Capítulo 15 #2
Se limitó a darme un beso algo más prolongado, atrapando suavemente mis labios entre los suyos.
Aquel contacto insignificante consiguió excitarme y, en cierto modo, me frustró que solo hubiera sido eso.
Cuando se apartó y esbozó aquella sonrisita arrogante que tanto odiaba, supe que estaba a punto de soltar una de esas ocurrencias que conseguían irritarme de inmediato. Se inclinó hacia mi oído y dijo:
—Tranquila, amore mio. Dejaremos el beso más delicioso para después.
Me quedé boquiabierta ante sus palabras y, en aquel momento, quise borrarle aquella sonrisa indecente de la boca de un puñetazo.
—Eres un cretino si crees que más tarde querré otro beso tuyo —mentí, negándome a reconocer mi verdadero deseo.
¿Se había notado tanto mi frustración porque no me hubiera besado como era debido?
Solté un gemido frustrado ante la simple posibilidad de que aquel pensamiento fuera cierto. Nos volvimos hacia el frente y los aplausos y silbidos cesaron durante nuestro pequeño intercambio de pullas.
Me atrajo hacia él por la cintura y un fotógrafo tomó nuestra primera fotografía como marido y mujer para el álbum. Antes de que los padrinos se acercaran a felicitarnos, aproximó los labios a mi rostro y volvió a sorprenderme con una pregunta.
—¿Te he hecho daño? —Su pregunta me desconcertó y debí de dejarlo claro con mi expresión, porque enseguida se explicó—. Perdona, había olvidado lo de tu espalda.
Eso sí que no me lo esperaba. No solo lo recordaba, sino que además estaba preocupado.
Negué con la cabeza sin saber muy bien qué responderle. Lo cierto era que su actitud había derribado mis defensas y me había dejado sin palabras.
Giana y Leonardo se acercaron a felicitarnos como mis padrinos oficiales. Pietro y Genevive hicieron lo mismo.
Pietro no había querido invitar a ninguna mujer para que lo acompañara en el cortejo como padrino de Matteo, pues no quería que una invitación a un acontecimiento tan importante despertara falsas esperanzas en quienquiera que eligiera.
Por eso, para mi sorpresa, Matteo sugirió que lo acompañara mi hermana y él aceptó.
Me sentí muy satisfecha con la forma en que se había desarrollado todo, porque no quería bajo ningún concepto que ella entrara con Alexandre. Si hubiera podido, incluso habría impedido que asistiera a mi boda, pero, como no era posible, se encontraba entre los invitados.
Como era de esperar, mi madre se puso furiosa cuando supo que Leonardo sería mi padrino y afirmó que, si el don descubría mi supuesto pasado con él, todo se vendría abajo.
Sin embargo, entre nosotros jamás había existido ninguna historia.
Solo estaba en su cabeza, así que no tenía nada de qué preocuparme.
A pesar de tratarse de un gran acontecimiento, no invitamos a demasiadas personas, sino únicamente a las más cercanas a Matteo y a mí.
***
Hacía exactamente una hora que habíamos abandonado la fiesta para pasar nuestra primera noche juntos y, aunque una parte de mí ansiaba que ocurriera de verdad, otra se sentía insegura ante lo que pudiera suceder.
Me inquietaba lo que pudiera llegar a sentir al tener tanto contacto con Matteo. Aquello me aturdía en la misma medida en que me excitaba.
Había experimentado demasiadas cosas con un simple beso y, aunque no era una mujer miedosa, así me había sentido durante toda la celebración: aterrada ante lo que sentiría cuando él me tocara, cuando me hiciera suya, tal como había prometido.
Temía perder la razón y olvidar el verdadero propósito de todo aquello.
Él había asesinado a mi padre, era mi enemigo y no podía permitirme olvidarlo solo porque me inquietara todo lo que pudiera hacerme sentir. Sin embargo, eso era precisamente lo que temía: que lograra hacérmelo olvidar.
Al menos había conseguido solucionar una cosa desde que el médico había ido a casa para atender mis heridas.
Sin que Matteo lo supiera, le pedí al doctor que me recomendara un anticonceptivo para empezar a tomarlo en cuanto me casara.
Por supuesto, me preguntó si mi prometido estaba de acuerdo y le dije que hablaría con él al respecto, pero no lo había hecho. Al menos, todavía no.
No quería seguir adelante con el plan de mi madre y, además, llevar en mi vientre al hijo del asesino de mi padre.
Por eso, después de que el médico fuera a casa, aproveché una breve oportunidad para acercarme al centro de la ciudad, compré el medicamento y empecé a tomarlo aquel mismo día.
Sabía que durante el primer mes no resultaba fiable, así que tendría que exigirle a Matteo que utilizara preservativo cuando ya no pudiera seguir escapando de sus garras, porque algo me decía que ocurriría aquella noche.
Aunque me sintiera insegura, él no tendría en cuenta lo que yo quisiera o dejara de querer; se limitaría a tomarme como suya, como acostumbraban a hacer los hombres.
Ya tenía pruebas suficientes para no confiar en ninguno.
En cuanto entramos en la enorme habitación que compartiríamos a partir de aquel día, le pedí un momento y fui a cambiarme al baño para ganar tiempo y poner en orden mis pensamientos.
