Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

No sabía si se mostraba tal como era cuando estaba conmigo y si así me trataría a partir de entonces, o si solo intentaba ganarse mi confianza para quitarse la máscara más adelante.

—Quería pasar un momento a solas contigo... —Su comentario despertó mi curiosidad y no pude evitar alzar la mirada hacia su hermoso rostro—. Sé que nuestro matrimonio va a comenzar de una forma que ninguna mujer desearía, porque resulta evidente que no te caigo demasiado bien...

—Menos mal que eres observador —lo provoqué. Él se rio sin ofenderse por mi humor mordaz, aunque lo curioso era que aquella vez no había tenido intención de ser desagradable.

—Soy muy observador y tú ya te has dado cuenta.

—Me guiñó un ojo de una forma tan sensual que provocó una reacción en mi vientre.

Volví el rostro hacia delante de inmediato para intentar concentrarme en lo que decía—.

Pero, como te estaba diciendo, aunque esto haya empezado de una manera que ninguno de los dos deseaba, quiero hacer cuanto esté en mi mano para que nuestro matrimonio funcione.

Aquello me parecía imposible. Jamás sería tan falsa como para fingir que era feliz al lado de aquel asesino sin escrúpulos.

Que perteneciera a la mafia no significaba que tuviera que aprobar todo lo que hacían.

Recordar aquel detalle tan importante fue como recibir un cubo de agua helada sobre la cabeza y me obligó a recordar lo que realmente sentía por él.

Por ese motivo, ya que afirmaba haber sido sincero, decidí actuar del mismo modo. Bastante mentía ya a todas horas sobre quién era; al menos en aquello sería sincera.

—Si lo que has dicho es verdad, te agradezco que pienses así... —Una media sonrisa empezó a dibujarse en sus labios, pero desapareció en cuanto terminé de exponer mis pensamientos—. Sin embargo, quiero que sepas que eso no va a suceder.

—¿Si lo que he dicho es verdad? —repitió, incrédulo—. ¿De verdad crees que inventaría algo así solo para llevarte a la cama? —preguntó con brusquedad, aunque no me importó.

—En realidad, creo que me llevarías a la cama incluso contra mi voluntad.

Mis palabras hicieron que se detuviera en seco.

De pronto, sentí mi cuerpo aprisionado contra la pared junto a la que pasábamos y el corazón se me aceleró de manera alarmante ante aquel contacto inesperado.

Mi respiración se agitó y, por instinto de protección, llevé una mano hacia el muslo para sacar la daga que ocultaba entre las piernas si era necesario.

—Si de verdad crees que haría algo contigo contra tu voluntad, significa que no me conoces en absoluto.

Tragué saliva al oírlo. Aunque había expresado lo que realmente pensaba, percibí sinceridad en sus palabras y me sentí como una auténtica zorra por haberlo acusado de aquello. Sin embargo, mi orgullo era demasiado grande para disculparme, porque todavía no estaba segura de creerle.

—No, no te conozco, pero sé de muchas de las cosas que eres capaz de hacer. Apoderarte de mi cuerpo sería, sin duda, el menor de tus problemas.

Una sonrisa perversa apareció en sus labios mientras acercaba el rostro al mío hasta que pude percibir el olor a licor fuerte y a puro de su aliento envolviéndome.

Jamás habría imaginado que aquella combinación pudiera excitarme de semejante manera.

Contemplé sus labios perfectamente delineados y me resultó imposible no admirarlos.

—Conviene que sepas que sí hago cosas que te dejarían con la boca abierta, pero solo contra quienes merecen ese destino.

—Matteo recalcó la palabra «quienes» antes de continuar—.

Sin embargo, violar a una mujer está muy lejos de formar parte de mis actos.

Ni siquiera las que han traicionado mi confianza han merecido semejante destino.

Puedo garantizarte que todas las mujeres que han compartido mi cama lo han hecho por voluntad propia.

—Una sonrisa perversa volvió a dibujarse en sus labios mientras se acercaba todavía más y dejaba nuestras bocas separadas por apenas unos centímetros—. Y no han sido pocas...

¡Maledetto!

Solo imaginar la enorme experiencia que tenía entre cuatro paredes hizo que me ardiera la sangre, pero intenté controlar la traición de mi propio cuerpo.

—Solo espero que seas capaz de controlar lo que tienes entre las piernas a partir de ahora. No quiero que me pongan los cuernos antes siquiera de que nos casemos.

Echó la cabeza hacia atrás y se rio. Tuve que contener la sonrisa cuando volvió a mirarme y sentí que sus ojos ardían sobre mí.

—Puedes estar segura de que, a partir de ahora, seré solo tuyo.

Sus palabras causaron el efecto esperado y me gustaron mucho más de lo que estaría dispuesta a admitir, así que volví a provocarlo.

—Más vale que te acostumbres a usar la mano, porque, si depende de mí, acabará cayéndose de tanto utilizarla.

Aquella sonrisa lasciva, que empezaba a aprender a apreciar, apareció en la comisura de su boca y sentí que el vientre se me contraía.

