Capítulo 19
CHIARA LUCCHESE
Estaba guapísimo, con la mirada cargada de deseo, sentado en la tumbona donde había dejado el vestido y la toalla para secarme.
Apoyaba los antebrazos sobre las rodillas y ni siquiera se molestaba en disimular la mirada codiciosa con la que recorría mi cuerpo.
Por supuesto, me encantó lo que vi en sus ojos.
Me mordí el labio y jugué con el agua sin romper el contacto visual. Todavía llevaba la ropa formal con la que había salido por la mañana, aunque se había quitado la chaqueta, que probablemente habría dejado en nuestra habitación al no encontrarme allí.
—¿Sabías que no es muy educado mirar así a una mujer semidesnuda mientras se baña? —lo provoqué, y él esbozó aquella sonrisa burlona que hacía que mi corazón se saltara un latido.
Aunque debía de ser completamente normal, teniendo en cuenta lo increíblemente atractivo que era mi marido.
—Si esa mujer está jodidamente buena y, además, es mi esposa, no veo ningún problema.
—Reprimí la sonrisa que amenazaba con aparecer, pero, por la que se dibujó en su rostro, supe que mi táctica no había servido para ocultar cuánto me habían gustado sus palabras—.
Solo hay una cosa que no me ha gustado, principessa.
—¿Y puedo saber cuál? —pregunté con curiosidad y cierto temor a que su respuesta no me gustara.
Se levantó con una sensualidad natural, se desabrochó los puños de la camisa y se remangó hasta los antebrazos sin apartar sus ojos de los míos.
Me decepcionó un poco que se limitara a hacer eso y no se quitara la camisa por completo.
Jamás se lo pediría, pero deseaba con todas mis fuerzas que entrara conmigo en la piscina.
Quizá por fin repitiéramos aquel beso que nos habíamos dado en medio de nuestra discusión.
Todavía lo odiaba, por supuesto, pero eso no impedía que sintiera unas ganas descomunales de besarlo una o dos veces más.
Metió las manos en los bolsillos delanteros del pantalón y bajó la mirada hacia mis pechos, cuyos pezones endurecidos resultaban imposibles de ocultar por culpa del agua fría, evidentemente.
No podía deberse también a la excitación.
Ni siquiera me había tocado; me negaba a creer que tuviera semejante poder sobre mí.
—Soy un poco celoso y el hecho de que mi mujer lleve únicamente ese trozo de tela, que no oculta absolutamente nada, con decenas de guardaespaldas repartidos por el jardín, especialmente alrededor de la piscina, me ha dejado un poco...
—se aclaró la garganta, como si estuviera planteándose si debía continuar con aquella confesión, y deseé que lo hiciera— incómodo.
Esta vez no conseguí contener la sonrisa maliciosa que apareció en mi rostro. Matteo se revolvió el cabello, hasta entonces perfectamente peinado, y me complació muchísimo comprobar cuánto lo incomodaba admitir que sentía celos por mí. Aun así, lo había hecho.
—No sabía que encajabas en ese papel.
—¿Qué papel? —Matteo entrecerró los ojos, disgustado con el rumbo que estaba tomando nuestra conversación.
—El de hombre celoso, claro.
Negó con la cabeza rotundamente mientras ponía los ojos en blanco y se acariciaba la cuidada perilla con sus largos dedos.
—¡No soy celoso! —se defendió, irguiéndose—. Solo estoy protegiendo lo que es mío y no me siento cómodo sabiendo que mis guardaespaldas pueden ver más de lo que yo mismo he visto.
Arqueé una ceja, sin creerme una palabra, y una idea surgió en mi mente.
—Me alegra saber que no eres celoso. Porque, ahora que he descubierto la piscina, se ha convertido en mi lugar favorito de la mansión y creo que vendré todos los días.
Tragó saliva y miró a su alrededor para comprobar si había algún guardaespaldas lo bastante cerca como para oír mi comentario. Noté que le preocupaba que cumpliera mi palabra y que sus hombres comenzaran a frecuentar aquella zona más a menudo.
—Chiara... no me provoques —dijo en voz baja, pero, si pretendía sonar amenazador, consiguió justo lo contrario.
Comencé a avanzar hacia la escalera, sumergí la cabeza para colocarme el cabello y pasé las manos por él para escurrir toda el agua posible.
No sabía si lo había logrado, pero procuré hacerlo de la forma más sensual posible.
No lo miré en ningún momento, aunque sentí sus ojos sobre mí a cada segundo, y eso solo me animó a continuar.
El cabello me caía hacia atrás y ocultaba parcialmente mis cicatrices, lo que me hizo sentir algo más segura para seguir adelante.
Me agarré a los pasamanos de la escalera y salí despacio para que pudiera contemplar cómo mis caderas se balanceaban lentamente de un lado a otro.
No tenía un trasero demasiado grande, pero podía admitir que sí era bastante voluminoso y, gracias a los entrenamientos de combate que realizaba varias veces por semana, conseguía mantenerlo libre de celulitis.
Ya tenía suficientes cicatrices repartidas por el cuerpo; procuraba cuidar todo lo demás para sentirme mejor conmigo misma.
Cuando alcancé el suelo, fuera de la piscina, Matteo ya estaba a mi lado con la toalla extendida para cubrirme, y eso fue exactamente lo que hizo en cuanto tuvo oportunidad. Tuve que reprimir la risa que crecía en mi garganta ante aquella demostración de celos.
