Capítulo 11
MATTEO LUCCHESE
Hacía dos semanas que Chiara y yo nos habíamos prometido y, desde entonces, apenas habíamos tenido contacto.
Solo fui una vez a su casa para conocer el lugar donde vivía, aunque ya había pedido a Marco que lo inspeccionara personalmente. También aproveché para darle mi número privado por si necesitaba algo. Por supuesto, se resistió alegando que no era necesario, pero conseguí convencerla de lo contrario.
Las otras dos veces que nos vimos fugazmente fueron cuando acudió a la mansión acompañada de su madre y de su hermana para elegir algunos detalles importantes de la decoración y decidir qué serviríamos en el banquete de bodas.
Para mi sorpresa, me preguntó si había algo que quisiera añadir, pero preferí dejar que lo organizara a su gusto.
Nada de aquello me importaba. Ni siquiera me gustaban las fiestas; asistía porque estaba obligado. En esos eventos me limitaba a dejarme ver debido a quién era, a diferencia de cuando acudía a una de mis discotecas para despejarme después de un día complicado.
Desde que me había prometido con Chiara no había pisado ninguna, aunque no me faltaran ganas.
Preferí no hacerlo sin que mi prometida estuviera conmigo y, como faltaba poco para la boda, consideré que era mejor no llevarla por el momento.
Sabía que tenía los días ocupados con los preparativos, el vestido y la organización de sus pertenencias para la mudanza.
Si nuestro matrimonio se celebrara en circunstancias normales, por así decirlo, y pudiéramos conocernos como una pareja corriente que sale y disfruta de su noviazgo, la situación sería distinta y tendríamos tiempo para ello.
Por desgracia, no sería así para nosotros. El tiempo jugaba en nuestra contra: nos casaríamos tres semanas después de habernos prometido y ya habían transcurrido dos.
Lo único que conseguí incluir en mi agenda, no sin cierta dificultad, fue una cena para aquella noche. Me sentía impaciente por que llegara la hora a la que había avisado a Chiara de que pasaría a recogerla.
Me dirigía hacia el calabozo mientras me crujía los dedos y movía el cuello de un lado a otro, deseando que las horas pasaran deprisa y llegara el momento de ir a buscar a mi preciosa y testaruda prometida.
Respiré hondo para apartar a Chiara de mis pensamientos durante unos instantes. Necesitaba concentrarme en lo que estaba a punto de hacer.
Una vez más, había tenido problemas con la entrega de uno de mis cargamentos. En aquella ocasión, el maledetto había cometido la locura de prender fuego a uno de los camiones que se dirigía a realizar una importante entrega en Palermo.
Lo que no esperaban era que ya hubiera enviado a un equipo para que se mantuviera alerta ante cualquier problema, pues últimamente aquello ocurría con frecuencia.
Gracias al magnífico grupo que había preparado, mis hombres consiguieron capturar a algunos de ellos.
Sin embargo, ni siquiera ante la absoluta falta de delicadeza de Marco habían abierto la boca, y eso no hacía más que aumentar mis deseos de negarles una muerte digna.
Abrí la puerta del oscuro calabozo donde se encontraban y percibí el intenso olor a sangre y podredumbre que impregnaba el lugar. Me limité a arrugar la nariz, acostumbrado a aquellas situaciones desde pequeño.
Encontré a Marco apoyado contra una mesa repleta de instrumentos de tortura, con los tobillos cruzados y aspecto aburrido, mientras deslizaba los dedos por la pantalla de su móvil.
—¿Te has cansado de intentar sacarles alguna información? —lo provoqué, pues sabía que no estaba parado por ese motivo.
—Te estaba esperando para ver qué consigues, tal como pediste. Pero ya te advierto que se resisten bastante a hablar, y eso que he sido muy creativo con cada uno de ellos.
Observé a los tres jóvenes, que me miraban con la rabia reflejada en los ojos. Tenían los brazos suspendidos y los pies sujetos con grilletes, pero ninguno se dignó a decir nada que empeorara todavía más su situación.
Suspiré y estudié detenidamente a cada uno. Marco ya había causado bastantes estragos, así que tendría que ser aún más meticuloso si quería sacarles alguna información.
Miré la mesa y pasé los dedos por cada uno de los instrumentos que aguardaban mi elección. Chasqueé la lengua.
—¿Por quién debería empezar, Marco? ¿Alguna sugerencia? —pregunté mientras elegía un hierro con las iniciales de la Cosa Nostra, CN, con el que podíamos marcar a una persona. En el último momento, lo devolví a su sitio, escogí unos alicates muy afilados y una sonrisa perversa apareció en mis labios.
—¿Por qué no atas a uno de ellos a la silla de clavos? Quizá sea una buena forma de empezar, ya que no quieren colaborar.
Vi cómo el terror se apoderaba de los tres y cómo intercambiaban miradas aterradas.
Fingí reflexionar sobre la propuesta antes de continuar.
—Buena idea, pero empezaré con estos sencillos alicates y veremos si es necesario recurrir a la silla que ha sugerido Marco —comenté, mirando al que parecía ser el responsable de aquella operación.
El terror se reflejaba con claridad en sus ojos, pero no apartó la mirada ni una sola vez. Aquello demostraba que era el más duro.
