Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

MATTEO LUCCHESE

Apenas había amanecido y sentía como si no hubiese dormido.

Mi móvil no dejaba de sonar con peticiones de última hora de algunos peces gordos de la región que tenían mi número directo, además de otros problemas que parecían surgir a cada instante.

Desde hacía un tiempo, unos vándalos se estaban rebelando y causando destrozos en nuestras propiedades. Incluso habían cubierto de pintadas todo el edificio de una de mis discotecas, algo que me había cabreado muchísimo.

Tuve que enviar a un equipo para reparar los daños y pedir a parte del personal de seguridad que revisara las cámaras para descubrir quiénes eran los maledetti que se habían atrevido a desafiarme de aquella manera.

Para empeorar las cosas, el móvil de mi padre no dejó de sonar durante el desayuno. Los cobardes del consejo no se atrevían a preguntarme directamente y preferían importunarlo a él para conocer mi decisión.

—Ya os he dicho que esta tarde celebraremos una reunión en la que comunicaremos su decisión.

Hasta entonces, os pido que esperéis. Di mi palabra de que hoy tendríais una respuesta y no he cambiado de opinión.

—Oí a mi padre finalizar otra llamada mientras me contenía para no arrebatarle el móvil y mandarlos a todos a tomar por culo.

—Deberían hablar directamente conmigo en vez de molestarte —dije, intentando contener la irritación en mi tono de voz.

—Si no se murieran de miedo ante la idea de preguntarte por tu decisión, puedes estar seguro de que lo harían.

—No es culpa mía que sean unos cobardes. No voy a ir por ahí matando a nadie solo porque quieran saber qué decisión he tomado, aunque este asunto ya me tiene bastante irritado —bramé, molesto.

—El que está irritado soy yo, caspita.[23] ¿Quién será la elegida de una vez? Te di de plazo hasta hoy. A las cuatro de la tarde será la reunión con el consejo y necesito que para entonces esté todo encaminado.

—Si tengo hasta esta tarde, ¿por qué tanta prisa?

Su rostro enrojeció de ira y respiré hondo, cansado de tantos problemas y tanta presión. ¡No tenía ni un puto minuto de paz!

—¿Que por qué tanta prisa? —gritó, golpeando la mesa con las manos.

Ni siquiera me moví; me limité a contemplar uno de sus ataques propios de la crisis de la mediana edad—.

Llevas años dándome largas con esta mierda del matrimonio.

Si no me dices ahora mismo quién será la elegida, lo resolveré yo.

¡Llamaré a Lourenço y concertaré el compromiso!

Nos quedamos mirándonos durante unos segundos, hasta que la risa contenida de Pietro rompió el silencio. Los dos lo fulminamos con la mirada y él se removió, incómodo.

—Perdón, pero, por lo que parece, todavía no sabe a quién quiere. Y me ha hecho gracia.

Lo cierto era que tenía ganas de golpear a Pietro y arrancarle aquella maldita lengua de la boca.

—¿Por qué no cierras la boca, cazzo?

—No le hables así a Pietro cuando solo ha dicho la verdad —lo defendió mi madre, como siempre—. Con tantas mujeres encantadoras como había anoche, ¿todavía no has conseguido decidirte, Matt? Así resulta difícil defenderte, la verdad.

—¿Quién ha dicho que no me haya decidido? —pregunté, aunque ni siquiera yo estaba completamente seguro.

Los ojos de mi padre y de los demás se volvieron hacia mí con evidente curiosidad.

—Si ya has elegido, ¿por qué no nos lo has contado en vez de estresarme sin necesidad? —Volvió a sentarse y se echó hacia atrás el cabello canoso, tratando de serenarse.

—Quizá porque me gusta irritarte —lo provoqué, conteniendo la risa.

Salvatore se pasó una mano por la cara para dominar la furia mientras refunfuñaba:

—¿En qué me equivoqué al criar a estos desagradecidos?

Mi madre puso una mano sobre la mía y volvió a preguntarme:

—Ahora dínoslo. ¿Quién será la elegida?

Bebí otro sorbo de café mientras sopesaba los pros y los contras de mi decisión.

Había repasado todos aquellos puntos durante la noche y había llegado a la conclusión de que no podía ser otra que ella.

Sin embargo, no sabía explicar el origen de mi inquietud.

Algo me advertía de que quizá terminaría arrepintiéndome de insistir en aquel matrimonio.

No sabía si se debía a la resistencia que Chiara mostraba respecto a nosotros.

Decía que no quería nada conmigo y, en lugar de alejarme, su brusquedad me excitaba todavía más.

Tal vez fuera un masoquista y aún no lo supiera, aunque prefería pensar que mi instinto cazador se intensificaba cada vez que aquella rubia entraba en juego.

Al mismo tiempo, no veía ninguna alternativa. Era la única mujer que había conseguido llamar mi atención y despertar mi interés, por lo que no creía que un matrimonio concertado con cualquier otra pudiera funcionar.

Recordé lo que mi madre me había dicho antes de que comenzara el baile: debía elegir a una mujer que consiguiera acelerar mi corazón. Cuando vi llegar a Chiara, el corazón me dio un vuelco en el pecho. Ya no tenía dudas.

—No pienso esperar más. Me estás dando largas porque no tienes ni puta idea de a quién quieres.

