Capítulo 15 #3
Después de largos minutos en aquella posición, me sorprendió al colocar de pronto una pierna a cada lado de mi cuerpo, dejarme tumbada de espaldas sobre el colchón y situarse encima de mí.
Perdí el aliento por un instante al comprender lo que estaba a punto de hacerme.
Tenía la boca seca y tragué saliva para contener el nudo que me cerraba la garganta.
Su nariz descendió hasta mi vientre y empezó a subir lentamente, apenas rozándome la piel.
Sin embargo, aquel contacto mínimo bastó para estremecerme.
Recorrió el espacio entre mis pechos con una lentitud exasperante, como si quisiera saborear cada segundo de lo que hacía, y consiguió que mis bragas se empaparan todavía más.
Al llegar a mi cuello, repitió el mismo gesto, pero esta vez sentí el roce de su perilla y, Dio mio, el contacto áspero contra mi piel me hizo estremecer aún más.
¡Estaba perdida!
—Eres una tentación deliciosa y preciosa, ¿lo sabías? Cumplir mi palabra será más difícil de lo que imaginaba.
Tenía la mente tan confusa por todo lo que despertaba en mí que, en aquel momento, no comprendí el significado de sus palabras.
Matteo se incorporó, aunque su virilidad seguía rozándome el vientre, y sacó algo de la parte trasera de sus bóxeres. En cuanto vi la navaja en su mano, todo mi cuerpo se puso rígido.
¿Qué demonios pensaba hacer con aquello?
¿Y si me hacía daño? ¿Habría descubierto que era una infiltrada que pretendía destruir a su familia? Si era así, ¿qué haría conmigo? Estaba perdida de verdad.
Mi corazón volvió a desbocarse, pero aquella vez fue por puro pánico. Mi daga estaba dentro del bolso, en la parte de la habitación que habían reservado para mí. Mi intención era esconderla debajo de la almohada, pero, como habíamos entrado juntos, todavía no había tenido oportunidad.
Matteo levantó uno de los brazos y, antes de que pudiera reaccionar, acercó la navaja y se hizo un corte en el antebrazo.
—¿E-estás loco? —pregunté, incrédula, mientras contemplaba la sangre deslizándose por su brazo. Sin embargo, no dejó escapar ni un quejido ni hizo una sola mueca de dolor—. ¿Por qué te haces daño?
Busqué algo a nuestro alrededor que pudiera colocarle sobre el brazo para detener la hemorragia, pero la sábana estaba atrapada debajo de nuestros cuerpos.
Cuando estaba a punto de empujarlo para apartarlo de encima de mí y buscar alguna cosa, bajó el brazo y lo deslizó sobre la sábana en la que estábamos tumbados, manchándola de sangre.
No entendía el sentido de nada de lo que estaba haciendo.
—Tranquila, principessa. No soy un suicida ni un masoquista.
—Pues no lo parecía —respondí antes de que se me ocurriera algo mejor—. ¿Por qué te has hecho daño?
Arqueó una ceja y se apartó de encima de mí, dejándome junto a la mancha de sangre que había quedado en la sábana. Fue entonces cuando mis pensamientos por fin se ordenaron y comprendí lo que había hecho. Sin embargo, seguía sin poder creerme su gesto.
Miré hacia la puerta, desconcertada, y, cuando regresó del baño sujetándose el brazo con una toalla de mano, nuestras miradas se encontraron. Me obligué a hablar, todavía confusa.
—¿P-por qué has hecho eso? Creía que nosotros… —No conseguí terminar la frase, pero él comprendió lo que quería decir y negó con la cabeza.
—Estás nerviosa y has dicho varias veces que no querías.
No voy a obligarte a hacer nada. —Se colocó una venda alrededor del pequeño corte del brazo, se acercó al sillón y se puso la camisa que llevaba antes y los pantalones, aunque no se molestó en arreglárselos bien.
Después se volvió hacia mí—. ¿Puedes apartarte? Necesito coger la sábana.
Todavía no podía creer lo que había hecho ni lo que aquello revelaba sobre él. Obligando a mis piernas a dejar de temblar, me levanté de la cama. Matteo retiró la sábana de un solo tirón y se volvió hacia mí, sosteniendo la tela arrugada entre las manos.
—Descansa. Volveré más tarde.
Cuando me dio la espalda y abrió la puerta para marcharse, me obligué a salir del trance en el que me encontraba y lo llamé en voz alta. Se volvió a medias, con la puerta todavía entreabierta.
—¿Por qué has hecho eso? —volví a preguntar, porque nada tenía sentido. ¿Desde cuándo alguien se preocupaba por lo que yo quería o dejaba de querer? No estaba acostumbrada a que nadie actuara así—. ¿Por qué no te has limitado a hacerme tuya? —Necesitaba oírselo decir con todas las letras.
Cerró de nuevo la puerta, se acercó lentamente y tuve que contener el aliento cuando me acarició el rostro con delicadeza y ternura.
—Te quiero por completo, principessa. Hace poco te dije que acabarías suplicándome que te follara y no pienso tocarte hasta que me desees de verdad y me lo pidas.
Sus palabras rozaron algo muy profundo en mi interior y los ojos se me llenaron de lágrimas ante un gesto que jamás habría imaginado que tendría conmigo.
Expulsé lentamente el aire de los pulmones, sintiendo que mi corazón seguía acelerado, aunque esta vez se debía a la escasa distancia que nos separaba.
Bajó el rostro hacia el mío y depositó un beso en la comisura de mis labios.
—Ahora descansa. Tus guardaespaldas estarán en la puerta para que nadie te moleste. Volveré a la fiesta para enseñar la sábana.
Volvió a acariciarme el rostro con ternura, me dio la espalda y salió de nuestra habitación, dejándome perdida entre los miles de pensamientos que se agolpaban en mi mente después del gesto más inesperado que podía haber tenido conmigo.
Había crecido escuchando atrocidades sobre Matteo y su familia.
Mi madre siempre decía que era un hombre cruel, sin escrúpulos, que maltrataba a las mujeres con las que estaba.
No sabía cómo se comportaría conmigo en la cama ni si realmente acabaría haciéndome daño, pero la atención y la preocupación que había mostrado durante nuestros escasos encuentros, sumadas a lo que acababa de hacer por mí aquella noche, ponían en duda todo cuanto había oído sobre él.
¿Qué clase de hombre tan terrible se cortaría el brazo para demostrar ante la famiglia que habíamos consumado el matrimonio cuando ni siquiera habíamos estado cerca de hacerlo?
¿Cómo podía ser tan horrible si se había dado cuenta de que yo no estaba preparada para aquella noche y había decidido respetar mis tiempos?
Ni siquiera mi madre se había preocupado jamás por lo que yo quería o dejaba de querer y Matteo, que hasta entonces no había sido más que un desconocido para mí, había mostrado más consideración de la que mi familia había tenido conmigo en toda mi vida.
En aquel momento, con un gesto tan distinto de cuanto había imaginado que alguien podría tener conmigo, se ganó una parte de mi respeto. Quizá, dependiendo de cómo fuera nuestra vida juntos a partir de entonces, consiguiera dejar de verlo como mi enemigo y empezara a reconocerlo como mi marido.