Me encantaba cuando se hacían los difíciles; conseguían ganarse un poco más de mi respeto por permanecer leales a aquellos para quienes trabajaban.
Me acerqué y, sin más preámbulos, coloqué los alicates sobre su pezón y tiré sin demasiada fuerza, ofreciéndole la oportunidad de hablar sin que tuviera que terminar el trabajo.
—¿Para quién trabajáis?
Mantuvo la mirada cargada de odio fija en la mía y no dijo nada. Por eso apreté los alicates con fuerza y tiré hacia mí, arrancándole el pezón de golpe. Apretó la mandíbula y bajó la mirada, reprimiendo las ganas de gritar o llorar. Sin embargo, se mantuvo firme y no se permitió mostrar debilidad.
Asentí, sorprendido, mirando a Carlo, que había llegado unos minutos antes y contemplaba la escena con admiración.
Oí el lloriqueo del más joven. Era un adolescente que, con toda seguridad, apenas sabía qué hacía allí. Decidí acercarme a él. Tal vez hablara con más facilidad, aunque supiera poco.
Uno de sus ojos apenas podía abrirse. Hice girar los alicates entre mis dedos mientras me aproximaba y vi cómo su nuez subía y bajaba, revelando lo nervioso que estaba ante mi presencia.
—¿Y tú? ¿Vas a colaborar o tendré que hacerte aún más daño? —Permaneció en silencio, pero su mirada lo delataba—. Es una lástima...
Extendí la mano hacia la suya, coloqué la punta de su meñique entre los alicates y presioné ligeramente, cortándole la piel y haciendo que la sangre brotara mientras las lágrimas comenzaban a resbalar por sus mejillas.
—No sé nada. Solo cumplía órdenes.
—¿Qué órdenes? ¿Órdenes de quién? —Silencio. Apreté un poco más hasta alcanzar el nervio del dedo y un grito brotó de sus labios—. ¡Habla, joder! ¿Órdenes de quién? —grité, perdiendo la poca paciencia que me quedaba.
—Él me contrató. —Señaló con la cabeza al hombre al que le había arrancado el pezón.
Por la mirada que este dirigió a su subordinado, supe que, si yo no lo mataba, él lo haría—.
Solo me pidió que entorpeciera la entrega y quemara el camión.
Necesitaba el dinero y me pagaron bien por hacerlo...
Acepté, pero no sé nada más —explicó atropelladamente entre sollozos, atormentado por el dolor del dedo que había quedado colgando.
—¿Alguna otra información relevante? —pregunté mientras me dirigía hacia la mesa y cogía una Glock. La cargué mientras él sacudía la cabeza frenéticamente, repitiendo que no—. ¿Seguro que no sabes nada más?
Rompió a llorar de nuevo. Perdí la poca paciencia que me quedaba, apreté el gatillo y le volé los sesos. Su sangre salpicó mi ropa y mi rostro. Cogí un paño limpio y retiré parte de ella de mi piel.
—Odio a los blandengues. Deberías aprender a escoger mejor a tus hombres. Ha hablado por tan poca cosa que hasta da pereza tratar con gente así —le comenté al líder de la banda mientras volvía a la mesa para cambiar el arma por otro instrumento.
—La verdad es que los chicos de hoy en día son cada vez peores —comentó Marco, todavía con aspecto aburrido.
—Será mejor que vuelvas al primero. Parece más dispuesto a amenizarnos la tarde —sugirió Carlo, esbozando una sonrisa maliciosa. Vi la mirada hostil que el rebelde le dirigió.
—Me ocuparé del segundo y dejaré al mejor para el final. Espero que colaboréis, porque tengo una cita con mi prometida y no quiero llegar tarde por vuestra culpa —comenté mientras sostenía un hierro con el que marcarlo con las iniciales de la famiglia.
Una sonrisa perversa apareció en el rostro del cabecilla cuando mencioné a Chiara. No me gustó en absoluto el desdén que percibí en su mirada.
—¿Tienes algo que decirme o quieres adelantarte a tu compañero? —Apoyé la daga contra su garganta y le hice una pequeña herida cerca de la carótida. La sangre comenzó a brotar mientras su sonrisa era sustituida por la rabia. Sin embargo, permaneció en silencio—. Eso imaginaba.
Cuando giré el cuerpo hacia el otro hombre al que iba a interrogar, oí su voz por primera vez desde que lo habían capturado. No me gustó nada lo que dijo.
—Puede que no esté aquí para verte la cara cuando suceda todo lo que le espera a la gran e inalcanzable famiglia. Pero me basta con saber lo mucho que vas a joderte para morir satisfecho.
Como todavía sostenía la daga, me giré con rapidez y, puesto que sabía exactamente dónde se encontraba, le abrí el brazo con un único corte certero. Cuando gritó, una sonrisa perversa apareció en mis labios.
—No te corto la lengua porque aún tenemos mucho de qué hablar.
Durante más de una hora torturé a su compañero, pero no dijo mucho más de lo que había revelado el primero.
La única información nueva que me proporcionó y que me puso en alerta fue que creía que quienes conspiraban contra mí pertenecían a la Camorra, la organización enemiga de la Cosa Nostra.
Había visto un tatuaje en uno de los hombres con los que había tratado y lo había reconocido.
En cuanto al maledetto que los lideraba, se limitó a guardar silencio.