Capítulo 12 #2
—¿Quién ha dicho que vaya a follarte en este coche antes de la boda? Sé que te mueres de ganas de que ocurra, pero no es lo que pienso hacer ahora —recalqué la última palabra—. Bájate la puta cremallera. Quiero verte la espalda. Si no lo haces tú, lo haré yo.
Abrió los ojos de par en par, incrédula ante mis palabras, aunque pareció comprender por fin lo que pretendía.
—Estamos en la calle. Podrían vernos... —intentó objetar.
—El coche tiene los cristales tintados y nadie puede vernos desde fuera. ¿Vas a hacerlo tú sola o tendré que hacerlo yo?
Permaneció callada. Parecía temblar mientras decidía qué hacer o cómo atacarme en cualquier momento. Me habría resultado gracioso si no estuviera tan irritado por lo que podía encontrar. Perdí la paciencia por completo y se lo ordené con voz fría y firme:
—Date la vuelta y ponte de espaldas a mí. Ahora mismo.
Suspiró frustrada y, al comprender que no podría escapar de lo que le exigía, se volvió.
Aparté su coleta hacia delante, agarré la cremallera del vestido y la bajé lentamente.
Encendí la luz interior del coche y la rabia se apoderó por completo de mí al descubrir las numerosas marcas abultadas de su piel.
Muchas todavía estaban cubiertas por el rojo intenso de la sangre; otras presentaban cicatrices enrojecidas que demostraban que eran recientes, mientras que las más claras indicaban que llevaban allí mucho más tiempo.
Las conocía demasiado bien. Además de cargar con algunas en mi propio cuerpo, había marcado de aquella misma manera a muchas personas que lo merecían.
Chiara estaba siendo torturada, azotada, y descubrirlo me enfureció como jamás había creído posible.
—¿Quién te está haciendo esto? —pregunté, moderando el tono para no asustarla.
Chiara volvió a colocarse de frente y comenzó a subirse la cremallera del vestido como si no hubiera oído mi pregunta.
—¿Quién es el loco que te está haciendo esto, Chiara?
—insistí alzando la voz. Me miró de reojo, pero, al advertir lo furioso que estaba, volvió la cara hacia delante y permaneció en silencio.
Perdí por completo la poca cordura que me quedaba, la agarré del brazo y la acerqué a mí, no con intención de hacerle daño, sino para que comprendiera que hablaba en serio—.
¿Puedes responderme de una puta vez? —grité con el rostro muy cerca del suyo.
Tragó saliva, incómoda. Sus ojos descendieron hasta mis labios antes de volver a encontrarse con los míos.
—No ha sido nada importante —respondió en voz baja, como si estuviera avergonzada.
—¿Cómo que no ha sido nada importante? ¿Quién te ha hecho esto? ¡Exijo saberlo ahora mismo!
Negó con la cabeza e intentó soltarse. La liberé para no perder el control y correr el riesgo de hacerle daño sin querer.
—Ya te he dicho que no ha sido nada importante. No voy a darte ningún nombre. No importa.
Me pasé las manos por el cabello con frustración, despeinándolo, y descargué un puñetazo furioso contra el volante. Chiara dio un respingo en su asiento, asustada por lo que pudiera hacerle.
Inspiré y espiré varias veces, tratando de ordenar mis pensamientos, y volví el rostro hacia ella. Me observaba con desconfianza.
—Puedes decirme por las buenas quién te ha hecho esto o puedo descubrirlo a mi manera. Y ya te advierto de que lo averiguaré. Cuando lo haga, esa persona sufrirá lentamente por todo cuanto te ha hecho.
—No hay nada que descubrir, cazzo.
Asentí cuando todas las piezas comenzaron a encajar en mi cabeza.
—Han sido tus padres, ¿verdad? —pregunté sin más rodeos. Chiara abrió los ojos de par en par—. Por eso tienes miedo de contármelo. Temes que vuelvan a hacerte daño —deduje mientras analizaba cada una de sus expresiones.
