Capítulo 11 #2
De vez en cuando, incapaz de soportar el dolor, gritaba mientras nos insultaba a mí y a mis antepasados.
Debido a su audacia al hablar de lo que supuestamente iba a ocurrirnos, me aseguré de torturarlo al máximo para que sufriera bastante antes de morir.
***
Aparqué mi Audi frente a la casa de Chiara y sonreí al saber que por fin tendríamos aquella oportunidad de estar a solas. Pedí a mis guardaespaldas que viajaran en el otro coche, junto con Marco, en lugar de que mi chófer condujera el mío.
Quería pasar un rato a solas con ella. Si nos acompañaban, por mucho que a mí no me importara lo que pudieran oír porque ya estaba acostumbrado a aquella situación, a Chiara sí le importaría. No sería así como me ganaría su confianza.
Salí del coche y vi que Marco hacía lo mismo para acompañarme, pero levanté una mano, indicándole que permaneciera donde estaba.
Se quedó cerca de la puerta de mi Audi. Al entrar en el pequeño jardín situado frente a la residencia de los Caruso, observé cómo los guardias de Federico se limitaban a mirarme desde lejos mientras caminaba hacia la entrada.
No era una mansión, pero tampoco una casa demasiado pequeña. Vista desde fuera, parecía acogedora.
Antes de que tuviera que tocar el timbre, la puerta se abrió y apareció Federico, vestido con su habitual traje oscuro, igual que yo solía hacer. Me saludó.
—Ha llegado puntual. Póngase cómodo. —Extendió una mano para indicarme que entrara en el pequeño recibidor y me condujo hacia el salón—. Pediré a Chiara que baje.
—No hay problema.
Federico se ausentó durante unos minutos y aproveché para observar el lugar donde vivía mi prometida.
Me acerqué a una fotografía colgada en la pared y vi a una Chiara algo más joven junto a Federico, mientras Genevive aparecía al lado de su madre.
Estudié con mayor atención la expresión de mi prometida y tuve la impresión de que mostraba una sonrisa forzada.
No era una de esas sonrisas que llegaban a los ojos, y me pregunté por qué no parecía feliz en aquel momento. ¿Acaso no lo era junto a su familia?
Eran detalles que quería descubrir con el tiempo. Por eso deseaba pasar aquella noche a solas con ella y conocer un poco mejor a la mujer que, pese al escaso contacto que habíamos tenido, ocupaba cada vez más mis pensamientos.
Federico regresó y me ofreció una copa. Aunque no tenía ningún interés en socializar con él, acepté para no resultar descortés. Al fin y al cabo, pronto formaríamos parte de la misma familia.
Oí unos pasos que descendían por la escalera y enderecé la postura al sentir cómo crecía la expectación en mi interior.
Chiara apareció ante mis ojos, preciosa como siempre.
Llevaba un vestido negro ceñido que delineaba sus curvas y unas sandalias de tacón del mismo color.
Se había recogido el cabello en lo alto de la cabeza y llevaba el rostro maquillado, aunque no usaba el pintalabios rojo que tanto me gustaba, sino uno rosa claro que le confería un aspecto aún más delicado.
Nuestras miradas se encontraron y no pude ocultar lo mucho que me gustaba lo que veía. Una sonrisa apareció en mis labios y, aunque sabía que Federico nos observaba, me acerqué a ella hasta percibir su perfume. Deposité un beso casto en su mejilla, conteniéndome para no besarla por primera vez.
Tenía que ir despacio con Chiara. Ella no era como las demás.
—Estás preciosa, principessa. —Una pequeña sonrisa apareció en la comisura de sus labios. Bajó la mirada, como si estuviera avergonzada, y después volvió a alzar sus ojos verdes hacia los míos.
—Gracias, Matteo.
Oí que alguien se aclaraba la garganta a nuestro lado y me encontré con la mirada inquisitiva de Irene, que nos observaba.
—¿Cómo está, señor Lucchese? —Extendió la mano hacia mí. Me alejé un paso de mi prometida y la saludé, aunque sin demasiado interés.
—Muy bien. Espero que usted también.
—Sí, estoy muy ilusionada porque la boda está cada vez más cerca.
—Mientras hablaba mi futura suegra, solo percibí en ella la misma codicia que veía en la mayoría de los padres que intentaban casarme con sus hijas, lo que no hizo sino aumentar el rechazo que me provocaba—.
Quería aprovechar que está aquí para hablar de dónde vivirá Chiara, para que podamos llevar sus cosas, que ya están prácticamente preparadas.
También deberíamos acordar cómo se organizarán las visitas para poder ver a nuestra niña.
Por el rabillo del ojo advertí que Chiara enderezaba el cuerpo con rigidez, incómoda con el tema. Decidí explicar lo que realmente pensaba hacer.
—Es un asunto que trataré con su hija durante la cena, Irene.
Por cómo entrecerró los ojos, resultó evidente que mi respuesta no le había gustado. Intentó replicar:
—Sé que tiene las mejores intenciones, pero preferiría que resolviera esos asuntos con nosotros. Chiara todavía es una niña y no sabrá decidir qué le conviene.
