Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

MATTEO LUCCHESE

El día que mis padres tanto habían esperado por fin había llegado. El día del baile que mi madre había organizado con tanto esmero y la fecha límite que mi padre me había impuesto para tomar una decisión.

Se me había acabado el plazo para encontrar esposa y las dudas sobre qué debía hacer seguían carcomiéndome. Odiaba la idea de casarme con alguien a quien no amaba, pero no veía otra alternativa.

Cada vez que pensaba en ello o repasaba las fotografías acompañadas de una breve descripción de cada una de las mujeres que asistirían al baile —para que pudiera conocerlas de antemano y quizá facilitar así mi elección y mi acercamiento—, Chiara Caruso regresaba a mi mente, junto con nuestra cena,

que había resultado, como mínimo, intrigante.

Sus palabras y la manera en que me había desafiado, sin demostrar miedo a la persona con la que hablaba ni a lo que yo pudiera hacerle, volvían una y otra vez a mis pensamientos y siempre conseguían arrancarme una sonrisa.

Carlo llegó incluso a preguntarme por ello una vez, cuando me sorprendió sonriendo mientras recordaba aquel comportamiento tan alejado de lo que se esperaba de la esposa de un don y que Chiara ni siquiera había intentado ocultarme.

Y, joder, si pretendía que sus actos me hicieran desistir, no tenía ni idea de que habían provocado justo lo contrario. Solo había conseguido despertar aún más mi instinto cazador y dominante. Porque eso era lo que deseaba hacer con ella: dominarla por completo.

Anhelaba tenerla en mi cama, gimiendo y pidiéndome que la follara de todas las formas imaginables. Deseaba mostrarle cada una de mis fantasías entre cuatro paredes.

Durante aquellas tres semanas había sentido el impulso de inventar cualquier excusa para volver a verla.

Sin embargo, además de haber tenido que viajar y de no disponer de demasiado tiempo libre, necesitaba actuar con la cabeza.

Aquella jovencita me afectaba más de lo que quería admitir.

Mi cuerpo despertaba a su lado y mi mente parecía a punto de entrar en ebullición con todo lo que imaginaba para nosotros.

Pero no podía comportarme así. Tenía que ser racional.

No me había convertido en el mafioso más temido de los últimos tiempos dejándome llevar por las emociones, sino anteponiendo la razón y la frialdad a cualquier otra cosa.

Por eso había mantenido las distancias, para poner en orden mis pensamientos.

Leí y releí varias veces los informes de las candidatas más adecuadas para ocupar un lugar a mi lado y, por supuesto, el de Chiara era siempre el que más llamaba mi atención.

Sabía que su padre había trabajado para mí durante años y que murió después de volverse adicto a los mismos productos que se encargaba de distribuir.

Sus vicios dejaron a Irene, su esposa, con una deuda enorme.

Tiempo después, ella se casó con Federico, uno de mis caporegimes, quien saldó toda la deuda y desde entonces se ocupaba de criar a sus hijas, Chiara y Genevive.

Siendo sincero, la actitud de Federico me había sorprendido. Siempre me había parecido demasiado frío y ambicioso para compadecerse de una madre sola con dos hijas y cargar voluntariamente con sus problemas. Tal vez no fuera tan despreciable como yo pensaba.

Aquello era otra de las cosas que llamaban mi atención de Chiara.

Ya había sufrido y afrontado una pérdida, y eso la hacía más fuerte para ocupar su lugar a mi lado.

Tampoco parecía una joven tan ingenua o miedosa como para no ser capaz de enfrentarse a las adversidades que pudieran alzarse contra nosotros.

Sabía que me temían y que contaba con el respeto de muchos.

No perdonaba ninguna traición y era extremadamente exigente en mis negocios, pero tampoco era tan ingenuo como para pensar que nadie intentaría derrocarme.

En nuestro mundo abundaban las serpientes venenosas dispuestas a morderme y matarme.

Tenía que permanecer siempre alerta para que nadie me pillara desprevenido.

Unos golpes en la puerta llamaron mi atención. Giré la silla hacia ella mientras expulsaba entre los labios el humo del puro que sostenía en una mano; en la otra llevaba un vaso de whisky a medio terminar.

Mi madre entró sin esperar mi autorización.

Siempre lo hacía. Por mucho que yo fuera el nuevo capo de la Cosa Nostra, para ella seguiría siendo su bambino, y nunca había querido quitarle esa costumbre.

Sentía una admiración y un respeto absolutos por mis padres, y ningún cargo podía cambiarlo.

Por encima de todo, seguían siendo mis padres.

Por supuesto, si alguna vez tuviera que oponerme a ellos por el bien de nuestros negocios, lo haría sin vacilar, como ya había ocurrido en otras ocasiones. Pero siempre habíamos sabido separar los negocios de nuestra relación familiar.

—He venido a recordarte que ya deberías estar arreglándote. Las invitadas empezarán a llegar dentro de menos de una hora.

Le dediqué una sonrisa insolente después de dar otra calada al puro.

—Solo estaba disfrutando de mis últimos momentos como soltero.

Sus ojos se iluminaron ante la posibilidad de que su sueño estuviera a punto de cumplirse. Porque esa era la verdad: mi madre ansiaba que encontrara una buena esposa. Siempre había querido tener una hija y consideraba que aquella sería su oportunidad de conseguirla.

