Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

CHIARA CARUSO

Faltaban solo tres días para el baile.

Habían pasado tres semanas desde mi desastroso encuentro con Matteo.

Para mi madre y su marido, todo iba mejor de lo esperado por el simple hecho de que él se hubiera interesado por mí. Aun así, ella no dejaba de preguntarme qué había ocurrido durante nuestro breve paseo por el jardín.

Quería saber de qué habíamos hablado y si me había comportado como debía.

Por supuesto, le decía que había seguido sus instrucciones al pie de la letra.

No tenía ni idea de que era una mentira enorme: Matteo conseguía sacar lo peor de mí y, antes de darme cuenta, le había dicho todo lo que pensaba de él.

No sabía si por eso se había mantenido alejado durante aquellas tres semanas en lugar de intentar acercarse otra vez.

Pero estaba segura de que mi madre y Federico esperaban que volviera a buscarme después del interés que había mostrado.

Quizá yo lo había echado todo a perder, y no quería ni imaginar qué me harían si llegaban a descubrirlo.

Tal vez lo que les daba cierta tranquilidad era que Matteo había viajado a Estados Unidos y había pasado allí más de diez días, según había comentado Federico. Debían de pensar que no había tenido tiempo de venir a verme.

Sinceramente, yo no sabía qué pensar. Una parte de mí seguía confundida por lo que había sentido a su lado. Creía que Matteo solo me provocaría repulsión, pero no había sido así ni por asomo. Aquello me asustaba tanto como me preocupaba.

Mi madre había concertado una cita con la modista que confeccionaría mi vestido para el baile.

Quería que fuera a medida, que me quedara perfecto y atrajera todavía más la atención de Matteo.

Una parte de mí deseaba mantenerse lejos de aquel baile, sobre todo porque seguía angustiada por la desaparición de Vitto.

Necesitaba hablar con él y no sabía cómo hacerlo.

Otra parte, una muy pequeña, sentía curiosidad por la reacción del don al verme con el vestido.

No porque me importara lo que pensase, sino porque me había gustado cómo me miraba.

Al fin y al cabo, ¿a qué mujer no le gustaría despertar tanto deseo en un hombre poderoso, seguro de sí mismo y desesperadamente atractivo?

Eso era todo: mi ego quería volver a ver aquel deseo en sus ojos.

Claro que quizá ya había perdido el interés por mí. Había desaparecido durante las últimas semanas.

Cuando terminé la última prueba, me quedé maravillada al ver cómo el vestido resaltaba mis facciones y mis curvas. Sabía que llamaba la atención, pero nunca me había considerado tan guapa. En aquel momento sí lo hice, y sonreí mientras contemplaba el precioso vestido de color marsala.

—Estás guapísima, Chichi —dijo Genie, sacándome de mis pensamientos. Le devolví la sonrisa.

—Tu hermana tiene razón. Seguro que conseguirás destacar entre las demás invitadas —comentó mi madre con su tono ácido. Mi sonrisa se desvaneció.

Me quité el vestido y salimos de la conocida boutique siciliana para dirigirnos al lugar donde nos esperaba el chófer.

Irene y Genie caminaban juntas unos pasos por delante de mí.

Yo las seguía sin demasiado interés, mirando los escaparates, hasta que me fijé en el de una librería.

Varias revistas anunciaban una noticia bomba en grandes titulares.

Alcé la vista hacia la foto de la pareja y, de pronto, me faltó el aire.

Me detuve en seco y me volví hacia aquel maldito escaparate.

En ese momento, una mujer salió de la tienda con la revista en la mano. Antes de darme cuenta de lo que hacía, se la arrebaté. La oí insultarme, pero no me importó.

—¿Estás loca? ¡Devuélveme eso, cazzo!

Sus palabras apenas me llegaban. Me zumbaban los oídos, el aire parecía haber abandonado mis pulmones y la decepción me oprimía el pecho.

LOS HEREDEROS DE DOS DE LAS MAYORES EMPRESAS DE LOGÍSTICA CONFIRMAN SU RELACIÓN Y ANUNCIAN SU BODA.

Para cualquiera habría sido un cotilleo más. Para mí fue mucho peor. Sentí el amargo sabor de la traición al descubrir que Vitto iba a casarse con la heredera de una empresa de logística rival sin haberme dicho una sola palabra.

Los ojos se me llenaron de lágrimas y, antes de que pudiera contenerlas, empezaron a correrme por la cara.

La mujer me arrebató la revista de las manos, me dedicó otro insulto y se alejó indignada.

Yo seguí inmóvil ante el escaparate, mirando la foto que aparecía en las revistas.

Vitto y aquella mujer posaban sonrientes, mirándose a los ojos como si...

Dio mio,2 hasta pensarlo me dolía. Parecían enamorados. Eso fue lo que más me hirió.

Vitto me había tomado por idiota. Me había mentido mientras mantenía una relación con otra.

Un tirón brusco del brazo interrumpió mis pensamientos. Las uñas afiladas de mi madre se me clavaron en la piel.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo, Chiara? Te pones a llorar en plena calle y le arrebatas una revista a otra persona.

Tragué saliva. Aunque hubiera querido, no podía contarle la verdad. Tampoco hizo falta.

Mi madre me soltó, se acercó al escaparate y reconoció a los protagonistas de la noticia.

