Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

Al principio la había colocado allí porque temía lo que pudiera hacerme durante la madrugada si me pillaba desprevenida. De ese modo, estaría preparada para defenderme. El otro motivo era que me había acostumbrado a dormir con ella debido a todo lo que había sufrido en casa de mi madre.

Con el paso de los días comprendí que no tenía motivos para preocuparme por mi marido.

Si hubiera querido tocarme contra mi voluntad, lo habría hecho durante nuestra noche de bodas, pero no lo había hecho ni siquiera después de dos semanas de matrimonio.

Además, siempre me recordaba lo que tendría que hacer para tenerlo en mi cuerpo, y aquello no hacía más que confirmar que solo actuaría si yo realmente lo deseaba.

Y, en el fondo, sabía que ya lo deseaba.

Sin embargo, no quería reconocérmelo a mí misma y mucho menos pedírselo.

El problema era que también sabía que, si me acostaba con él, estaría poniendo en marcha la venganza que me habían obligado a ejecutar.

No sabía si estaba preparada para aquello.

Por mucho daño que los Lucchese me hubieran causado, no conseguía imaginarme haciendo algo que pudiera destruirlos.

Todos me habían tratado muy bien desde que me prometí con Matteo y, desde que me había mudado allí, las cosas eran todavía más distintas.

Doña Sandra me trataba como a una hija e incluso me llamaba bambina, igual que hacía con sus propios hijos.

Pietro también se mostraba siempre atento y bromista conmigo.

Aunque yo no solía darle demasiada confianza, parecía tan decidido como su hermano a derribar mis barreras y, aunque no quisiera reconocerlo, ya no lo veía como un villano.

El señor Salvatore también era siempre muy educado y parecía preocuparse de verdad por que me sintiera como en casa dentro de la mansión en la que su familia había vivido desde siempre.

En cuanto a Matteo, ni siquiera sabía qué decir.

De verdad parecía tomarse en serio su promesa de intentar que nuestro matrimonio funcionara.

No había pasado un solo día sin que me tratara con cariño.

Incluso cuando me provocaba, percibía afecto en cada una de sus palabras y hasta cierta devoción en su mirada.

¿Cómo iba a ser tan fría?

Observaba la relación entre Matteo y Pietro y lo relajado que mi marido parecía junto a su familia, riendo, bromeando y provocando a su padre, que a veces perdía la paciencia y se tomaba en serio las bromas de sus hijos.

No podía evitar que me divirtiera y, en cuanto me daba cuenta, me reprendía por sentirme tan cómoda junto a ellos.

Todo era muy diferente de cuanto había presenciado en mi antigua casa. Allí parecían comportarse como una familia de verdad y aquello llamaba cada vez más mi atención y me confundía todavía más respecto a todo lo que se suponía que debía hacer.

Por eso decidí que, a partir de entonces, solo haría lo que yo quisiera.

Si algún día me acostaba con Matteo, sería únicamente porque lo deseaba.

Como estaba tomando anticonceptivos, no correría el riesgo de quedarme embarazada, porque, si eso sucedía, sabía lo que mi madre tramaba para él.

No permitiría que continuara controlándome incluso después de casada.

Lo que antes me preocupaba y me obligaba a cumplir sus exigencias era mi hermana.

Federico podía hacerle daño como me lo había hecho a mí.

Sin embargo, para mi completa sorpresa, cuando le pedí a Matteo que dejara a algún guardaespaldas con ella, igual que había hecho conmigo, me explicó que ya había encargado a Marco que se ocupara de aquello cuando Genevive abandonara la celebración.

En aquel momento quise mandarlo todo al diablo y darle un fuerte abrazo, porque Matteo volvía a haberse adelantado a mí y demostraba que su preocupación era sincera.

Aquello le hizo ganarse unos cuantos puntos conmigo.

Todavía no sabía cómo enfrentarme a mi madre.

El simple hecho de que lo fuera me afectaba demasiado, pero poco a poco intentaba recuperar el control sobre mis deseos y mi propia vida.

Quería tomar mis propias decisiones, no actuar porque fuera lo que ella quería para mí, como había hecho durante toda mi vida.

Por eso me prometí que tomaría las decisiones que considerara más adecuadas y que elegiría por mí misma.

No actuaría por impulso. Intentaría guiarme por la razón para no terminar arrepintiéndome de mis actos.

* * *

Bloqueé otro golpe que Leonardo lanzó contra mí y ya empezaba a notar que había mejorado bastante durante los últimos entrenamientos desde que comenzamos a practicar en la mansión. Sin embargo, me pilló desprevenida al hacerme una zancadilla por detrás y acabé tendida en el suelo.

—¡Ay! —protesté, permitiéndome un minuto de descanso, ya que había terminado en el suelo de todos modos.

—¿Te has dado cuenta de por qué has caído? —preguntó mi primo mientras se acercaba con pasos lentos.

—Me he distraído —reconocí al mirarlo, colocando el antebrazo delante de mi rostro para protegerme del sol que me impedía ver bien.

—Exactamente.

Como el día estaba soleado, habíamos decidido entrenar en el jardín. Cuando llovía, practicábamos en el gimnasio que había dentro de la mansión.

Mi primo se sentó a mi lado sin preocuparse por los guardaespaldas que nos observaban a cierta distancia, tal como había exigido mi marido.

Había advertido que incluso Leonardo se sentía más relajado desde que habíamos empezado a entrenar en la mansión. Resultaba curioso que no tuviera miedo de Matteo, pero sí se sintiera incómodo al frecuentar la casa de mis padres.

—Parece que el matrimonio te está sentando bien, después de todo, ¿no? —preguntó con una sonrisa burlona, consciente de cuánto me había opuesto a casarme con Matteo—. Hasta tu rendimiento ha mejorado desde que te mudaste aquí.

Me encogí de hombros, fingiendo que no era nada importante, aunque yo también me sentía más ligera desde que vivía allí, por extraño que resultara.

—No es tan malo como imaginaba… —comenté, sin saber muy bien qué responderle.

Matteo y yo todavía no éramos marido y mujer en todos los sentidos y cargábamos con demasiado equipaje a nuestras espaldas.