—Y eso que no eres celoso... —comenté, sintiendo sus brazos a mi alrededor mientras envolvía mi cuerpo con la toalla.
Nuestros cuerpos estaban muy cerca y su mirada abrasaba la mía con la intensidad de su deseo.
—Solo te estoy protegiendo, ya te lo he dicho.
Arqueé una ceja y él suspiró, consciente de que aquella respuesta no me bastaría.
—Entonces puedo regresar a la mansión sin la toalla. Al fin y al cabo, estás a mi lado y ninguno de ellos me hará nada, ¿no? No necesitas protegerme.
Tragó saliva y endureció la expresión ante la mera posibilidad de que cumpliera lo que acababa de sugerir.
—¡Jamás permitiría que hicieras eso, Chiara! —me reprendió con tono amenazador.
Di un paso en su dirección y hablé despacio.
—Entonces admite que estás celoso. De lo contrario, eso es exactamente lo que haré. Al fin y al cabo, ¡tú no mandas sobre mí! Y, si me apetece, puedo pasearme desnuda en lugar de llevar bikini.
La ira se apoderó de su rostro y sentí que sus dedos apretaban ligeramente mi cintura, dejando patente toda su posesividad. Esperé a que lo admitiera; de lo contrario, sería capaz de cumplir mi palabra solo para demostrarle que no agacharía la cabeza ante él.
Lo cierto era que me comportaba como una niña mimada, pero no me importaba. No sabía por qué, pero necesitaba que reconociera cuánto lo afectaba, quizá para no sentirme tan estúpida por experimentar lo mismo.
—No te atreverías a hacerlo.
Abrí la boca, incrédula ante sus palabras, y empujé su definido pecho para ganar algo de espacio entre nosotros. Cuando intenté soltar la toalla que sus manos mantenían cerrada alrededor de mi cuerpo, volvió a sujetarla con fuerza y su boca quedó a escasos centímetros de la mía.
—Ni se te ocurra, principessa. He intentado controlarme a tu lado porque quiero respetar por encima de todo tu espacio y tus deseos, pero todo en esta vida tiene un límite.
No te atrevas a acabar con mi paciencia porque, de lo contrario, disfrutaré rompiendo mi promesa y follándote con fuerza durante toda la noche para que aprendas a no desafiarme de esta manera.
Su amenaza debería haberme asustado, teniendo en cuenta que todavía no me había entregado a él. Sin embargo, provocó justo lo contrario: sentí cómo la humedad aumentaba entre mis piernas hasta obligarme a apretarlas.
—Entonces, admítelo.
Seguimos inmersos en un duelo de miradas, sin apartar los ojos ni un solo segundo. Cuando sus hombros parecieron relajarse y sus dedos comenzaron a acariciar mi piel por encima del suave tejido de la toalla, supe que acabaría reconociéndolo.
—Está bien, puede que hayas conseguido despertar una parte de mí que hasta ahora desconocía.
Una media sonrisa apareció en mis labios, pero quería escucharlo decirlo con todas las letras.
—¿Y eso qué significa? —Me hice la desentendida y él puso los ojos en blanco.
—Que soy extremadamente celoso y posesivo, y que no quiero compartir con nadie la perfección de tu cuerpo, ni siquiera en la maldita piscina de mi propia casa.
Una carcajada escapó de mis labios.
—Lo siento, amore mio, pero no voy a dejar de bañarme por culpa de tus celos.
—Noté cómo apretaba la mandíbula ante mi comentario y, como ya había conseguido que lo admitiera, decidí ser buena y ofrecerle una alternativa que también me resultaba muy atractiva—.
Pero podrías meterte conmigo cuando estés aquí para evitar que tus guardaespaldas se queden mirándome, ya sabes...
Jamás admitiría cuánto deseaba verlo en bañador, completamente mojado, y quizá besarnos o incluso darnos el lote dentro de aquella piscina. Aquella era mi forma discreta de invitarlo a acompañarme la próxima vez.
—Vaya, principessa, si no te conociera tan bien, hasta pensaría que quieres comprobar lo bien que me queda un bañador.
Realmente me conoce demasiado bien.
Aun así, puse los ojos en blanco y me encogí de hombros.
—Solo estoy siendo una buena esposa. Sería una forma de mantener a raya las miradas de tus guardaespaldas.
Sus ojos grises sonreían y no pude resistirme a provocarlo mordiéndome el labio. Observó el gesto y pude apreciar cuánto lo había afectado, sobre todo por la fuerza con la que volvió a sujetarme por la cintura.
Me cansé de hacerme la difícil y bajé la mirada hacia sus suaves labios.
Su rostro comenzó a acercarse lentamente al mío y mi corazón se aceleró ante la posibilidad de lo que estaba a punto de hacer.
Sentí que aproximaba la nariz a mi cuello e inhalaba el rastro de mi perfume, mientras una de sus manos ascendía hasta mi rostro y acariciaba despacio mi mandíbula antes de apartar el cabello que me había caído hacia delante sin que me diera cuenta.
Rozó mi yugular con la barba de una forma lenta y torturante, haciendo que se me erizara toda la piel, y lo único que deseé fue que continuara.