Capítulo 9
CHIARA CARUSO
Íbamos de camino a la mansión de los Lucchese y las miradas que Federico dirigía hacia mí me incomodaban cada vez más.
Llevaba un vestido ajustado de color verde que me llegaba hasta las rodillas y tenía un discreto escote en el pecho. Había tenido que elegir uno que me cubriera la espalda para no llamar la atención y también porque me avergonzaban las marcas de mi cuerpo y quería evitar ciertas miradas y preguntas.
El vestido no tenía nada de indecente. Me hacía parecer sensual, pero al mismo tiempo recatada, y me irritaba cada vez más que él no dejara de mirar mis piernas con su esposa sentada a su lado.
¿Acaso mi madre no se daba cuenta de cómo me miraba o se hacía la tonta por un bien mayor? No conseguía entender qué clase de matrimonio tenían, porque no veía ni una pizca de amor entre ellos.
Parecía una relación basada únicamente en la conveniencia de ambos, y eso me provocaba escalofríos, porque pronto estaría atrapada en un matrimonio que quizá no fuera muy diferente del suyo.
Pocos minutos después agradecí que hubiéramos llegado a la mansión, pues así podría estar un poco más alejada de Federico que dentro de aquel coche.
Para mi absoluta sorpresa, en cuanto aparcamos vi que Matteo y Pietro nos esperaban frente a la entrada. Por la mirada penetrante de Matteo, comprendí que intentaba localizarme a través de las lunas tintadas.
Contuve la respiración mientras trataba de acostumbrarme a la imponente presencia de mi prometido, vestido con un traje negro de tres piezas, como en todas las ocasiones anteriores. Sin embargo, a diferencia de la noche del baile, aquella vez la camisa también era del mismo color.
Su mera presencia desprendía poder y misterio, pero su belleza era indiscutible. Todavía no había conseguido acostumbrarme a ella, aunque tendría que hacerlo por el bien de mi cordura.
En cuanto subimos las escaleras, Federico los saludó con su falsa camaradería, mientras Matteo permanecía serio, su actitud habitual con los demás, por lo que había podido comprobar.
Después de saludar educadamente a mi madre, una leve sonrisa apareció en sus labios mientras depositaba un beso en el dorso de mi mano.
—Espero que estés bien, Chiara —comentó, ofreciéndome el brazo para que enlazara el mío con él. A pesar del nerviosismo que se apoderaba de mí, acepté y entramos en la mansión mientras su perfume cítrico me envolvía y Pietro conversaba con mi padrastro.
—Sí, estoy bien. Gracias por preguntar —respondí, esforzándome por ser educada mientras mi madre evaluaba mi comportamiento de reojo.
Nos dirigimos al mismo salón en el que habíamos estado durante nuestra primera cena y encontramos a sus padres esperándonos. Después de los saludos, conversamos un poco más hasta que el ama de llaves anunció que la cena estaba servida y pasamos al comedor.
Para mi absoluta sorpresa, Matteo apartó la silla situada a su derecha para que me sentara. Me sentí avergonzada porque todavía no nos habíamos casado, pero obedecí su petición silenciosa y vi aparecer una pequeña sonrisa en los labios de doña Sandra.
Todavía no sabía muy bien cómo comportarme con mi futura suegra.
Siempre era amable conmigo y no parecía que fingiera, pero yo no estaba acostumbrada a que nadie me tratara de aquella manera.
Cuando me abrazó para saludarme, me susurró al oído que se alegraba mucho de que yo hubiera sido la elegida y que había deseado que así fuera.
No supe qué responder, de modo que me limité a sonreírle en señal de agradecimiento.
La cena transcurría con normalidad. Permanecí callada, como solía hacer para evitar más preguntas, pero, por supuesto, aquello no funcionó.
—¿Te sorprendió saber que Matt te había elegido, Chiara? —Para mi sorpresa, la pregunta procedió de Salvatore, que me observaba con evidente curiosidad.
Me aclaré la garganta, desconcertada por aquella pregunta tan inesperada, teniendo en cuenta que estaban hablando de algunos viajes y negocios pendientes.
—Sí, para ser sincera, me sorprendió. —Al menos aquello no era mentira.
—Espero que te alegraras. Hacéis una pareja preciosa. ¡Estoy deseando tener nietos! —comentó doña Sandra, soñadora, y me atraganté con el agua que bebía en ese momento. Oí la risa de Matteo mientras me daba unas suaves palmadas en la espalda.
¡Mierda!
Respiré hondo, agradecida de que los cortes ya me dolieran mucho menos, y le lancé una mirada furiosa por divertirse con aquel comentario inoportuno.
Apenas me había acostumbrado a la idea de casarme y mucho menos a la posibilidad de tener hijos. Todavía era incapaz de pensar siquiera en lo que ocurriría durante la noche de bodas.
—A mí también me encanta la idea de tener nietos pronto —añadió mi madre, pero, a diferencia de doña Sandra, yo conocía el verdadero motivo de su comentario y sentí que la presión empezaba a consumirme de inmediato.
Ni en sueños tendría hijos con Matteo.
—Tranquila, principessa. Mi madre siempre ha soñado con tener nietos, pero no tienes que preocuparte por eso ahora.