Mi padre interrumpió mis pensamientos, cogió el móvil y empezó a marcar un número. En cuanto comprendí a quién pretendía llamar, le aparté el teléfono del oído, finalicé la llamada a Lourenço y hablé antes de perder el valor.

—¡Chiara Caruso! —Todas las miradas de la mesa se volvieron hacia mí.

Mi madre sonreía y asentía como si ya esperara aquella respuesta—.

Será Chiara Caruso. Ya está todo acordado —mentí mientras miraba a Marco y le transmitía mis instrucciones sin que mi padre se diera cuenta—.

Ya he ordenado a mi sottocapo que se ponga en contacto con Federico para concertar nuestro compromiso.

Vi que Marco asentía y salía discretamente mientras sacaba el móvil para encargarse de lo que acababa de pedirle de manera implícita.

Ese era el nivel de compenetración que existía entre nosotros: a veces no necesitaba darle una orden expresa; le bastaba con captar el mensaje para saber qué debía hacer.

Mi padre respiró aliviado y dejó caer el cuerpo contra el cómodo respaldo de la silla, mientras una sonrisa maliciosa aparecía en los labios de Pietro y me guiñaba un ojo.

—¡Sabía que sería ella! —exclamó mi madre con una enorme sonrisa—. Además de ser preciosa, percibí la química que hay entre vosotros. Fue evidente para todos cuando os vieron bailar.

Su comentario me desconcertó. A mi parecer, Chiara no había demostrado nada aparte de sus provocaciones. Sin embargo, mi madre rara vez se equivocaba y las pocas veces que la había tocado había percibido cómo reaccionaba su cuerpo al mío. Esperaba que tuviera razón.

Estaba impaciente por descubrir cómo se desarrollaría nuestro matrimonio. Solo esperaba haber tomado la decisión correcta.

CHIARA CARUSO

Desde que Federico recibió la llamada de Marco pidiéndole que se presentara en el despacho del don, no había dejado de caminar de un lado para otro, nerviosa.

Después de la extraña conversación que mantuvimos durante el baile y de su evidente sospecha de que me había ocurrido algo, me puse todavía más tensa.

No sabía qué pensar ni qué decirle, sobre todo después de la preocupación que había demostrado por mí.

No dejaba de preguntarme si no sería más que una farsa para aparentar que era una buena persona, si es que eso era posible teniendo en cuenta quién era.

Desde luego, no creía que tuviera nada de bueno.

Sin embargo, no podía negar que sus palabras habían tocado algo en lo más profundo de mi pecho y que percibí cierta sinceridad en ellas. Aun así, no podía dejarme llevar. Era un hombre de labia fácil, y la prueba estaba en su extraordinaria habilidad para expandir sus negocios.

Tenía que vigilar cada uno de mis movimientos a su lado, si es que volvía a tener esa oportunidad.

Dependiendo de lo que hubiera sospechado la noche anterior al verme herida y de si interrogaba a Federico para averiguar qué había ocurrido, todo podía salir mal, porque no había tenido tiempo de contarles lo que Matteo me había preguntado.

Pero ¿cómo iba a hacerlo? ¿Y cómo podía imaginar que se daría cuenta de que estaba herida si el vestido me cubría la espalda por completo?

Ya había advertido lo observador que era durante las pocas veces que habíamos coincidido y empezaba a comprender por qué había conquistado su posición y el respeto de todos. Era perspicaz y no se le escapaba nada.

O, al menos, casi nada.

Pero, volviendo a sus preguntas, ¿cómo iba a contarles que Matteo estaba a punto de matar a mi propia familia? ¿Cómo podía confesarle que ni siquiera con ellos contaba con la seguridad que se suponía que debían proporcionarme?

—¿Federico dijo que el asunto tenía que ver contigo? —preguntó mi amiga mientras se mordía una uña.

Asentí, todavía angustiada. Mi espalda continuaba cicatrizando y, cada vez que me movía, los cortes tiraban de la piel y me escocían. Si volvía a recibir otra paliza, probablemente no sería lo bastante fuerte para contener el llanto.

O quizá la rabia se apoderaría de mí y me defendería, con suerte acabando con la vida de Federico. O quizá no tendría fuerzas suficientes para seguir adelante, pues, como él sabía que estaba herida, le resultaría más fácil hacerme perder el control y conseguir que acabara todavía más maltrecha.

Su amenaza no había dejado de rondarme la cabeza desde que guardó el arma en la funda que llevaba sujeta a la cintura.

—Espero que no hayas hecho ninguna estupidez. De lo contrario, la paliza que recibiste hace tres días te parecerá una caricia comparada con lo que pienso hacerte.

Mi madre oyó su amenaza y se limitó a mirarme de reojo mientras me ordenaba que subiera a mi habitación y esperara allí hasta que él regresara de la reunión.

Poco después llegó Giana y mi madre solo le permitió subir para no despertar sospechas entre las demás familias de la mafia si se enteraban de que me prohibía recibir la visita de cualquier amiga.

Todo era una representación. Jamás lo habría permitido porque quisiera que tuviese vida social.

—Seguro que no es nada importante —comentó Genie, sentada junto a Giana en mi cama mientras observaba cómo caminaba impaciente de un lado para otro.

—No lo entendéis. Se dio cuenta de que estaba herida y empezó a sospechar.