Capítulo 18
CHIARA LUCCHESE
Acababa de regresar del despacho en el que trabajaba habitualmente y me sentía mentalmente agotada.
Nunca había sido muy aficionada a los eventos.
Me gustaba disfrutar de las fiestas a las que en ocasiones lograba asistir, pero organizarlas nunca había sido el sueño de mi vida, para ser sincera, y era lo que más hacía en los últimos días.
La semana siguiente se celebraría un evento para recaudar donaciones destinadas a un gran orfanato de Sicilia y yo era la responsable de organizarlo.
Por supuesto, doña Sandra continuaba ayudándome, pero prácticamente lo hacía todo sola, pues ya dominaba todos los procedimientos que me había explicado.
Pensé en tumbarme un rato y continuar con mi lectura para descansar, pero unos golpes en la puerta me demostraron que, evidentemente, me había hecho ilusiones.
—Puede entrar —ordené mientras me retocaba el pintalabios.
Como esposa del don, procuraba estar siempre presentable por si tenía que salir de inmediato debido a alguna emergencia.
—Doña Chiara —dijo Francesca al entrar en mi habitación—. Su madre y su hermana acaban de llegar. Su madre ha dicho que usted no había respondido a su mensaje y que, por eso, ha venido sin esperar su confirmación, porque la echa mucho de menos.
Una sonrisa apareció en su rostro al pronunciar la última parte y tuve que contenerme para no poner los ojos en blanco ante la falsa actuación de mi madre.
Respiré hondo, sintiendo que el agotamiento se apoderaba aún más de mí ante la perspectiva de tener que recibirla sin albergar el menor deseo de hacerlo.
—Va bene, gracias por avisarme. Puede servirles té y algunos aperitivos. Bajaré enseguida para reunirme con ellas —dije, procurando actuar como doña Sandra me había enseñado.
Desde que me había casado, todas las instrucciones dirigidas al personal respecto a los menús y la forma de recibir a las visitas habían pasado a ser responsabilidad mía.
En cuanto salió de la habitación, dejé caer el cuerpo sobre la cama en busca de un poco de paz interior antes de enfrentarme a mi progenitora.
Permanecí así menos de cinco minutos. Cuando me levanté, sentí como si acabara de ponerme una armadura para el combate que estaba a punto de librar y bajé a recibirlas.
Escuché la voz alegre de Sandra en la misma sala a la que habían acompañado a mi madre y a mi hermana, y me pregunté si no se daba cuenta de la falsedad con la que mi madre le respondía o si tan solo cumplía con su deber de buena anfitriona.
Me sentía mal por ella, porque parecía una buena persona y cada día se ganaba un poco más mi simpatía.
Antes de entrar en la sala, vacilé un instante, respiré hondo y finalmente di el primer paso hacia el interior.
Mi madre reparó enseguida en mí y me examinó de arriba abajo con desprecio en el rostro, mientras Sandra me decía algo con un entusiasmo al que no logré prestar atención. La mera presencia de aquella mujer conseguía desestabilizarme.
Las saludé y me aseguré de abrazar a mi hermana, porque era la única que de verdad me echaba de menos. Deseaba tanto poder verla a solas para que habláramos con tranquilidad que me propuse encontrar la forma de hacerlo más tarde.
—Ahora que Chiara ya ha llegado, voy a salir. Había quedado con una amiga, pero, por favor, poneos cómodas. ¡Estáis en vuestra casa! —dijo Sandra con amabilidad.
Tuve que contenerme para no advertirle que tuviera cuidado con lo que le decía a mi madre, porque era capaz de tomarse sus palabras al pie de la letra.
—Gracias, querida. No tardaremos. Tengo que llegar a casa antes que Federico, que está trabajando.
Con solo escuchar aquel nombre, se me revolvió el estómago.
En cuanto Sandra se marchó, mi madre puso los ojos en blanco e hizo una mueca de asco que me irritó.
—Qué mujer tan insufrible. Pensé que no se marcharía nunca.
Me tragué las palabras con las que deseaba recordarle que la única persona insufrible allí era ella y me senté, fingiendo ser la buena anfitriona que no tenía el menor interés en ser en aquel momento.
Entablé conversación con mi hermana porque era la única cuya vida me interesaba, pero, como era de esperar, mi madre me llamó la atención.
—¡No he venido hasta aquí para perder el tiempo charlando, muchacha!
La miré sin el menor interés, sostuve la mano de mi hermana, que hablaba con entusiasmo sobre un libro que había empezado a leer, y le pedí paciencia.
—Entonces, ¿para qué has venido? —pregunté con brusquedad.
Arqueó una ceja, visiblemente sorprendida por mi respuesta cortante y, después de comprobar que nadie podía oírnos, volvió a hablar.
—Solo porque ahora eres la primera dama, ya te crees muy importante, ¿verdad? —preguntó con arrogancia y en voz baja—. No olvides cuál es tu propósito aquí. No te casaste con ese maledetto para vivir un cuento de hadas, sino para hacer lo que acordamos.
Respiré hondo, conteniendo las ganas de mandarla a la mierda, y guardé silencio. No quería mentirle diciendo que había hecho algo y tampoco estaba segura de querer empezar a hacerlo.
