Capítulo 22 #2
—¡Me encanta! —aseguré mientras recorría con cuidado su contorno con los dedos, todavía sin poder creer que me hubiera regalado una de las cosas que más deseaba.
Yo tenía una que Leonardo había conseguido para mí tiempo atrás, pero era sencilla y no estaba tan afilada como me habría gustado. Aun así, podría hacer bastante daño si llegaba a necesitarla.
Aquella, en cambio, era magnífica y preciosa. Además, venía con una cinta elástica para sujetarla a la pierna si quería.
—¿Cómo lo sabías? —conseguí preguntar, tratando de entender qué lo había llevado a regalarme aquello.
—¿Que guardabas una daga debajo de la almohada? —Abrí mucho los ojos. No sabía que se hubiera dado cuenta—. Tranquila, principessa. Sabía por qué la tenías ahí. No me conocías; no podía juzgarte por intentar protegerte.
Tragué saliva sin saber qué responder.
—Pero ¿nunca te dio miedo que hiciera algo con ella mientras dormías? —Yo sí lo habría tenido si hubiera descubierto que mi marido dormía armado a mi lado y que, además, me lo ocultaba.
—Era un riesgo. —Se encogió de hombros—. Pero algo me decía que no la tenías para matarme, sino para defenderte. ¿Me equivocaba? —Negué con la cabeza—. Bien. Ahora tenemos que irnos. ¿No vas a mirar tu regalo? Empiezo a pensar que no te ha gustado.
Negué con la cabeza, con una sonrisa nerviosa.
—No es eso, me encanta. Me ha sorprendido que lo supieras y que me regalaras una. No esperaba algo así de ti.
Me acarició la cara y me levantó la barbilla para mirarme a los ojos.
—Carina, quiero que te sientas cómoda, tanto a mi lado como cuando estés lejos de mí.
Si una daga te hace sentir más segura, me parece bien.
Esa forma tuya de estar siempre alerta y esa necesidad de defenderte tienen una razón.
Espero que algún día confíes en mí lo suficiente para contármela.
Por ahora, solo quiero apoyarte en tu necesidad de protegerte.
Haré todo lo que esté en mi mano para ayudarte con eso.
Se me llenaron los ojos de lágrimas y, antes de pensar en lo que hacía, le rodeé el cuello con los brazos y lo abracé con fuerza. Porque se preocupaba por mí, porque cuidaba de mí y porque no intentaba arrebatarme la capacidad de decidir cómo defenderme.
—Gracias. No tienes idea de lo importante que es esto para mí —admití mientras unas lágrimas me resbalaban por las mejillas.
Cuando nos separamos, Matteo me dio un beso cariñoso en los labios, sacó la daga de la caja y la puso en mis manos.
—Entonces, ¿qué te parece si la estrenas esta noche?
Lo miré asombrada y tragué saliva, preguntándome si aquel hombre existía de verdad.
—¿Hablas en serio?
—Claro. Si no, ¿para qué te la habría regalado? ¿Para que se quedara debajo de la almohada? Aquí no corres peligro, amore mio. Así que ¿por qué no llevarla al evento de esta noche?
Sonreí de oreja a oreja, entusiasmada, y examiné los detalles de la extraordinaria daga que acababa de recibir. Bajo la mirada de Matteo, levanté la tela junto a la abertura de mi vestido y saqué la antigua.
—¿Cómo no se me había ocurrido que ya irías armada? —bromeó. Sus ojos brillaban de deseo mientras contemplaba mis piernas, y le guiñé un ojo.
—No solo la guardo debajo de la almohada, ¿sabes?
—Ya veo… Ven, deja que lo haga yo.
Se arrodilló delante de mí y, cuando me tocó la pierna, la respiración se me entrecortó por lo sensual de aquel contacto. Ajustó la cinta elástica alrededor de mi muslo y sujetó la daga sobre ella.
—Joder, estás muy sexy con esto en el muslo. —Se humedeció el labio sin apartar la mirada de mi pierna, mientras sus dedos seguían recorriéndola en una tortura deliciosa—. Cuando dejes de darme largas, querré follarte sin que lleves nada más que esto.
Y, como la loca que era, sentí que sus palabras hacían que un calor delicioso me recorriera el cuerpo y me empapara las bragas, algo que me ocurría cada vez con más frecuencia.
—Quizá yo también quiera eso —admití con una sonrisa traviesa, mirando a mi marido, que seguía arrodillado a mis pies.
—Eres la mujer de mis sueños, principessa. —Matteo dejó varios besos en mi muslo desnudo y no pude evitar el pensamiento que me vino a la cabeza después de su declaración.
Tal vez tú también seas el hombre de los míos.
Unos golpes en la puerta interrumpieron la tensión sexual que nos envolvía. Matteo se levantó después de colocarme bien el vestido.
—¡Adelante! —autorizó.
Pietro entró de inmediato y dijo:
—¡Uf! Estáis vestidos. ¿Podéis dejar de haceros arrumacos? Tenemos que irnos. Doña Sandra me ha pedido que venga a buscaros.
—Ya vamos —dijo Matteo—. Ojalá estuviéramos desnudos de verdad —añadió en voz baja. No pude evitar reírme de su comentario mientras salíamos al pasillo.
***
Todo transcurría según lo previsto en el primer evento que había organizado.
El aparcacoches abrió la puerta de nuestro coche junto a una alfombra roja que llegaba hasta la entrada del recinto.
Matteo salió primero y me tendió la mano para ayudarme a bajar.
Nos fotografiaron juntos entre numerosos flashes y sabía que, al día siguiente, la noticia sobre el gran empresario Matteo Lucchese y su esposa ocuparía las portadas de las revistas.
Nada más entrar, comprobé que todo estuviera como lo había planeado y me sentí satisfecha con lo que vi.
El salón se encontraba en una antigua villa siciliana con unas vistas deslumbrantes al mar Mediterráneo.
Al entrar, nos envolvía una atmósfera cálida y acogedora.
Elegantes arcos enmarcaban las paredes encaladas y dejaban ver la riqueza arquitectónica del lugar.
El suelo de mosaico de terracota aportaba autenticidad a la decoración y evocaba la tradición y la cultura de Sicilia.
El centro de todas las miradas era una impresionante lámpara de cristal que colgaba del techo abovedado y bañaba el salón con una luz suave.
Las mesas estaban distribuidas con elegancia por el espacio y cubiertas con manteles de lino de alta calidad.
Cada una lucía un delicado arreglo floral que incorporaba elementos propios de Sicilia, como naranjas y jazmín.