Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 21 #3
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Capítulo 21 #3

Le acaricié el rostro con delicadeza, intentando contener el deseo. Separé mis labios de los suyos y empecé a besarle la cara, la mandíbula. Le mordisqueé el lóbulo de la oreja y noté que se estremecía de excitación.

Rocé su piel suave con la perilla y se le erizó por completo, para mi deleite.

—Qué guapa eres. —Le besé una mejilla—. Qué perfecta. —Le besé la otra—. Qué mía. —Le besé la punta de la nariz.

Dejó escapar una risita por la nariz y negó con la cabeza, con una sonrisa burlona.

—Todavía no, semental. Aún no voy a entregarme a ti por completo.

—Eso no impide que seas mía. —Me encogí de hombros—. Ahora quédate quieta, que quiero darte placer.

Se mordió los labios, embelesada, y entendí aquel gesto como una señal de aprobación.

Fui bajando, dejando un rastro de besos por su cuello y sus hombros, hasta que por fin llegué a sus pechos perfectos. No perdí más tiempo y me llevé cada uno a la boca.

Atormenté a mi fierecilla por cada día que me había hecho esperar para probarlos. Ver cómo se retorcía debajo de mí, presa de la excitación, solo me animaba a continuar.

Alternaba los mordisquitos y los besos en sus pezones con las caricias de mi lengua y mi boca sobre sus pechos. Chiara parecía a punto de volverse loca mientras me revolvía el pelo con los dedos.

Seguí bajando los labios por su vientre y vi una de sus cicatrices, de color claro.

Mi principessa se dio cuenta de dónde miraba y su cuerpo se tensó al instante.

Cuando intentó atraer mi rostro hacia el suyo para distraerme, besé el contorno de cada cicatriz.

Quería demostrarle que la deseaba con todas ellas; quizá fueran parte de lo que más me fascinaba de la mujer fuerte en la que se había convertido.

El cuerpo de Chiara se relajó al instante y seguí mi camino hacia donde tantas ganas tenía de llegar.

Le sujeté los muslos, abriendo ante mí su coño completamente húmedo, y se me hizo la boca agua de deseo.

—Como te decía, perfecta.

Respiró hondo sin apartar sus ojos inseguros de ninguno de mis movimientos.

Deslicé la mano por su piel hasta llegar a sus pies, tan pequeños y delicados como ella.

Llevaba las uñas pintadas de rojo y un anillo en el segundo dedo de un pie que lo hacía aún más bonito.

No pude resistirme a chuparle el dedo gordo sin dejar de mirarla, atento a cada reacción de mi fierecilla.

Fui subiendo con los labios, besándole el pie, el talón y toda la pierna. Al final dejé de posponer lo que de verdad quería hacer y pasé la lengua por toda su vulva, de abajo arriba. Chiara encogió el cuerpo, visiblemente tímida, pero se le escapó un gemido. Era la señal que necesitaba.

Hundí la boca entre sus piernas, introduje la lengua en su intimidad y le chupé el clítoris. Mientras me deleitaba con el sabor de su excitación, sentí que me tiraba del pelo, como si necesitara tocarme de cualquier manera posible.

Llevé el pulgar hasta su clítoris y empecé a acariciarlo en círculos, en el sentido de las agujas del reloj. Se me puso la polla completamente dura al verla retorcerse ante mí, perdida en un placer y unas sensaciones que imaginaba desconocidos para ella hasta entonces.

—Dio… Qué bien sienta…

Seguí dándole placer a mi esposa y, cuando noté que se contraía contra mi boca, supe que estaba cerca del clímax.

Aceleré las caricias del pulgar y hundí más la lengua en ella. Sentí cómo se corría en mi boca, para placer suyo y también mío.

Saboreé cuanto me dio, fascinado por haber descubierto al fin el sabor de su placer. Supe que acababa de convertirse en mi sabor favorito.

—Eres deliciosa, fierecilla.

Cuando cesaron sus espasmos, subí hasta quedar encima de ella.

No pude resistirme a rozar ligeramente su delicioso coño con la polla.

Una sonrisa de oreja a oreja apareció en su rostro y confirmé lo que ya sospechaba, aunque todavía no quisiera admitirlo: estaba completamente perdido y enamorado de aquella mujer. Haría cualquier cosa por hacerla feliz.

Puede que ella nunca sintiera lo mismo por mí, pero, si conseguía dibujar esa sonrisa en su rostro todos los días, me sentiría plenamente satisfecho con mi plan de vida.

Seguí rozándola con la polla, deseando que cambiara de idea y me pidiera más, y decidí provocarla.

—Sabes que aún te queda mucho por probar, ¿verdad? Puedo enseñártelo si quieres. —Sonreí de lado cuando su risa llenó la habitación.

—¡Anda, cállate! —Me revolvió el pelo con las manos, pero no me apartó. Se mordió el labio inferior, visiblemente excitada y pensativa por mis palabras. Sin embargo, mi fierecilla no cedió.

No me importó. Sabía que por fin habíamos alcanzado otra etapa en nuestra relación y dado un gran paso adelante.

La incorporé y la atraje hacia mis brazos. Nos abrazamos por primera vez y, mejor aún, desnudos.

—Ven, vamos a ducharnos y después descansaremos.

Asintió y así nos dimos nuestra primera ducha juntos, entre caricias y muchos besos.

Cuando volvimos a la cama, mi principessa llevaba otra vez su babydoll, mientras que yo solo me había puesto unos calzoncillos bóxer. Atraje su delicado cuerpo contra el mío y dormimos abrazados de lado por primera vez, con la nariz hundida en su pelo perfumado, para mi completa satisfacción.