Capítulo 4 #2
Yo rompí la ventana, salté y escapé. —Me encogí de hombros, fingiendo indiferencia mientras me secaba el sudor con una toalla pequeña.
—Espera... A ver si lo he entendido. ¿Escapaste de los guardias de Matteo?
—Asentí, sin comprender su sorpresa. Entonces soltó una carcajada tan fuerte que casi le fallaron las piernas—.
¡Cómo me habría gustado ver sus caras cuando descubrieron que una ragazza de dieciocho años los había dejado atrás!
El orgullo me llenó el pecho al darme cuenta de lo que había conseguido.
—No lo había visto de esa manera. Ahora que lo dices, seguro que se enfadaron.
Permanecimos unos minutos en silencio mientras Leo se recuperaba de la sorpresa. Al final comprendió qué era lo que me inquietaba.
—Ahora temes que Matteo sepa quién eres y se lo cuente a Federico. —Asentí, angustiada, y me senté junto a Genevive. Ella me rodeó los hombros con un brazo, pero tuve que apartarme porque había rozado uno de mis cortes.
—Perdona, me había olvidado de las heridas —dijo, entristecida.
Le sonreí para que no se preocupara. Entonces vi que Leonardo arqueaba las cejas y se cruzaba de brazos, esperando con aire altivo a que terminara de explicarme.
—Me hice algunos cortes con los cristales, pero ya están mucho mejor. Genie me está ayudando a cuidarlos.
Como si no estuviera acostumbrada al dolor de las heridas que siempre acababa sufriendo.
Leonardo resopló y negó con la cabeza, incrédulo ante lo que había hecho.
—¿Y hasta ahora nadie ha dicho nada? Tal vez el don no te reconoció.
—Todavía no. Federico está reunido con él ahora, por lo que le oí comentar a Irene antes de salir con su dama de compañía.
Espero que hablen solo de negocios y no de mí.
Supongo que pronto lo sabremos. —Fingí que no me importaba, pero tenía el estómago revuelto ante la posibilidad de que me descubrieran.
—Quizá no sea nada grave, mia ragazza[17]. —Me tomó de la mano para consolarme, aunque sabía tan bien como yo que, cuando los Lucchese querían averiguar algo, lo conseguían.
Nada escapaba a la vigilancia de aquella familia.
Suspiré, frustrada, y bajé de un salto del muro.
—Tengo que arreglarme y fingir que he pasado toda la tarde practicando piano. Mi madre debe de estar a punto de llegar.
Leonardo asintió. Genie lo abrazó para despedirse y yo hice lo mismo con cuidado de no lastimarme. Después mi hermana y yo entramos en casa mientras veíamos a nuestro primo alejarse por la puerta lateral del jardín.
En cuanto lo perdí de vista, le pedí a Genie que vigilara por si volvía nuestra madre.
Yo fui a darme una ducha rápida para quitarme el sudor.
Me puse la ropa que llevaba antes de que ella saliera y escondí en el armario los pantalones ajustados y la camiseta con los que solía entrenar.
Bajé deprisa, recogiéndome el pelo en un moño.
Al entrar en la sala de música, me senté en el taburete frente al piano y respiré hondo para calmarme.
Entonces oí los pasos de mi hermana acercándose.
—Todavía no han llegado. Bebe un vaso de agua para tranquilizarte; estás muy alterada.
Acepté encantada. Cuando terminé de beber, escogí una melodía que me gustaba tocar cuando me sentía así.
De todas las actividades que mi madre me exigía, las clases de piano eran las que más disfrutaba.
Bordar, por ejemplo, me parecía una tortura, mientras que a mi hermana parecía gustarle.
Se sentó en un sofá del rincón, sacó su bordado y retomó el trabajo donde lo había dejado antes de ir a ver nuestro entrenamiento.
En cuanto cumplió catorce años, le pedí a Leonardo que empezara a entrenarla también. Ella no lo consideraba necesario, porque las damas no recibían esa clase de formación, pero yo sabía lo importante que era poder defenderse, aunque todavía no me atreviera a hacerlo cuando más falta me hacía.
—Soy una pésima influencia para ti —admití mientras empezaba a tocar suavemente las teclas.
—Yo no lo veo así. Me gustaría ser tan valiente como tú...
—Querrás decir tan imprudente. —Nos reímos a la vez, y ella añadió:
—Haces lo que te dicta el corazón, no lo que te obligan a hacer. Eso te convierte en una valiente.
En parte estaba de acuerdo con ella, aunque al final yo acabaría haciendo lo que me habían impuesto. Solté el aire despacio y permanecimos en silencio mientras me dejaba llevar por las notas delicadas de la melodía.
Unos minutos después, oímos abrirse la puerta principal. Se acercaban voces animadas y mi inquietud volvió de golpe.
—¡Chiara! —gritó mi madre—. ¿Dónde estás, cazzo?
