Capítulo 24
CHIARA LUCCHESE
Hicimos todo el trayecto de vuelta en completo silencio. La calidez que había entre nosotros se había desvanecido.
Matteo parecía irritado y perdido en sus pensamientos. Daba la impresión de que se había distanciado de mí para controlar la rabia, y agradecí que tuviera ese autocontrol.
Yo, por mi parte, no dejaba de darle vueltas a todo lo que había ocurrido aquella noche. El desafío de Elisa y su afirmación de que todavía esperaba quedarse con mi marido. Las amenazas de Federico y las cosas repugnantes que quería hacerme. Y, para rematar, la aparición de Vitto.
Lo único bueno de aquel encuentro había sido darme cuenta de que ya no sentía nada por él.
En ningún momento se me aceleró el corazón ni hubo el menor indicio de que todavía lo deseara.
Su cercanía no había despertado ni de lejos lo que mi marido provocaba en mí, y me alegró comprobar hasta qué punto lo había superado.
Sin embargo, lo que más me molestaba en aquel momento no era todo lo que había sucedido unas horas antes, sino el incómodo silencio de Matteo. No me provocaba, no me había abrazado ni siquiera me había tocado las manos, y aquello me estaba angustiando.
Ya no podía negar lo mucho que me había acostumbrado a su presencia. Lo sabía, pero solo ahora, al sentir su frialdad, comprendía cuánto lo necesitaba a mi lado. Y eso me sorprendía.
Aquello, sumado al miedo de que Elisa consiguiera ganarse su confianza si Matteo descubría la verdad, no dejaba de atormentarme.
Además, necesitaba saber qué había sido ella en su vida, porque parecía haber sido mucho más que una simple candidata a convertirse en su esposa.
Durante el resto del trayecto seguí dándole vueltas a todo, intentando encontrar una oportunidad para hablar con Matteo, pero su expresión enfadada me quitaba las ganas de intentarlo.
Cuando llegamos a la mansión, subí a nuestra habitación. Matteo me siguió, todavía en silencio.
Me quité las sandalias y la daga de la pierna mientras lo observaba de reojo servirse un whisky con dos cubitos de hielo.
Me cansé de esperar a que mejorara el ambiente entre nosotros y pregunté sin rodeos, con un tono seco:
—¿Qué hubo entre Elisa Moretti y tú?
Volvió el rostro hacia mí, arqueó una ceja y dio un sorbo a su bebida con una calma que me irritó aún más.
—Nada por lo que debas preocuparte.
—No fue eso lo que me pareció, teniendo en cuenta que todavía espera casarse contigo —solté. Quería ver cómo reaccionaba y si le interesaba saberlo, pero él dejó escapar una risa irónica.
—Será que no se ha dado cuenta de que ya estoy casado, ¿no?
—Parecía saberlo perfectamente. ¡Y aun así sigue dispuesta a quedarse contigo si yo te fallo! —admití, todavía molesta por la posibilidad de que tuviera razón.
—¿Y vas a fallarme, amore mio?
Se acercó despacio, seguro de sí mismo, mientras me observaba.
—No tengo intención de hacerlo. —Era verdad. Quería idear algún plan que lo librara de aquella maldita venganza y, si todo salía bien, nunca descubriría en qué me había visto involucrada.
—Entonces no hay nada que temer, ¿no crees?
—Estaba a escasos centímetros de mí y parecía estudiarme—.
Pero voy a dejarte una cosa clara, ya que has sacado el tema.
He tenido mucha paciencia, teniendo en cuenta todo lo que has pasado, pero no voy a aceptar estar casado con una mujer que sigue enamorada de otro.
Lo miré confundida, incapaz de creer que supiera lo de mi pasado con Vitto.
—No estoy enamorada de Vitto, si es eso lo que insinúas —me defendí—. ¿C-cómo lo has sabido? —pregunté con inseguridad.
—Lo sé todo, carina. —Me estremecí y el miedo me golpeó de lleno—. Investigamos a fondo los pasos de cualquiera que se acerca a nosotros. Contigo no fue diferente. —Se encogió de hombros como si no tuviera importancia.
Tragué saliva, desconcertada por sus palabras.
—Pero no voy a permitir que mi esposa invite a su ex a un evento para tener una oportunidad de volver a verlo.
Así que, si aprecias mínimamente tu vida, más te vale decirme de una vez si todavía sientes algo por ese niñato.
¡No voy a seguir casado con alguien que piensa en otro mientras está conmigo!
—¡Claro que ya no siento nada! —afirmé con convicción—.
No me di cuenta de que había invitado a la familia de su prometida.
Ni siquiera recordaba quién era ella. Pero, si hubiera sabido que tenías a una candidata tan decidida a quedarse contigo, tampoco habría invitado a los Moretti —admití, para mi propia sorpresa.
Dio un paso más hacia mí y sentí su aliento rozarme la piel.
—Si sigues comportándote así, voy a pensar que estás celosa, principessa.
No podía negarme a mí misma que estaba muerta de celos, pero no se lo admití abiertamente. Él ya lo sabía; solo quería oírmelo decir con todas las letras.
Subió una mano hasta mi rostro y me acarició despacio.
—No tienes que preocuparte por Elisa, amore mio. Cuando tuve la oportunidad de casarme con ella, no lo hice. ¿Por qué iba a hacerlo después? No tienes motivos para estar celosa. Soy completamente tuyo; solo falta que te des cuenta.
