Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

MATTEO LUCCHESE

—¡Hijo de puta! ¡Estoy harto de ver nuestro apellido en boca de esos buitres!

—Mi papà[9] arrojó sobre la mesa, donde yo desayunaba tranquilamente, una de las revistas del corazón más conocidas de Italia.

Escuché otro de sus largos sermones—. ¿Cuándo vas a sentar la cabeza y comportarte como el don que te enseñé a ser, cazzo?

—gruñó. Todavía irritado, se sentó a la cabecera y escondió la cara entre las manos.

Contuve la risa para no enfadarlo aún más y tomé otro sorbo de café de mi taza de porcelana.

Quien conociera al gran y temido Salvatore Lucchese no se creería lo fácil que me resultaba sacarlo de sus casillas.

—Cuida ese lenguaje, por favor. Si hay alguien que tiene que sentirse ofendido por la forma en que le gritas a nuestro bambino,[10] soy yo —lo reprendió mi madre, tan serena como siempre, antes de beber un sorbo de zumo de naranja.

Mi padre levantó hacia ella sus ojos grises, iguales a los míos, y le dedicó una sonrisa avergonzada. Ella era la única capaz de hacer que se recompusiera tan deprisa y se avergonzara de sus actos y de sus palabras.

—Perdóname, amore mio.[11] ¡Tu hijo me saca de quicio!

Puse los ojos en blanco por aquella forma de hablar, como si yo fuera hijo solo de ella, y tuve que morderme la lengua para no provocarlo todavía más.

—Nuestro hijo —recalcó mi madre—. No lo hice sola.

Mi padre respiró hondo para controlarse y se sirvió una taza de café solo, como el mío. Nos concedió unos minutos de silencio, pero lo conocía demasiado bien para creer que durarían. Pronto volvería a su agotador discurso sobre la importancia de que me casara.

Cada vez faltaba menos para que cumpliera treinta años y sabía que necesitaba una buena esposa que gobernara a mi lado el imperio mafioso que habíamos construido con los años. ¡El problema era encontrarla!

Mi padre tenía junto a él a una mujer a la que amaba y hacía cuanto estaba en su mano para hacerla feliz y protegerla. Yo no era de esos románticos que creen que todo el mundo tiene un alma gemela. Solo quería a alguien con quien me apeteciera pasar el resto de mi vida.

No quería ser infiel una vez casado. No me habían criado así, y por eso me tomaba tanto tiempo para elegir a mi futura esposa.

Si solo importara el aspecto físico, ya habría elegido a una.

Quería una mujer que, además de hermosa, fuera inteligente; que no pensara únicamente en qué ponerse para las numerosas fiestas a las que asistíamos ni en cómo saldría en la prensa junto al actual don de la temida Cosa Nostra.

Deseaba que fuera amable, cariñosa con nuestros hijos y que se preocupara por algo más importante que sus redes sociales.

Por desgracia, la mayoría de las mujeres de la mafia con las que había salido y que cumplían los requisitos para estar a mi lado eran así.

Cuando me veían, se les iluminaban los ojos con la esperanza de agradarme. Pero no me veían a mí. Solo veían mi posición y todo lo que ellas y sus familias ganarían si se convertían en la primera dama.

—No podemos esperar más. He intentado ser paciente y sabes que es verdad.

—Lo era—. Pero ya no puedo seguir aguardando a que tengas el buen juicio de elegir a alguien.

Me han invitado muchas veces a conocer a jóvenes que cumplirían perfectamente los requisitos, y siempre he respetado que quisieras encontrar a una que te interesara.

¡Pero se acabó! Tu libertinaje en el Paradiso está manchando nuestra imagen.

—Papà... Solo fue una foto. No significó nada y lo sabes. Lo que importa son todos los beneficios que he conseguido para nosotros.

Resopló y me miró de reojo. Mis argumentos no lo habían convencido.

¡Pero qué cazzo!

—¡Que te den a ti y a tus beneficios! —Golpeó una mano con el puño de la otra.

Aquella noticia lo había enfurecido de verdad.

Siempre tenía cuidado de que no me fotografiaran con ninguna de las muchas mujeres con las que pasaba la noche, pero alguien había filtrado una foto.

Me encargaría de descubrir quién era la traidora y de darle un buen susto para que no volviera a cometer el mismo error—.

Las familias del consejo me presionan cada vez más por tu soltería y por todas las noticias que aparecen sobre ti en los medios.

—Deja que hable yo con el consejo...

—No, Matteo. Lo único que vas a hacer es encontrar a la mujer con la que te casarás. De lo contrario, decidiré yo mismo con quién vas a casarte. Y ya sé quién será.

Entrecerré los ojos y perdí el apetito al imaginar el nombre de la candidata.

—No voy a casarme con Elisa —declaré, sintiendo cómo la ira me invadía a aquellas horas de la mañana—. Ya te lo he dicho y te lo repito.

—No estás en posición de elegir, Matteo —replicó con dureza.

Me contuve por el respeto que siempre le había tenido—.

O eliges a una mujer antes del baile o llegaré a un acuerdo con el padre de Elisa al día siguiente.

Antes de que abras los ojos por la mañana, todos los periódicos publicarán la noticia de vuestro compromiso.

