Capítulo 12
MATTEO LUCCHESE
Unos minutos después llegamos al restaurante y, en cuanto entré con Chiara a mi lado, la hostess nos condujo a una zona reservada para que pudiéramos disfrutar de cierta intimidad.
Una vez acomodados, echamos un vistazo a la carta e hice nuestro pedido.
—¿Te apetece tomar una copa de vino conmigo o prefieres otra cosa? —intenté entablar conversación una vez más.
—Sí, tomaré una.
Terminé de hacer el pedido al camarero y advertí que Chiara volvía a quedarse callada. Parecía incómoda; no se sentaba con naturalidad ni apoyaba la espalda en el respaldo. Recordé que había hecho lo mismo la última vez que nos vimos, aunque en aquel momento parecía aún más molesta.
En el coche sí se había apoyado, pero apenas se movía. Pensé que estaría nerviosa, aunque nos encontrábamos en un lugar público y, por mucho que estuviéramos aislados, no tenía motivos para sentir miedo a mi lado. ¿O había algo más que la atormentaba?
Decidí intentar aliviar la tensión que pesaba entre nosotros retomando el tema de nuestra residencia.
—Volviendo al asunto de dónde viviremos...
—Sus ojos encontraron los míos antes de descender hasta mis labios—.
Como todavía no tenemos demasiada confianza y tú pareces empeñada en que cada vez tengamos menos, había pensado que podríamos vivir en mi casa de Palermo para conocernos mejor.
Sin embargo, tengo muchas reuniones en la mansión y tú tendrás que aprender de mi madre todas las responsabilidades que asumirás, así que se me ha ocurrido que podríamos alternar entre ambas residencias: pasar la semana en la mansión y los fines de semana en Palermo. ¿Qué prefieres?
Se quedó mirándome durante unos segundos y pude reconocer la sorpresa en sus ojos.
—Me parece una buena idea. Necesito aprender cuáles serán mis responsabilidades y así no tendría que desplazarme todos los días hasta Sicilia.
—Exacto. Además, muchas veces tendré que ausentarme durante varios días y así no te quedarías sola.
—Va bene, pero me gusta estar sola. No supondría ningún problema.
El camarero llegó con nuestras bebidas y continué intentando conocer un poco mejor a la mujer con la que iba a casarme, aunque no dejé de fijarme en que Chiara no apoyaba la espalda contra el respaldo de la silla.
La cena transcurrió bien y, para mi sorpresa, Chiara no me provocó con su humor mordaz. A decir verdad, lo eché de menos. Por eso decidí provocarla para ver cómo reaccionaba.
—He echado de menos el pintalabios rojo. No es que no me guste el que llevas, pero prefiero el otro.
Intentó contener una sonrisa antes de responder:
—Mi madre considera que no es apropiado para una primera dama.
Cogí su mano porque sentía la necesidad de establecer un contacto más íntimo con ella.
—Siento decirlo, pero tu madre no sabe de qué habla. No existen reglas sobre el color que debe llevar la esposa del don. Si te sientes bien con el rojo, úsalo. Lo importante es que estés a gusto contigo misma.
Chiara se quedó contemplándome, perdida en sus pensamientos, y sentí curiosidad por saber qué pasaba por aquella cabecita. Parpadeó varias veces, tratando de salir de su ensimismamiento.
—Ya me di cuenta por la forma de vestir de tu madre... —comentó con cautela—. El día que cenamos en la mansión incluso llevaba la ropa de color rojo.
Bebí un sorbo de vino.
—Creo que os llevaréis mejor de lo que imaginas.
Chiara bajó la mirada hacia nuestras manos y, como si acabara de recordar que no podía bajar la guardia a mi lado, retiró la suya con cuidado para no llamar la atención. Cogió la copa y bebió un largo sorbo de vino.
La cena transcurrió muy bien, a pesar de que me resultó extraño el comportamiento sumiso de Chiara. No solía ser así. Parecía cansada, tenía los ojos hundidos y daba la impresión de haber perdido incluso algunos kilos. No sabía qué pensar.
Cuando salimos de su casa, tuve la sensación de que respiraba aliviada, como si llevara días sin salir. Sin embargo, continuaba encerrada en sus pensamientos.
Como si se limitara a hacer lo que se esperaba de ella, es decir, soportarme.
También percibía tristeza en su mirada y no pude evitar preguntarme si yo era el motivo.
Gracias a los informes que Carlo había preparado sobre ella, sabía que había mantenido una relación con Vitto Gambino, heredero de una de las mayores empresas de logística de Italia.
La relación no había funcionado porque el joven decidió casarse con la hija del propietario de una empresa de la competencia.
No negaré que sentí celos al imaginar a Chiara enamorada de él.
Por lo que me había contado Carlo, incluso había protagonizado una escena en plena calle cuando descubrió el compromiso del muchacho a través de las revistas.
Sin embargo, me aseguró que no había ocurrido nada más entre ellos y esperaba que estuviera en lo cierto.
Aun así, pensar que Chiara podía estar triste a mi lado mientras sufría por tener el corazón roto por otro hombre me molestaba más de lo que creía posible. Era mía y muy pronto lo sería por completo. No quería que sus pensamientos pertenecieran a otro.
