Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Mataré a cualquiera que se atreva a acercarse a ti porque no sé quién puede ser el cobarde que te ha hecho esto.

¿Es eso lo que quieres? ¿Que vaya por ahí matando a todo el mundo?

Porque lo haré, carina. Lo haré sin dudarlo, con tal de saber que estás a salvo.

Alzó la barbilla, intentando no ceder. Podía ver la lucha interna que libraba para decidir qué hacer.

Quería sacarla de allí a toda costa. No estaba bromeando cuando dije que mataría a quien volviera a tocarla, porque eso era exactamente lo que haría cuando descubriera quién se había atrevido a hacerle semejante daño.

Sin embargo, no quería conseguir las cosas por la fuerza. Quería que confiara en mí, que me viera como su vía de escape, como alguien en quien pudiera confiar por encima de todo. Y no me ganaría su confianza imponiéndome de aquella manera.

—No puedo dejar a mi hermana. Ya me preocupa que vaya a quedarse sola cuando tenga que marcharme de casa. No puedo abandonarla antes de tiempo.

Acaricié su rostro, conteniendo el impulso de apoderarme de sus labios una vez más.

Me aparté un poco y apoyé la cabeza contra el asiento del coche mientras pensaba qué hacer.

Podía dejar a algunos guardias con su hermana para que Chiara se sintiera tranquila, pero, por la forma en que había hablado, comprendí que aquellos últimos días junto a Genevive eran importantes para ella y que no estaba dispuesta a renunciar a ellos.

Ya me había dado cuenta de que Chiara me consideraba un monstruo y necesitaba librarla de aquella impresión. Podía serlo con ciertas personas, pero ella no formaba parte de ese grupo y tenía que comprenderlo.

—De acuerdo. Puedo aceptar no llevarte conmigo esta noche por consideración al vínculo que tienes con tu hermana y porque no quiero empezar nuestro matrimonio de la manera equivocada.

No seguiré insistiendo, pero dejaré a dos guardias frente a la puerta de tu habitación las veinticuatro horas del día.

Y, vayas donde vayas, ellos te acompañarán.

—Abrió los ojos de par en par y advertí que la idea le había molestado, pero, cuando abrió la boca para replicar, la interrumpí—.

Esto no admite discusión, amore mio. O aceptas eso o vienes a la mansión esta misma noche. ¿Qué prefieres?

La incredulidad se adueñó de su mirada y soltó una risa nasal.

—Lo que me faltaba. Tener a tus perritos siguiéndome vaya donde vaya. ¿También tendrán que entrar cuando me duche? ¿O cuando me cambie las bragas? —Arqueó una ceja, desafiándome.

—No me provoques, Chiara. Si te atreves a traicionarme, te romperé el cuello con mis propias manos.

—Eres tú quien está poniendo a un montón de hombres a seguirme. No soy yo quien los ha pedido.

Respiré hondo para no volver a hacer callar a aquella fiera enfurecida.

—Ya estabas bajo vigilancia desde que nos prometimos.

Lo único que ocurre es que no lo sabías.

—Abrió los ojos de par en par y se quedó boquiabierta al descubrir que lo había hecho sin avisarla—.

Carina, vas a casarte con el don de la famiglia.

Del mismo modo que hay muchas personas que recibirían una bala por mí, también hay muchas otras que me dispararían en cuanto tuvieran la oportunidad.

Lo siento, pero será mejor que te acostumbres.

Todos nosotros llevamos siempre guardaespaldas a nuestro lado.

Permaneció en silencio, contemplando la calle y perdida en sus pensamientos. Cuando suspiró con frustración, supe que había ganado aquella batalla. Sabía que tenía razón y que mi decisión era firme.

—¿Qué voy a decirles a mi madre y a Federico? Les parecerá extraño que haya alguien frente a mi puerta todo el tiempo. No lo aceptarán...

—¡No tienen que aceptarlo! Es una orden mía, del capo de la Cosa Nostra.

Si les molesta, que vengan a hablar conmigo.

Como no quieres ayudarme diciéndome quién te ha hecho esto, tendré que tomar medidas drásticas.

Y ya te advierto de que nadie entrará en tu habitación sin tu consentimiento, pero, si oyen cualquier ruido sospechoso, entrarán, quieras o no.

Negó con la cabeza, como si no pudiera creer lo que acababa de oír. Esperé a que rebatiera mis palabras, pero, para mi sorpresa, no lo hizo.

—Estás exagerando. —Podía equivocarme, pero vi un atisbo de sonrisa en sus labios.

Tal vez no quisiera reconocerlo, pero tuve la impresión de haber ganado un punto con mi actitud y, para mí, aquello ya era motivo de celebración—.

Te estás volviendo loco... —murmuró para sí misma.

Aunque no debía hacerlo, acaricié con los dedos su delicado rostro para atraer su mirada hacia mí y admití:

—Es verdad. Me estás volviendo loco, principessa. Tú eres la causa de mi locura.

Continuamos mirándonos sin decir nada. A pesar del deseo arrollador de atraer su rostro hacia el mío y prolongar el beso que habíamos empezado, no quise echar a perder el pequeño avance que había conseguido con ella. Por eso aparté la mano de su rostro, cogí la suya y deposité un beso en el dorso.

—Voy a llevarte a casa. Necesitas descansar.

Pensé en decirle que mi médico la visitaría por la mañana para examinar sus heridas, pues parecían estar a punto de infectarse, pero no quise iniciar otra discusión. Preferí que lo descubriera cuando él llegara a su casa.