—Ahora cuéntame, ¿qué has averiguado sobre él? ¿Hay alguna información importante que pueda resultarnos útil? ¿Y el embarazo? ¿Crees que podrías estar embarazada ya?
Por primera vez, mi madre comenzó a hablar sin parar y con entusiasmo, como si todo estuviera saliendo según sus planes. Quien nos observara desde lejos podría incluso pensar que éramos mejores amigas, pero resultaba triste darse cuenta de que solo se comportaba así por puro interés.
Era completamente diferente de la relación que existía entre los Lucchese.
Sandra bromeaba con sus hijos por amor, sin perseguir nada a cambio, y yo nunca había tenido algo así.
En realidad, solo a lo largo de aquel último mes, desde que nos casamos, había empezado a descubrir lo que significaba tener una familia.
Cuando por fin guardó silencio, respondí sin saber muy bien qué decirle.
—Matteo es muy discreto respecto a sus compromisos. Todavía no tenemos tanta confianza como para que me cuente los detalles de sus negocios.
Opté por decirle una verdad a medias. No necesitaba saber que, durante el mes que había transcurrido desde nuestra boda, Matteo y yo hablábamos cada vez más.
Su expresión dejó claro que mi respuesta no le había gustado en absoluto.
—¿Y el embarazo? ¿Crees que ya podrías estar embarazada? —preguntó con mucho menos entusiasmo.
Respiré hondo para no perder el control y dejarla hablando sola.
—No es como si llevar apenas un mes casada garantizara que fuera a ocurrir, ¿verdad? Hay personas que tardan años en conseguir quedarse embarazadas —repliqué, sin la menor paciencia.
¿Quién podía asegurar que, aunque hubiéramos mantenido relaciones y yo no tomara anticonceptivos para evitarlo, ya estaría embarazada?
Mi madre me observó de una forma que me hizo sentir inquieta y permaneció en silencio durante unos minutos cargados de tensión. Genie ni siquiera intentó abrir la boca, porque sabía que terminaría pagando las consecuencias, y yo no tenía ningún interés en que eso ocurriera.
—¡Solo espero que estés cumpliendo con tu parte! —Fueron pocas palabras, pero la amenaza quedó clara en cada sílaba que pronunció—. Y otra cosa: ¿por qué hay dos guardaespaldas ante la puerta de Genevive?
Noté que mi hermana se ponía rígida en cuanto escuchó la pregunta y tragué saliva.
No dudaba de que, si revelaba el verdadero motivo, que estaba segura de que mi madre ya conocía, recibiría una sonora y dolorosa bofetada.
Como no tenía ningún interés en que aquello sucediera, decidí ocultárselo, aunque sabía que mi progenitora no me creería.
Podía fingir cinismo, pero conocía la realidad.
—Matteo consideró que era mejor reforzar su seguridad por ser mi hermana...
—Si fuera por eso, ¡también debería haber hecho lo mismo conmigo y con tu padre!
Cerré las manos, consumida por la ira al escucharla referirse a aquel hombre como mi padre, y no le permití terminar.
—¡No te refieras a él como mi padre! Yo tuve un padre y murió.
—Eres una desagradecida por tratar así a Federico. Nos sacó de la miseria, consiguió que te casaras con Matteo y que ahora disfrutes de esta buena vida, y tú le pagas tratándolo de esa manera...
—¡Prefiero ser una desagradecida antes que permitir que ensucie la memoria de mi padre!
No esperé a que respondiera. Me levanté de golpe y abracé rápidamente a mi hermana.
—Gracias por la visita, pero tengo cosas que hacer. Pediré a Mattia que os acompañe hasta la salida.
Sentí que la mirada de Irene me quemaba la espalda por la brusquedad con la que la había tratado, pero no me importó y seguí mi camino, todavía furiosa por la manera en que defendía a aquel desgraciado después de todo, o casi todo, lo que me había hecho.
***
Creo que nuestro encuentro no duró más de quince minutos. No llegué a fijarme, pero a mí me pareció que habían sido horas. Largas e interminables horas.
Me sentí agotada durante el resto de la tarde. Intenté leer un poco, pues ya había terminado todo lo necesario para el evento que estaba organizando, pero nada parecía suficiente para apartar de mi mente las palabras hirientes de mi madre.
¿Cómo podía defender a aquel maledetto y afirmar además que era mi padre?
La furia no abandonaba mi corazón. Incluso fui al gimnasio y golpeé tanto el saco de boxeo que debí de permanecer allí al menos una hora, imaginando con cada puñetazo los rostros de mi madre y de su marido.
Tampoco sirvió para aliviar mi estrés.
En realidad, sabía lo que quería, pero me negaba a admitirlo.
Mi corazón ansiaba que Matteo regresara cuanto antes de lo que fuera que estuviera haciendo y, aunque me había dado su número de teléfono, no quería ser tan indiscreta como para enviarle un mensaje preguntándole dónde estaba y a qué hora volvería.
Dio mio, qué necesitada de afecto me sentía. Solo eso podía explicar mis ganas de verlo. Por supuesto que no estaba enamorada de él. Tan solo quería hablar, porque mi marido conseguía aliviar parte del peso que cargaba sobre los hombros, aunque no fuera consciente de ello.