Respiré hondo y me presioné las sienes. Hablaba en serio; se me había acabado el tiempo. Intenté calmarme y miré a mi madre. Su silencio dejaba claro que estaba de acuerdo con él.

Las conversaciones sobre nuestros negocios solían tener lugar en el despacho, pero esta vez mi padre había hablado delante de ella para que yo supiera que respaldaba su decisión.

Aunque ahora era yo el don, seguía respetando su opinión por los muchos años que había pasado al frente de nuestro imperio. Todo lo que había llegado a construir se debía a su esfuerzo y dedicación.

Sabía que tampoco le había puesto las cosas fáciles.

Desde que cumplí dieciocho años me presionaban para que tomara aquella decisión, y yo había ido ganando tiempo con las excusas de la universidad, los numerosos viajes al extranjero y la experiencia que necesitaba adquirir en nuestros negocios.

Pero ya contaba con toda esa experiencia y me había labrado un nombre no solo en Italia, sino en todo el mundo.

Todos conocían a Matteo Lucchese. Ya no tenía motivos para aplazar lo inevitable.

Mis padres me habían dado la oportunidad de resolverlo por mi cuenta. Eso no podía negarlo. Así que, por mucho que disfrutara pasando las noches con una mujer diferente, o con varias, tenía que buscar a alguien que me interesara y hacer lo que convenía a nuestro imperio.

—De acuerdo, papà. Lo resolveré antes del baile. No te preocupes.

Sus hombros se relajaron en cuanto me oyó. Me conocía lo bastante para saber que, cuando daba mi palabra, no me echaba atrás. Nunca antes le había dado una fecha concreta, por eso creyó que esta vez cumpliría lo prometido.

Las invitaciones para el baile ya se habían enviado a todas las familias de la Cosa Nostra que tenían hijas solteras. Mi madre trabajaba día tras día para convertirlo en un espectáculo y darme la oportunidad de conocer al mayor número posible de candidatas.

Ahora tenía que encontrar a la ragazza adecuada en menos de un mes.

***

Estaba sentado en uno de los sillones de la zona reservada exclusivamente para mí en el Club Paradiso. Fumaba un puro y bebía otro sorbo de whisky en compañía de Marco Ferrari, mi sottocapo,[12] y Carlo Ricci, mi consigliere.[13]

Los dos llevaban años a mi lado. Marco era dos años mayor que yo y Carlo, uno menor.

Habíamos crecido juntos porque nuestras familias trabajaban codo con codo desde la época en que mi abuelo Giuseppe Lucchese dirigía la famiglia[14].

Así había seguido siendo desde entonces: los cargos pasaban de generación en generación, y esperaba que continuara igual con las siguientes.

Por eso necesitábamos herederos que se hicieran cargo de nuestras funciones cuando llegaran a la edad adecuada.

De momento, ninguno de los tres tenía hijos y debíamos resolverlo pronto.

Yo, como capo de toda aquella mierda, podía destituir a cualquiera de ellos si me traicionaba y arrebatarle a su familia el honor de seguir formando parte de nuestra organización.

Por supuesto, después de acabar con la vida del desgraciado que nos hubiera traicionado.

También podía ofrecer un puesto importante a algún miembro que demostrara su valía. Era difícil que alguien llegara a ocupar uno de esos cargos, porque mi confianza no se ganaba fácilmente, pero no era imposible.

Al principio, Marco trataba de evitar aquellas reuniones informales entre nosotros.

Consideraba que su cargo exigía atención constante, y no le faltaba razón.

Pero ¿para qué servían entonces las decenas de soldados apostados a nuestro alrededor, tanto dentro como fuera de la discoteca?

Si no podía sentirme seguro en mi propio local, al que solo se permitía entrar a quienes yo invitaba, ¿dónde iba a estarlo?

Necesitaba distraerme después del largo día que había tenido.

Una vez más habíamos tenido problemas con un envío de droga a Calabria. Aquellos incidentes me quitaban la tranquilidad últimamente: necesitaba descubrir quién era el maledetto[15] que tenía tan poco aprecio por su vida como para meterse en mis negocios.

No había podido supervisar personalmente la entrega porque estaba resolviendo asuntos pendientes de los grandes envíos que haríamos a Estados Unidos a finales de mes.

Pero mis soldados habían capturado en el lugar a varios de los hombres que intentaron tenderles una emboscada y los habían traído para que pudiera conversar con ellos.

En resumen, tuve que recurrir a toda mi creatividad para torturarlos e intentar sacarles algo útil. No conseguí averiguar quién estaba detrás de la orden. Solo sabían que les habían pagado bien y les habían prometido proteger a sus familias si los descubrían.

Cooperaron un poco, claro. El primero empezó a hablar cuando le arranqué un pezón. Con el segundo no fue muy distinto: bastó con tirar de uno de sus dedos hasta separarlo de la mano para que me contara cuanto sabía. Por eso les concedí una muerte rápida en lugar de una lenta y dolorosa.

Por cierto, quienes los habían contratado les habían mentido. Cuando mis soldados fueron a visitar a sus familias para intentar conseguir más información, las encontraron a todas muertas, incluidos los niños. A ellos yo solía dejarlos fuera de mis castigos, por llamarlos de algún modo.