No me pasó inadvertida la forma cariñosa en que me llamó delante de todos. Mis ojos encontraron los suyos y, sin darnos cuenta, nos perdimos durante unos instantes en la mirada del otro.
Ellos continuaron hablando de la posibilidad de tener pronto un nieto y aquello me desagradaba cada vez más, pero nada podía compararse con la repulsión que sentía cada vez que advertía la mirada indeseada de Federico sobre mí.
Por lo general, conseguía controlarse un poco más, pero aquella noche parecía haber perdido por completo el dominio de sus actos.
No sabía si pretendía desafiar a Matteo o simplemente irritarme, pero estaba consiguiendo que una situación incómoda resultara todavía peor de lo que había imaginado.
Y, por increíble que pareciera, no era por culpa de mi prometido, sino de él.
Debido a la actitud de mi padrastro, permanecí aún más callada de lo habitual durante el resto de la cena y me limité a responder lo imprescindible cuando me preguntaban algo.
Por si todo aquello no fuera suficientemente malo, darme cuenta de que Matteo me observaba intrigado y desviaba sus ojos grises hacia mi madre y mi padrastro con evidente desconfianza parecía empeorar aún más la situación.
El problema era averiguar qué pensamientos rondaban por su mente, porque estaba segura de que no me diría nada.
Cuando terminamos los postres, llegó el momento de formalizar nuestro compromiso y, para mi absoluta sorpresa, Matteo quiso hacerlo en el salón, mientras los hombres tomaban una copa y las mujeres, con la excepción de mi hermana, bebían champán.
Sacó del bolsillo una pequeña caja de terciopelo negro y respiré hondo para intentar calmar los latidos frenéticos de mi corazón.
Todo era una farsa. Todo era una farsa.
Continué repitiendo aquel mantra en mi cabeza, porque no podía dejarme llevar por la imagen romántica que se desplegaba ante mí.
No podía creerlo cuando vi al poderoso e intrépido Matteo Lucchese arrodillarse frente a mí y abrir la caja para mostrarme un hermoso anillo con un enorme diamante que me dejó sin aliento.
—Chiara Caruso, es para mí un placer pedirte que te cases conmigo. ¿Aceptas convertirte en mi esposa, principessa?
No pude mirar a mi alrededor porque aquella mirada penetrante me atrapó por completo. Matteo conseguía sorprenderme cada vez más con sus inesperadas actitudes.
Entonces recordé que debía salir del trance en el que me encontraba y me obligué a hablar.
—S-sí, acepto.
No sabía muy bien qué me esperaba en aquel matrimonio, pero, si Matteo continuaba comportándose de aquella manera, dificultaría mucho mi vida y todo lo que esperaban de mí.
Él sonrió, aliviado, y consiguió que una pequeña sonrisa apareciera también en mis labios. Después de colocar el anillo, que encajó perfectamente en mi dedo anular, depositó sobre él un beso casto que hizo suspirar a mi suegra y a mi hermana, cautivadas por su gesto.
Después de que todos nos felicitaran, mi madre se acercó para fingir que también lo hacía y declaró con tono triunfal:
—Todo está saliendo mucho mejor de lo que habíamos planeado.
No lo habíamos planeado. Lo habíais planeado vosotros, la corregí mentalmente.
Sin embargo, cuando mi padrastro se acercó con intención de abrazarme, sentí un malestar tan intenso que solo quería escapar de allí cuanto antes. Miré hacia la salida y, cuando abrí la boca para decir que iba al baño, Matteo se adelantó, impidiendo que Federico se acercara.
—Chiara, ¿te apetece dar un paseo por el jardín?
Nunca me había alegrado tanto de tener la oportunidad de abandonar un lugar que parecía a punto de asfixiarme.
—Sí, claro —respondí de inmediato. Advertí la mirada desconfiada que Federico me dirigió y la ira que apareció en sus ojos cuando los volvió hacia Matteo.
Acepté su brazo y salimos al jardín, bajo aquella hermosa noche, seguidos a una distancia prudencial por los guardias de mi prometido.
Mis ojos descendían una y otra vez hasta la mano que descansaba sobre el brazo del don, y no podía evitar contemplar fascinada el precioso anillo que me había regalado. No podía negar que era hermoso.
—He tenido la impresión de que necesitabas salir un poco de allí, principessa.
—¿Y por qué has pensado eso? —Intenté ganar tiempo una vez más para encontrar una respuesta apropiada que no revelara el terror que me producía permitir que mi padrastro me tocara.
—No lo sé. Tú tendrás que decírmelo. Quizá solo haya sido una impresión mía...
Advertí que me observaba de reojo, pero fingí no darme cuenta y mantuve la vista al frente.
Estaba segura de que podría describir con exactitud qué había hecho para que lo notara, pero que comprendiera que yo no quería hablar del tema y optara por fingir que no sabía nada me dejó atónita.
No era lo que esperaba de alguien que torturaba a las personas para conseguir la información que deseaba.
Pasaron algunos minutos y continuamos caminando en un silencio agradable, aunque mi mente no dejaba de cuestionar aquellas actitudes tan diferentes de las que había imaginado.