Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

CHIARA CARUSO

—¿Has entendido todo lo que tienes que hacer, Chiara? Parece que todo lo que te digo te entra por un oído y te sale por el otro —se quejó mi madre por enésima vez.

Aquel era el único tema de conversación en casa desde que me había prometido con Matteo. Las instrucciones de Irene eran cada vez más frecuentes. Nunca había visto a mi madre hablar conmigo tantas veces como durante las últimas dos semanas.

Veía en mí la posibilidad de consumar la venganza con la que tanto había soñado, y el hecho de que mi boda fuera a celebrarse dentro de una semana la tenía exultante. Yo, en cambio, no sabía qué pensar al respecto.

Teniendo en cuenta la forma en que Matteo parecía tratarme, empezaba a pensar que quizá convivir con él todos los días no resultara tan tortuoso como había imaginado al principio.

Claro, hasta que llevara un hijo suyo en el vientre y contara con la suficiente confianza de mi marido como para conocer todos sus métodos y rutas, de manera que mi nada querido padrastro pudiera matarlo.

No quería formar parte de aquello, ni siquiera conocer los verdaderos planes que tenían para el padre de mi hijo.

Yo había perdido al mío y sabía lo horrible que era crecer rodeada de personas que no sentían nada por ti.

Sin embargo, eso era exactamente lo que pretendían que hiciera: concebir un hijo de su sangre para tener derecho a todos sus bienes.

Transcurrido cierto tiempo para no despertar sospechas, sus padres y su hermano también morirían y solo quedaría un heredero de la Cosa Nostra: mi hijo.

Seguía considerando que aquel era un plan demasiado ambicioso y codicioso, pero guardaba silencio como si estuviera de acuerdo con ellos. Sin embargo, los Lucchese no eran los mafiosos más temidos porque sí y no creía que llevarlo a cabo fuera tan sencillo.

Sabía que Federico mantenía contactos con algunos rebeldes de la famiglia que querían apartar del poder a los Lucchese.

También tenía aliados muy poderosos dentro de la Camorra, la mafia enemiga de la Cosa Nostra que, pese a no ser tan fuerte como esta, seguía siendo una de las organizaciones criminales más importantes de la actualidad.

Gracias a aquella alianza, Federico conseguía entorpecer cada vez con mayor frecuencia las entregas de los cargamentos de droga de Matteo, y él parecía estar lejos de descubrir quién era el verdadero responsable.

La intención de mi padrastro era demostrarle que existía descontento entre sus subordinados y que no todos lo apoyaban como él creía.

Quería provocar una fractura en la famiglia y, al parecer, estaba consiguiendo su objetivo.

Me resultaría muy difícil contemplar todo aquello cada vez más de cerca mientras estuviera casada con Matteo y mantenerme neutral. Por eso, en cierto modo, prefería dejar de conocer los actos de Federico, porque así me sentiría menos implicada en aquella venganza.

Yo solo quería vengar la muerte de mi padre, pero, al mismo tiempo, cuando estaba junto a Matteo, todo aquello parecía desaparecer de mi interior y no veía al asesino sin escrúpulos del que mi madre siempre me había hablado.

Sabía que era todo eso y mucho más. No se había ganado el respeto de todo el mundo ni era conocido por su creatividad a la hora de torturar por casualidad.

Sin embargo, no percibía nada de aquello en el hombre que siempre intentaba acercarse a mí cuando coincidíamos en el mismo lugar, y esa contradicción me afectaba más de lo que me gustaría. Cada vez me sentía más confundida.

—¿Me estás escuchando, Chiara? —Irene me obligó a volver el rostro hacia ella, clavándome una uña afilada en la piel. Interrumpió mis pensamientos y me recordó que aún vivía bajo su techo y debía obedecer sus órdenes.

—Sí, ya lo sé. Llevas dos semanas repitiéndome los mismos planes sin parar. No voy a olvidarlos de un día para otro —respondí, cansada de escuchar lo mismo una y otra vez.

Sus uñas se clavaron aún más en mi piel y sentí que me echaba la cabeza hacia atrás, dominada por la furia que habían provocado mis palabras mordaces.

—¡Aprende a hablarme, niña! Si algo no sale como te he ordenado porque no has prestado atención a lo que te he dicho, estar casada con el maldito capo no impedirá que te dé un buen correctivo.

—Claro, volverás a golpearme, como haces siempre. Ya veremos qué piensa Matteo cuando descubra cómo trata mi dulce madre a su queridísima hija... —repliqué con desdén, demasiado cansada de sus interminables amenazas.

Sentí el fuerte impacto de la bofetada contra mi rostro y la piel me ardió. Me llevé una mano a la mejilla y apreté la mandíbula para no insultarla por todo lo que me hacía.

Sabía que debía respetar a mi madre, pero ¿hasta qué punto era aceptable?

Podía hacer conmigo cuanto quisiera, utilizarme como parte de su venganza, golpearme por cualquier motivo y permitir que su marido me torturara de formas que jamás desearía ni siquiera para mi peor enemiga. Estaba cansada de todo aquello.

—Eres una desagradecida. Debería haberle concedido este honor a tu hermana, porque tú solo consigues avergonzarme con todo lo que haces.

