿verdad?
—Ya te he dicho que te mataré antes de que eso ocurra —recalqué con frialdad.
—Ah, ragazza, ¿te he dicho cuánto me gustan las rebeldes? No deberías hablarme así. Solo consigues excitarme.
Pensé en mandarlo callar, pero eso solo lo animaría a seguir con su juego. Me quedé en silencio, contando los segundos para que terminara de una vez aquel maledetto baile.
—¿Cómo va nuestro plan? Tu madre sospecha que te estás implicando con ese maledetto más de lo que acordamos, ragazza. Le he dicho que no serías tan tonta como para enamorarte del asesino de tu padre, ¿verdad?
Tragué saliva, buscando una respuesta que no me comprometiera ni confirmara sus sospechas. Al fin y al cabo, todavía no estaba enamorada de él, ¿no? Claro que no. Solo había aprendido a no odiarlo tanto. Quizá incluso me gustara un poco.
No hagas eso, que me enamoraré aún más.
Las palabras que Matteo me había dicho antes volvieron a mi mente. Recordé cuánto me había gustado escucharlas y lo que habían despertado en mí. Pero eso no significaba que yo sintiera lo mismo.
—¿Lo estás, Chiara? —alzó la voz y sentí que me apretaba con fuerza, como si quisiera hacerme daño. Volví a centrarme en el hombre que me chantajeaba.
—¡No te atrevas a hacerme daño, desgraciado! —gruñí, conteniendo el impulso de apartarlo de un empujón y montar una escena delante de todos.
—¡Entonces contéstame, joder! Porque, si te estás enamorando de ese gilipollas, te juro que te voy a follar por todos los agujeros y, cuando me canse de usarte, te cortaré en pedacitos por tu traición, desgraciada.
Por un lado, me amenazaban con violarme y descuartizarme si los traicionaba. Por el otro, mi marido me había amenazado con quemarme viva en una plaza pública si lo traicionaba a él. Estaba jodida de verdad y tuve que contener una risa de pura desesperación ante el lamentable futuro que me esperaba.
—Chiara, tu silencio está empezando a irritarme…
—¡No estoy enamorada, cazzo! —lo interrumpí—. Ahora déjame en paz de una vez. ¡Ya te he dicho que, si intentas acercarme eso que tienes entre las piernas, te mataré antes! ¡Nunca vas a tocarme, desgraciado! —espeté, harta de aquel tema.
No echaba nada de menos tener que hablar con aquel cabrón.
—Espero que sea verdad. Porque, si sospecho que estás mintiendo, no solo me vengaré de los Lucchese, sino también de ti.
Un escalofrío me recorrió la espalda y tuve que impedir que el miedo a su amenaza se reflejara en mi rostro.
Para mi alivio, la canción terminó por fin y me aparté bruscamente de él, sin importarme que alguien lo notara.
—¡No tienes de qué preocuparte! ¡El plan sigue su curso! —mentí antes de salir disparada hacia el baño, intentando recomponerme después de todo lo que me había obligado a escuchar.
Tenía que encontrar una salida a aquella mierda de vida. Necesitaba un plan para salvarme a mí, a Matteo y a su familia, pero no tenía la menor idea de qué hacer. Si se lo contaba, me mataría por haberse casado con una traidora.
Dio mio, ¡me sentía tan perdida! ¿Por qué tenía que ser todo tan difícil en aquella puta vida?
Seguí caminando deprisa hacia el baño. Sabía que mis guardaespaldas probablemente me habían seguido al ver cómo había salido de la pista, pero no me importó. Solo necesitaba un minuto a solas.
Se me llenaron los ojos de lágrimas ante la posibilidad de perder a Matteo cuando descubriera en qué me habían obligado a participar.
No entendería que no había tenido elección ni que mi odio por él había cambiado.
Mi marido era un mafioso, estaba acostumbrado a tratar con gente así.
