Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

CHIARA LUCCHESE

Oí que llamaban a la puerta mientras despertaba y volví la mirada hacia ella, con los ojos hinchados por el sueño.

Miré a mi lado y Matteo ya se había marchado, aunque todavía no sabía si considerarlo algo bueno o malo.

La verdad era que apenas había pegado ojo durante la noche, pensando en todo lo que me había ocurrido aquel día.

El gesto de mi marido me había afectado mucho más de lo que habría imaginado y no conseguí dormir con la mente funcionando a toda velocidad.

Después de que yo pasara horas dando vueltas en la cama, regresó con un fuerte olor a alcohol y se tumbó a mi lado, pero no me tocó en ningún momento.

En cuanto entró en nuestra habitación, fingí estar dormida y permanecí atenta a sus movimientos hasta que advertí que se había quedado dormido.

Para mi propia sorpresa, me volví hacia él y no pude evitar contemplarlo mientras dormía, tan sereno.

Viéndolo así, nadie habría imaginado que era un mafioso tan temido.

Recorrí su cuerpo con la mirada y me quedé fascinada al poder admirar de cerca aquel físico excepcional.

Era guapísimo, sin ninguna duda, y no me costaba creer sus palabras cuando aseguró que no me tocaría.

Tampoco cuando afirmó que todas las mujeres se acostaban con él porque querían.

Ya resultaba imposible dudarlo viéndolo vestido; después de contemplarlo semidesnudo, cualquier objeción se desmoronaba.

Aquel hombre era magnífico. Ni siquiera los doce años de diferencia que había entre nosotros cambiaban la manera en que lo veía.

Permanecí así, observándolo durante horas y pensando en unas actitudes que me confundían y despertaban en mí tantas emociones distintas de las que había imaginado que sentiría alguna vez a su lado.

Solo conseguí conciliar el sueño cuando ya comenzaba a amanecer y ni siquiera advertí cuándo Matteo despertó y salió de la cama.

Otro golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos y recordé que todavía no había respondido.

—Puede entrar.

Me incorporé en la cama y me peiné el cabello con los dedos para arreglarlo un poco. Entonces vi a la gobernanta pedir permiso y entrar en mi habitación con una preciosa bandeja de desayuno.

El estómago me rugió de inmediato y fue entonces cuando comprendí que apenas había comido durante la celebración debido a los nervios.

—Buenos días, señora Chiara. Soy Francesca, nos conocimos el otro día. He venido a traerle el desayuno.

Acercó una mesita auxiliar para colocar la bandeja sobre ella y la ajustó junto a la cama para que pudiera comer.

—Buenos días. Gracias, pero no era necesario que se molestara. Habría bajado a desayunar en cuanto me levantara.

Esbozó una sonrisa afectuosa mientras terminaba de ajustar la altura de la mesita.

—Ha sido petición del señor Lucchese. —La miré con evidente curiosidad—.

Me pidió que preparara una bandeja abundante y se la trajera a la cama.

—Dejó escapar una risita, como si estuviera orgullosa del gesto de su jefe, y añadió en voz baja, como si fuera un secreto—: Por la forma en que lo dijo, creo que quería mimarla un poco.

Un rubor se extendió por mi rostro y no supe qué responder a su comentario.

Me aclaré la garganta, tratando de controlar las emociones aún más contradictorias que aquel gesto había despertado en mí.

—¿Sabe dónde está mi marido? No me he dado cuenta de cuándo se ha levantado —comenté mientras me servía una taza de café solo. Era justo lo que necesitaba en aquel momento.

—El señor Lucchese salió muy temprano. Tenía una reunión importante con el consejo.

—Ah… —murmuré antes de poder contenerme, y una sonrisa comprensiva apareció en sus labios.

—No se preocupe, señora Chiara. Dijo que no tardaría y que regresaría para almorzar con usted.

No sabía explicar por qué me había decepcionado descubrir que no estaría conmigo durante nuestra luna de miel, pero eso era precisamente lo que sentía: una profunda decepción.

Dio mio, estaba tan confundida.

—Gracias. Y, por favor, no me llame señora. Chiara está bien.

Permaneció en silencio, quizá sorprendida por mi petición, y, después de unos segundos, volvió a hablar.

—Lo siento, pero no quiero tener problemas con el señor Lucchese.

Pensé en replicar, pero acababa de llegar el día anterior y no quería empezar provocando conflictos con mi marido, menos aún después de todo cuanto había hecho por mí. Por eso me limité a asentir, anotando mentalmente que hablaría con él más adelante.

Cuando Francesca estaba a punto de abandonar la habitación, se detuvo.

—Casi se me olvidaba. La señora Sandra ha pedido que, en cuanto esté lista, baje al salón. Quiere empezar a explicarle cuáles serán sus responsabilidades.

No podía negar lo mucho que me sorprendió el comentario de Francesca.

Apenas habíamos dormido aquella noche y, sinceramente, pensé que nadie tendría ganas de trabajar después de una celebración tan larga.

Todos debíamos de estar agotados; al menos, yo me sentía así.

Sin embargo, aquello no parecía impedir que los Lucchese continuaran con su rutina habitual.

