Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Alcé la vista hacia su rostro y advertí que estaba nerviosa por lo que hacía, pero aquella leve inseguridad pareció desvanecerse cuando dio el primer paso hacia mí y entró en el baño.

Abrió la puerta de cristal de la ducha sin dejar de mirarme.

Tuve que humedecerme los labios, que se me habían quedado secos, y, antes de que se me ocurriera qué decirle, acortó la distancia entre nosotros, me atrajo hacia ella por la nuca y se apoderó de mi boca.

Por primera vez, había sido ella quien había tomado la iniciativa de besarme.

Solo eso ya era una de las mejores sorpresas que podía haber recibido en aquel momento.

Nuestras lenguas se buscaban con deseo. A diferencia del beso que nos habíamos dado al final de la tarde, este era puro fuego, excitación y necesidad de tener todo lo posible el uno del otro.

Mis manos fueron a su cintura y recorrieron su espalda desnuda, ya empapada por el agua que caía sobre nosotros.

Quería explorar todo su cuerpo, pero temía que un gesto inoportuno la apartara de mí, así que esperé a que ella decidiera qué quería hacer.

Como si me hubiera leído el pensamiento, una de sus manos descendió despacio por mi pecho, en una deliciosa tortura. Recorrió los músculos de mi abdomen y, cuando llegó a mi polla, sentí que había alcanzado el cielo.

Su mano delicada empezó a subir y bajar por toda mi longitud. No pude evitar que se me escapara un gemido contra su boca y una sonrisa traviesa apareció en sus labios, satisfecha de haber conseguido darme placer.

Ya no aguanté más. Sin separar nuestras bocas, que parecían querer devorarse con la ferocidad de aquel beso, llevé las manos a sus pechos.

Cuando noté su peso entre los dedos, acaricié uno de sus pezones endurecidos con el pulgar, trazando círculos lentos.

Chiara pareció disfrutarlo: arqueó el cuerpo hacia mí, pidiendo más.

No tuve que pensármelo dos veces para complacer a mi mujer. Alterné las caricias circulares con suaves pellizcos y, cuando gimió en mi boca, perdí el poco control que me quedaba. Bajé una mano hasta su intimidad y la toqué. Estaba empapada, y no precisamente por el agua de la ducha.

—Estás mojadita para mí, fierecilla.

Estaba a punto de empezar a acariciarle el clítoris cuando Chiara se apartó un poco y me miró con cierta inseguridad. Esperé a que me indicara qué quería.

—Quiero probar una cosa. Si lo hago mal, me ayudas.

La miré intrigado. Mi mente empezó a recorrer toda clase de posibilidades y, cuando se arrodilló ante mí, sentí que un sueño muy reciente se hacía realidad.

Observó mi polla erguida y se humedeció los labios como si tuviera delante el manjar más apetecible del mundo. Supe que guardaría aquella imagen en la memoria el resto de mi vida.

Sus ojos se encontraron con los míos y solo vi deseo en ellos. Tenía las pupilas dilatadas y me sorprendió que mis ganas de aquella mujer siguieran aumentando a cada minuto, cuando creía que ya no era posible desearla más.

Me sujetó la polla con una mano, acercó los labios y pasó lentamente la lengua alrededor del glande, como si probara algo por primera vez y saboreara el descubrimiento.

Eché la cabeza hacia atrás, todavía incrédulo ante lo que estaba ocurriendo, e intenté contener las ganas arrolladoras de embestir su garganta con fuerza, como solía hacer con las mujeres con las que había estado.

Chiara empezó a metérsela en la boca lentamente, avanzando y retrocediendo para probar hasta dónde podía llegar. La tenía grande, lo sabía, y pocas mujeres conseguían tragársela entera. No esperaba que ella pudiera hacerlo, y menos aún siendo su primera vez.

No pude mantener las manos alejadas de ella por más tiempo.

Le sujeté el pelo en lo alto de la cabeza para animarla a seguir, y Chiara no me decepcionó: adoptó el ritmo que le marcaba.

Para mi sorpresa, se la metía cada vez más hondo.

Intenté distraerme de lo que estaba ocurriendo ante mis ojos para no correrme en su boca después de apenas dos minutos de mamada.

Estaba completamente excitado y que se hubiera lanzado a hacerlo nada más empezar era demasiado para mi autocontrol.

—Cazzo… —gemí, aturdido por todo lo que me hacía sentir.

Empecé a perder el control cuando Chiara aumentó el ritmo de la succión hasta que sentí el glande tocarle la garganta.

Mi fierecilla se apartaba rápidamente cuando le venían arcadas y enseguida volvía a tragármela con deseo.

Ya no podía aguantar más. Intenté retirar la polla para no correrme en su boca, pero ella me agarró de las nalgas y tiró de mí con fuerza.

—Amore mio, suéltame. No aguanto más, voy a correrme… —intenté advertirla de lo que pasaría si no me soltaba, pero la muy traviesa empezó a tragármela aún más deprisa. No pude resistirlo y acabé corriéndome en su boca, soltando unas cuantas palabrotas incoherentes mientras alcanzaba el clímax.

Chiara continuó chupándomela hasta que cesaron los espasmos.

Cuando bajé la cabeza para mirarla, completamente sin aliento, se estaba lamiendo los labios como si acabara de comerse un helado de chocolate.

Sus ojos se encontraron con los míos y vi lo mucho que le había gustado conseguir satisfacerme la primera vez que lo intentaba.

No pude evitar una sonrisa de canalla al pensar en todo lo que quería hacer con ella.

El poco contacto que habíamos tenido ya me había demostrado que nuestra química era perfecta.

Le tendí la mano. Ella la tomó y la ayudé a levantarse hasta que quedó frente a mí, todavía con la mirada prendida de la mía.

—Eres sencillamente perfecta, principessa.

Un ligero rubor le tiñó el rostro y una pequeña sonrisa apareció en sus labios. Volví a juntar nuestras bocas y ella aceptó mi beso sin dudar, como si también ardiera con el fuego que nos consumía por dentro.

Aún no me había duchado, pero no quería perder la oportunidad de darle placer. Le levanté las piernas hasta que me rodearon la cintura y ella se aferró a mí al instante. Caminé con mi fierecilla hacia nuestra cama, sin importarme que fuéramos mojando la habitación a nuestro paso.

La tendí con cuidado sobre las sábanas y me coloqué encima de ella, todavía perdidos en nuestros besos.