Me di una ducha rápida para aliviar el cansancio y quitarme el sudor de la larga celebración.
Después me puse un camisón que mi madre había comprado para aquella ocasión.
Aunque era largo y sofisticado, resultaba transparente sobre mi cuerpo, salvo en la zona de los pechos, donde tenía copas cubiertas de encaje, de modo que no mostraba más que un discreto escote.
Respiré hondo para reunir valor, salí del baño y todo el aire abandonó mis pulmones al verlo.
Matteo solo llevaba unos bóxeres negros y, Dio mio, era aún más guapo de lo que había creído posible.
Estaba sentado en el sillón junto a la puerta del balcón, desde donde se oía el ritmo frenético de la música que seguía sonando en nuestra fiesta.
Había dejado la puerta entreabierta para permitir que saliera el humo del puro que fumaba y, con la otra mano, sostenía un vaso bajo con una bebida de color ámbar y varios cubitos de hielo, que hacía tintinear mientras me recorría con su mirada depredadora desde la punta de los pies hasta los ojos.
En cuanto nuestras miradas se encontraron, vi el deseo reflejado en sus pupilas dilatadas.
No pude evitar bajar la mirada por su imponente cuerpo y sentí que el calor se adueñaba de mí al descubrir su pecho perfectamente definido y los músculos de su abdomen.
Una fina línea de vello descendía hacia su virilidad, aunque los bóxeres me impedían ver demasiado.
Sus musculosos brazos estaban cubiertos de tatuajes y reconocí uno de ellos: el símbolo de la Cosa Nostra en el bíceps derecho.
Tampoco me pasaron inadvertidas las cicatrices que cubrían su cuerpo. No eran muchas, pero alcancé a contar unas cuatro en un rápido vistazo.
Continué bajando la mirada hasta sus piernas torneadas.
Eran largas, con apenas unos pocos pelos, y jamás había sentido tantas ganas de sentarme sobre su regazo como en aquel momento y dejarme arrastrar por el fuego que me abrasaba.
Sin embargo, por mucho que lo deseara, no sería yo quien diera el primer paso, menos aún con la confusión que todavía me atormentaba, aunque en mi interior supiera que ya no tenía ninguna posibilidad de evitar lo inevitable.
Matteo debía entregar a la famiglia la sábana que demostraría mi virginidad, y solo pensar en que una costumbre tan arcaica siguiera siendo necesaria dentro de la mafia me revolvía el estómago.
Llegó un momento en que me cansé de esperar a que hiciera algo y me senté en la cama, porque ambos parecíamos atrapados en una lucha interna por descubrir quién cedería primero y ninguno de los dos tomaba la iniciativa.
Media hora después de que saliera del baño, se levantó con aquel aire arrogante e inquisitivo y se detuvo frente a mí.
La monstruosidad que escondían sus bóxeres se marcaba con claridad a través de la tela, incapaz de disimular lo que me aguardaba debajo.
Permaneció inmóvil, observándome con sensualidad, con su intimidad demasiado cerca de mi rostro porque él seguía de pie y yo sentada.
¿Acaso quería que se la chupara nada más empezar y por eso se había plantado delante de mí?
Llegué a plantearme aquella posibilidad, pero ni en sueños haría algo así de buenas a primeras, sin tener siquiera la intimidad necesaria con él.
Extendió una mano, interrumpiendo mis pensamientos, y tiró de mí para que me levantara. Obedecí sin saber muy bien qué hacer ni qué decir.
—Estás preciosa, principessa —dijo, y mi corazón se aceleró ante su cumplido.
No estaba acostumbrada a que me elogiaran y él lo hacía siempre que tenía ocasión.
Aquello despertaba mi deseo mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir—.
No tienes por qué estar nerviosa… —Sus dedos viriles se posaron en mi rostro y lo acariciaron con ternura antes de colocarme detrás de la oreja un mechón que se había soltado.
—No estoy nerviosa… —mentí, porque, una vez más, no pensaba reconocer lo aterrada que me sentía ante su presencia.
Dejó escapar una risa nasal mientras acercaba el rostro al mío. Creí que iba a besarme, pero se inclinó hacia mi cuello e inhaló mi perfume mientras deslizaba la nariz por mi piel, provocándome un escalofrío con aquel contacto insignificante.
—No es lo que parece, principessa.
Siempre había creído que sabía ocultar bien mis emociones, pero cada vez dudaba más de si solo me había engañado durante todos aquellos años y, en realidad, siempre había sido así de transparente.
Matteo conseguía hacerme cuestionar cada uno de mis gestos.
O se le daba demasiado bien leer a las personas o yo había sido una ilusa al imaginar que sabía llevar mi máscara.
Por ese motivo permanecí callada, sin saber qué hacer ni qué decir. Sin embargo, no fue necesario. Matteo tiró lentamente de mí hacia la cama y me tumbó sobre ella. Mi corazón latía tan deprisa que parecía a punto de estallar dentro de mi caja torácica.
Se tumbó a mi lado y se humedeció el labio inferior con auténtico deseo mientras contemplaba el escote de mi camisón, aunque no llegó a tocarlo.