—No te preocupes, principessa. Sé que solo será por poco tiempo —afirmó, desprendiendo confianza por cada poro de su piel.

—Si yo fuera tú, no estaría tan seguro.

Su sonrisa se ensanchó y, joder, tuve que respirar hondo para no demostrar cuánto más atractivo resultaba cuando sonreía de aquella manera.

Debería sonreír más a menudo. Era un hecho indiscutible.

—Como te dije el otro día, me encantará oírte suplicar que te folle. Y sucederá. Recuérdalo bien.

Sus palabras fueron como brasas corriendo por mis venas, pero al mismo tiempo me irritó que mi cuerpo reaccionara así ante él y la seguridad con la que había hecho aquella afirmación.

Por eso acerqué todavía más el rostro al suyo, dejando apenas un centímetro entre nosotros, y hablé de modo que comprendiera cada una de mis palabras.

—Eso. Nunca. Va. A. Suceder —declaré con deliberada lentitud, y sus ojos brillaron de expectación.

—Ya lo veremos, carina[24]. Ya lo veremos.

Continuamos mirándonos como si no acabáramos de declararnos la guerra. Sus ojos descendieron desde los míos hasta mis labios y vi cómo un brillo se apoderaba de ellos, despertando en mí cierta expectación por todo lo que pudiera estar pasando por su cabeza.

Seguía atrapada entre sus fuertes brazos, que me cercaban, con sus puños apoyados contra la pared, impidiéndome mirar en cualquier dirección que no fuera la suya.

Su rostro descendió lentamente hacia mi cuello y mi respiración se aceleró aún más.

Me odiaba por permitir que advirtiera cómo reaccionaba cuando estaba a su lado.

Sentí cómo su barba perfectamente recortada descendía por mi mandíbula hasta el cuello y acariciaba mi piel con lentitud, provocando que un escalofrío delicioso me recorriera todo el cuerpo.

Su nariz rozó despacio aquella misma zona e inhaló mi perfume de forma seductora mientras volvía a deslizar la aspereza de su barba sobre mi piel delicada.

El roce de su barba hacía que mi cuerpo reaccionara de una forma que me resultaba irreconocible. El espacio entre mis piernas parecía arder y noté que mis bragas se humedecían con el escaso contacto que se permitía ofrecerme.

Sabía que debía apartarlo, pero no podía. Mi razón luchaba contra mis emociones. La curiosidad propia de una joven de dieciocho años, con necesidades que pedían ser satisfechas, me impulsaba a actuar, pero parecía que todas las fuerzas habían abandonado mi cuerpo.

Su rostro ascendió lentamente y dejó una distancia mínima entre nosotros.

—Me encanta cómo hueles. —Apartó de la pared una de las manos y sentí la aspereza de sus dedos rozar mis labios pintados de rojo, exactamente como sabía que le gustaban—. Pero tu boca con ese pintalabios es una tentación irresistible.

Se humedeció los labios de forma seductora y me quedé sin aliento ante la posibilidad de que me besara. Su rostro se aproximó al mío y, cuando sentí que sus labios apenas rozaban los míos, el corazón se me desbocó por aquel leve contacto.

Creí que iba a besarme, pero sus dientes atraparon mi labio inferior con suavidad, aunque también con firmeza, y tiraron de él de manera seductora. Cuando lo soltó, regresó aquella sonrisa que tanto me había gustado unos minutos antes.

—Me encantará acabar con cada uno de tus desplantes, principessa.

Como si acabara de arrojarme un cubo de agua helada por encima, recuperé la compostura, enfadada conmigo misma por haber bajado la guardia ante él con tanta facilidad.

—¡Vete a la mierda, Matteo! —Empujé con fuerza su musculoso pecho, todavía más irritada por haber percibido cómo era su cuerpo, y regresé a la mansión con pasos firmes mientras oía sus carcajadas a mi espalda y cómo me seguía.

—No corras, principessa. No quiero que te caigas, porque entonces tendré que llevarte en brazos y tanta proximidad pondrá a prueba mi autocontrol.

Le enseñé el dedo corazón sin dejar de caminar y su sonrisa se ensanchó aún más.

Aquel hombre tenía que estar loco.

—No hagas eso o conseguirás que me enamore todavía más, amore mio.

Resoplé, indignada por sus palabras, pero aún más furiosa conmigo misma porque tuve que contener una sonrisa que habría revelado cuánto me habían gustado.

Por suerte, él continuaba detrás de mí y no podía ver mi expresión.

No sabía cómo sería nuestro matrimonio, pero estaba segura de una cosa: mantener mi cuerpo lejos de él sería mucho más difícil de lo que había imaginado. Antes de conocerlo, había pensado que resultaría sencillo.

No podía haber estado más equivocada.

Aquello supondría un problema todavía mayor, porque era precisamente lo que mi madre quería: que me acostara con él, que lo complaciera en la cama y le diera un heredero. Y era justo lo que más deseaba evitar.