El corazón se me aceleró y estuve a punto de decirle que yo también era suya, pero me contuve, todavía insegura de lo que sentía en realidad.
—Tú tampoco tienes que preocuparte por Vitto. Lo que sentí por él fue un simple enamoramiento adolescente. Hoy he confirmado que ya no siento nada.
Mis palabras parecieron agradarle, aunque tuve la impresión de que esperaba algo más.
No dije nada más. Matteo se apoderó de mis labios de pronto, como si necesitara sentirme lo más cerca posible para disipar la tensión que se había instalado entre nosotros.
Me entregué a aquel beso lleno de deseo. Nuestras lenguas se movían en perfecta sintonía y el fuego nos envolvía por completo.
Sus manos alcanzaron mis piernas y me levantó en brazos para llevarme hasta la cama. Me tumbó y se colocó encima de mí sin separar nuestros labios.
Sentí la suavidad de su boca sobre mi cuello y me quedé sin aliento. Quería cada vez más y apenas soportaba aquella deliciosa tortura: sus labios alternaban entre mi boca y mi cuerpo.
Atraje su rostro hacia el mío y lo sostuve entre las manos.
Tenía los labios hinchados por nuestros besos y sus iris grises apenas formaban una estrecha franja alrededor de las pupilas dilatadas.
Me miraba con un deseo desbordante, y el corazón me latía como si fuera a estallar por todo lo que aquel hombre me hacía sentir.
Lo deseaba. Necesitaba tenerlo para mí, por completo, sin remedio. Por eso pronuncié las palabras que un día había jurado no decir.
—Hazme tuya —pedí con una voz ronca que apenas reconocí como mía—. Quiero ser tuya, Matt.
Una sonrisa sincera, cargada de picardía, apareció en sus labios. Sus ojos brillaron de expectación al comprender que por fin había cedido a lo que de verdad deseaba. No hizo falta decir nada más.
—No tienes idea de cuánto he soñado con el día en que me lo pedirías, amore mio.
Volvió a besarme, esta vez con más intensidad que antes, mientras saboreaba cada detalle de lo que estaba ocurriendo entre nosotros.
—¿Estás segura de que estás preparada? —preguntó al separar nuestros labios. Asentí con una sonrisa sincera.
—Nunca he estado tan segura, amore.
Sus ojos brillaron aún más al oír aquel apelativo cariñoso.
—Dio, vas a acabar conmigo. —No tuve ocasión de responder. Me besó con tantas ganas que olvidé cualquier otra cosa que hubiera pasado por mi cabeza.
Matteo soltó mis labios y sentí su barba rozarme el cuello y la piel detrás de la oreja. Nunca habría imaginado que aquel roce pudiera resultar tan excitante. Alternaba los besos con pequeños mordiscos y me torturaba con la sensación de su barba sobre la piel.
Fue bajando despacio por mi pecho, dejando besos alrededor del escote.
—Estos pechos me vuelven loco. —Sus palabras eran un afrodisíaco para mí.
Me acarició los pechos y los masajeó por encima del vestido mientras mordía uno de mis pezones endurecidos a través de la tela. La sensación fue tan deliciosa que la sentí directamente entre las piernas. No pude evitar mover las caderas, impaciente por lo que iba a hacerme.
—¿Te gusta este vestido? —preguntó con voz ronca.
¿A quién le importa el vestido ahora mismo? Estuve a punto de decirlo.
—Ajá… —conseguí responder, obligando a mi cerebro a pensar.
—Qué pena…
No entendí su comentario, todavía aturdida por lo que hacía con mis pechos. Cuando iba a preguntarle, se incorporó, agarró la tela que los cubría y tiró de ella en direcciones opuestas, abriendo los brazos y partiendo mi precioso vestido en dos.
Abrí mucho los ojos, incapaz de creer que lo hubiera rasgado en un instante. Aquello me excitó todavía más, algo que no había creído posible.
—Estás loco… —murmuré, aún asombrada. Su mirada ardiente recorrió mi cuerpo y me mordí el labio, impaciente por descubrir qué iba a hacerme—. Me gustaba ese vestido —apenas conseguí decirlo mientras sus labios dibujaban el contorno de mis pechos desnudos, pues no llevaba sujetador.
Gemí cuando los mordisqueó y después se los llevó a la boca.
—Te compro otros diez si quieres.
Que le den al vestido. Solo quiero que sigas haciendo lo que sea que estés haciendo.
—Presuntuoso… —lo provoqué mientras le tiraba del pelo, consumida por el deseo.
Sus dedos recorrieron una marca de nacimiento que tenía debajo de uno de los pechos. Sonrió, como si le hubiera gustado, y se inclinó para besarla con tanta sensualidad que supe que nunca volvería a mirarla de la misma manera.
Sus dedos alcanzaron mis bragas y levanté las caderas para ayudarlo a quitármelas. Pero su mirada traviesa me reveló lo que pensaba hacer en realidad. De un tirón, rasgó la tela que cubría mi intimidad.
—Nunca voy a cansarme de ver este coño tan delicioso.
—Deslizó los dedos despacio por mi vulva y moví las caderas hacia él, dejando escapar un gemido—.
Parece tan estrechito. —Su pulgar trazó círculos sobre un punto sensible que me hacía sentir un placer delicioso y aumentaba mis ganas de recibir más.