Capítulo 13
CHIARA CARUSO
Jamás se lo admitiría a Matteo, pero, desde que sus perros guardianes empezaron a montar guardia frente a mi puerta dos días antes, por fin había conseguido dormir y, gracias a ello, parecía haber recuperado las energías.
Pensé que, cuando regresara a casa, volvería sola y que él enviaría a alguien para quedarse conmigo a partir del día siguiente.
Sin embargo, volvió a sorprenderme al ordenar que dos de los guardias que viajaban en los otros coches escoltándonos se quedaran conmigo.
Después, Marco les comunicaría si se convertirían en mis guardaespaldas oficiales o si serían sustituidos.
Incluso pensé en protestar, pero me sentía agotada, tanto mental como físicamente.
Las noches sin dormir se habían cobrado su precio.
Por eso le estaba muy agradecida al don por haberme proporcionado unos días de descanso sin saberlo.
Sin embargo, era demasiado orgullosa para darle las gracias y tampoco podía hacerlo, pues provocaría demasiadas preguntas que no podría responder.
No recordaba cuándo había sido la última vez que había conseguido soñar, pero aquella noche ocurrió: soñé.
Me reía sola al recordarlo. Incluso mi semblante cansado había mejorado desde que tenía a mis guardias frente a la puerta de mi habitación, impidiendo que Federico invadiera mi espacio y repitiera lo que había sucedido durante su última visita.
Lo más curioso de todo era el sueño que había tenido.
Había soñado, nada más y nada menos, que con mi prometido. La verdad era que no quería admitirlo, pero el beso que nos habíamos dado en medio de nuestra discusión me había afectado más de lo que algún día sería capaz de reconocer.
Ni siquiera las veces que estuve con Vitto llegué a sentir algo parecido a todas las sensaciones que Matteo había despertado en mí con un único y sencillo beso.
El hecho de que hubiera visto mis heridas y las cicatrices que recorrían mi cuerpo debería haberme hecho sentir humillada, pero no tuvo el efecto que esperaba de cara a nuestra noche de bodas.
Pensaba que, cuando me viera tal como era en realidad, maltratada y herida, sentiría repulsión, que quizá perdería el interés y dejaría de desearme.
Sin embargo, no ocurrió nada de aquello. Más bien todo lo contrario.
También creí que me sentiría mal, como solía suceder cuando pensaba en exponerme de aquella manera. Sin embargo, en medio de nuestra discusión, lo único que percibí fue su deseo descomunal de hacerme suya, y aquello no había abandonado mi mente durante esos dos interminables días.
Era algo nuevo para mí. No estaba acostumbrada a sentirme deseada de aquella manera, pero no de una forma sucia, porque sabía que despertaba deseo.
Lo veía en mi despreciable padrastro. Sin embargo, con Matteo era diferente.
Parecía querer protegerme, cuidar de mi cuerpo y curar mis heridas.
En realidad, parecía muy distinto de lo que siempre había pensado sobre él, y aquello me confundía cada vez más, porque, de vez en cuando, terminaba olvidando quién era y lo que había hecho.
Por ese motivo, cuando soñé con nuestro beso, me sentí todavía más confundida por la manera en que estaba afrontando todo aquello.
Siempre había imaginado que llegaría a ese matrimonio odiándolo, sintiendo repulsión y asco.
Sin embargo, en aquel momento, esa posibilidad parecía muy alejada de la realidad.
Otra consecuencia de la llegada de sus guardias había sido la enorme incomodidad de mi madre y de su marido.
Ya no podían llenarme la cabeza con sus miles de preguntas sobre mi cena con el don ni hablar de su descabellado plan, pues cualquier palabra podía despertar las sospechas de mis guardaespaldas y ellos informarían a su jefe.
Observé mis labios en el espejo y los rocé suavemente con los dedos de la mano que tenía libre, recordando cuánto me habían escocido por el roce de su barba durante nuestro beso.
Oí que llamaban a la puerta, dejé el cepillo sobre el tocador y fui a abrirla parcialmente, convencida de que sería uno de los guardias que quería preguntarme algo.
Sin embargo, me sorprendió encontrar al maledetto de mi padrastro conversando con ellos frente a la puerta de mi habitación.
Me dedicó la sonrisa más falsa que podía existir.
Respiré hondo, preparándome para lo que me esperaba.
—Buenos días, hija mía. —Cómo odiaba que me llamara así delante de otras personas para fingir que éramos una familia feliz—. Quería hablar contigo. ¿Podrías venir a mi despacho?
Negarme despertaría las sospechas de los hombres que me observaban con atención. Matteo debía de haberles explicado por qué estaban allí y, sin duda, intentaban descubrir quién me había hecho daño.
—Bajaré dentro de cinco minutos. —Para empezar, en un día normal, sin mis guardaespaldas, aquello no habría ocurrido.
Habría entrado en mi habitación sin llamar y habría dicho allí mismo lo que necesitara.
Además, si me llamaba y no bajaba de inmediato, me ganaba uno de sus castigos.
Por eso, antes de casarme, quise permitirme el placer de hacerlo esperar todo el tiempo que me diera la gana.
Aunque despertara en él el deseo de castigarme, no podría ponerme un solo dedo encima—. Con permiso.
