Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Pocos minutos después, mientras trataba de concentrarme en la historia y de no imaginar que aquella pareja éramos nosotros, el sonido del picaporte al girar llamó mi atención. Solo con imaginar quién podía ser, el corazón me dio un vuelco de expectación.

Sabía que mis guardaespaldas estaban junto a la puerta porque Matteo había insistido en mantenerlos allí incluso dentro de la mansión. No me había quejado, pues me encontraba en una casa llena de desconocidos, y aquello volvía a demostrarme lo diferente que era de cuanto había imaginado.

Miré por encima del libro y vi entrar a Matteo.

Parecía cansado y presentaba un aspecto deplorable.

Llevaba la ropa cubierta de suciedad, como si hubiera estado revolcándose por el suelo, y su camisa gris claro, parcialmente desabrochada, estaba salpicada de sangre.

Aunque no quisiera sentirlo, me descubrí preocupada por lo que pudiera haberle sucedido y por la posibilidad de que estuviera herido.

Solo había una cosa segura: algo había salido mal para que regresara en aquel estado. Tuve que contener el malestar que me provocaba imaginar quién podía habérselo hecho.

Sus ojos, hasta entonces ausentes y pensativos, encontraron los míos y una leve sonrisa apareció en su rostro sucio.

—Buenas noches, amore mio. Pensaba que ya estarías dormida.

Por mucho que lo odiara, me encantaba que me llamara así. Parecía tan real.

—Buenas noches, Matteo. —Moví el libro en el aire para señalar el motivo por el que seguía despierta. Al menos, uno de ellos, aunque el otro no venía al caso—. Estoy leyendo. Todavía no tengo sueño.

Asintió y traté de retomar la lectura. Sin embargo, mis planes se vinieron abajo en cuanto advertí lo que estaba haciendo.

Mi marido comenzó a desvestirse de una manera lenta y torturadora mientras contemplaba el jardín, sumido en la oscuridad de la noche, a través de la puerta acristalada que daba al balcón.

Podría haber cerrado las cortinas oscuras, pero me gustaba sentir los rayos del sol entrando en la habitación por las mañanas y eso no me impedía dormir.

Tampoco molestaba a Matteo, que siempre se levantaba temprano para trabajar.

Mientras continuaba absorto en sus pensamientos y desabrochaba uno a uno los botones de la camisa, yo lo observaba por encima del libro, fingiendo que seguía leyendo.

Cuando se quitó la prenda y dejó al descubierto sus brazos musculosos, tuve que contener la respiración para no delatarme.

Quería recorrer con la lengua cada uno de los músculos de su abdomen.

Contemplé los tatuajes repartidos por su cuerpo y cómo conseguían hacerlo todavía más atractivo, si es que algo así era posible.

Le conferían un aura de peligro y poder que resultaba extremadamente sensual.

Quería recorrer cada uno de ellos con los dedos y también con la lengua.

Dio mio, ni siquiera me reconocía ante el deseo descomunal que aquel hombre despertaba en mí.

¿También me trataría bien si le entregaba mi cuerpo?

¿O terminaría haciéndome daño? Aquellas preguntas habían regresado una y otra vez a mi mente durante los últimos días, pero trataba de alejarlas porque no quería alimentarlas.

Sin embargo, cada vez resultaba más difícil hacerlo con el mismísimo causante de todas mis dudas exhibiendo frente a mí su perfección y aquella prominente erección.

Matteo ya estaba prácticamente desnudo. Solo llevaba unos bóxeres oscuros que dejaban muy poco a la imaginación. Aun a través de la tela, podía apreciarse lo grande que era y la ansiedad volvió a apoderarse de mí.

Cuando se volvió para dirigirse al baño, sus ojos se encontraron con los míos y aquel maledetto tan atractivo me guiñó un ojo, consiguiendo que me ruborizara.

¡Cómo me odiaba por ser tan débil!

Por supuesto, para empeorar las cosas, no se quedó callado. Lo que dijo a continuación hizo que quisiera cavar un agujero y esconder la cabeza dentro.

—No necesitas espiarme, principessa. Ya sabes lo que tienes que hacer para tenerme enterito para ti —me provocó con aquella expresión burlona, aumentando mis ganas de borrarle la sonrisa diabólica a puñetazos de su precioso rostro.

—¡Déjame en paz! —respondí, incapaz de elaborar una frase ingeniosa que lo pusiera en su sitio. Al fin y al cabo, me había pillado mirándolo y nada de cuanto dijera podría contradecir mis actos.

Por eso volví a centrar la atención en la lectura o, al menos, fingí hacerlo clavando los ojos en las palabras.

Escuché su carcajada llenando nuestra habitación mientras se dirigía semidesnudo al baño para ducharse.

Ni siquiera cuando advertí que había dejado la puerta abierta, permitiéndome espiarlo mientras se enjabonaba si así lo deseaba, cedí a la tentación.

Aun así, aquello no hizo más fácil mantener la mirada fija en la historia.

