Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

CHIARA LUCCHESE

Hice todo de forma automática. Después de que Matteo se marchara, pasé un rato intentando ordenar el torbellino de pensamientos que me provocaba todo lo que empezaba a sentir por él y luego me di una ducha.

Bajé a cenar con Sandra, Salvatore y Pietro, que había regresado ese mismo día de un viaje que había tenido que hacer a Estados Unidos.

Permanecí callada durante casi toda la cena, todavía inquieta por lo que Matteo había salido a hacer y por la posibilidad de que su vida corriera peligro.

No sabía muy bien por qué, pero algo me decía que Federico estaba detrás de lo ocurrido, y el miedo a que se tratara de una emboscada para hacerle daño a mi marido me angustiaba cada vez más.

—¿Estás bien, querida? —Sandra me tocó la mano. La miré y me di cuenta de que apenas había probado la comida.

—¿Sabes qué ha pasado para que Matt no se quedara a cenar? —preguntó mi suegro, visiblemente molesto porque no lo hubieran avisado ni hubiera podido acompañar a mi marido.

—No lo sé. No me dio detalles. Solo dijo que tenía que resolver un problema que había surgido.

Oí resoplar a Pietro mientras se llevaba a la boca un buen trozo de carne. Después de masticarlo, dijo:

—Matt siempre ha sido un cabezota. Sabía que ya había vuelto; podría haberme avisado y habría ido con él. Cada vez tenemos más problemas con nuestros cargamentos. ¿Cómo sabemos que no es una emboscada para secuestrarlo?

Tragué saliva al oírlo y sentí que me temblaba la mano ante la mera posibilidad de que Federico hiciera algo así.

¿Y si mi madre había sospechado algo porque antes no le había dado las respuestas que buscaba y había decidido actuar por su cuenta al ver que no contaba con mi ayuda?

Sinceramente, no me extrañaría. Ella y Federico formaban la pareja perfecta: los dos estaban locos y no tenían miedo de hacer lo que se les antojara.

Tampoco les importaban las consecuencias porque, en su cabeza, siempre conseguirían lo que se propusieran.

—¿A quién habrá salido? —dijo Sandra, poniendo los ojos en blanco mientras bebía un poco de vino.

—A su madre, por supuesto —replicó Salvatore con una sonrisa irónica que me recordó al instante a Matteo. Me invadió una añoranza que hasta entonces no sabía que podía sentir.

—Claro que no, ha salido a su padre. Terco y testarudo, igualito que tú, cariño.

—Ya han empezado a echarse el uno al otro la culpa de los defectos de sus hijos —comentó Pietro, poniendo los ojos en blanco, aunque me miró con una sonrisa burlona que acabé correspondiendo.

Pietro me sorprendía cada vez más. A diferencia de su hermano, casi siempre tenía una sonrisa en la cara; Matteo solo se mostraba así con su familia.

Pietro bromeaba incluso con sus guardaespaldas, con los soldados y con cualquiera que tuviera delante.

Decía que no necesitaba tener el mal humor de Matteo para ganarse el respeto de quienes lo rodeaban.

Todavía no tenía una opinión clara al respecto, pero, durante el mes que llevaba conviviendo con ellos, había visto que todos respetaban a Pietro.

Aun así, alguien en la posición de don necesitaba no solo respeto, sino también inspirar cierto temor.

Por eso entendía que Matteo fuera como era.

—Me encontré con tu madre y tu hermana cuando salían de aquí, al volver del viaje. —Respiré hondo e intenté disimular cuánto me incomodaba oír hablar de mi madre—. Debían de echarte de menos —añadió, atento a mi reacción.

—Mi hermana sí. Intentaré traerla un día para que lo pase conmigo.

Dio un largo trago a su bebida de color ámbar sin apartar los ojos de mí, y sentí curiosidad por saber qué le pasaba por la cabeza.

—Puedo ir a buscarla cuando quieras para que pase el día contigo —se ofreció con demasiado interés para mi gusto. Todas mis alarmas se encendieron.

