Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 22 #3
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Capítulo 22 #3

Las sillas tapizadas en tonos neutros ofrecían comodidad a los invitados mientras disfrutaban de la excepcional gastronomía siciliana. Los platos combinaban sabores tradicionales y contemporáneos con ingredientes frescos de la zona, reflejo de la rica y variada cocina de la región.

Sobre el escenario, situado al fondo, varios músicos tocaban ya piezas tradicionales. Habían llegado muchos invitados y parecían encontrarse a gusto.

Todo marchaba incluso mejor de lo previsto y me moría de ganas de saber cuánto se recaudaría en la subasta que estaba teniendo lugar en el escenario.

La asesora que había contratado me informó de que la mayoría de los empresarios invitados habían acudido y parecían competir por ver quién donaba más.

Todo el dinero recaudado se destinaría al gran orfanato de Sicilia.

Según me había contado doña Sandra, los Lucchese ya hacían donaciones mensuales a algunos de ellos.

A pesar de los miles que mi marido había invertido en el evento, supe que también había hecho una donación.

Su gesto generoso me sorprendió y me alegró más de lo que podía expresar: no se parecía en nada al hombre que yo creía conocer poco más de un mes atrás.

Estábamos sentados observando cómo se subastaban algunos viajes cuando sentí la mano de mi marido deslizarse despacio, con una lentitud torturante, por la abertura de mi vestido. Se me erizó la piel a pesar del calor que hacía en el salón.

Pietro, sentado al otro lado de Matteo, estaba absorto en una animada conversación por el móvil.

Quería devolverle la caricia a mi marido, pero me sentía cohibida. Mi madre y mi padrastro estaban justo enfrente, al otro lado de la mesa, y su presencia me quitaba toda libertad.

No quería que notaran la complicidad que había surgido entre Matteo y yo. Mi madre empezaría a sospechar que no estaba cumpliendo mi parte de su plan y eso sería peor, porque no sabía qué podrían hacerle a la familia Lucchese.

¿En qué momento había empezado a preocuparme por lo que pudiera pasarles sin darme cuenta?

Tuve que contener la sonrisa que insistía en asomar a mis labios. De vez en cuando sujetaba la mano de mi marido, temerosa de que alguien nos descubriera.

—Qué controlada eres, principessa —me susurró al oído con voz seductora. No pude resistirme a clavarle las uñas en el muslo—. No hagas eso, que me enamoraré aún más.

Lo miré sobresaltada por lo que acababa de decir y tragué saliva ante la posibilidad de que hablara en serio. Cuando encontré sus ojos, llenos de cariño y devoción, supe que no estaba bromeando.

—No bromees con eso, Matteo —dije, con el corazón latiéndome todavía más fuerte en el pecho.

—No estoy bromeando, amore mio.

Sentí que el corazón estaba a punto de estallarme. Cuando acercó los labios a los míos, no le impedí que me besara, aunque estuviéramos en público.

Todavía no tenía claro qué sentía en realidad. Solo sabía que, con cada día que pasaba, aquel odio que había sentido por él se transformaba poco a poco en otra cosa, muy distinta del sentimiento que antes me corroía por dentro.

Volví la cara hacia delante al ver el destello de varios flashes sobre nosotros y me arrepentí al instante: me encontré con la mirada afilada de Federico. Su rostro destilaba odio. Un escalofrío me recorrió la espalda y tuve que frotarme un brazo para aliviar el frío que me había invadido.

Intenté prestar atención al resto de la subasta, pero no dejaba de pensar en lo que Matteo había dicho sobre enamorarse aún más de mí ni en la mirada diabólica que Federico nos había lanzado.

Mi marido se mostró más reservado después de nuestra conversación, como si hubiera quedado pensativo.

¿Esperaba que le dijera que yo también me había enamorado de él?

Tal vez, pero no podía afirmar algo de lo que ni siquiera estaba segura.

Vitto había jugado con mis sentimientos y me había destrozado.

Aunque al principio odiaba a Matteo, aquello ya era cosa del pasado y no iba a hacerle lo mismo.

Sabía demasiado bien cuánto dolía que jugaran contigo.

Bastante peso llevaba ya sobre los hombros; no necesitaba añadir otra carga a mi condena.

Cuando terminó la subasta, le dije a mi marido:

—Tengo que ir al baño. —Él asintió mientras miraba a un hombre que reconocí como miembro de la famiglia y que se acercaba a nosotros.

—De acuerdo, no tardes. Estaré aquí con el señor Marcondes.

Me levanté y fui hacia el baño. Sentía la mirada fija de mi padrastro quemándome la espalda, lo que me irritó todavía más.

Entré, usé el aseo y, después de lavarme las manos, me quedé observándome en el espejo. Pensaba en todo lo que había ocurrido durante la última media hora, aún confundida por lo que sentía por Matteo y por la amenaza silenciosa de la mirada del marido de mi madre.

Me mojé la mano y me humedecí la nuca. Me habría gustado echarme agua en la cara, pero todos lo notarían porque se me estropearía el maquillaje.

Oí abrirse la puerta y entró una mujer muy elegante.

No recordaba quién era, aunque me resultaba familiar.

No me miró con repulsión, pero pareció examinarme de arriba abajo y todas mis alarmas se encendieron.

—Así que tú eres la famosa Chiara Caruso, la que consiguió robarle el corazón al codiciado Matteo Lucchese.