Capítulo 21
MATTEO LUCCHESE
Nada salió como esperaba aquella noche. Mi intención era cenar tranquilamente con mi familia y, quizá, acercarme un poco más a mi preciosa fierecilla, sobre todo después de los deliciosos besos que nos habíamos dado junto a la piscina.
Chiara creía que las pullas que intercambiábamos me harían alejarme, pero solo conseguían excitarme más y aumentar mis ganas de doblegar ese orgullo al que se aferraba.
Y eso no hacía más que convencerme de que la espera merecería la pena.
Siempre se me había dado bien leer a las personas y Chiara, desde la primera vez que la vi en aquella discoteca, me había afectado más de lo que creía posible.
Parecía alguien que buscaba la felicidad, una vía de escape.
Cuando advertí lo distinta que se mostraba en compañía de su familia, tuve aún más claro que no iba desencaminado.
Después de casarnos, ella siguió intentando mantener las distancias, como era de esperar.
Sin embargo, al no obligarla a entregarse a mí, como se esperaba de un marido por aquella mierda de la prueba de las sábanas de la noche de bodas, conseguí sorprenderla.
En ese momento me pareció que empezaba a comprender que yo no era el monstruo que se había imaginado.
Al fin y al cabo, dudaba mucho que un hombre normal aguantara un mes de casado sin tocar a su esposa.
No iba a negar que aquello era una tortura interminable y que nunca me había hecho tantas pajas como últimamente, pero me negaba a serle infiel a mi mujer.
Cuando tenía que ir a la discoteca para resolver algún asunto o reunirme allí con alguien por negocios, algunas mujeres, incluidas las bailarinas, se me ofrecían.
Habría sido mucho más fácil aliviar así la tensión sexual hasta que mi esposa decidiera entregarse a mí.
No podía negar que estaba resultando más difícil de conquistar de lo que había imaginado, pero la quería a ella.
Por eso, hasta entonces, no había estado con ninguna otra mujer.
Entré en la mansión acompañado de Marco y Leonardo, que había empezado a trabajar conmigo aquella semana. Chiara aún no lo sabía y le había pedido a su primo que, de momento, no le contara mis planes.
La verdad era que se me había ocurrido convertirlo en el guardaespaldas de mi esposa desde el día en que los vi entrenar juntos en el jardín.
Sabía que nadie cuidaría mejor de su seguridad que él, pero quería verlo en acción antes de decidirme.
Después de aquella noche, ya no tenía dudas: sería perfecto para el puesto.
Su actuación había sido impecable. Tampoco me importaba ya la desconfianza que sentí al descubrir que entrenaban juntos.
Me había quedado claro que entre ellos solo había un cariño fraternal, algo que nunca había visto a Chiara mostrar por ningún otro miembro de su familia, salvo por él y por su hermana.
Todo aquello me daba vueltas en la cabeza y me intrigaba cada vez más su verdadera relación con la familia. Para mí resultaba cada vez más evidente que no era más que una fachada, aunque esperaba estar equivocado.
Las palizas que recibía Chiara también me intrigaban.
Solo quería saber quién se las daba. Deseaba que mi esposa confiara en mí para poder vengarme de quienes se habían atrevido a hacerle daño.
La relación entre nosotros todavía era tan frágil como el cristal y podía quebrarse en cualquier momento si yo daba un paso en falso.
Solo por eso aún no había agarrado a Irene y a Federico para obligarlos a contarme qué le hacían a mi esposa.
Porque, si ellos —incluida su madre, a quien creía inocente de los azotes— no tenían nada que ver con lo ocurrido, perdería la poca confianza que había logrado ganarme.
No quería retroceder con ella. Por eso intentaba que confiara en mí: imaginaba que, después de todo lo que había sufrido, no se fiaba de nadie, y no podía esperar que se sincerara conmigo de un día para otro.
La confianza se ganaba con tiempo y paciencia.
La paciencia nunca había sido mi fuerte, pero por ella intentaba mejorar.
Subí las escaleras hacia nuestras habitaciones pensando que tenía que llevar a Chiara a nuestra casa de Palermo.
Mi intención era pasar allí al menos los fines de semana o, quizá, mudarnos si ella quería.
Sin embargo, en los últimos meses habían ocurrido tantas cosas extrañas que me resultaba difícil pensar en ello.
Tampoco quería dejarla sola en aquella casa enorme, únicamente con nuestros guardaespaldas.
En la mansión, al menos, tenía a mi madre para hacerle compañía.
Ya era más de la una de la madrugada y estaba agotado, además de manchado de sangre por los golpes y por todo lo que había tenido que hacer con los sicarios que habíamos capturado.
Nos habían tendido una gran emboscada y habían estado a punto de atraparme, pero no contaban con mi puntería.
Entre Marco y yo nos habíamos librado de la mitad de sus hombres.
Marco y Carlo habían encerrado a dos sicarios en el calabozo. Al día siguiente, Pietro y yo intentaríamos sacarles información. Por el momento, solo quería ducharme para quitarme la suciedad del cuerpo y descansar junto a mi principessa.
Abrí la puerta despacio y, al entrar en la habitación, apenas iluminada, vi que mi fierecilla dormía con un libro a su lado.
