Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

CHIARA CARUSO

Desde que subí al taxi, no dejé de llamar a Giana para avisarle de que me había marchado. La llamé una y otra vez, pero no respondió ni una sola vez. Seguramente seguía en la discoteca.

Todavía no me creía que hubiera conseguido escapar por aquella ventana.

Lo logré gracias a la empuñadura de mi daga, que siempre llevaba conmigo, y a la fuerza que había ganado en los brazos con tantos años de duro entrenamiento.

Después de romper el cristal, retiré con la punta de la daga todos los fragmentos que pude de la zona por la que tendría que pasar.

Luego trepé por la pared que separaba los aseos, ayudándome del inodoro, y salí por la ventana de un impulso.

No fue fácil. Pensé en rendirme más de una vez y temí que entraran y me sorprendieran mientras escapaba. Pero, por suerte para mí y desgracia para ellos, aquella vez lo conseguí.

¿Había sido una inmadurez por mi parte? Sí, quizá.

Pero no me sentía preparada para aquel encuentro. Aún me quedaba un mes hasta el baile para prepararme mentalmente y decidir qué debía hacer para atraerlo con mi delicadeza y mi sumisión.

Y ahí surgía otra preocupación. Si me recordaba, a pesar de que en el baile llevaría un maquillaje y una ropa muy distintos a los de aquella noche, comprendería que mi actitud de joven sumisa no era más que una máscara para complacerlo.

Entonces los planes de mi madre se le escaparían entre los dedos.

Solté un gemido. Tenía el corazón desbocado por la angustia en que se había convertido mi noche de repente. ¿Cómo iba a imaginar que, entre cientos de mujeres mucho más atractivas que yo, se fijaría precisamente en mí y me invitaría a subir a su zona reservada?

Todavía no podía creer todo lo que había pasado aquella noche.

Pero pensar en encontrarme cara a cara con el asesino de mi padre, el hombre al que culpaba de las drogas que lo habían vuelto adicto y de todo el sufrimiento que vino después de perderlo...

Todo por culpa de Matteo Lucchese. No, no creía haber actuado de forma inmadura.

Había reaccionado como una chica de dieciocho años desesperada al tener que enfrentarse a su futuro antes de lo previsto.

Inspiré y espiré despacio, intentando calmar los latidos de mi corazón mientras recordaba lo sucedido y, peor aún, pensaba en lo que podría ocurrir al día siguiente.

Si Matteo descubría quién era y a qué familia pertenecía, estaría perdida.

Contaría que me había negado a reunirme con él.

Y mi querido padrastro, que ansiaba aquella oportunidad, se enteraría de que había podido destacar entre todas las invitadas al baile, conocer a Matteo antes que las demás y quizá despertar su interés por un matrimonio.

En lugar de aprovecharlo, había huido y echado a perder la ocasión de cumplir sus objetivos.

Un escalofrío me recorrió los brazos al imaginar la creatividad con que Federico me castigaría cuando lo descubriera.

—Estoy jodida —susurré justo antes de que el taxista se detuviera frente a mi casa. Le pagué y bajé.

Entré por el mismo sitio por el que había salido. Por suerte, la cuerda seguía donde la había dejado.

Me costó más trepar a causa de los cortes que me había hecho durante la huida, pero conseguí entrar en mi habitación.

La adrenalina aún me recorría las venas. Me quité la ropa y escondí cualquier indicio de que hubiera salido de casa por si alguien entraba en mi cuarto. Me di una ducha rápida y atendí los cortes como pude. Por lo que veía, eran superficiales.

Me acosté, pero pasé el resto de la noche dando vueltas en la cama. Pensaba en qué le diría a mi madre cuando descubriera lo que había hecho y en cómo evitaría otra paliza.

No entendía cómo podía ser tan fría como para querer entregarme al hombre que había asesinado a mi padre. Nunca se preguntaba cómo soportaría todo lo que él pudiera hacerme. Me trataba como un objeto útil para sus planes, nada más.

Ya estaba acostumbrada a su frialdad, pero eso no hacía que doliera menos cada vez que me pegaba sin un motivo real.

A veces lo hacía porque Alexandre le había contado una mentira o me había delatado por algo que no era asunto suyo, y ella aceptaba sin más cuanto dijera aquel desgraciado.

¿Cómo podía Alexandre ser tan distinto de Leonardo?

A uno lo quería como a un hermano; del otro deseaba mantenerme lo más lejos posible.

Si podía hacer algo para herirme y verme sangrar, lo haría.

Pero ninguno era peor que mi madre. Se suponía que debía cuidarme y protegerme, y era quien más daño me hacía. Además, pensaba arrojarme a la boca del lobo para llevar a cabo una venganza sin siquiera preguntarme si quería participar en ella.

No sabía si sería capaz de cumplir lo que esperaban de mí.

Mi huida de aquella noche demostraba que quizá no estaba preparada para entregarme a Matteo, darle mi cuerpo y fingir que era una mujer recatada e inocente, sin opiniones propias, cuando por dentro no dejaban de agitarse pensamientos contradictorios.

No se me daba bien fingir ser quien no era.

Intentaba hacer lo que quería, aunque prácticamente tuviera prohibido hasta respirar.

¿Cómo conseguiría engañar al capo de la Cosa Nostra?

¿Cómo iba a hacerle creer en mi falsa modestia?