—En la sala de música —respondí lo bastante alto para que me oyera. Miré a Genie con preocupación.
Ella murmuró «tranquila». Asentí y volví a concentrarme en mi respiración hasta que mi madre apareció.
La puerta de cristal se abrió. Me volví hacia ella y vi que una sonrisa maliciosa asomaba a sus labios.
—Federico ha llamado. El don Matteo nos invita a cenar en su mansión dentro de dos días. ¡Parece que nuestro plan va a empezar a dar frutos!
Me quedé sin aire mientras asimilaba sus palabras. Después de lo que me parecieron horas, aunque apenas pasaron unos segundos, conseguí preguntar:
—¿A cenar?
—Sí, Chiara. Pensé que la noticia te haría más ilusión. Recomponte, haz el favor de revisar tu ropa y deja preparado tu mejor vestido. Tienes que estar deslumbrante. Dulce, pero con un toque de sensualidad; no lo olvides. Necesitas dejarlo boquiabierto y cautivado por tus encantos.
Con «encantos» no se refería a quién era yo ni a lo que sabía hacer. Hablaba de mi aspecto.
Como siempre, me veía como un objeto destinado a un único fin: seducir al don.
Asentí y me mordí la lengua para no contestarle con brusquedad.
Por lo visto, había conseguido librarme de una paliza o de algún castigo retorcido por haber ido a la discoteca y huido del capo.
No sería tan estúpida como para darle un motivo para pegarme cuando aún tenía los cortes recientes.
Por alguna razón que desconocía, Matteo no les había contado cómo me había comportado dos noches atrás.
***
Nunca me había sentido tan angustiada como durante los dos días transcurridos desde que supe que el don nos había invitado a cenar a la mansión de su familia.
Todo parecía una pesadilla y no podía pensar en otra cosa que no fuera fingir que estaba enferma.
¿Se compadecería mi madre de mí por una vez y pediría que aplazaran la cena?
Quizá así ganaría tiempo para inventar una excusa más convincente.
Yo había imaginado que conocería a Matteo en el baile, rodeado de decenas de chicas que competirían por su atención. Yo no pensaba hacerlo.
Pero no sabía qué demonios había hecho para que, en los últimos días, todo pareciera conspirar contra mí. Y preguntarme por qué Matteo tenía tanto interés en conocerme me llenaba de inquietud. ¿Estaría tramando algo contra mí?
¿Pensaba desenmascararme delante de mi familia?
Si ese era el verdadero motivo de aquella cena, estaba perdida.
Sería mi palabra contra la suya, la del hombre que mandaba en todo aquello, el mafioso más poderoso de los últimos tiempos.
Por mucho que me doliera admitirlo, mi reputación tampoco me favorecía.
Sabía que lo creerían a él sin pestañear.
Suspiré, frustrada, mientras me observaba en el espejo.
Llevaba unos pantalones palazzo de rayas blancas y negras, con encaje negro en el bajo de las perneras, y un top de un solo hombro a juego, rematado con el mismo encaje sobre el pecho.
Me sentía elegante y sexy sin mostrar demasiada piel: el top solo dejaba al descubierto una pequeña franja de mi abdomen.
Calzaba unas sandalias de tacón alto de cuero blanco que dejaban ver el esmalte rojo de mis uñas. Mi madre protestaría, sin duda, pero me había negado a cambiar mi color favorito por el tono nude que se esperaba de una primera dama.
A la mierda la primera dama y sus uñas de color nude. No iba a privarme también de eso.
Así que fingiría despiste y diría que se me había olvidado quitarme el esmalte. Había elegido un conjunto que me gustaba y que era apropiado para la ocasión. Tendría que bastar. Al menos, eso esperaba.
Terminé de maquillarme. Aunque me apetecía llevar los labios de un rojo intenso, escogí un rosa claro y un maquillaje suave que destacara mis rasgos sin resultar exagerado.
Dejé el pelo suelto hacia un lado, con unas ondas ligeras.
A mí me parecía perfecto, aunque habría preferido cambiar un detalle o dos.
El verdadero motivo de aquella cena seguía rondándome la cabeza.
No sabía qué me esperaba, pero esta vez estaría preparada para verlo.
Había tenido dos largos días para mentalizarme.
No era el mes entero con el que habría contado hasta el baile, pero sí más que los pocos segundos de los que dispuse en la discoteca.
Esta vez, al menos, sabía con quién iba a encontrarme y quién era él.
Unos golpes en la puerta interrumpieron mis pensamientos. Me volví y encontré a Genie, con su vestido de flores y una delicada sonrisa en los labios.
—Mamá me ha pedido que venga a buscarte. Tenemos que irnos.
Asentí, cogí mi pequeño bolso de mano, donde llevaba el móvil, y seguí a mi hermana hasta la entrada. Federico nos esperaba junto al coche para llevarnos a la mansión Lucchese. Saldríamos de casa como una familia feliz, aunque nada estuviera más lejos de la realidad.