Sinceramente, no sé cómo Matteo ha podido interesarse por ti.

Debe de ser únicamente por esa cara bonita que tienes, pero no sabe que de sumisa no tienes nada.

¡No eres más que una rebelde mimada que debería haber recibido más palizas de niña!

Eso era algo que nunca le había ocultado a Matteo: estaba muy lejos de ser una mujer sumisa.

¿Qué pensaría mi madre si supiera que Matteo se había interesado por mí precisamente por ser quien era, sin ninguna de las exigencias que intentaba imponerme? Probablemente, si hubiera seguido todas sus instrucciones, ni siquiera estaría prometida con él.

Nada conseguía quitarme de la cabeza que eso era precisamente lo que había despertado su interés: el hecho de que no actuara como se esperaba de mí, a diferencia de las demás jóvenes educadas únicamente para ser buenas esposas para sus maridos.

Vi cómo mi madre me daba la espalda y se alejaba.

Respiré hondo y me dirigí a mi habitación, en la segunda planta, para continuar organizando mis cosas.

Solo faltaba una semana para mi boda y una parte de mí comenzaba a sentirse impaciente por librarse de ellos.

Lo único que me preocupaba era dejar allí a Genevive.

Intentaba creer que, si cumplía con mi parte del acuerdo, la dejarían en paz. Además, si aprendía a defenderse con Leonardo, sería capaz de reaccionar si Federico intentaba atormentarla cuando yo ya no estuviera allí para protegerla.

Sabía que solo era cuestión de tiempo que mi madre también le buscara marido, pero para entonces yo sería la primera dama de la Cosa Nostra. En consecuencia, tendría buenos contactos y podría encontrarle un marido adecuado, alguien que realmente despertara su interés.

Todo estaba sucediendo demasiado deprisa. Hacía dos semanas que me había prometido y, dentro de una, me convertiría en la señora Lucchese. Me sentía inquieta por todo lo que esperaban de mí.

Pensar en cómo conservaría la cordura junto a Matteo era otra de mis preocupaciones.

No conseguía olvidar las sensaciones que me habían provocado nuestros escasos roces.

Me hacía sentir cosas que jamás había experimentado ni siquiera con Vitto, de quien había llegado a enamorarme, y eso me preocupaba demasiado.

Temía confundir las cosas y no podía permitir que sucediera.

Necesitaba recordar siempre el dolor que me había causado en el pasado para no perder de vista mi objetivo ni el verdadero motivo por el que iba a casarme con él.

Las horas transcurrieron y conseguí distraerme con la cantidad de maletas que tuve que preparar.

Mi hermana entró un momento y, a pesar de la evidente tristeza que la embargaba, me ayudó a organizar mis cosas.

Imaginaba cómo debía de sentirse. Se quedaría sola en aquella casa y no sería fácil para ella.

Sin embargo, por mi parte, la visitaría siempre que pudiera y haría todo lo posible por mantenerla lejos de allí.

Dejé poca ropa en el armario para utilizarla durante mis últimos días en aquella casa, además de un vestido para la noche siguiente, cuando Matteo pasaría a recogerme para que cenáramos fuera.

No podía negar que parecía esforzarse por acercarse a mí, mientras que yo no hacía demasiado por ayudarlo en ese sentido.

Después de darme una ducha y ponerme un camisón más ligero debido al calor de la noche, cerré la puerta con llave para intentar dormir tranquila.

Conseguirlo era casi imposible, pero me sentía agotada.

Necesitaba descansar y el miedo a que Federico irrumpiera en mi habitación y me pillara desprevenida me impedía hacerlo.

Vivía exhausta y cada vez resultaba más difícil ocultar mis enormes ojeras con maquillaje.

Sabía que, si descubría que había cerrado la puerta con llave, hablaría mal de mí ante mi madre y ella lo consideraría motivo suficiente para darme una paliza. Sin embargo, prefería correr el riesgo y conseguir descansar al menos unas horas.

De ese modo, si aparecía, me despertaría cuando intentara abrir la puerta.

En cuanto eché la llave, sentí que el alivio me envolvía y me dirigí hacia la cama, completamente dominada por el agotamiento. Pocos minutos después, caí en un sueño profundo.

***

Percibí un intenso olor a alcohol y sentí una mano áspera agarrándome y apretándome un pecho, mientras algo golpeaba contra mis nalgas, expuestas porque tenía el camisón levantado.

En las escasas milésimas de segundo que tardé en despertarme, las náuseas se apoderaron de mí.

Me incorporé de un salto al darme cuenta de que Federico se masturbaba detrás de mí, en mi propia cama.

Intentó agarrarme cuando notó que me apartaba de su lado, completamente desorientada por su invasión y por cómo había utilizado mi cuerpo sin mi consentimiento.

Tuve que taparme la boca con las manos y respirar hondo mientras la bilis me subía por la garganta, amenazando con hacerme expulsar lo poco que aún me quedaba en el estómago.

—¡Maldita, estaba a punto de correrme!

Se levantó con aquella asquerosa polla todavía dura y expuesta, y el rechazo que sentía mi cuerpo aumentó de manera drástica.