Tal vez estuviera equivocada, pero no me parecía la actitud propia de unas personas mezquinas que no hacían nada aparte de dar órdenes a sus subordinados, como siempre me habían hecho creer.

* * *

Pasé las tres horas siguientes con Sandra, que me llevó hasta el despacho, en aquel momento desocupado, y me explicó todas mis responsabilidades.

Ya tenía una idea aproximada de algunas de las funciones que debería asumir desde el momento en que me convirtiera en la primera dama de la mafia. Sin embargo, descubrí que había muchas otras en las que nunca había imaginado que tendría que participar.

No podía negar que me sentía mucho más satisfecha de lo esperado con la cantidad de actividades que ocuparían mis días. No tendría que permanecer encerrada en mi habitación, como sucedía en casa, ni pasarme las horas practicando con el piano sin descanso.

Me gustaba tocarlo y no quería perder la práctica, pero tampoco necesitaba dedicarle todo el día.

Comencé a organizar mi agenda en un ordenador portátil que Sandra me había entregado para que no se me pasara ninguno de los plazos relacionados con los acontecimientos a los que tendría que asistir junto a mi marido y también con aquellos que tendría que organizar.

Por eso aproveché para reservar, al menos durante aquellas primeras semanas, un día para entrenar con Leonardo, tal como Matteo había autorizado.

Cuando se lo comenté a mi primo durante la celebración de mi boda, incluso él se sorprendió con la noticia. Al parecer, no era la única que había pensado que mi marido jamás permitiría algo así. Al fin y al cabo, no era una práctica demasiado habitual entre las mujeres de la mafia.

—¿Cómo te sientes al tener que trabajar en plena luna de miel?

—preguntó mi suegra, interrumpiendo mis pensamientos mientras nos servía el café que Francesca había traído hacía poco—.

No tenía intención de traerte aquí hoy, pero, como Francesca me ha dicho que Matteo ha salido muy temprano, pensé que preferirías esto a quedarte sin nada que hacer.

No podría haber acertado más aunque lo hubiera intentado. Su comentario hizo que esbozara una sonrisa sincera mientras bebía un sorbo de café.

—Sí, le agradezco que haya pensado así. La verdad es que no me gusta estar sin hacer nada y esto me ayudará a distraerme.

—Pero no te centres únicamente en tus obligaciones.

Ahora somos familia y, siempre que quieras charlar o dar un paseo por el jardín, estaré encantada de acompañarte.

—Sus palabras me conmovieron y tuve que tragar saliva, sorprendida por la sinceridad con la que hablaba.

Bajé la mirada hacia mi mano al sentir que cubría la mía con la suya y aquel gesto cariñoso hacia una completa desconocida me desconcertó todavía más—.

Ahora también eres una hija para mí. No quiero convertirme en esa suegra insoportable que termina alejando a la familia cuando su hijo se casa.

No entendía cómo podía tratarme de aquella manera. Al principio desconfié. ¿Estaría diciendo la verdad o sería alguna táctica para que bajara la guardia y ella pudiera destruirme?

No estaba acostumbrada a recibir aquel trato y tampoco había esperado encontrarlo al mudarme allí.

No supe qué responder, así que me limité a asentir con una leve sonrisa.

—Perdona, no quiero asustarte. —Dejó escapar una carcajada tan cálida que me dieron ganas de reír con ella, y en ese instante comprendí de quién había heredado Matteo su risa—.

Pero he esperado tanto tiempo a que mi bambino trajera a alguien a nuestras vidas que, ahora que has llegado, solo quiero que las cosas salgan bien entre nosotras y también en vuestro matrimonio.

—¿Nunca había traído aquí a ninguna mujer? —pregunté, incrédula, antes de poder contenerme. La curiosidad pudo conmigo, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de noticias sobre él que aparecían en los titulares.

Negó con la cabeza con un brillo especial en los ojos.

—Nunca, bambina.[27] ¿Te lo puedes creer? Para ser sincera, ya había perdido la esperanza de que Matt se casara algún día.

Matt… bambina… No me pasó inadvertido el cariño con el que se refería a los dos. Sandra parecía tan alegre, tan diferente de mi madre, que empecé a pensar que aquello no podía ser una farsa. Nada en su actitud indicaba que estuviera fingiendo.

Su comentario también me pilló desprevenida, porque había dado por sentado que al menos habría llevado allí a alguna novia.

Al fin y al cabo, cumpliría treinta años dentro de una semana.

Aquello resultaba, como mínimo, sorprendente y me hizo preguntarme qué habría visto en mí para llegar a interesarse tanto e incluso casarse conmigo.

Sentía que la cabeza estaba a punto de estallarme con tantas preguntas sin respuesta y sin saber qué pensar de todo lo que acababa de descubrir.

—¡Espero que no le estés llenando la cabeza a mi esposa con cosas en mi contra, doña Sandra!

—Aquella voz que siempre provocaba algo en mí interrumpió nuestra conversación y me dio un vuelco el corazón.

Levanté la mirada y lo encontré allí. Tuve que contener la agitación que se apoderó de mi pecho; inspiré despacio y expulsé el aire de los pulmones tratando de disimular.