Capítulo 22
CHIARA LUCCHESE
Había pasado una semana desde que Matteo y yo dimos un paso adelante en nuestra relación y, desde entonces, cada vez me resultaba más difícil mantener las distancias. La verdad era que no quería hacerlo, y eso todavía me asustaba.
¿Cómo podía haber cambiado tanto en relativamente poco tiempo? Antes no quería verlo ni en pintura y, sin embargo, ahora ansiaba que llegara a nuestra habitación para repetir todo lo que habíamos hecho durante la última semana.
Después de aquel paso, Matteo no permitió que volviéramos al punto de partida y yo tampoco hice nada por apartarlo. También lo deseaba. Tanto que empezaba a pensar cada vez más en el momento en que me entregaría a él.
No conseguía olvidar la verdadera razón por la que estaba allí, menos aún cuando mi madre insistía en llamar para preguntarme cómo iban mis intentos de quedarme embarazada.
Empezar a acostarme con Matteo sería poner en marcha definitivamente lo que ellos querían.
Aunque tomara anticonceptivos, sabía que, si de verdad comenzábamos a llevarnos bien, tarde o temprano llegaría la petición de un heredero. ¿Qué haría entonces?
Además, pese a mi inexperiencia sexual, sabía que ningún método anticonceptivo era cien por cien eficaz.
¡No sabía qué hacer! Lo deseaba, pero no de aquella manera, no con tantas mentiras entre nosotros.
Aunque tampoco era como si tuviera elección, ¿verdad?
Si decidía contarle la verdad, me mataría, tal como me había amenazado una vez.
Seguro que mataría incluso a mi hermana, que no sabía nada de lo que ocurría en aquella familia.
Respiré hondo, frustrada, mientras terminaba de arreglarme. Aquellos pensamientos me habían atormentado durante todo el día.
Por fin había llegado el gran evento que había organizado.
En parte, me ilusionaba ver cómo mi trabajo se hacía realidad.
Pero también estaba nerviosa por la posibilidad de que fuera un fiasco y todo saliera mal.
Sería una vergüenza para la familia Lucchese y no quería avergonzarlos.
Aunque a mi madre y a su marido les alegraría, también estaba en juego mi nombre.
Todos sabían que el evento lo había organizado la esposa de Matteo, así que la mayor humillación sería para mí.
Me puse uno de los vestidos que había comprado a la diseñadora que Matteo había puesto a mi disposición.
Era de un rojo intenso, sencillamente magnífico, y estaba deseando ver la reacción de mi marido.
Esperaba que le gustara, aunque no lo había escogido para complacerlo.
Sin embargo, sería una hipócrita si negara que había pensado en cómo me elogiaba cuando vestía de rojo.
Tal vez una pequeña parte de mí sí había querido agradarle. Un poco, al menos.
El vestido era bastante sensual. Solo tenía una pequeña abertura en la espalda, pues no quería mostrar mis cicatrices, pero el escote delantero era muy atrevido.
Sonreí al imaginar la cara que pondría Matteo cuando me viera.
Si de verdad era tan celoso como había demostrado en algunas ocasiones, se pondría hecho una furia.
Y eso era precisamente lo que quería: verlo celoso.
Nunca había tenido una relación así y, la verdad, me gustaba verlo de aquella manera.
Cogí el precioso collar, cuya fina y delicada cadena de oro blanco de dieciocho quilates se ajustaba con elegancia a mi cuello.
Del centro colgaba un diamante de talla excepcional, de tamaño generoso y una pureza impecable.
Lo rodeaba una montura de oro blanco trabajada con esmero para crear un sutil contraste y realzar la piedra.
Alrededor del diamante central, otros más pequeños aportaban un brillo adicional a la pieza.
Matteo se había empeñado en dejarlo en nuestra habitación aquella misma tarde para que lo llevara esa noche. No tenía nada de extravagante, lo que demostraba lo bien que me conocía mi marido: sabía que, de haberlo sido, no me lo habría puesto.
Terminé de maquillarme con un pintalabios rojo y agradecí haber comprado uno que no se corriera. Teniendo en cuenta lo mucho que nos habíamos acercado últimamente, convenía evitar que acabara pareciéndome al Joker en el primer evento que organizaba como dama de la mafia.
Llamaron a la puerta, pero no hizo falta que diera permiso para entrar. Mi elegante y guapísimo marido apareció vestido con un esmoquin negro y tuve que contener un suspiro para no delatarme delante de él.
Todo aquello seguía resultándome muy extraño. Debería haberme parecido inadmisible sentirme tan plena a su lado, pero ocurría justo lo contrario. Podía afirmar que, por primera vez en mis dieciocho años de vida, era feliz.
Sabía que no debería ser así. Tendría que echar de menos mi casa y a mi madre, desear que viniera a verme e ir yo a visitarla.
Sin embargo, nada de eso me ocurría. Había empezado a contestar sus llamadas precisamente para evitar sus visitas inesperadas; no quería recibirlas.
En cuanto a mi hermana, le pedí a Pietro que fuera a buscarla un día entre semana y pasamos la jornada juntas en la piscina.
Le encantó, sobre todo cuando le enseñé la preciosa biblioteca de la mansión.
Siempre había leído incluso más que yo, así que para ella fue el mejor regalo que podía haber recibido.
