Capítulo 18 #2
Su atención y el cuidado que ponía en ofrecerme todo cuanto necesitaba para que me sintiera cada vez más cómoda a su lado y en su casa hacían que mis barreras descendieran poco a poco.
Y cuando me tocaba, por muy leve que fuera el contacto, por muy inocente que pudiera parecer a ojos de los demás, hacía que mi cuerpo ardiera.
Era algo a lo que todavía no me había acostumbrado.
En realidad, todo me parecía nuevo y cada vez ansiaba conocer más de él.
Aunque luchaba a diario contra aquel deseo, me daba cuenta de que empezaba a perder la rabia que me había guiado hasta entonces, y eso resultaba tan aterrador como excitante.
La prueba era que el simple recuerdo del beso fugaz que me había dado el día en que Leonardo fue a entrenar conmigo bastaba para hacer hervir mi cuerpo.
Por ese motivo, fui hasta mi vestidor y busqué uno de los bikinis que había comprado a la diseñadora que acudió a la mansión unas semanas atrás.
Elegí uno de color verde musgo que recordaba al tono de mis ojos.
En cuanto me lo puse, observé cómo realzaba mi cuerpo y me mordí el labio ante la mera posibilidad de provocar a Matteo con él, aunque no sabía si sería posible, pues no tenía la menor idea de a qué hora regresaría.
Sacudí la cabeza para apartar aquellos pensamientos, me puse un vestido corto por encima, cogí una toalla y me dirigí hacia la piscina.
Siempre me había gustado pasar tiempo en la piscina.
No sabía nadar; al fin y al cabo, ¿quién iba a enseñarme?
Mi madre se había asegurado de pagarme clases de piano, pero consideraba que aprender natación era una pérdida de tiempo.
No era algo que pudiera exhibir en un evento de la mafia.
Mi padre decía que me enseñaría, pero eso había sido antes de que muriera, y Federico nunca se había molestado en instalar una piscina en nuestra casa.
Sinceramente, jamás habría entrado en ella estando él presente.
En definitiva, no habría servido de nada.
Las pocas veces que había entrado en una piscina habían sido en casa de Giana. Solía limitarme a permanecer dentro de un flotador redondo o a flotar, algo que había aprendido sola en una ocasión mientras observaba a mi amiga.
Llegué al inmenso jardín y continué mi camino, seguida a cierta distancia por mis guardaespaldas.
Ya no permanecían ante mi puerta, como ocurría en mi antigua residencia.
Allí no era necesario. Por increíble que pareciera, Matteo me respetaba y no hacía falta semejante vigilancia.
Él no les había pedido que abandonaran sus puestos; había sido yo quien tomó aquella decisión después de dos semanas de matrimonio y les pidió que se limitaran a vigilar la casa o a permanecer donde consideraran más conveniente.
Si decidía salir, les avisaría para que me acompañaran.
Ellos acataron la decisión, aunque sospechaba que antes se la habían comunicado a mi marido y que él la había autorizado.
No me sentía cómoda bañándome delante de ellos, pero sabía que no me dejarían completamente sola.
Me avergonzaban mis cicatrices y tampoco me sentía a gusto delante de otros hombres.
La forma en que Federico me había mirado durante años me incomodaba y no quería encontrar aquella misma mirada en nadie más.
Por extraño que resultara, las únicas miradas cargadas de deseo que me habían gustado eran la de Matteo y, en el pasado, la de Vitto cuando estábamos juntos.
Sin embargo, me prohibía recordarlo y, cada vez que aparecía en mi mente, expulsaba aquellos pensamientos.
No merecía ni uno solo de mis recuerdos.
Divisé la preciosa piscina a medida que me acercaba y sentí que parte del agotamiento psicológico que me atormentaba se desvanecía ante la posibilidad de estrenarla por fin. Era algo que deseaba desde que la vi por primera vez, pero su tamaño y el hecho de no saber nadar me imponían cierto respeto.
Vista desde lejos, la piscina parecía tener la forma de una joya tallada, con bordes redondeados que le conferían un toque de elegancia natural gracias a la suave transición entre la tierra y el agua.
Los azulejos que revestían su interior eran de un tono azul claro que evocaba una sensación de serenidad y relajación, precisamente lo que necesitaba.
Cuando llegué hasta ella, miré hacia los guardaespaldas y comprobé que ya se habían vuelto en dirección contraria.
Me gustó no tener que pedirles nada. Me quité el vestido de una vez y lo arrojé sobre una tumbona cercana.
Deseaba lanzarme al agua, porque no me asustaban ciertas imprudencias, pero, como desconocía la profundidad, no iba a hacerlo y arriesgarme a morir ahogada. No era tan insensata.
A medida que me adentraba en el agua, su agradable temperatura acarició mi piel como si me invitara a dejar todos mis problemas fuera, y eso fue exactamente lo que hice.
En la zona menos profunda, el agua me llegaba hasta los pechos y avancé con cautela para averiguar hasta dónde podía arriesgarme. Una vez reconocidos los límites seguros, me sumergí varias veces y me permití relajarme por un instante.
Al cabo de un rato, me acerqué a la delicada cascada construida en uno de los extremos de la piscina y permití que el agua cayera sobre mis hombros.
El impacto contra mis músculos tensos alivió aún más toda la presión que había acumulado durante el día.
Cuando me alejé de la cascada, apoyé los brazos en el borde, dando la espalda a los guardaespaldas, y me permití contemplar el paisaje que se extendía ante mí. Era sencillamente magnífico.
Ya había anochecido y la zona de la piscina se había transformado en un entorno mágico. La suave iluminación realzaba la belleza de los bordes redondeados y varias luces led parecían brillar desde su interior, confiriéndole un aspecto aún más especial e incluso romántico.
La piel ya se me había arrugado, pero no me importaba.
Podría haber vivido allí si fuera posible, aunque sabía que debía entrar pronto porque, a juzgar por el tiempo transcurrido desde que había oscurecido, no tardarían en servir la cena.
Decidí flotar un poco más mientras mis pensamientos regresaban a mi mafioso y a todo lo que me hacía sentir cuando estaba a su lado.
Me pregunté si tardaría mucho en llegar y si volvería a hablar conmigo aquella noche antes de dormir, como parecía haberse convertido en costumbre entre nosotros después de cenar.
También pensé en cuándo me llevaría a conocer la casa de Palermo en la que había dicho que podríamos vivir si deseábamos tener algo más de intimidad.
Sabía que, para los planes de mi madre, lo ideal era conocer cada vez más detalles de la mansión y descubrir de qué manera podían servirles.
Sin embargo, yo no tenía la menor intención de darle aquella información.
Al contrario, cada vez me preguntaba con más frecuencia si, al tener más intimidad, lograría mantenerme firme y no entregarme a Matteo.
Al fin y al cabo, resistirme se convertía en una tortura cada vez mayor.
Perdí la noción del tiempo mientras permanecía flotando y sumida en mis pensamientos, pero estos se interrumpieron cuando experimenté la extraña sensación de que alguien me observaba.
Mi cuerpo parecía calentarse cada vez más a pesar de la baja temperatura del agua, y una leve sonrisa asomó a mis labios porque sabía de quién se trataba.
Abrí despacio los ojos, cambié de posición y me puse de pie. En cuanto me giré, lo vi.