Capítulo 5
CHIARA CARUSO
En cuanto Federico se identificó ante el guardia de la garita, el imponente portón de hierro forjado se abrió ante el Mercedes y dejó a la vista un camino pavimentado, flanqueado por majestuosas palmeras.
La mansión se alzaba sobre una colina, lejos del centro de la ciudad, rodeada por enormes muros de piedra que garantizaban la privacidad de sus habitantes.
Mientras recorríamos el largo camino, admiré los jardines iluminados a ambos lados, con sus parterres de flores, sus árboles frondosos y sus extensas praderas de césped. Frente a la entrada de la mansión, el agua caía en cascada desde una gran fuente ornamental que hacía aún más hermoso el lugar.
Al bajar del coche, me detuve a contemplar la fachada. La combinación de piedra y estuco realzaba sus detalles elegantes.
Vi a varios guardias patrullando la propiedad, todos serios y atentos a cuanto ocurría a su alrededor.
Una mujer con uniforme negro nos abrió la puerta con una sonrisa. Se presentó como Anna, la gobernanta de la familia. Mientras entrábamos en el espacioso vestíbulo, me quedé admirando la gran lámpara de cristal que iluminaba la estancia y resaltaba el brillo del suelo de mármol.
Anna nos condujo a un enorme salón, amueblado con sofás amplios y cómodos, y nos pidió que nos pusiéramos a gusto mientras avisaba de nuestra llegada.
Me senté con la espalda recta y permanecí en silencio, contemplando los cuadros de las paredes sin prestar atención a los cuchicheos de mi madre y su marido.
Pocos minutos después apareció una mujer hermosa y sonriente, vestida con un conjunto de falda y chaqueta de un rojo intenso.
Iba del brazo de un hombre alto, de cabello negro peinado hacia atrás y bigote bien cuidado.
Lo reconocí al instante: Salvatore Lucchese.
Y, aunque no quisiera admitirlo, me gustó ver que su esposa llevaba un color tan llamativo como los que me gustaban a mí, sin parecer preocupada por lo que pudiera decir la gente.
—Buenas noches a todos. Disculpad la tardanza —nos saludó—. Esta es Sandra, mi esposa. Matteo está atendiendo una llamada importante y bajará enseguida. Me ha pedido que os reciba mientras tanto.
Sandra nos saludó con una sonrisa que parecía sincera, nada parecida a las que fingía mi madre.
Nos acomodamos en los sofás y Sandra se sentó con nosotras, mientras los hombres conversaban de pie junto a una mesita. Bebían algo de color ámbar; a su lado había una botella y varios cubitos de hielo.
Anna regresó con copas de champán y vasos de agua. Aunque me apetecía el champán, tenía que guardar las apariencias, así que acepté un vaso de agua, igual que mi hermana.
Las dos permanecimos calladas, y mi inquietud aumentó conforme Matteo tardaba en aparecer.
No participaba en la conversación sobre el baile ni tenía ganas de hacerlo, de modo que me levanté y me acerqué al enorme ventanal con vistas al jardín.
Llevaba unos minutos contemplándolo cuando un escalofrío me recorrió la espalda y percibí un perfume masculino con notas cítricas, que me recordó al limón y a la hierba luisa.
Aunque nunca había estado frente a él, supe que Matteo había llegado.
—Buenas noches a todos. Disculpad mi retraso —dijo. Me volví hacia aquella voz grave, llena de energía y seguridad, y comprendí que me había equivocado al creer que estaba preparada para verlo cara a cara—. ¿Cómo estás, Chiara?
Una sonrisa descarada apareció en sus labios y, durante unos segundos, me hizo olvidar quién era y dónde nos encontrábamos. Oír mi nombre en su voz bastó para que me entrara calor en todo el cuerpo. Agradecí que Federico se acercara a saludarlo e interrumpiera nuestro cruce de miradas.
Aproveché aquella distracción para recomponerme y bebí un largo trago de agua, intentando calmar los latidos de mi corazón. La intensidad con la que me había mirado me había puesto nerviosa.
Entonces pude observarlo mejor y tuve que reconocer que, pese a todo, era un regalo para la vista.
Era alto, mucho más de lo que me había parecido aquella noche en la discoteca.
Tenía el cabello oscuro, quizá negro, como su padre.
También vestía de negro: llevaba un traje de tres piezas y una camisa impecable, con el cuello ligeramente abierto, que dejaba entrever un poco de piel bronceada.
Incluso bajo el traje se adivinaba lo fuerte que era; la ropa se ajustaba a su cuerpo y dejaba poco a la imaginación.
Mi madre me llamó en voz baja y recordé que aún tenía que saludarlo. Me acerqué al grupo y aquella sonrisa insolente volvió a dibujarse en su hermoso rostro al verme llegar.
—Es un placer conocerte, Chiara.
Le tendí la mano, como si me hubiera quedado sin voz. Cuando la tomó con delicadeza y depositó un beso casto sobre ella, sentí una descarga que me recorrió desde las yemas de los dedos hasta el brazo.
No esperaba aquel gesto tan caballeroso y creo que no conseguí ocultar mi sorpresa.
—Chiara, ¿dónde están tus modales? —me reprendió mi madre, obligándome a encontrar la voz.
—El placer es mío, señor Lucchese.
—Puedes llamarme Matteo.
