Capítulo 16 #2
Matteo parecía todavía más atractivo con aquel aspecto informal.
Llevaba una camisa negra con dos botones desabrochados, que permitía vislumbrar parte de su pecho definido, y las mangas remangadas hasta los codos.
No llevaba el cabello peinado hacia atrás como de costumbre, sino ligeramente revuelto de aquella manera que me resultaba tan sensual.
Las imágenes de nuestro beso invadieron mis pensamientos en el momento menos oportuno y sentí que las mejillas se me encendían con el simple recuerdo.
Se acercó a su madre, le dio un beso cariñoso en la mejilla y le acarició el rostro. Después dirigió la mirada hacia mí y mi corazón, que apenas había empezado a serenarse, volvió a retumbar con fuerza ante la intensidad de sus ojos.
—Buenos días, amore mio. ¿Has dormido bien? —preguntó con voz seductora y, una vez más, no supe cómo reaccionar. Nadie me había preguntado jamás si había dormido bien, así que me limité a responder lo mínimo.
—Sí, he dormido bien. —En dos pasos acortó la distancia que nos separaba y, cuando creí que iba a besarme en los labios, sentí los suyos rozándome la mejilla.
No supe qué sentí en aquel momento: alivio porque no me hubiera besado o decepción.
Mentira. Sabía que no había sido alivio y eso me irritaba todavía más, porque había deseado que me besara en los labios.
Aquello me inquietaba más de lo que debería, porque no podía experimentar esa clase de deseos a su lado.
Sin embargo, era justo lo que sentía. Estaba mal y, al mismo tiempo, parecía tan correcto.
—Me alegro, porque tengo una sorpresa para ti.
—Su comentario captó mi atención, sobre todo por el entusiasmo que reflejaba—.
He pedido a la diseñadora que confecciona la ropa de mi madre que venga mañana después de comer para tomarte las medidas y enseñarte algunos modelos que ya tiene disponibles.
Siéntete libre de comprar todo lo que consideres necesario.
Quiero que estés aún más preciosa de lo que ya eres, si es que eso resulta posible.
Dio mio, ¿cómo iba a conseguir odiar a aquel hombre cuando me trataba como a una princesa? Era tan frustrante.
Aunque me costaba encontrar unas palabras coherentes para aquel momento, me obligué a responder.
—Muchas gracias, pero he traído ropa suficiente tanto para los próximos eventos como para el día a día.
—Hija mía. —Sentí que las manos de Sandra volvían a posarse sobre las mías y la miré, encontrándome con sus ojos cálidos—. Disfruta de las comodidades que te ofrece tu posición, porque no siempre habrá ventajas. Todo lo contrario: la mayoría de las veces solo encontrarás espinas en el camino.
Tragué saliva ante su comentario y volví la mirada hacia aquellos ojos grises que conseguían desorientarme. Respiré hondo y asentí, intentando dejar de lado por un instante mi inseguridad y mi desconfianza.
—Va bene, quizá sí necesite algún que otro vestido. —Matteo me guiñó un ojo mientras esbozaba una encantadora sonrisa ladeada, consciente de que, al menos durante aquel momento, yo había levantado una bandera blanca.
Extendió una mano hacia mí y lo miré desconcertada. Por el rabillo del ojo advertí la sonrisa nada discreta que su madre nos dedicaba y tuve ganas de reír.
—Espero que tengas hambre. La comida está lista.
De acuerdo, solo era una comida normal. No significaba nada. Tendría que comer todos los días, ¿verdad? Claro que sí, me respondí a mí misma, tratando de no ver en su gesto más de lo que realmente demostraba.
Acepté su mano. Al fin y al cabo, no podía mostrarme tan fría como de costumbre delante de su madre. Seguro que no le parecería normal en una pareja de recién casados.
—¿Usted no viene? —pregunté, un poco nerviosa ante la posibilidad de que nos quedáramos solos.
Una mirada cómplice apareció en sus ojos y en aquel momento supe que algo iba a suceder.
—No, querida. Id vosotros. Esperaré a Salvatore, que ha tenido que salir, y comeré con él.
Una vez más tuve que controlar la respiración para impedir que los nervios se apoderaran por completo de mí. Asentí y Matteo me condujo hacia la salida de la mansión.
Me quedé desconcertada, porque el comedor se encontraba en la dirección contraria.
—¿No has dicho que vamos a comer? —No pude contener la pregunta, completamente dominada por la curiosidad.
—Sí, eso he dicho. —No añadió nada más y yo necesitaba conocer más detalles.
—Pero el comedor está dentro de la mansión, en la otra dirección… —señalé, tratando de comprender qué pretendía.
—Lo sé. —Una sonrisa burlona apareció en sus labios y puse los ojos en blanco, renunciando a descubrirlo.
Quería provocarme y, por increíble que pareciera, yo no tenía ganas de responder de la misma manera.
Tal vez se debiera a que la noche anterior no me había tomado por la fuerza.
O a que se había preocupado por pedirle a una diseñadora de renombre que abandonara su tienda para ir hasta allí a mimarme.
Solo sabía que deseaba un poco de paz y, por sorprendente que resultara, parecía encontrarla a su lado—. Tranquila, quiero darte una sorpresa.
Arqueé una ceja, de nuevo asombrada por su dedicación, y sentí todavía más curiosidad por descubrir qué ocurriría a continuación.
—¿Otra más? —No pude contener el comentario.
Una sonrisa sincera apareció en sus labios y, aquella vez, tampoco conseguí impedir que la mía aflorara. No fue tan amplia como la suya, sino leve y contenida.
—Ya te he dicho que quiero que este matrimonio funcione, aunque haya empezado de la manera equivocada.
Me mordí el labio mientras seguía mirándolo, admirada por su sinceridad.
Resultaba curioso que Matteo, un mafioso sin escrúpulos, pudiera ser tan romántico conmigo en ciertos momentos. Aquello era demasiado contradictorio en una persona y me dejaba todavía más confundida por todo lo que me hacía sentir.
Caminábamos de la mano por el inmenso jardín de la mansión y, a pesar del cómodo silencio que reinaba entre nosotros, no dejaba de pensar en lo agradable que resultaba sentir su mano unida a la mía. Era como si ya reconociera su contacto y ansiara sentirlo.
Después de unos minutos caminando, divisé una pequeña mesa para dos y varios camareros que nos esperaban. Entonces lo comprendí todo: Matteo había organizado un almuerzo al aire libre solo para nosotros y Sandra lo sabía. Por eso me había mirado de aquella manera.
Otra sonrisa amenazó con aparecer en mi rostro, pero intenté no mostrar con demasiada facilidad cuánto me alegraban sus gestos. No estaba acostumbrada a nada de aquello.
En cuanto nos acercamos al lugar reservado para nosotros, descubrí un enorme lago frente a la mesa. Había hidropedales y también un columpio de madera con espacio suficiente para que se sentaran dos adultos, orientado hacia el agua.
Anoté mentalmente que regresaría algún día para despejarme. Sería un lugar excelente para poner en orden mis pensamientos.
Siempre me había gustado estar sola, sobre todo por todo lo que había vivido en casa de mi madre. Por eso apreciaba tanto aquellos momentos, aún más cuando podía disfrutar de unas vistas tan preciosas como aquellas.
Después de sentarnos el uno frente al otro, comencé a retorcerme las manos sobre el regazo, nerviosa por cómo pudiera desarrollarse aquel almuerzo.