Que la traición viniera de su propia esposa haría que dejara de confiar en todos aquellos en quienes alguna vez había confiado.
Lo destrozaría, y él hacía tanto por mí…
¿Cómo podía hacerle aquello? ¿Cómo podía librarlo de las emboscadas de Federico si ni siquiera sabía qué estaban tramando últimamente?
Choqué con alguien alto y corpulento. Retrocedí para disculparme, pero, cuando alcé la vista, no pude creer a quién tenía delante.
¡¿Qué mierda de noche era aquella?!
—¿Qué haces aquí? —gruñí, sin una pizca de paciencia.
Vitto Gambino me dedicó aquella sonrisa que un día había creído amar, pero se le fue borrando al advertir mi reacción, tan distinta de la de antes.
—He estado buscando un momento toda la noche para acercarme y hablar contigo, pero tu maridito —se refirió a Matteo con desprecio— no se ha separado de ti ni un minuto.
—A diferencia de tu prometida, ¿no? ¿Dónde está? No la veo a tu lado. Pero ¿sabes qué? Me da igual. Ahora, si me disculpas, no tengo nada más que hablar contigo.
Intenté marcharme, pero dio un paso a un lado y me cerró el paso. Respiré hondo para no montar una escena. Parecía que la gente me seguía con la mirada, sobre todo Elisa, a quien vi observándome a pocos metros, como si esperara que diera un paso en falso para lanzarse sobre mi marido.
—Está en la mesa de su familia, que sí recibió una invitación. Me dolió que la mujer de Matteo Lucchese no me invitara a un evento tan prestigioso. Pero te olvidaste de dejar fuera a la familia de ella, ¿verdad, carina?
Mierda, ni siquiera me había dado cuenta de que era su familia. De haberlo sabido, no los habría invitado.
—¡No me llames así! —Me rasqué la ceja, incómoda por tenerlo delante—. ¿Qué quieres, Vitto? Tengo cosas que hacer y tú no tienes nada que ver con ellas.
—Quería hablar contigo, explicarte lo que pasó. No tuve oportunidad y, cuando intenté llamarte, no me contestaste. Encima me bloqueaste.
—Exacto. Y sigues bloqueado, por cierto. Sigo sin querer saber por qué decidiste casarte sin siquiera decírmelo. En fin, no me interesa. Ahora soy yo la que está casada, ¡y muy bien casada! —admití sin el menor remordimiento. Él tragó saliva, visiblemente disgustado.
—¿Algún problema, principessa? —Aquella voz que me alteraba el cuerpo sonó como un gruñido irritado, y me volví enseguida hacia él.
¿Sabía Matteo quién había sido Vitto en mi vida? No podía ser.
—Matteo Lucchese. —Mi marido le tendió la mano a Vitto para saludarlo. Cuando este la aceptó de mala gana, vi que hacía una mueca y, al soltarla, se masajeó los dedos. Tuve que contener la risa.
¡Mi maridito celoso!
—Vitto Gambino.
Mi marido me rodeó la cintura con una mano, posesivo, y me sentí más segura entre sus brazos.
—Ya sé quién eres —comentó sin mostrar el menor entusiasmo por conocerlo. Algo me dijo que sí, que sabía quién era mi ex. Tragué saliva, temiendo que pensara lo peor de mí, que lo hubiera buscado e incluso invitado—. No veo a tu prometida. No sabía que estuvierais invitados.
—Está en la mesa de su familia. Los invitaron y he venido como su acompañante.
—Bien. Debe de estar buscándote, ¿no? —Me miró y vi que estaba conteniendo la rabia. Me inquietó pensar en lo que me esperaba cuando estuviéramos a solas—. ¿Nos vamos, principessa?
Asentí sin siquiera mirar a Vitto. Ya ni me importaba ir al baño. Habían pasado tantas cosas desde mi conversación con Federico que necesitaría mucho más que un poco de agua en la nuca para recomponerme.