Me acerqué a la cama y advertí que tenía el ceño ligeramente fruncido incluso en sueños.
Recordé el mensaje que me había enviado unas horas antes, pidiéndome que tuviera cuidado, y sonreí ante la posibilidad de que estuviera preocupada por mí.
Tal vez estuviera empezando a sentir algo, aunque todavía no quisiera admitirlo ni ante sí misma. Ansiaba que llegara el día en que lo hiciera.
Le aparté con cuidado unos mechones rubios que le caían sobre el rostro y se los coloqué detrás de la oreja para poder contemplarla mientras dormía profundamente.
Bajé la mirada por su cuerpo voluptuoso, que la sábana de seda apenas cubría, y me arrepentí al instante de haberlo hecho.
Chiara solo llevaba un diminuto babydoll azul oscuro, de un tejido que parecía extremadamente suave incluso a simple vista.
Me ardían las manos de ganas de acariciarle la piel.
Sus pechos parecían a punto de escapar de la prenda, como si me pidieran que los tocara y que, por fin, los probara.
Respiré hondo e intenté contener el impulso de comportarme como un canalla y hacer algo mientras dormía.
Estaría muy mal, pero ¡qué difícil era controlarse con una mujer tan hermosa y deseable, casi desnuda en mi cama, después de un día agotador!
La deseaba tanto que ni siquiera sabía expresar las ganas que tenía de abrazarla.
Cogí la sábana con cuidado y la cubrí para apartar de mi vista su delicado cuerpo y evitar hacer algo de lo que me arrepintiera al día siguiente.
Retrocedí un paso sin dejar de mirarla y empecé a desabrocharme, sin ninguna prisa, los botones de los puños y después los de la camisa. Quería memorizar cada detalle de ella mientras dormía.
Me quité la camisa y la dejé en el suelo.
Desabroché el cinturón, solté el botón y la cremallera del pantalón de vestir y dejé que cayera a mis pies.
Suspiré, frustrado por no poder despertarla, y fui al baño a darme una ducha fría que quizá calmara el fuego que me consumía y aquellas ganas inmensas de follarme a mi fierecilla.
Debería haber cerrado la puerta del baño, pero Chiara parecía profundamente dormida, así que la dejé abierta para poder contemplarla mientras me duchaba.
Era un salido, no podía negarlo, y mi erección dejaba clara mi intención: quería correrme mirándola.
Era egoísta en ese aspecto. Nunca lo había hecho porque siempre cerraba la puerta, lo que me impedía verla.
Solo una vez la había dejado abierta para provocar a mi principessa, pero ella se había mantenido firme y no había echado ni un vistazo. Yo no habría podido resistirme si hubiera sido al revés.
Abrí el grifo de la ducha y dejé que el agua me cayera a chorros sobre la cabeza y el cuerpo.
Resultaba relajante sentir cómo se llevaba toda la suciedad.
Apoyé las palmas en la pared, preguntándome si debía ceder a las ganas de masturbarme, pero el recuerdo de nuestros besos de aquella tarde y de cómo, por primera vez, ella se había entregado a ellos de verdad avivó mi imaginación.
No pude resistirme: me eché un poco de gel en la mano y empecé a acariciarme.
Alcé la cara hacia el agua que caía con fuerza y tuve que contener un gemido mientras me masturbaba despacio, recordando aquella boca desafiante con la que tanto le gustaba provocarme y lo bien que besaba.
Su beso había sido el mejor que había tenido el placer de probar, y aquello era lo mejor que podía haberme pasado.
Imaginé esa misma boca tragándose mi polla con avidez mientras sus hermosos ojos esmeralda me observaban con frenesí.
Abrí los ojos, cada vez más excitado, y volví el rostro hacia la penumbra de la habitación.
El corazón me dio un vuelco al encontrar aquellos mismos ojos que acababa de imaginar mirándome llenos de deseo.
Era todo lo que necesitaba para seguir masturbándome.
A Chiara parecía gustarle lo que veía, y eso solo me animó a continuar.
Para mi sorpresa, mi fierecilla se levantó despacio, alternando la mirada entre mi polla, mi mano y mis ojos.
Una vez de pie, para mi completo delirio, se bajó el diminuto pantalón corto junto con las bragas, deslizándolos por sus piernas torneadas.
Después agarró el bajo de la camisola de tirantes que le quedaba holgada y se la quitó de un tirón por encima de la cabeza.
Dejé de tocarme un instante para admirar su cuerpo perfecto.
Era la primera vez que la veía completamente desnuda y mi imaginación no le había hecho justicia a la realidad.
Sus pechos tenían el tamaño perfecto para mis manos, firmes y turgentes, con las areolas de un rosa claro.
Sus pezones apuntaban hacia mí como si me pidieran que los chupara con ganas, y tuve que tragar saliva para contenerme.
Bajé la mirada hasta su vientre plano, donde se marcaban ligeramente los músculos, sin duda por los entrenamientos de combate con su primo.
No tenía las caderas muy anchas, pero no podían excitarme más.
Y en su vulva solo había una estrecha franja de vello claro que me resultaba una auténtica perdición.
Solo verla así hizo que sintiera la polla a punto de estallar.