Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Cada vez deseaba conocerla mejor. Sabía que su falta de interés podía ser auténtica y que tal vez yo hubiera interpretado mal las señales, pero algo me decía que lo que salía de su boca no coincidía con lo que sentía su cuerpo.

El escaso contacto que habíamos tenido me lo había demostrado, y contaba los minutos para disponer de otra oportunidad de provocarla y confirmar mis pensamientos más libidinosos.

—Así voy a ponerme celoso... —oí decir a Pietro cuando se acercó a nosotros. Vi que mi padre ponía los ojos en blanco al escucharlo mientras Carlo le comunicaba algo sobre la llegada de los invitados.

—Tú también estás divino, bambino. —Mi madre hizo lo mismo con él. Pietro me guiñó un ojo para provocarme, pero preferí no seguirle el juego en aquel momento.

Mi padre, Pietro y yo vestíamos de la misma manera, con un esmoquin negro, aunque yo había elegido una corbata negra tradicional, mientras que mi hermano prefería una pajarita.

Llevaba el cabello bien peinado hacia atrás y fijado con pomada para impedir que el flequillo me cayera sobre los ojos. Mi hermano, en cambio, lo llevaba despeinado, lo que le confería un aspecto más juvenil.

Como si nos colocáramos una máscara, los tres adoptamos nuestra expresión seria y empezamos a recibir a los invitados, que no dejaban de llegar.

Mi madre nunca intentaba ocultar su verdadera personalidad y eso no me molestaba. Sin embargo, nosotros, como hombres poderosos dentro de la mafia, no podíamos mostrarnos demasiado receptivos. Alguien podía confundir nuestra cordialidad con una bajada de guardia, y aquello era inadmisible.

Las jóvenes invitadas para impresionarme se habían esmerado con sus vestidos, y los había de todos los tipos.

La mayoría había optado por mostrarse más recatada, tal como se esperaba de la esposa de un don.

Todas estaban deslumbrantes, pero, hasta ese momento, ninguna había despertado en mí el interés suficiente para mantener una conversación más íntima.

Aun así, decidí cumplir mi promesa y di a todas las que iban llegando la oportunidad de conversar conmigo para conocernos y comprobar si surgía algún interés.

Pensaba reservar un baile para las que más llamaran mi atención.

Sin embargo, como había esperado, todas las conversaciones resultaban superficiales.

Parecían haber memorizado lo que podían responder y lo que no; se comportaban conmigo como si caminaran sobre cristales, y eso no hacía más que aumentar mi rechazo a concederles una oportunidad.

Mis ojos se desviaban a cada instante hacia la entrada de aquel salón cada vez más abarrotado, buscando a la mujer que mi pecho ansiaba ver. Su tardanza empezaba a inquietarme.

¿Habría decidido no venir?

Bebí un sorbo de whisky mientras escuchaba a Elisa parlotear sobre cuánto había deseado conocerme, cuánto le hablaba su padre de mí y lo mucho que me admiraba. Ya estaba cansado de oír aquello. Siempre recurrían a los mismos temas para adularme e intentar acercarse.

Buscaba cualquier excusa para alejarme de ella, mientras mi hermano se divertía observándome por encima de su copa, cuando aumentó el murmullo a nuestro alrededor y muchas miradas se volvieron hacia la entrada del salón. Entonces, por fin, la vi.

Sentí un vuelco en el pecho y una media sonrisa apareció en mis labios.

A mis ojos no les importó resultar descorteses dejando a Elisa hablando sola mientras recorrían el delicado cuerpo de Chiara. El aire pareció abandonar mis pulmones al contemplar el deslumbrante vestido que llevaba aquella noche.

Era de color vino, un tono que resaltaba su piel clara y sus cabellos rubios.

Incluso desde la distancia distinguí que aquellos labios que tanto me atormentaban lucían el color que más me gustaba: rojo, igual que la noche en que la encontré en la discoteca.

El vestido, aunque cubría por completo sus pechos, dejaba poco a la imaginación.

Una abertura que comenzaba a mitad del muslo la hacía aún más sensual, si es que eso era posible.

Sus ojos color esmeralda recorrieron el salón como si buscaran a alguien.

Me sentí satisfecho cuando encontraron los míos y nuestras miradas quedaron atrapadas.

Un atisbo de sonrisa apareció en sus labios, pero, orgullosa como era, no pensaba facilitarme las cosas.

No me sorprendió que bajara el rostro para disimular y que, al alzarlo de nuevo, mirara en otra dirección.

Yo, en cambio, no tenía inconveniente en dejar claro mi interés.

Aunque la vi conversar con otras personas, siempre contenida, fingiendo ser aquella joven recatada que sabía que no era, no dudé en ser sincero con Elisa y alejarme.

—Discúlpame, pero tengo que hablar con otra persona. —Ni siquiera sabía si la había interrumpido, pero estaba seguro de que nada de cuanto decía me interesaba, mientras que Chiara sí.

Su decepción resultó evidente, sobre todo cuando abrió y cerró la boca varias veces intentando protestar. No le di la oportunidad. Le di la espalda y me dirigí hacia la mujer que ocupaba mis pensamientos.

Su padrastro conversaba con otro caporegime, mientras que su madre hacía lo mismo con la esposa de este.

Chiara y su hermana parecían aburridas. Permanecían en silencio, limitándose a escuchar la conversación, cuando me acerqué y apoyé la mano en la zona baja de la espalda de Chiara, conteniéndome para no apretarle la cintura.

Su cuerpo se tensó en cuanto percibió mi presencia a su espalda. Tampoco se me escapó la mueca que intentó ocultar. Entrecerré los ojos, desconfiado, aunque procuré convencerme de que solo eran imaginaciones mías. Se volvió hacia mí y sus ojos brillaron al encontrarme.

—¿Cómo estás, Chiara?

Me tendió la mano y deposité un beso casto sobre ella, aprovechando para acariciarla. No se me pasó por alto que tragó saliva antes de separar nuestras manos con delicadeza.

—Muy bien, Matteo. ¿Y tú?

—Mucho mejor ahora. —Se mordió los labios, traicionando la sonrisa que intentaba contener, y no dudé en guiñarle un ojo—. Estás preciosa.

Asintió, aparentemente avergonzada, mientras sus ojos recorrían mi cuerpo.

—Tú tampoco estás nada mal.

Una sonrisa burlona apareció en mis labios. Sabía que solo pretendía provocarme, porque sus ojos revelaban lo que sentía por mí.

Saludé a Genevive, que nos observaba con atención.

Para mi frustración, sus padres repararon en mi presencia y se acercaron a hablar conmigo junto con la familia del otro caporegime.

Sin embargo, mis ojos se mantuvieron sobre Chiara en todo momento.

Sabía que, aunque no quisiera reconocerlo y tratara de disimularlo, ella también tenía toda su atención puesta en mí.

Intenté dejar el trabajo a un lado durante el baile, pero los cargamentos no dejaban de salir. Por eso tuve que ausentarme varias veces para hacer alguna llamada importante desde el despacho o atender a Marco cuando necesitaba mi aprobación.

Teniendo en cuenta los problemas que habíamos sufrido últimamente con las entregas, no lograba tranquilizarme hasta recibir la confirmación de que los compradores habían recibido la mercancía sin nuevos contratiempos.

Por supuesto, había reforzado la seguridad para impedir que volvieran a pillarnos desprevenidos.