¿Cómo podría mirarlo a los ojos y besarlo con ternura sabiendo todas las desgracias que habían llegado por su culpa y la de su familia?

¿Cómo iba a hacer todo eso y olvidar la vida infernal que llevaba, una vida que aún podía empeorar si me casaba con él?

Solo imaginar que tendría que entregarle mi cuerpo, permitir que me tocara, que me poseyera e incluso tener un hijo suyo me revolvía el estómago. Necesitaba serenarme y poner mis pensamientos en orden.

Tenía que recordar por qué hacía todo aquello. No era por venganza, sino para impedir que utilizaran a mi hermana en mi lugar. Quería conservar en ella la inocencia que a mí me habían arrebatado. Esa era la verdadera razón por la que no había huido con Vitto.

Vitto. Todavía estaba él. ¿Cómo iba a acostarme con otro hombre si estaba enamorada de él?

¿Cómo terminaría nuestra relación si los planes salían bien y conseguía acercarme a Matteo?

Antes deseaba que eso no ocurriera, pero, después del interés que Matteo había mostrado por mí, ya no sabía qué esperar.

No sabía de dónde sacaría fuerzas para romper con Vitto, pero tendría que hacerlo, también por su bien. Si seguíamos juntos y yo acababa prometida con Matteo, este podría descubrir nuestra relación. No dudaría en matarlo, y jamás permitiría que le pasara algo así por mi culpa.

Pero en ese momento no podía pensar en cómo resolvería las cosas con Vitto.

Además, algo me decía que se había cansado de mí; su creciente ausencia parecía confirmarlo.

Sabía que sus padres lo presionaban para que asumiera las empresas familiares y lo obligaban a asistir a numerosas cenas de negocios.

Aun así, antes siempre encontraba la manera de verme, y no lo había hecho desde mi cumpleaños.

Intenté centrarme en mi preocupación más inmediata: cómo explicaría mi escapada a la discoteca si mi madre la descubría.

Ella creía que yo estaba en casa, durmiendo.

La irritaba la fama de rebelde que me había ganado, y por eso me encerraba: no quería dar pie a rumores sobre mí.

Si alguno llegaba a oídos del don o de su consejero, podía poner en peligro sus planes.

Esa era la única razón por la que le importaba mi reputación.

Saber lo que había hecho y dónde había estado aquella noche arruinaría sin duda la imagen que pretendía mantener.

Seguí pensando en todo lo sucedido durante unas horas más y me quedé dormida cuando empezaba a salir el sol.

***

Seguía atenta a cada paso que Leonardo daba hacia mí, intentando anticipar sus movimientos para defenderme.

Por su postura, deduje que iba a lanzarme una patada frontal.

Me aparté rápidamente hacia un lado y salí de su trayectoria.

Incliné un poco el cuerpo y flexioné las rodillas para evitar el golpe.

Por instinto, crucé los brazos delante del abdomen para bloquear cualquier ataque que pudiera dejarme sin aliento.

Aproveché que estaba lo bastante cerca para contraatacar.

Le pisé el pie con todas mis fuerzas; yo era mucho más pequeña que él, pero conseguí hacerle perder el equilibrio.

Antes de que se recuperara, me lancé sobre él y empecé a darle patadas y puñetazos, descargando toda la rabia que llevaba dentro por lo ocurrido dos noches atrás.

Leonardo se defendió como pudo hasta que, por fin, golpeó el suelo con la palma de la mano para pedirme que parara.

—Perdona, me he dejado llevar —admití. Me aparté y le tendí una mano para ayudarlo a levantarse. La aceptó, aunque no la necesitaba, y se puso en pie de un impulso.

Fui a buscar la botella de agua que había dejado cerca de donde entrenábamos. Mientras bebía, lo oí preguntarme:

—Cada día se te da mejor. Pero ¿ha pasado algo que no me hayas contado?

—Está nerviosa porque huyó del don en la discoteca y teme que nuestra madre se entere —me delató Genevive. Estaba sentada en el muro del jardín, balanceando los pies mientras nos veía entrenar.

La miré de reojo. Al notar mi expresión, se encogió de hombros.

—De todas formas, iba a contártelo.

—Así que fuiste a la discoteca y ni siquiera me invitaste. Tomo nota.

Sonreí. Sabía que intentaba tranquilizarme antes de abordar el verdadero motivo de mi inquietud.

—Ese día estabas trabajando, por eso no te dije nada. Al final fue una noche de chicas. No creo que te hubieras sentido cómodo solo con nosotras dos.

—Si Giana estaba allí, sabes de sobra que habría sido mucho más interesante.

Puse los ojos en blanco y le ofrecí otra botella de agua. La aceptó sin dudar.

—Pero cuéntame qué pasó. ¿Por qué huiste? —preguntó antes de beber un largo trago.

—Un hombre me envió una copa en la discoteca.

La acepté sin reconocerlo al principio; le echo la culpa al alcohol por ese despiste.

Se interesó por mí y mandó a sus guardias a invitarme a su zona reservada.

Entonces me dijeron su nombre: nada menos que Matteo Lucchese.

—A mi primo casi se le desencajó la mandíbula al descubrir de quién hablaba.

Contuve una sonrisa, pues aún seguía irritada—.

Sí. Me quedé aturdida y dije que necesitaba ir al baño.

Los guardias me acompañaron y esperaron fuera.