—Estás… Vaya… —Matteo negó con la cabeza mientras me miraba de arriba abajo. No pude evitar una risita: por primera vez había conseguido dejar a mi marido sin palabras—. Estás preciosa, deslumbrante. Serás la mujer más hermosa de la fiesta, sin ninguna duda.
Me mordí el labio, encantada con su reacción, y me alegré todavía más de haber elegido aquel vestido.
—Tú también estás impresionante —admití, aunque la palabra se quedaba corta.
Una media sonrisa apareció en su rostro mientras se acercaba lentamente a mí con las manos en los bolsillos delanteros del pantalón. Dio mio, estaba tan sexy al caminar de aquella manera que sentí una oleada de calor antes siquiera de que me tocara.
—No voy a poder separarme de ti en toda la noche…
—¿Ah, sí? ¿Y puedo saber por qué, señor Lucchese?
—Porque ese escote muestra más de lo que me gustaría compartir, amore mio. Ya sabes que no me gusta que miren lo que es mío, ¿recuerdas? —Matteo arqueó una ceja, intentando intimidarme, pero alcé la barbilla para dejarle claro que no pensaba cambiarme de vestido por eso.
Tal como había imaginado, el vestido le daría motivos para protestar, y me encantó verlo mostrar sus celos.
Me sujetó por la cintura y deslizó una mano hasta mi escote.
Sus dedos recorrieron el contorno de mis pechos con tanta delicadeza que se me erizó la piel y sentí el efecto de aquella caricia entre las piernas.
—Entonces parece que tendrás que quedarte a mi lado toda la noche, semental. Porque no pienso cambiarme.
—Estás demasiado guapa con él para quitártelo.
No sería capaz de pedírtelo. Prefiero quedarme pegado a ti; al fin y al cabo, no será ningún sacrificio.
—Se encogió de hombros con una sonrisa traviesa y acercó sus labios a los míos para darme un beso ardiente, tan ardiente como me sentía yo desde que había entrado en la habitación.
Nuestras lenguas se buscaban con deseo y sus manos pegaron aún más nuestros cuerpos. Nos perdimos el uno en el otro durante un rato, hasta que, para mi decepción, Matteo terminó el beso con un breve roce de labios y dio un paso atrás. Seguía mirándome con las pupilas dilatadas.
—Me gustaría hacer tantas cosas contigo ahora mismo… ¿Por qué tienes que ser tan difícil, carina?
Solté una carcajada al ver su desesperación. Lo que él no sabía era que yo me sentía igual.
—Si te lo pusiera fácil, quizá no tendría la misma gracia, ¿no crees?
—¿Sabes que nunca había pasado tanto tiempo sin acostarme con nadie desde que descubrí lo que era el sexo? —preguntó con una mirada que pedía compasión, y consiguió hacerme reír a carcajadas.
—¿Ves lo fuerte que eres? Me alegra saber que no te estás muriendo por mantener esa exageración de… ya sabes… dentro de los pantalones… —Me sonrojé al intentar referirme a su polla. No era que nunca hubiera dicho esa palabra, pero, por algún motivo, me daba vergüenza hacerlo delante de él.
—¿Te da vergüenza decirlo, principessa? Venga, que yo te ayudo. ¡Polla! ¡Repítelo! —sugirió despacio para seguir torturándome, y me puse aún más roja—. También vale «picha», «esa picha monstruosa que tienes». Venga, dímelo. O «cipote», «verga», «mástil»…
Me eché a reír por la forma en que hablaba de sí mismo. Negué con la cabeza mientras me secaba una lágrima que se me había escapado de tanto reír a su lado.
—Anda, cállate. Tenemos que irnos o llegaremos tarde —decreté, tratando de mantenerme firme para no seguir besándolo.
Una sonrisa tierna le iluminó el rostro. Me rozó la cara con los dedos y me acarició.
—Ya nos vamos, pero antes tengo algo para ti.
Abrí mucho los ojos, sin poder creer que aquel hombre existiera de verdad.
—¿Cómo que tienes algo para mí? Ya me has regalado este collar precioso. ¿No te cansas de hacerme regalos? Vas a malacostumbrarme.
—Esa es la idea, carina.
Sacó del esmoquin una caja grande de terciopelo negro. Por su forma pensé que contendría otro collar, pero no tenía sentido: ya me había regalado uno aquel mismo día y quedaría muy recargado llevar los dos a la vez.
Matteo la sostuvo frente a mí y no pude apartar los ojos de ella, consumida por la curiosidad. Sujetó la base con una mano y levantó la tapa, manteniendo la caja orientada hacia mí. Di un paso atrás, incapaz de creer lo que estaba viendo.
Me llevé la mano a la boca, abierta de asombro ante aquel regalo, y alcé la mirada hacia sus ojos, que brillaban de expectación.
—V-vaya… —tartamudeé, sin encontrar las palabras—. Es preciosa.
Dentro había una hermosa daga de oro blanco de unos veinte centímetros de largo, con una hoja de metal reluciente y curvada. La empuñadura estaba adornada con diamantes engastados, al igual que la guarda.
Me quedé sin palabras ante aquel gesto inesperado. No sabía qué decirle.
—Es tuya… ¿No quieres cogerla y ver qué te parece? Pedí que no fuera muy pesada para que pudieras manejarla con facilidad. Si no te gusta, puedo pedir que la cambien, pero…