Tragué saliva, sin saber qué pensar. Hasta entonces no había pedido a nadie más que lo llamara por su nombre. A mí sí me daba esa confianza. Incapaz de responder, asentí mientras retiraba mi mano de entre sus dedos largos y cuidados.
Me froté la mano, inquieta por lo que había sentido al tocarlo y tratando de entender qué me había pasado.
Todos retomaron sus conversaciones, Matteo incluido.
Yo fingía escuchar la charla tediosa entre mi madre y Sandra, aunque de vez en cuando mis ojos me traicionaban y volvían hacia aquel moreno tan atractivo, que hablaba con su padre con una confianza envidiable.
Federico intentaba captar la atención del don.
Era evidente que quería impresionarlo, quizá para evitar que sospechara de todas las cosas que hacía a sus espaldas.
Pero Matteo apenas le prestaba atención y se limitaba a contestarle por educación cuando correspondía, lo que hizo mi velada un poco más agradable.
No se me escapó que nuestras miradas se cruzaban a cada momento, y cada vez sentía que el calor me subía por el cuerpo.
Cuando, en uno de aquellos cruces, levantó su vaso de whisky como si brindara conmigo, tuve la certeza de que sabía perfectamente quién era yo.
Tragué saliva, temiendo que dijera algo durante la cena.
Aparté los ojos de inmediato, pero alcancé a ver aquella sonrisita irritante en su rostro. Tuve que contenerme para no mandarlo a la mierda.
Después de eso hice cuanto pude por evitar mirarlo, y lo conseguí hasta la hora de cenar.
Pese a todo, la velada transcurría bien.
Federico fingía admiración por los Lucchese, aunque yo sabía cuánto los odiaba.
Mi madre charlaba animadamente con Sandra, pese a las verdaderas intenciones que tenía respecto a su familia.
Mi hermana y yo permanecíamos calladas y solo respondíamos lo indispensable cuando nos preguntaban algo directamente.
Matteo hablaba de negocios con su padre y con Federico, pero yo sentía su atención sobre mí a cada instante.
—Chiara toca el piano con tanta delicadeza que estoy segura de que nuestro don quedaría encantado al escucharla.
—Me encantaría oírla tocar algún día.
—Si quieres, puede tocar algo para...
—¿Qué te gusta tocar, Chiara? —Me sorprendió una vez más que interrumpiera a mi madre para dirigirse a mí, pero le respondí con toda la educación que fingía tener.
—Toco mucho a Mozart, aunque también canciones más recientes, como «Imagine», de John Lennon.
—¿También te gustan los Beatles? —Parecía interesado, y me pregunté si solo estaba siendo amable o si de verdad quería saber más sobre mí.
—Podría decirse que sí. Conozco la mayoría de sus canciones.
Una sonrisa satisfecha apareció en sus labios, pero recuperó su expresión seria en cuanto mi padrastro intervino en la conversación.
La cena transcurrió sin problemas. Siempre que tenía ocasión, mi madre intentaba demostrar lo bien que sabía comportarme como una dama: mi formación impecable, los tres idiomas que hablaba y hasta mis habilidades para bordar y cocinar.
Quería que todos vieran cuánto se había esforzado por prepararme para un buen matrimonio, aunque sabía que, si me casaba con un hombre como Matteo, no necesitaría algunas de aquellas habilidades.
Cocinar, por ejemplo, teniendo en cuenta que habría una cocinera en casa.
Me contuve para no mostrar mi disgusto ni mi aburrimiento ante tanta charla vacía. Cuando terminamos de cenar, Matteo se acercó a mi silla y me sorprendió.
—¿Quieres conocer el jardín? —preguntó, tendiéndome la mano como un perfecto caballero.
—Perdone, señor, pero preferiría que Genevive los acompañara para evitar habladurías sobre nuestra ragazza[18].
Matteo se irguió, dejando clara su falta de paciencia con mi madre. Hizo crujir el cuello antes de responderle con frialdad y ponerla en su sitio.
—Estoy seguro de que pasear por el jardín de mi mansión, rodeado de guardias, no dará pie a ninguna habladuría. Prefiero pasar un momento a solas con Chiara para conocerla mejor. —Volvió sus ojos grises hacia mí y me tendió la mano de nuevo—. Si tú quieres, claro.
Vi que mi madre tragaba saliva, furiosa por aquella reprimenda delante de todos, pero se mordió la lengua porque sabía con quién estaba hablando. Mi hermana bajó la cabeza para disimular una sonrisa. Cuando estaba a punto de responder, mi madre me indicó con un gesto que me fuera con él de una vez.
—Claro.
Acepté su mano, me levanté y salimos del brazo hacia el inmenso jardín sin decir palabra. Como no sabía cómo comportarme a su lado, opté por el silencio. Al fin y al cabo, una mujer sumisa apenas tenía voz, así que supuse que estaba haciendo lo correcto.
—Por cómo mirabas el jardín a través del ventanal, imaginé que te apetecería pasear por él. Además, hace una noche agradable. —Matteo rompió el silencio para iniciar una conversación y procuré responderle con toda la educación posible.
—Sí, es muy bonito.
—Tú también estás deslumbrante esta noche —admitió. Con la mano libre, empezó a acariciar en círculos la mía, apoyada en su brazo, y su cumplido me provocó una punzada en el pecho.