Capítulo 3 #2
Aquello me afectaba, aunque no me gustara admitírmelo. Odiaba ver a niños indefensos maltratados o asesinados por la traición de sus padres.
Volví a prestar atención a la conversación de mis amigos y compañeros de trabajo.
Hablaban de las mujeres con las que habían estado la noche anterior, pero no me interesaban los detalles.
Además, el tema me recordaba el matrimonio que mi padre exigía que celebrara en un plazo de tres meses: uno para elegir esposa y los otros dos para casarme con ella.
—¿Sigues pensando en la boda que te ha exigido tu padre? —preguntó Carlo. Me conocía lo suficiente para adivinar por dónde iban mis pensamientos.
—Eso parece. No debería ser tan difícil encontrar a alguien que me interese lo suficiente para casarme —comenté sin creerme mis propias palabras. Aquellos desgraciados se echaron a reír, expulsando el humo de los puros por la nariz.
—Tus casi doce años dándole largas a tu padre con la misma excusa dicen otra cosa. Si fuera fácil, ya te habrías casado.
Resoplé y me levanté. Fui hasta la barandilla de cristal, desde donde podía observar las zonas VIP y todo lo que ocurría en la planta inferior del club.
La música retumbaba y la gente enloquecía con los ritmos frenéticos del excelente DJ que habíamos contratado. El alcohol y las drogas que muchos llevaban en el cuerpo también ayudaban.
Observé a las hermosas ragazzas que bailaban en las barras de pole dance, exhibiendo su sensualidad en cada movimiento.
Eran atractivas. Ya había estado con algunas de ellas y, aunque no me gustaba mezclar los negocios con el placer, más de una vez no había podido resistirme a descubrir entre cuatro paredes hasta dónde llegaba su flexibilidad.
Seguí observando a las mujeres que bailaban entre la multitud, pero ninguna consiguió retener mi atención.
Estaba a punto de darme la vuelta y regresar a mi sillón, junto a Marco y Carlo, cuando vi a una hermosa rubia que bailaba con sensualidad como si no existiera nada a su alrededor. Desde ese instante no pude mirar hacia otro lado.
Me incliné sobre la barandilla, apoyé los antebrazos y perdí la noción del tiempo mientras seguía cada uno de sus movimientos.
Vi que estaba acompañada por otra mujer, una amiga, supuse. Bailó con varios hombres, pero no dejó que ninguno pasara de una canción. Tampoco se me escapó que alternaba siempre el mismo cóctel con vasos de agua. No parecía tener intención de emborracharse y acabar en la cama de cualquiera.
Aquello me gustó más de lo que debería. Demostraba que estaba pendiente de lo que ocurría a su alrededor.
—¿Qué te tiene tan entretenido? —preguntó Carlo al acercarse y apoyarse en la barandilla a mi lado.
Señalé con la cabeza a la preciosa rubia. Sus labios rojos hacían que resultara aún más llamativa.
—Ella. —No aparté la vista ni siquiera para comprobar si Carlo había entendido a quién me refería—. ¿Sabes quién es? No recuerdo haberla visto por aquí.
Se aclaró la garganta antes de responder.
—Sí. —Eso captó mi atención y me volví hacia él, impaciente por saber más de la rubia—.
Es Chiara Caruso, hijastra de Federico Bonanno, uno de nuestros caporegimes.
[16] Dicen que es la hija rebelde de la familia y que siempre se mete en líos.
Federico llegó a insinuarme la posibilidad de un matrimonio concertado entre vosotros.
Quería que Salvatore conociera a su hija, pero tu padre rechazó la idea, igual que todas las demás propuestas que recibió.
Quería darte tu precioso tiempo —añadió con ironía.
Puse los ojos en blanco. No sabía por qué, pero me agradó enterarme de que Chiara figuraba entre las posibles candidatas.
Federico, en cambio, nunca me había caído bien.
No sabía explicar el motivo: cumplía con su trabajo, pero había algo en él que no me gustaba.
Y no podía hacer nada basándome solo en una impresión.
—Chiara Caruso... —Probé su nombre en voz alta y me gustó cómo sonaba—. Interesante.
Carlo arqueó una ceja. Yo volví a fijarme en las curvas de Chiara mientras ella se dejaba llevar por el ritmo sensual de la música.
Le pedí a Marco que le dijera al camarero que le llevara a Chiara su bebida favorita.
Por fin conseguí que se fijara en mí. Pensé que me reconocería, pero estaba claro que no lo hizo de inmediato.
Y, joder, la forma en que bailó para mí sin apartar los ojos de los míos fue una de las cosas más excitantes que había visto en mi vida.
Despertó mi deseo por completo, y yo no solía reaccionar así por cualquier mujer.
De hecho, ni recordaba la última vez que alguna había provocado en mí algo tan intenso como aquella ragazza con una simple danza a varios metros de distancia.
Habían pasado muchas mujeres por mi cama.