En aquel instante, todo a mi alrededor se tiñó de rojo y tuve que contener la furia que me provocó la forma despectiva en la que se refirió a su propia hija.
—Si no recuerdo mal, usted afirmó que su hija sería una excelente primera dama de la mafia y que se había preparado para ello durante toda su vida.
Por tanto, le pregunto: si tendrá que encargarse de asuntos mucho más serios e importantes que organizar una visita, ¿cómo podrá seguir mi ritmo si ni siquiera es capaz de decidir cuándo pueden visitarla sus padres?
—Estoy perfectamente capacitada para desempeñar todas esas funciones, Matteo —respondió Chiara para mi sorpresa. La miré, orgulloso de que se hubiera defendido, y después volví a centrar mi atención en su madre.
—¿Lo ve? Ella misma resolverá ese asunto conmigo —recalqué las últimas palabras—. Cuando regresemos de la cena, sabrá adónde deberán llevar mis hombres sus pertenencias.
—No me malinterprete. No quise decir que Chiara no fuera capaz de hacerlo...
—Eso es lo que he entendido —la interrumpí—. Pero ahora debemos marcharnos. No quiero llegar tarde a nuestra reserva. —Extendí la mano hacia Chiara y, por algún milagro, la aceptó sin vacilar. Entrelacé nuestros dedos.
Cuando ya les daba la espalda, oí la voz de Federico llamándome.
—No es necesario que sus hombres se desplacen hasta aquí para llevar las cosas de nuestra hija. —Sentí que Chiara me apretaba la mano, quizá sin darse cuenta—. Nosotros queremos encargarnos de llevarlas. Sabemos que están muy ocupados y no queremos molestarlos.
Su insistencia empezó a irritarme. No entendía por qué le concedían tanta importancia a un asunto tan insignificante.
—No será ninguna molestia. Hablaré con Chiara para saber qué prefiere y ella se lo comunicará a ambos —respondí sin dignarme a volverme. Seguí caminando con mi prometida hacia el coche, todavía molesto por la actitud de su familia.
Cuando nos acercamos, Marco abrió la puerta del acompañante para Chiara.
—Buenas noches, señorita Chiara —la saludó Marco. Ella asintió y le devolvió el saludo con una leve sonrisa.
—Buenas noches, Marco. ¿He acertado con tu nombre? —preguntó mientras se acomodaba en el asiento de cuero.
—Sí, soy Marco. Con permiso. —Cerró la puerta y yo ocupé el asiento del conductor.
Empecé a conducir mientras sonaba música en el equipo del coche y decidí romper el silencio que nos envolvía.
—¿Qué prefieres? ¿De verdad quieres que sean tu madre y tu padrastro quienes lleven tus cosas hasta el lugar donde vivirás? —pregunté, mirándola de vez en cuando mientras el tráfico avanzaba con fluidez.
Me observó, confundida por la pregunta y quizá algo sorprendida porque realmente hubiera solicitado su opinión.
¿Acaso no esperaba que lo hiciera?
—No, no hace falta que las lleven ellos. —Se encogió de hombros y volvió a mirar al frente.
—Entonces pediré a mis hombres que recojan tus cosas. Avísame cuando esté todo preparado y los enviaré.
—Puedes mandarlos cuando quieras. La boda es dentro de siete días y solo he dejado fuera la ropa que utilizaré hasta entonces. El resto ya está guardado.
—De acuerdo. Les pediré que vayan mañana.
Asintió y, por el rabillo del ojo, advertí que volvía a prestarme atención.
—¿Viviremos en la mansión? —Sentí que sus ojos recorrían mi cuerpo y tuve que contenerme para no revelar que sabía lo que estaba haciendo. No quería avergonzarla.
—Si tú lo prefieres, sí.
—¿Si yo lo prefiero? —tartamudeó—. Pensaba que vivías allí.
—Y vivo allí, pero, como estaremos casados, quizá quieras un poco más de intimidad al principio para que podamos conocernos mejor.
—No pude resistirme y le dediqué una sonrisa maliciosa.
Vi cómo Chiara se sonrojaba antes de volver la cara hacia el frente.
Al detenerme en un semáforo, cogí su mano y entrelacé nuestros dedos—.
¿Qué prefieres? Por desgracia, no podré ausentarme para disfrutar de nuestra luna de miel.
Podemos quedarnos en mi casa de Palermo y trasladarnos después a la mansión o, si quieres, viajar a algún lugar cercano en cuanto consiga hacer un hueco en mi agenda.
—Me da igual. —Retiró la mano de la mía y comenzó a juguetear con los dedos. Parecía nerviosa.
Me quedé pensando en la frialdad que Chiara mostraba ante aquel matrimonio y, en parte, la comprendía. La estaban obligando a casarse sin amor, pero ¿por qué le provocaba tanta repulsión como para no querer ni siquiera intentarlo?
Era un hombre atractivo. Las mujeres siempre demostraban que les gustaba lo que veían y percibía lo mismo en Chiara, pero no comprendía por qué luchaba contra su deseo.
Ya que tendríamos que convivir, sería mejor que intentáramos llevarlo de la mejor manera posible.
Al menos, así pensaba yo, aunque, por lo visto, ella pensaba de manera diferente.