—Espero que esa etapa de tu vida esté llegando realmente a su fin —comentó mientras se acercaba y me acariciaba la cara como si yo todavía tuviera cinco años—.

Sabes que ya va siendo hora de que sientes la cabeza, ¿verdad?

Esta noche no las mires como simples medios para alcanzar un fin.

Busca a la que haga que te dé un vuelco el corazón, a aquella con la que sientas química, la que consiga sacarte de quicio, pero, por encima de todo, fíjate en la que elija tu corazón.

Quizá todavía no la ames, pero el amor puede llegar con el tiempo.

Asentí, sin saber muy bien qué responder a su consejo.

—Intentaré hacerlo. —Entrecerró los ojos, desconfiada ante mi repentina aceptación, y le ofrecí una sonrisa sincera, una de las pocas que dedicaba a alguien—. Hablo en serio. Prometo que lo intentaré. Di mi palabra de que hoy tomaría una decisión y pienso cumplirla.

Me dio la espalda y se dirigió hacia la puerta, pero alcancé a ver la sonrisa satisfecha que se dibujaba en su rostro.

—Me alegra oírlo —comentó desde lejos. Cuando estaba a punto de cerrar la puerta, añadió—: Pietro ha llegado hace poco y está deseando verte. Será mejor que te arregles ya o acabarás llegando tarde para recibir a tus invitadas.

Apuré el resto de mi bebida, impaciente por volver a ver a mi hermano, que llevaba varios meses fuera ocupándose de nuestros negocios en Estados Unidos.

Aunque yo viajaba con frecuencia al país donde residía en aquel momento, no siempre conseguíamos coincidir.

Ni siquiera contaba con su presencia en el baile, así que saber que había logrado venir mejoró un poco mi ánimo de cara a la noche que me esperaba.

Me dirigí a mi dormitorio y, cuando estaba a punto de cerrar la puerta, sentí un brazo rodeándome el cuello.

Una sonrisa perversa apareció de inmediato en mis labios al reconocerlo.

Antes de que pudiera presionar el punto sensible que me habría dejado sin aire, le sujeté el antebrazo, eché el cuerpo ligeramente hacia atrás para tomar impulso y, antes de que se diera cuenta, lo lancé hacia delante con un movimiento brusco.

Al inclinarme, sus casi cien kilos cayeron de espaldas contra el suelo mientras él se echaba a reír.

Me crucé de brazos, riéndome con Pietro mientras lo veía protestar por el impacto y ponerse en pie.

—Maledetto, algún día conseguiré pillarte desprevenido.

—Sigue intentándolo. Quizá algún día lo consigas.

Siempre nos saludábamos de aquella manera. Él aguardaba cualquier descuido e intentaba atacarme de una forma distinta a la anterior, pero yo era mayor y tenía muchos más años de experiencia que él en artes marciales, por lo que no le resultaría fácil derribarme.

Puso los ojos en blanco y me dio medio abrazo, esta vez a modo de saludo apropiado.

—Me han dicho que hoy elegirás esposa. ¿Ya sabes quién será la afortunada que le arrebatará la soltería al mafioso más codiciado del momento? —me provocó mientras se sentaba en mi sillón, con las piernas abiertas bajo el traje negro.

Resoplé ante aquel asunto que no dejaba de perseguirme, pero decidí no mencionar a Chiara ni cómo había ocupado mi mente durante las últimas semanas.

—Todavía no estoy seguro. Y no sé por qué tienes esa sonrisa burlona en la cara. Pronto llegará tu turno y seré yo quien no desperdicie la oportunidad de reírse de ti.

Me lanzó un bolígrafo, que esquivé entre carcajadas mientras terminaba de quitarme la ropa para ducharme.

—Ni me lo recuerdes. Papà ya ha empezado a preguntarme por el tema.

Me reí aún más fuerte mientras entraba bajo el agua abrasadora de la ducha. Aquello era muy propio de nuestro padre.

***

No tardé demasiado en terminar de arreglarme. Mientras yo me duchaba, Pietro se dirigió a su habitación para hacer lo mismo, pues, al igual que yo, debía estar presente para recibir a cada una de las familias que acudirían a nuestra mansión aquella noche.

Bajé las escaleras y no me sorprendió comprobar que mis padres ya estaban en el salón, esperándonos únicamente a nosotros dos.

—¡Qué guapo! —Mi madre me apretó la cara entre las manos y me plantó un sonoro beso en la mejilla—. Estoy segura de que esta noche provocarás cierta rivalidad entre nuestras invitadas para ver cuál consigue conquistar tu corazón de hielo.

Así era como mi madre solía llamarme: corazón de hielo.

Para todos los que me rodeaban, yo era un hombre reservado, de pocas palabras y muchos actos, siempre serio.

Solo me permitía mostrarme tal como era —reír y pelear con mi hermano— cuando estaba con mi familia.

Por eso me había sorprendido reír más de lo habitual junto a Chiara durante nuestra cena. No era propio de mí.

Y era precisamente ella quien no abandonaba mis pensamientos.

La ansiedad por volver a verla y descubrir cómo se comportaría después de nuestro último encuentro me asaltaba a cada instante.

Cuando Pietro me dejó solo en mi habitación, volví a pensar en aquella bocazas que tanto me intrigaba.