Primero me miró con una sonrisa triunfal: aquello le facilitaría llevar adelante su plan.

Siempre el maldito plan. Pero enseguida la furia le oscureció los ojos verdes hasta volverlos casi negros.

Retrocedí un paso. Sabía que estaba conteniéndose para no darme una paliza allí mismo, delante de todos.

Volví a tragar saliva, sin saber qué decirle.

Acortó la distancia entre nosotras, me atrajo hacia ella con fuerza y me habló al oído.

—Si has hecho alguna estupidez con ese niñato rico, Chiara, te mato. Y no estoy exagerando: voy a matarte —gruñó, enfurecida.

Empezó a arrastrarme calle abajo sin importarle lo que pensaran quienes la vieran tirando de su hija como si fuera una niña que acababa de portarse mal.

—Y-yo no he hecho nada...

—¡Cierra la puta boca, Chiara!

La mirada que me lanzó hizo que me callara.

Ya intentaría explicarme cuando llegáramos a casa.

Vi la tristeza en los ojos de Genie mientras trataba de seguirnos.

Leí en sus labios un «ánimo» silencioso y asentí, aunque las lágrimas seguían deslizándose por mis mejillas.

No lloraba por la paliza que me esperaba, sino por el golpe que me había asestado aquella noticia.

Vitto era una de las pocas personas que me importaban en esta mierda de vida, y todavía no lograba asimilar lo que había visto.

***

Mi madre se pasó todo el trayecto gritándome que aquella no era la conducta que se esperaba de una dama destinada a casarse con el capo de la mafia, y mucho menos que llorase por alguien que no fuera su prometido. Porque, en su cabeza, yo ya era eso: la prometida de Matteo.

Guardé silencio durante todo el camino. Las pocas veces que intenté explicarle que nunca me había acostado con Vitto, me dio una bofetada tan fuerte que tuve que respirar hondo para no enfrentarme a la mujer que me había dado la vida.

Cuando no me insultaba, hacía llamadas. Reconocí el nombre de una de las personas con las que habló: una médica que solía atender a miembros de la mafia, alguien de confianza que siempre guardaba en secreto toda la podredumbre que nos rodeaba.

Se me heló la sangre cuando mi madre le exigió que fuera a nuestra casa de inmediato.

Nada más entrar, volvió a gritarme a la cara que era una cualquiera por haberme involucrado con otro hombre y una desagradecida por poner en peligro unos planes que, según ella, me beneficiarían más que a nadie. Y todo por un chico al que yo ya no le importaba.

Me encerró en mi habitación, pero en aquel momento me dio igual.

Solo quería llorar hasta quedarme sin lágrimas.

También deseaba llamar a Vitto e insultarlo con todas las palabras que conocía, aunque ni para eso me quedaban fuerzas.

Lo único que quería era acurrucarme en la cama y dejar que el llanto saliera sin detenerlo.

Una hora después oí que abrían la puerta con llave y el miedo regresó.

Pensé que mi madre venía a darme la paliza que aún no había llegado, pero quien apareció me dejó sin aliento durante unos segundos.

Era la doctora De Luca, la mujer con la que había hablado por teléfono.

Empecé a temer lo que había venido a hacerme.

—Doctora, como le he explicado antes, quiero que compruebe que mi hija sigue siendo pura.

Ella asintió y me dirigió una mirada tan fría como la de mi madre. Por puro instinto, apreté las piernas.

Mi madre cerró la puerta tras ella. La doctora dejó su maletín encima de mi cama y dijo con voz fría:

—Chiara, quítate las bragas, por favor. Como llevas vestido, no hará falta que te quites nada más.

Contuve la respiración y miré a mi madre sin dar crédito a lo que estaba ocurriendo.

¿Cómo podía ser tan fría con su propia hija? ¿Por qué no podía creerme, aunque fuera una vez?

La doctora esperaba a que obedeciera, y mi madre seguía frente a mí con los brazos cruzados y el gesto severo. Aun así, intenté hacerla entrar en razón.

—Mamá, nunca he hecho nada con Vitto. Te lo juro. Esto no es necesario.

—Cállate, Chiara —gritó, sin importarle que la doctora estuviera presente. Respiró hondo, conteniéndose para no abalanzarse sobre mí, y prosiguió en el mismo tono frío—. Continúe, doctora.

—Pero yo... —intenté decir. No quería que me expusieran y humillaran de aquella manera.

—Ya te he dicho que te calles y hagas lo que te ha pedido.

—Perdió la paciencia y se lanzó hacia mí.

Me agarró de la coleta y tiró con fuerza mientras me sujetaba la cara, clavándome las uñas en la piel.

Tuve que ahogar un gemido de dolor y, antes de que pudiera reaccionar, me empujó la cabeza contra la cama—.

¡Todo esto es culpa tuya! Si no te comportaras como una zorra, nada de esto sería necesario.

Sabía que, en una consulta ginecológica normal, quizá tendría que pasar por una exploración.

Pero aquello no era una consulta normal.

Era una humillación, y mi odio hacia ella no dejaba de crecer.

Apreté las sábanas para contener el impulso de abalanzarme sobre mi madre y tragué saliva, intentando recomponerme.

Me levanté, me quité las bragas y volví a tumbarme en la cama con las piernas flexionadas para que la doctora hiciera lo que había venido a hacer.