Capítulo 3 #3
Empecé a impacientarme. Llevaba más de quince minutos dentro; ¿se habría desmayado? No podía haber salido sin que la vieran los tres guardias que la esperaban. Otras mujeres entraban y salían del aseo, pero ni rastro de Chiara.
Vi que Marco entraba en el baño pese a que había mujeres dentro. Los otros guardias se dirigieron hacia la salida del club y, poco después, Marco salió corriendo tras ellos.
—¿Qué coño está pasando ahí dentro? —pregunté, más para mí mismo que para nadie, desconcertado por el revuelo que había provocado una simple visita al baño.
—Buena pregunta —comentó Carlo a mi lado, siguiendo los movimientos de los guardias.
No soporté seguir esperando. Fui a averiguar qué ocurría y, sin necesidad de darles ninguna orden, cuatro guardias me acompañaron junto con Carlo.
Ni siquiera tuve que abrirme paso entre la gente. Me reconocían y se apartaban para dejarme pasar. Solo Chiara no me había reconocido, algo que todavía me sorprendía.
Me crucé con Marco cuando regresaba solo al club. No le pregunté nada y seguí hasta el aseo para descubrir qué demonios había pasado con Chiara.
Entré pese a que aún había varias mujeres dentro. Miraban atónitas los cristales esparcidos por el suelo. Yo alcé la vista, incrédulo, hacia la ventana rota en lo alto de la pared.
Tardé unos minutos en asimilar lo ocurrido. ¿Qué la había llevado a tomar una medida tan drástica para huir de mí cuando solo la había invitado a conversar? ¿Y cómo había conseguido trepar hasta allí y saltar desde aquella altura? Tenía que haberse hecho daño.
Me pasé una mano por el pelo, echándomelo hacia atrás, y miré a Marco. Él estaba furioso por haber perdido de vista a una chica que ni siquiera tendría diecinueve años.
—¿No la habéis encontrado por los alrededores? Debe de haberse hecho daño —pregunté, indignado por un fallo tan básico de mi equipo y todavía pasmado por lo que ella había hecho.
—No hemos dado con ella. Debía de tener un coche cerca o había cogido un taxi para escapar tan rápido.
No esperé a que añadiera nada más. Regresé a grandes zancadas a mi zona reservada, seguido por todos ellos.
La indignación me consumía. No hacía falta que llegara a aquellos extremos. Jamás la habría obligado a quedarse conmigo en un lugar donde no quisiera estar. Le habría bastado con decir que no. Su huida solo había conseguido intrigarme aún más.
En cuanto llegué, uno de los camareros me ofreció un whisky sin que tuviera que pedirlo. Parecía haber adivinado que lo necesitaba. Marco empezó a dar explicaciones.
—No oímos romperse el cristal por el volumen de la música. Cuando vimos que tardaba demasiado, le pedí a una mujer que entraba que comprobara si estaba bien. Nos dijo que no había nadie dentro. Fui a mirar y vi lo que había hecho, pero para entonces ya era demasiado tarde para encontrarla.
Desde luego, Chiara prometía ser un desastre precioso.
***
La reacción de Chiara no se me iba de la cabeza, ni siquiera cuando me cansé de darle vueltas a lo ocurrido aquella noche en el club y decidí subir a la suite con algunas de las mujeres que estaban dispuestas a complacerme hasta el amanecer.
Hice que todas firmaran un acuerdo de confidencialidad.
No quería más problemas con la prensa, y mucho menos con mi padre.
A saber si se le ocurría no esperar al baile y hablar ya con Lourenço, el padre de Elisa, para concertar nuestro matrimonio.
No podía correr ese riesgo. Por eso pedí a Carlo y a Marco que dejaran muy claro que, si alguna contaba lo que ocurriera aquella noche, consideraría aquello una traición.
Todo el mundo sabía lo que les pasaba a quienes nos traicionaban.
Todas aceptaron sin protestar. Al fin y al cabo, no conocía a ninguna mujer que rechazara la oportunidad de pasar unas horas compartiendo placer con su don. Ninguna, salvo la ingrata de Chiara, que parecía ser la excepción.
Nos quedamos allí durante horas. Al amanecer, me marché a la mansión y dejé a varios guardias encargados de vigilar a las mujeres y conseguirles un taxi en cuanto despertaran.
Lo más frustrante era que, pese a todo el placer que había recibido durante la madrugada, no conseguía quitarme de la cabeza a aquella rubia de rostro angelical y cuerpo de diabla.
Seguía pensando en ella incluso mientras otras mujeres, tan hermosas y deseables como Chiara, hacían cuanto les pedía para complacerme.
Me habría gustado ir directamente a mi casa de Palermo para aclararme las ideas y evitar tanto el entusiasmo de mi madre por los preparativos del baile de las elegidas como las preguntas de mi padre, que querría saber a primera hora si ya tenía alguna candidata en mente.
Sin embargo, ese día nos esperaban varias reuniones importantes en la mansión a las que él también asistiría.
Preferí ir allí y descansar un poco antes de que empezara mi jornada.
Una cosa estaba clara: con su inesperada huida, Chiara solo había aumentado mis ganas de conocerla y descubrir más sobre ella. Ya tenía la certeza de algo: no se parecía a las mujeres con las que estaba acostumbrado a tratar. Y eso, por sí solo, me resultaba fascinante.