Al cabo de un rato conseguí volver a concentrarme en la lectura y, cuando me di cuenta, el aroma cítrico que ya conocía tan bien me envolvió. Matteo solo llevaba unos pantalones negros de chándal y tenía el cabello mojado y revuelto. El desgraciado conseguía parecer todavía más atractivo.

¡Estaba perdida!

Se tumbó a mi lado, se colocó de costado y apoyó la cabeza en una mano mientras yo continuaba fingiendo que leía.

—¿Qué estás leyendo que te tiene tan absorta?

—Orgullo y prejuicio.

—Es un libro muy bueno. —Dejé de leer por un instante y clavé la mirada en sus intensos ojos, que pasaban del libro a mí mientras trataba de descubrir si estaba bromeando o hablaba en serio. Al parecer, era sincero—. ¿Qué ocurre?

—¿Has leído este libro? —pregunté, incrédula.

—¿Por qué te sorprende, cara mia? Antes leía mucho. Ahora leo menos de lo que me gustaría, pero, siempre que puedo, busco algún libro en la biblioteca para despejarme un poco.

—Eso sí que no me lo esperaba. Que un don de la mafia leyera una novela romántica —solté antes de poder contener la lengua. Su risa resonó a mi lado y acabé sonriendo con él, aliviada porque mi comentario no lo hubiera molestado.

—¿Solo porque soy un mafioso de puta madre significa que no puedo leer novelas románticas? —se burló, arqueando una ceja.

Me encogí de hombros, sin saber qué responderle.

—No digo que no puedas. Puedes hacer lo que consideres oportuno. Solo me ha sorprendido —admití, un poco avergonzada por haberlo juzgado por culpa de un libro.

Se tumbó boca arriba y entrelazó las manos detrás de la cabeza, utilizándolas como apoyo.

—En realidad, no suelo leer novelas románticas. Leí esa hace unos años porque había oído muchos comentarios positivos y sentí curiosidad. Además, estaba en la biblioteca porque a mi madre le encanta esa obra.

Asentí, admirada por la naturalidad con la que lo admitía. A pesar de mi escasa experiencia, sabía que muchos hombres jamás lo reconocerían porque pensarían que los haría parecer menos masculinos.

Continuamos conversando sobre la historia de Jane Austen y también sobre otras obras que había leído y le habían gustado. Yo hice lo mismo y le recomendé algunos libros que quizá pudieran interesarle mientras descubríamos varias cosas que teníamos en común.

Cuando terminamos de hablar de libros, empezamos a conversar sobre películas e incluso series. Seguí descubriendo que nuestros gustos se parecían mucho.

Cuando quise darme cuenta, había dejado el libro sobre la mesilla y estaba tumbada de lado, con la cabeza apoyada en el brazo, mientras pasábamos horas conversando y conociéndonos.

Llegó un momento en que, pese a lo interesantes que eran todos nuestros temas de conversación, los párpados empezaron a pesarme y las ganas de prolongar aquel ambiente relajado ya no bastaban para mantenerme despierta.

Matteo comenzó a acariciarme el cabello y, por primera vez, experimenté algo que nunca había recibido: la sensación de que alguien me acariciara la cabeza con ternura.

Resultó tan agradable que, cuando quise darme cuenta, me había quedado dormida a su lado.

* * *

Cuando empezó a amanecer, desperté en la misma posición en la que me había quedado dormida mientras mi marido me acariciaba.

Para mi sorpresa, él continuaba durmiendo con tanta serenidad que no parecía el mismo hombre que había regresado cubierto de manchas de sangre y suciedad después de lo que fuera que le hubiese ocurrido.

Aproveché aquella extraña oportunidad en la que no corría el riesgo de que me descubriera y me dediqué a contemplar cada detalle de su rostro, que parecía esculpido a mano.

Advertí que tenía una pequeña cicatriz junto al extremo del ojo derecho, aunque apenas se distinguía si no se prestaba mucha atención.

Me descubrí recordando el agradable momento que habíamos compartido la noche anterior y cómo la conversación había fluido sin que ninguno de los dos tuviera que esforzarse.

No recordaba haber disfrutado tanto de una simple charla con Vitto, ni siquiera con Leonardo, como lo había hecho la noche anterior con Matteo.

Todo aquello me confundía más de lo que habría creído posible.

No debería sentirme de aquella manera. Para mí, todo tendría que estar claro.

Él era el enemigo, había asesinado a mi padre y mi madre me había criado y había hecho cuanto estaba en su mano para que me casara con él por un único motivo:

que me quedara embarazada y consiguiera información concreta sobre sus movimientos para que Federico pudiera tenderle una emboscada y acabar con su vida.

Sentí una extraña opresión en el pecho con solo pensar en la posibilidad de que le sucediera algo.

Sin embargo, debía de ser únicamente el miedo a que sobreviviera y descubriera que yo estaba implicada en todo aquello.

Al fin y al cabo, estaría completamente perdida si esa información salía a la luz. Matteo me mataría, sin ninguna duda.

Hundí un poco más la mano debajo de la almohada para acomodarla y mis dedos rozaron la empuñadura dura y fría de la daga. Aquello hizo que sintiera todavía más peso en el pecho al recordar por qué siempre la guardaba bajo mi almohada.