Mi vida de libertinaje había empezado al comienzo de mi adolescencia, por eso me sorprendió la reacción de mi cuerpo ante aquella chica.
Porque eso era lo que era todavía: una chica.
Estaba seguro de que no tendría más de diecinueve años.
El hecho de que su padrastro hubiera intentado concertar un matrimonio conmigo parecía confirmarlo.
Llegué a pensar en invitarla a pasar el resto de la noche en la suite que tenía para mí en la planta superior del club.
Prefería hacer allí lo que quisiera antes que arriesgarme a que volvieran a verme con otra mujer y mi padre me diera la lata.
De hecho, había mandado preparar aquella suite precisamente para eso y, por supuesto, para descansar cuando lo necesitara.
Era habitual que acudiera al Paradiso tanto para divertirme como para resolver asuntos que surgieran.
Por mucho que deseara invitarla a subir, tuve que contenerme: pasar la noche con ella arruinaría su reputación, y no pensaba comportarme como un canalla hasta ese punto.
Sabía lo importante que era para las hijas de la mafia llegar vírgenes al matrimonio y supuse que Chiara, pese a su fama de rebelde, no habría roto esa norma.
De lo contrario, perdería su honor y difícilmente conseguiría un buen matrimonio dentro de la famiglia.
Imaginar a aquella chica en mi cama por primera vez me dejó un sabor dulce en la boca. La curiosidad terminó por vencerme y pedí algo que nunca habría creído posible.
—Investígala —le dije a Marco, que en algún momento se había acercado también a la barandilla—. Quiero saberlo todo: qué le gusta y qué no, adónde va, con quién se relaciona, si ha estado con alguien y si sigue siendo virgen. Todo.
Me miró con recelo. Yo seguí observando a la chica, que bailaba con su amiga de espaldas a mí, y no pude evitar fijarme en su trasero. Parecía tener el tamaño justo para mis manos. Estaba buena. Eso era Chiara: una ragazza jodidamente buena.
—¿Puedo preguntar por qué quieres que la investiguen? —Marco no solía cuestionar mis órdenes, pero sabía adónde iban sus pensamientos. Esta vez la curiosidad pudo más que su prudencia—. ¿Acaso estás pensando en ella como tu...?
—No lo sé, cazzo. Haz lo que te he pedido, joder.
Asintió y sacó el móvil para llamar de inmediato a nuestro investigador de confianza. Era quien siempre averiguaba todo sobre las personas que se acercaban a nuestra familia o buscaba cualquier información que le solicitáramos.
En cuanto terminó aquella breve llamada, lo miré y, por segunda vez esa noche, actué sin pensarlo.
—Ve a invitarla a venir aquí con su amiga. Solo quiero hablar con ella. —Recalqué lo último porque sabía lo que habían pensado. No iba a arruinar la reputación de la chica si no tenía intención de casarme con ella.
Tampoco pensaba dejar que mi polla decidiera mi futuro.
Solo quería acercarme a Chiara y descubrir qué sentiría y qué pensaría de ella después de hablar.
Tal vez en cuanto abriera la boca se rompiera el encanto y resultara ser igual que las otras mujeres con las que me había relacionado: una interesada.
Marco asintió y se alejó con dos de sus hombres para cumplir mi orden.
—Espero que sepas lo que haces. No le arruines la vida a esa chica si no piensas tomártela en serio.
—Cierra la puta boca, cazzo. Si quisiera tu opinión, te la habría pedido. Parece mentira que no me conozcas.
Carlo volvió a beber de su whisky y se encogió de hombros. Estaba acostumbrado a que le respondiera con brusquedad.
—Solo quería asegurarme de que no lo habías olvidado.
Pasaron unos minutos. Noté enseguida el momento en que Chiara descubrió quién era yo: la incredulidad se reflejó en sus ojos. Su reacción no hizo más que aumentar mi curiosidad.
Cualquier otra mujer invitada a la zona reservada del don habría venido antes de que Marco terminara de hablar.
Chiara, en cambio, vaciló. Parecía a punto de salir huyendo, y yo estaba cada vez más impaciente por verla acercarse.
Al cabo de unos minutos dijo que necesitaba ir al baño.
Marco y los demás guardias la acompañaron para llevarla después a la zona VIP.
Sin embargo, el tiempo pasaba y, desde donde me encontraba, veía cómo los hombres miraban una y otra vez hacia el interior del aseo, cada vez más inquietos.
¿Acaso la ragazza se había puesto enferma solo de pensar que iba a venir a hablar conmigo?
No entendía su comportamiento. Si su padrastro quería concertar un matrimonio entre nosotros, ella debería haberse alegrado con mi invitación, no esconderse en el baño para ganar tiempo o evitar el encuentro.
Si esa era su intención, no me conocía en absoluto. Yo no solía renunciar a algo que deseaba; por eso había conseguido expandir mis negocios cada vez más. El miedo no formaba parte de mi vocabulario. Rendirme, tampoco. Si quería algo, lo conseguía. Ese era mi legado.