Capítulo 19 #3
—¡No es un capricho! —me defendí, intentando disimular lo mucho que había acertado con cada palabra. No quería ponérselo tan fácil.
Seguía atrapada en un enorme conflicto interior y, en realidad, no sabía cuánto tiempo más sería capaz de resistirme a sus avances.
—Lo sé, amore mio. Pero eso no cambia que me desees, ni que yo te desee aún más. Y sé que cada minuto que me estás haciendo esperar merecerá la pena.
Abrí y cerré la boca varias veces, incapaz de encontrar una respuesta coherente. Entonces oímos un carraspeo cerca de nosotros. Me alegré de aquella interrupción, que me daba unos instantes para asimilar sus palabras.
Miramos hacia el lugar de donde había venido el sonido y vimos a Marco, el sottocapo de Matteo. Parecía avergonzado por interrumpirnos. Mi marido soltó el aire con frustración, y supe que había ocurrido algo de lo que tendría que ocuparse.
—Un momento, principessa. —Se acercó a Marco mientras yo iba a buscar mis chanclas. Me las puse intentando escuchar lo que decían.
No hablaban muy alto, pero alcancé a entender las palabras de Marco:
—Hemos vuelto a tener un problema con la mercancía. Esta vez han matado a dos de los nuestros y se lo han llevado todo.
—Pero ¿qué cazzo…? Voy a hacer que el desgraciado que está intentando desafiarme suplique a todos sus antepasados que lo salven antes de matarlo.
Un escalofrío me recorrió el brazo, y esta vez no fue agradable. No quería imaginar quién estaba detrás de aquello, porque, si era quien yo sospechaba, también me vería implicada. Y, si Matteo lo descubría, estaría perdida.
Respiré hondo y despacio, con los pensamientos desbocados, y oí que Matteo le decía a Marco:
—Nos vemos en mi despacho y salimos.
Marco asintió y se dirigió a la mansión. Yo ya estaba lista para regresar sola, convencida de que Matteo no cenaría conmigo aquella noche.
—Tengo que resolver un problema, amore mio. Ven, te acompañaré a la habitación para que puedas ducharte y cenar.
Asentí sin saber qué decir. A pesar de los nervios, no se me pasó por alto la naturalidad con la que entrelazó sus dedos con los míos. Hizo lo que había dicho y me acompañó hasta nuestra habitación.
Abrió la puerta y entré algo desanimada al pensar que no estaría conmigo durante las próximas horas.
Por mucho que aún me costara admitirlo, ya me había acostumbrado a sentirlo a mi lado en la cama y a nuestras largas conversaciones antes de dormir.
Saber que aquella noche no sería así me entristeció más de lo que habría creído posible.
Matteo me giró hacia él, volvió a acariciarme la cara y me colocó el pelo mojado detrás de la oreja.
—Tengo que ocuparme de un problema que ha surgido, pero intentaré volver pronto, ¿de acuerdo?
—Asentí, todavía abrumada por todo lo que me rondaba la cabeza.
Se acercó y rozó mis labios con los suyos en un beso tranquilo y breve, una simple despedida.
Después dijo, sin esperar respuesta—: ¿Por qué tienes que ser tan terca?
A pesar de mi inquietud, apareció una sonrisa en sus labios que me calmó por unos segundos.
Le devolví la sonrisa y, cuando se marchó, me llevé los dedos a la boca, como si aún pudiera sentir la textura de sus labios.
Solo deseaba que cumpliera su palabra y regresara pronto.
Fue entonces cuando comprendí que, en efecto, ya estaba perdida y que Matteo nunca había tenido tanta razón.
Lo deseaba muchísimo y no sabía si podría seguir resistiéndome durante mucho tiempo.
Al darme cuenta, tuve que contener el impulso de correr tras él y pedirle que no se marchara, que no fuera a ocuparse de lo que hubiese sucedido. Pero no lo hice y él se fue, dejándome el corazón más angustiado que nunca.
Algo estaba cambiando dentro de mí y me aterraba.
Al mismo tiempo, me llenaba el pecho de una sensación que no sabía identificar, pero que era buena, tierna, casi como una droga que empezaba a apoderarse de mí.
Antes de darme cuenta, ya me había vuelto adicta y no sabía cómo librarme de ella.
Aquella droga era Matteo. Con su forma de ser cariñosa, sarcástica y protectora, iba ocupando poco a poco mis pensamientos e influyendo en mis actos.
Cada día me costaba más reconocerme en la Chiara en la que me estaba convirtiendo.
El problema era que aquello también me impulsaba a seguir adelante y descubrir qué podía pasar entre nosotros, qué podríamos llegar a ser juntos. En apenas unos segundos era capaz de hacerme sentir tantas cosas que solo quería conocer mejor aquellas sensaciones nuevas que despertaba en mí.
No eran sensaciones nacidas del miedo, ni de hacer algo contra mi voluntad para evitar que me pegaran o me azotaran.
Nacían de recibir cariño, de sentirme cuidada y protegida.
Aunque sabía defenderme, apreciaba la atención que me dedicaba, que se preocupara por mi bienestar y tratara de darme aunque fuera un poco de felicidad con un libro o ropa, con una simple caricia en la mejilla o incluso con una comida al aire libre.
Por eso, en aquel momento supe que ya no tenía sentido seguir huyendo. Quería descubrir qué más podía ofrecerme y decidí intentar dejar a un lado algunas de mis dudas. Tal vez así pudiera darnos una oportunidad.