Lo observé con atención mientras, de fondo, oía a Sandra responderle algo a Salvatore.

—Sabes que solo tiene catorce años, ¿verdad? —pregunté en tono amenazador. Pietro alzó las manos en señal de rendición, aunque era evidente que mi comentario le divertía.

—Eh, tranquila, ragazza. Solo era una sugerencia. Cumplo con mi papel de buen cuñado.

Entrecerré los ojos. Él volvió a beber sin apartar la mirada de la mía.

—Más te vale que solo sea eso, porque todavía no tiene edad para casarse.

Arqueó una ceja y me fijé en que sus ojos eran tan grises como los de su hermano.

—¿Y quién ha dicho que quiera casarme? Tranquila, Chiarinha, lo decía con buena intención.

Decidí creerle y volví a obligarme a comer mientras oía comentar a Salvatore:

—Por supuesto que es demasiado joven para ti, Pietro. Ya tienes veinticinco años y debes empezar a buscar esposa. Ahora que tu hermano por fin se ha casado, me toca preocuparme por ti.

—¡Ya está! ¿Ves lo que has hecho? Le has dado ideas al viejo y ahora me toca sufrir las consecuencias.

—¡Viejo será tu pasado, caspita! Os meto a ti y a tu hermano en el bolsillo.

Me eché a reír al ver cómo Pietro provocaba a su padre y con qué facilidad Salvatore, a quien había creído tan temible por lo que mi madre decía de él, caía en las provocaciones de su hijo.

—Bueno, estábamos hablando muy a gusto, pero, ahora que ha salido este tema tan pesado del matrimonio, voy a llamar a Matt para saber qué ha pasado y si necesita que vaya.

—¡Voy contigo! —refunfuñó mi suegro mientras se levantaba de la mesa y lo seguía hacia el despacho—. Pero no creas que vas a librarte de esta conversación, Peter.

Todavía alcancé a oír a Salvatore desde lejos y no pude contener la risa, igual que Sandra.

Cuando dejamos de reírnos, le pregunté por curiosidad:

—¿Por qué Peter? —Sandra sonrió con solo oír la pregunta.

—Porque Matt tenía cinco años cuando nació Pietro y aún pronunciaba algunas palabras mal. Lo llamaba Peter, nosotros nos acostumbramos a hacerlo y acabó convirtiéndose en su apodo.

—¿En serio? Nunca he oído a Matteo llamarlo así —comenté. Me encantaba la complicidad que había entre ellos. En mi familia nunca había tenido un apodo cariñoso, salvo Chichi, como me llamaban mi hermana y Leonardo.

—Dejó de llamarlo así cuando llegó a la adolescencia. Ya sabes cómo son a esa edad, ¿no? —Supuse que se refería a esa etapa en la que todo les molesta—. Ahora solo lo llama Peter cuando quiere provocarlo.

Me reí y me alegré de haber bajado a cenar. La conversación me había ayudado a distraerme un poco de lo ocurrido con Matteo.

Cuando terminamos, Francesca retiró nuestros platos y decidí subir a leer un rato. Quizá Matteo regresara mientras tanto.

* * *

Ya pasaban de las once de la noche y Matteo todavía no había vuelto.

No conseguía concentrarme en la lectura ni ver nada en la televisión. No dejaba de pensar en dónde estaría Matteo y qué estaría haciendo.

Llevaba mirando el móvil desde que había regresado de la cena.

Pensé en ir a buscar a Pietro para preguntarle si tenía noticias, pero quizá le resultara extraño que yo, siendo su esposa, no hubiera llamado a mi marido.

O al menos que no lo hubiera intentado, porque no tenía por qué contestarme; tal vez estuviera demasiado ocupado.

Nos habíamos besado unas horas antes y me había acompañado hasta la habitación de la mano, algo que no solía hacer. Nos habíamos acercado durante las dos últimas semanas y entre nosotros había surgido cierta amistad. ¿Qué mal había en que tomara la iniciativa de escribirle? Ninguno, ¿verdad?