Volví a cerrarle la puerta en las narices, reprimiendo una carcajada al ver la mirada mordaz que me dirigió.
Mientras terminaba de arreglarme, recordé lo poco satisfechos que se habían mostrado mi madre y Federico al descubrir que no podrían llevar mis pertenencias hasta la casa de Matteo ni hasta la mansión.
Por supuesto, no dijeron nada abiertamente, pero sus expresiones y todo lo que sabía sobre sus planes me dejaron sus intenciones más que claras.
Querían conocer la mansión de Palermo que pertenecía a Matteo.
Habían intentado localizarla en varias ocasiones enviando a sus infiltrados para que lo siguieran cuando se dirigía allí, pero sus guardias siempre lograban despistarlos y, hasta aquel momento, no la habían encontrado.
En cuanto a la mansión de Sicilia, aunque habían estado allí varias veces, todas sus visitas se habían producido por la noche, de modo que no habían conseguido descubrir demasiados detalles que les resultaran útiles para una futura invasión de cualquiera de las dos propiedades.
Otro motivo de alarma para Irene había sido la visita del doctor Vittorio Rossi, uno de los médicos de confianza de Matteo.
Yo no sabía que vendría y, en aquel momento, quise matar a mi prometido.
Podría haber concertado la consulta en otro lugar, incluso en la clínica del médico, y yo habría inventado cualquier excusa para acudir.
Pero no. Había enviado al doctor directamente a la guarida de los leones, y mi madre, desconfiada sobre el motivo de la visita, no quería dejarnos solos en mi habitación.
No era ninguna ingenua. Aunque no me había preguntado en ningún momento por la última paliza que me había propinado su marido, sabía que tendría marcas.
Siempre las tenía. Como comprendí que no pensaba moverse de mi habitación, inventé que solo se trataba de unas pruebas y de una revisión prenupcial rutinaria.
Aquello pareció convencerla. El hecho de que el médico confirmara mi excusa y afirmara que se trataba de algo habitual y obligatorio en la familia Lucchese consiguió que lo aceptara y abandonara mi habitación.
Cualquiera que la viera podría pensar que estaba preocupada por mí y no aterrada por lo que podía sucederle si descubrían todo cuanto me habían hecho.
Deberían haberlo pensado antes de hacerme tanto daño, sobre todo en la semana de mi boda. Las marcas jamás desaparecerían antes de ese día.
Después de entretenerme durante diez minutos antes de bajar al encuentro de mi querido padrastro, descendí acompañada de Fabrizio y Mattia, mis guardaespaldas por el momento.
A pesar de mis deseos de permitir que entraran conmigo en el despacho de Federico, no lo hice porque sabía que encontraría alguna manera de castigarme.
—Podéis esperar aquí, por favor. Imagino que no tardaré.
Intercambiaron una mirada, pero asintieron con desconfianza. Respiré hondo, llamé dos veces a la puerta para anunciar mi llegada y entré en la habitación escasamente iluminada.
—Ya era hora, ragazza. ¿Has cerrado la puerta?
Federico estaba sentado en su cómodo sillón frente al ventanal que daba al jardín trasero, fumando uno de sus puros. Hizo girar el asiento hasta quedar frente a su escritorio y me encontró junto a la puerta.
Asentí sin decir nada.
Me indicó con dos dedos que me acercara y obedecí, aunque permití que el escritorio permaneciera entre nosotros. Eché un vistazo a los objetos que había sobre él por si necesitaba utilizar alguno y presioné discretamente la pequeña daga que llevaba sujeta entre los muslos.
No permitiría que volviera a hacerme daño y, en aquella ocasión, estaría preparada.
—¿De qué querías hablar? —pregunté, deseando terminar con aquello de una vez. No soportaba permanecer demasiado tiempo en la misma habitación que aquel miserable.
Se levantó, vestido con una camisa azul claro, y comenzó a remangársela hasta los codos.
Todas mis alarmas se dispararon ante lo que pudiera intentar hacer.
Cuando se encontraba a dos pasos de distancia, me agarró del brazo y tiró de mí hacia su cuerpo con brusquedad.
Al instante, llevé la mano hasta la daga.
Mi vestido me llegaba hasta las rodillas, por lo que no me impediría cogerla si la necesitaba.
—¿Quién coño te crees que eres para hacerme esperar solo porque tienes a esos dos guardias de mierda de ese maledetto? —La forma despectiva en la que se refirió a Matteo me molestó, pero intenté no darle importancia—. ¿De verdad crees que tenerlos aquí me impedirá hacerte algo si así lo deseo?
Tragué saliva y me contuve para no mandarlo a la mierda.
—Eso parece. Al fin y al cabo, ¿cuándo me habías pedido que bajara hasta aquí en lugar de invadir mi espacio? —lo desafié. La furia se apoderó de sus ojos castaños y los oscureció todavía más de lo que parecía posible.
—¡Serás zor...! —Levantó la mano para golpearme en la cara, pero yo alcé aún más el rostro para desafiarlo y sujeté su brazo antes de que pudiera descargar el golpe contra mí.
—¡Pégame! —gruñí, moderando la voz para que los guardias no me oyeran—.