Capítulo 6 #2
No me explicó qué iba a hacer ni me dio tiempo a prepararme. La incomodidad y la humillación me invadieron por completo. Utilizó un instrumento para examinarme y, cuando terminó, dijo:
—Sigue siendo virgen, Irene.
—¿Está segura? No puede haber ninguna duda. Su honor quedaría en entredicho y jamás permitiría que ocurriera, menos aún teniendo en cuenta con quién va a casarse.
La doctora respiró hondo y lo confirmó otra vez.
—Sí, estoy segura. El himen está intacto.
Mi madre se pasó una mano por la cara, aliviada.
Yo tuve que morderme la lengua para no gritarle que le había dicho la verdad y que nada de aquello había sido necesario.
Pero estaba cansada de luchar contra ella, así que dejé que las lágrimas me corrieran por las mejillas.
Ya no lloraba por el corazón roto, sino por la humillación de haber tenido que demostrar mi virginidad.
Cuando la doctora salió de mi habitación, me quedé tumbada con el antebrazo sobre los ojos. No quería mirar nada. Solo deseaba perderme en el vacío que crecía dentro de mí.
—Nuestra conversación no ha terminado, Chiara. No creas que lo que has hecho hoy y el peligro en que podrías haber puesto nuestros planes se van a quedar así. —Un escalofrío me recorrió la espalda. Sabía que no escaparía del castigo que hubiera decidido imponerme.
No me molesté en discutir. No habría servido de nada.
Oí el portazo y el ruido de la llave en la cerradura. Entonces solté el aire sin darme cuenta de que había estado conteniendo la respiración.
Pasé el resto de la tarde pensando en todo lo que ocurría a mi alrededor y en por qué Vitto me había traicionado de aquella manera.
Sabía que nuestra relación tenía fecha de caducidad, aunque me doliera reconocerlo.
Pero podría haberme contado los planes de su familia en vez de invitarme a huir con él o insistir una y otra vez en que me acostara con él.
¿Era eso lo que quería de verdad? ¿Que me entregara a él para después casarse con la mujer que su padre había elegido?
No podía creer que también él quisiera utilizarme así: quitarme la virginidad y descartarme como si yo no significara nada. ¿También habían sido mentira todas sus palabras dulces? ¿Era un trofeo para él, una conquista que se había empeñado en conseguir?
En aquella foto no parecía un hombre obligado a aceptar un matrimonio impuesto. La expresión con la que miraba a esa mujer parecía sincera.
Tampoco ayudaba que se hubiera alejado de mí después de que volviera a negarme a acostarme con él. ¿Y todo el amor que decía sentir por mí? ¿Adónde había ido a parar?
Al menos, aquello serviría para una cosa: me resultaría más fácil seguir el camino tortuoso que mi madre había trazado para mí. Ya no tenía nada que perder.
Seguí dándole vueltas durante un rato, hasta que la puerta volvió a abrirse.
El corazón me dio un vuelco y el miedo se apoderó de mí.
Sabía que nadie venía a preguntarme cómo estaba.
Cuando vi aparecer por la abertura aquella cabeza rapada y la sonrisa maliciosa que siempre mostraba antes de torturarme, deseé haberme acostado con Vitto y que mi madre hubiera cumplido su amenaza de matarme.
Porque sabía que, hiciera lo que hiciera Federico, quizá morir sería preferible.
Vi cómo deslizaba el látigo entre sus dedos callosos mientras me recorría de arriba abajo con aquella mirada helada y cruel. Todo mi cuerpo se tensó.
—Me han contado lo que has hecho hoy, Chiara, y cómo te has puesto al enterarte de que ese mocoso va a casarse.
Se acercó. Doblé las rodillas y las rodeé con los brazos, como si así pudiera protegerme. Sabía que estaba mostrando mi vulnerabilidad, pero aquel día habían ocurrido demasiadas cosas y ya no me quedaban fuerzas para fingir que era fuerte.
—Sabes lo celoso que soy. Me habría decepcionado mucho descubrir que le habías entregado tu cuerpo. Ya está siendo bastante difícil reservarte hasta la boda. Imagínate cómo me he puesto al saber que ese tonteo tuyo iba más en serio de lo que pensaba.
Guardé silencio y lo miré con todo el odio que sentía por él, imaginando la diversión que se disponía a sacar de aquello.
—Por suerte para ti, sigues intacta y no has puesto en riesgo nuestros planes.
Pero... —Hizo una pausa y me rozó la cara con aquel dedo repugnante.
Le aparté la mano de una bofetada antes de poder contenerme, y él soltó una carcajada—.
Como decía, voy a recordarte por qué debes mantener las piernas cerradas y no abrirlas hasta la maldita boda.
—Que te follen, Federico.
—No me des ideas, porque ganas de follarte no me faltan —gruñó. Su aliento, tan cerca de mi cara, me provocó aún más asco.
—Antes te mato. Puedes estar seguro.
Su carcajada resonó en mi habitación. Antes de que pudiera reaccionar, tiró de mi vestido con brusquedad, rasgándolo por delante, y me arrojó al suelo.
—Ahora ponte en esa posición en la que tanto me gusta verte, ragazza.3
Sentí unas ganas tan intensas de levantarme, lanzarme sobre él y matarlo con mi daga que tuve que respirar hondo.
Para cuando lograra alcanzarla, Federico ya me llevaría demasiada ventaja.
No tendría fuerza suficiente para reducirlo.
Así que me tragué la rabia y me arrodillé de espaldas a él para que empezara su diversión.
—Muy bien, cara mia.[22] Esto te enseñará a no volver a poner nuestros planes en peligro. Si lo haces, la próxima vez será peor.
No habría una próxima vez.
Aunque tuviera que matarlo y acabar en la cárcel, o aunque el propio Matteo me matara después. No permitiría que aquello volviera a ocurrir. Me lo prometí en ese instante.
El látigo restalló contra mi espalda y me abrió la piel por la fuerza del golpe. Contuve el llanto y cualquier sonido de dolor. Sabía que verme sufrir solo aumentaba su satisfacción.
También sabía que mi silencio avivaría su ira.
Le encantaba verme llorar y suplicarle que parara; era capaz de golpearme el doble de veces con tal de arrancarme una reacción.
Pero, por culpa de ellos, había aprendido a soportar aquellas torturas y a convivir con el dolor.
Con un esfuerzo enorme, encerré mis emociones dentro de mí y dejé que mi maldito padrastro siguiera hasta cansarse.