Capítulo 5 #2
—Gracias. Usted también está muy atractivo. —Elegí bien las palabras: debía mostrarme sumisa, pero también interesada.
Aquella sonrisa descarada volvió a sus labios y tuve que respirar hondo para no dejarme llevar. Era deslumbrante, no podía negarlo.
—Aunque reconozco que he echado de menos el pintalabios rojo en tus labios.
Me quedé de piedra. Había creído que seguiría fingiendo que no sabía quién era yo, pero aquel debía de ser el verdadero motivo por el que me había propuesto pasear lejos de los demás: quería hablarme en privado de lo que había pasado.
—Lo siento, pero no sé de qué me está hablando.
Puso los ojos en blanco y volvió a acariciarme la mano, despacio, de una forma casi torturadora. Por leve que fuera el contacto con su piel, despertaba en mí sensaciones inapropiadas para aquel momento.
—Vamos, Chiara. Aquí estamos solos. No tienes que fingir conmigo. Quiero conocer cómo eres de verdad, y sé que no eres esa mujer que se ha mostrado tan callada durante toda la cena.
Tragué saliva. Mis temores se habían hecho realidad: estaba segura de que no conseguiría engañarlo una vez supiera quién era yo.
—No tengo nada que ocultar, señor. Me he comportado tal como soy en todo momento. —Seguí con la farsa, esperando que me creyera o que, al menos, pensara que me había confundido con la mujer de la discoteca.
—Primero, deja de llamarme «señor». Ya te he pedido que me llames Matteo.
Y segundo, la chica que apenas ha abierto la boca durante la cena no se parece en nada a la que, para evitar una simple invitación a charlar, rompió una ventana, saltó por ella y dejó plantados a varios guardias acostumbrados a enfrentarse a los criminales más peligrosos.
Estaba claro que no se tragaría mi actuación, por mucho que insistiera. Ya que conocía la verdad, decidí ser yo misma, aunque solo fuera durante un rato.
—Quizá deberías cambiar de guardias. Puede que no sean tan buenos como creías. En el fondo te he hecho un favor. —Su carcajada resonó en el jardín. Detrás de nosotros, el mismo guardia que se había acercado a mí en la discoteca carraspeó, molesto por mi comentario.
—Tengo que darte la razón. Quizá debería hacerlo.
Me encogí de hombros y fingí que no me gustaba verlo tan cómodo en mi compañía.
—Me preocupaba que te hubieras hecho daño, pero admito que tu huida me impresionó todavía más.
—¿Preocupado por mí? Seguro que estaba tomándome el pelo—.
Aunque quiero dejarte clara una cosa: bastaba con que dijeras que no te interesaba mi invitación.
No tenías que huir de aquella manera. No soy un monstruo.
—No es lo que he oído decir —solté antes de poder morderme la lengua. Me arrepentí al instante.
Para mi sorpresa, Matteo no pareció ofenderse. Una sonrisa traviesa asomó a sus labios mientras me observaba con curiosidad.
—Solo soy un monstruo con quienes merecen que los trate como tal. No es tu caso, principessa.[19] Al menos, que yo sepa.
Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza al oír el final de su frase. Él no sabía que quizá sí le daría motivos para comportarse como un monstruo conmigo.
Seguimos andando en silencio durante unos instantes. Traté de asimilar sus palabras, que me habían sonado sinceras, y también aquel apodo cariñoso con el que nadie me había llamado antes.
—¿Por eso te pones nerviosa cuando estoy cerca? He notado tu inquietud durante la cena y ahora también. —¿Cómo podía ser tan observador?—. ¿Tienes miedo de lo que pueda hacerte?
Quizá debería haber mantenido la boca cerrada, pero, si tanto quería conocerme, iba a darle lo que pedía.
—La verdad es que no te tengo miedo, ni a ti ni a nadie. No voy a dejar que me intimides solo porque seas el dueño de todo este imperio. Ya he pasado por demasiado como para asustarme por tan poca cosa.
Entornó los ojos y esbozó una sonrisa torcida mientras se acariciaba la perilla bien recortada. Mi mirada bajó un instante hasta sus labios y olvidé que tenía delante a mi enemigo.
—Y, además, eres valiente. —Me estudiaba como si fuera uno de sus juguetes y aún no supiera qué hacer conmigo—. Entonces, ¿por qué huiste de mí de aquella manera en la discoteca?
—No tengo por qué darte explicaciones. Hice lo que me pareció mejor en ese momento. Quizá te sorprenda tanto porque no estás acostumbrado a que te dejen esperando, y menos aún a que lo hagan las mujeres con las que sueles salir.
Abrió los ojos, asombrado por mi atrevimiento. Sabía que con aquella respuesta ponía en riesgo los planes de mis padres. Pero, cazzo,[20] ¿cuándo había creído de verdad que sería capaz de morderme la lengua a su lado solo porque mi madre lo quisiera?
—Touché.[21] —Se detuvo y se colocó frente a mí, tan cerca que percibí el olor a alcohol de su aliento mezclado con el del puro y su perfume cítrico.
No podía negar que, en vez de revolverme el estómago, aquella mezcla provocó justo lo contrario.
Miré sus labios y después alcé los ojos hasta encontrar los suyos.
Su intensidad me dejó atrapada—. Es verdad que no suelo ir detrás de nadie.
Pero voy a disfrutar cuando seas tú quien venga a buscarme, sobre todo cuando me supliques que te folle con fuerza y te haga disfrutar.
Sus palabras se quedaron flotando en mi cabeza. No podía creer que se hubiera atrevido a decir aquello y, menos aún, que pensara que algún día le suplicaría algo semejante. Debía de haberse vuelto loco.
Di un paso hacia él hasta que apenas quedó un centímetro entre nosotros.
—Eso solo pasará en tus sueños. Nunca te suplicaré que lo hagas —repliqué. Volví a sentir aquel fuego dentro de mí, pero luché contra el impulso de prestarle atención.
—Eso ya lo veremos, principessa.
Su sonrisa insolente regresó. Se humedeció el labio inferior con una lentitud provocadora y, antes de que descubriera cuánto me afectaba, retrocedí un paso para recuperar el aliento.
—Será mejor que volvamos antes de que mi madre venga a buscarme convencida de que he hecho algo que comprometa mi honor.
Asintió, mirándome como un león a punto de devorar a su presa, y dijo:
—Una vez más, me sorprenden tu actitud y tu forma de pensar. Cada vez me intrigas más, principessa.
Sostuve su mirada sin saber qué responder.
Algo me decía que le había gustado alguna de las cosas que había hecho o dicho, y no precisamente lo recatada que me había mostrado siguiendo las instrucciones de mi madre.
Quizá le interesaba porque, por un momento, había sido yo misma.
Y eso me agradó, aunque no quisiera admitirlo.