Entonces, ¿por qué había escrito el mensaje tres veces y lo había borrado antes de enviarlo? ¿Era vergüenza, orgullo? ¿Qué me pasaba?

Respiré hondo y, antes de perder el valor, hice otra cosa. Marqué un número que conocía desde hacía años y, al segundo tono, respondió.

—¡Qué milagro! ¡La primera dama de la famiglia se ha dignado a llamarme! —Me arrepentí en cuanto oí su comentario irónico.

Disimula, Chiara. No puede darse cuenta de lo preocupada que estás por tu marido.

—Hola, mamá. Quería preguntarte una cosa —dije sin rodeos. Quería terminar aquella llamada cuanto antes.

—Ya imagino qué quieres saber. Y sí, fuimos nosotros quienes preparamos la emboscada contra el cargamento de Matteo.

¡Lo sabía! Era demasiada casualidad que ocurriera el mismo día en que habían venido a vernos. Probablemente había pensado contármelo, pero, como no le había dado pie, no había podido hacerlo.

—Queríamos darle un susto al propio Matteo secuestrándolo, pero no colaboraste cuando intenté averiguar dónde estaba.

—Me alivió muchísimo no haberlo sabido ni haber contribuido a aquello.

A saber qué le habrían hecho—. Así que Federico ha vuelto a intentar atraerlo con su cargamento.

Sabía que se pondría hecho una furia al perder miles de euros por la desaparición de la mercancía.

Tragué saliva, inquieta por lo que estuvieran planeando.

—¿Lo tienen? —pregunté, incapaz de ocultar los nervios en la voz. Me maldije por ser tan débil.

—No. Todavía no. Pero hace un rato que no tengo noticias. Espero que hayan conseguido atraparlo. A Federico solo le ha decepcionado no poder torturarlo él mismo, como suele hacer con sus enemigos.

Respiré despacio e intenté pensar que Matteo era muy bueno en lo suyo y volvería a salir de aquella.

—¿Estás preocupada por tu maridito, Chiara? —Había algo amenazador, quizá también suspicaz, en su voz. Me aterraba que descubriera la verdad por la mía, así que carraspeé e intenté sonar lo más fría posible.

—Claro que no. Por mí, que se joda.

Soltó una risa maliciosa que me recorrió la espalda como un escalofrío.

—Así se habla. Ahora tengo que llamar a Federico para ver si hay noticias.

—De acuerdo. Llámame si sabes algo.

Ni siquiera se despidió antes de colgarme, pero no me importó.

Empecé a pasearme de un lado a otro, nerviosa ante la posibilidad de que lo hubieran atrapado, hasta que no pude aguantar más.

Busqué su número en mis contactos y lo llamé.

Lo intenté dos veces, pero en ambas la llamada sonó hasta cortarse.

Mi angustia aumentó tanto que se me llenaron los ojos de lágrimas, aunque no dejé caer ninguna.

Volví a escribir un mensaje. Esta vez no lo borré: pulsé «enviar».

¿Estás bien? ¿Vas a tardar?

Una parte de mí estaba enfadada por haber bajado la guardia tan fácilmente con aquel hombre. No podía olvidar todo lo que había sufrido por lo que le había hecho a mi padre. Pero, al mismo tiempo, Matteo me trataba tan bien que me resultaba imposible no preocuparme por él.

Pasó una hora antes de que el móvil me avisara de que había recibido un mensaje. Lo abrí enseguida. Era de él, y el corazón se me aceleró al instante.

Matteo: Si sigues comportándote así, amore mio, voy a empezar a pensar que estás preocupada por mí. 😉

No pude evitar sonreír al leerlo y me sentí un poco más aliviada: aquello significaba que los planes de Federico no habían salido como esperaba.

Ten cuidado, por favor.

No volvió a responderme. Intenté pensar que solo se debía a que estaba ocupado. Estaba bien; eso era lo que trataba de repetirme.

Pero los pensamientos de unas horas antes regresaban una y otra vez. Comprendí que tenía que afrontar de una vez lo que empezaba a sentir, dejar de engañarme y aceptar mi nueva realidad.