Respiré hondo y bebí el último sorbo de vino mientras observaba a Chiara comerse su petit gâteau.
¿Qué es lo que tanto te atormenta, principessa?
Continué observando a mi prometida sin importarme que se diera cuenta de que la estudiaba con detenimiento.
De vez en cuando advertía que contraía el rostro, como si sintiera dolor, y me cansé de esperar a que dijera algo.
—¿Sigues teniendo dolor de espalda? —tanteé, recordando que en nuestro último encuentro había afirmado que se había caído y se había hecho daño.
Se puso rígida al instante mientras contemplaba el postre como si pudiera encontrar en él la solución a sus problemas.
Chiara se aclaró la garganta y levantó los ojos hacia mí. Fue entonces cuando reconocí la máscara que utilizaba. Cuando se sentía a la defensiva, atacaba a quienquiera que tuviera delante y recurría a su humor mordaz para no mostrar debilidad.
—Siempre tan observador, ¿verdad, Matteo? —Intentó disimular, pero, al comprender que no renunciaría a obtener una respuesta, continuó—: Sí, debo de haber dormido en una mala postura. Mañana estaré mejor.
Asentí sin decir nada, aunque no creí una sola palabra.
—Entonces, ¿estás triste por algo? Porque no te pareces en nada a la mujer que conocí hace unas semanas.
Arqueó una ceja, sorprendida una vez más por mi comentario. Empezaba a sospechar que Chiara no estaba acostumbrada a que le prestaran demasiada atención y que por eso se sorprendía al ver que yo reparaba en todo cuanto la rodeaba.
—Solo estoy cansada.
Y monosilábica también.
—De acuerdo. Entonces será mejor que nos marchemos para que puedas descansar y estés más animada el día de nuestra boda.
Al menos, eso esperaba: que demostrara un poco más de entusiasmo cuando llegara el momento.
Nunca había sido un hombre inseguro, pero la posibilidad de que estuviera tan triste por culpa de aquel mocoso maledetto me molestaba cada vez más.
No aceptaría casarme con una mujer que tuviera la mente puesta en otro.
Pedí la cuenta al camarero y dejé una buena propina.
Extendí la mano hacia mi prometida y la ayudé a levantarse.
Por mucho que intentara ocultarlo, resultaba evidente que algo le causaba molestias, y eso me irritaba todavía más porque no quería que mis sospechas fueran ciertas.
Decidí comprobarlo. Solté su mano y rodeé su cintura con el brazo.
El cuerpo de Chiara se tensó, pero aún tenía que descubrir si se debía a que mi presencia le resultaba repulsiva o a que algo le hacía daño de verdad.
Mientras la guiaba hacia el aparcamiento y esperábamos a que trajeran mi coche, un reportero nos hizo una fotografía desde lejos. Decidí provocarla.
—Parece que mañana apareceremos en las noticias de toda Italia.
Un atisbo de sonrisa asomó a sus labios.
—Eso perjudicará tu reputación. A tus amantes no les gustará descubrir que estás prometido y que ya no estás disponible en el mercado.
—Es verdad. No les gustará nada.
Me miró con indignación y mi sonrisa se ensanchó.
—¿Qué pasa? No soy precisamente un mal partido.
Solo tú pareces pensar lo contrario —la acusé, procurando no tomarme demasiado en serio mis propias palabras.
Quería seguir creyendo que solo era cuestión de tiempo conquistar a mi pequeña fiera—.
¿Qué te parece si les damos más motivos para sus titulares?
—¿C-cómo...?
No respondí. Me limité a acercar su pequeño cuerpo al mío y bajé el rostro hasta su cuello para aspirar su aroma.
Después ascendí hasta el lóbulo de su oreja y lo mordisqueé mientras apretaba su cintura, dominado por el deseo.
Lo que debía haber sido un momento de diversión para conseguir que relajara el cuerpo contra el mío produjo el efecto contrario: un gemido de dolor escapó de los labios de Chiara. Aquello colmó mi paciencia.
Me aparté de ella y me limité a mantener las apariencias, como había hecho al principio.
En ese momento llegó mi coche. Como si hubiera comprendido el error que acababa de cometer, entró de inmediato y ocupó su asiento, aunque sin apoyar la espalda en el respaldo.
Rodeé el vehículo, me puse al volante y pisé el acelerador mientras contenía la furia.
No pude soportarlo más. Me desvié de la ruta y, como conocía la zona como la palma de mi mano, conduje hasta un lugar menos transitado y detuve el coche de forma brusca. Por el retrovisor vi que los dos vehículos que nos escoltaban hacían lo mismo.
—¿Por qué nos hemos detenido aquí? —preguntó Chiara alarmada, volviéndose hacia mí.
—Bájate la cremallera del vestido —ordené con firmeza—. Y date la vuelta.
—¿Q-qué? —gritó mientras se quitaba el cinturón e intentaba salir del coche, cuyas puertas estaban bloqueadas.
—Se acabó el teatro, Chiara. Haz de una puta vez lo que te estoy ordenando —dije en voz alta, aunque sin perder los estribos.
—Estás loco si crees que voy a acostarme contigo antes de la boda.
Me reí al ver que sus pensamientos habían tomado una dirección completamente distinta.