—Claro que no. —Intentó reír para distraerme, pero no logró convencerme—. Por supuesto que no han sido ellos. Necesito marcharme... ¿Vas a llevarme? Si no, pediré un taxi desde aquí.
—¡No vas a volver a ese lugar! —sentencié. Vi el instante exacto en que mis palabras cobraron sentido en su cabeza y la incredulidad se adueñó de su rostro.
—¿Qué? Todavía no me he casado contigo para que creas que puedes darme órdenes y hacer conmigo lo que te dé la gana. Y, aunque ya estuviéramos casados, no soy tu perrita para obedecerte como estás acostumbrado.
—No te estoy dando órdenes, Chiara —respondí con el mismo tono que había empleado conmigo—. Solo estoy cuidando de lo que es mío y, quieras o no, ya eres mía. El matrimonio no cambia nada; solo faltan unos días para formalizarlo.
—Estás loco si crees que un papel que certifique que soy tu esposa hará que te pertenezca. Siento decírtelo, pero estás muy equivocado —replicó, acercando el rostro al mío con la ira reflejada en los ojos.
Esta vez fui yo quien se rio. Nuestros rostros estaban tan cerca que podía sentir su respiración entrecortada contra mis labios.
—Ah, cara mia, si quieres engañarte, por mí no hay problema.
—Acerqué aún más el rostro al suyo. Nuestros labios estaban prácticamente pegados, pero ninguno de los dos se apartó—.
Sin embargo, desde el momento en que te convertiste en mi prometida, pasaste a ser mía.
Por eso he decidido que hoy vendrás a mi casa y no hay nada más que discutir.
—Ni. En. Tus. Sueños —declaró con lentitud, alternando la mirada entre mis labios y mis ojos, como si no supiera dónde fijarla.
—Ah, principessa, voy a hacer callar ahora mismo esa boca insolente para que aprendas a no volver a desafiarme.
La confusión cruzó su mirada y, antes de que pudiera responder con algo que sabía que sería mentira, hice aquello que no había dejado de rondarme la cabeza desde la noche de la discoteca: uní nuestros labios y, por fin, pude sentir su suavidad.
Mi gesto sorprendió a Chiara, pero no se apartó. Deslicé una mano hasta su nuca y busqué paso entre sus labios con la lengua. Cuando sentí que sus labios carnosos se entreabrían, fue mi perdición.
Mi lengua tomó posesión de la suya y ambas iniciaron un delicioso duelo. Lo que debía haber sido tierno se convirtió en fuego puro. Ardía, me abrasaba el cuerpo entero. Necesitaba más de ella, pero intenté contenerme porque no era así como podía hacerla mía. Al menos, todavía no.
Deslicé la otra mano por su brazo y la acaricié con ternura mientras tiraba de su coleta hacia abajo con la primera, dejando su cuello al descubierto. Después recorrí con los labios aquella piel irresistible.
La mordisqueé, la besé e incluso succioné su piel, pero no quise dejarle ninguna marca.
Todavía no era el momento y tampoco deseaba causarle más problemas.
Recordar aquel pequeño detalle bastó para apaciguar el deseo incontrolable que dominaba mi cuerpo.
Regresé a sus labios y volví a besarla, esta vez con algo más de contención.
—Esto es para que aprendas que, entre nosotros dos, siempre seré yo quien tenga la última palabra y que estoy muy lejos de aceptar órdenes de otra persona.
Nuestras bocas continuaban muy cerca y mis palabras cayeron sobre Chiara como un jarro de agua fría.
Recuperó la lucidez que había perdido durante unos instantes por culpa de nuestro beso.
Me encantó comprobar que no había sido el único afectado; yo todavía me sentía completamente aturdido por todo lo que aquel beso me había hecho sentir.
—Pero seré yo quien decida si lo hago o no.
—Deja de desafiarme, carina. Solo quiero lo mejor para ti.
Falta muy poco para la boda, ¿qué diferencia suponen cuatro días más o cuatro días menos?
—Opté por hablarle con más cariño, intentando doblegar poco a poco a mi pequeña fiera, y advertí cuánto la había afectado la manera en que me dirigía a ella—.