Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Aparté la vista de las bailarinas y presté atención a los detalles de la barra. La iluminación tenue creaba un ambiente cálido y acogedor. Los mostradores eran de mármol pulido y los taburetes tenían cómodos asientos tapizados. Todo resultaba sofisticado y, al mismo tiempo, sugerente.

La pista de baile estaba a pocos metros. Apoyé los codos en la barra y observé a la gente que bailaba animada al ritmo de aquella música enloquecedora.

Movía el cuerpo discretamente mientras esperaba mi cóctel.

En cuanto llegara, iría al centro de la pista para bailar hasta cansarme.

Siempre me había encantado hacerlo. De pequeña incluso había recibido clases de ballet en el colegio, pero, después de la muerte de mi padre, perdí las ganas de continuar.

Aun así, cuando escuchaba el ritmo frenético de una buena canción, no podía evitar seguirlo con el cuerpo.

—Parece que el don vendrá esta noche. Al menos, eso he oído.

—Tuve que contenerme para no poner los ojos en blanco cuando Giana me lo contó—.

Oye, tranquila. Pensé que te interesaría saberlo.

Nunca lo has visto en persona, solo en algunas fotos de los periódicos de Sicilia, y parece bastante...

interesante. Quizá eso te anime un poco con lo de la boda.

Resoplé. Por suerte, mi cóctel llegó en ese momento. Había pensado bebérmelo con calma, pero, después de lo que Giana acababa de decirme, lo apuré en unos pocos tragos. Mi amiga me observó con los ojos abiertos de par en par.

—Esta noche solo quiero ser una chica normal, no un objeto que mi madre piensa entregar al don de la mafia.

Quiero divertirme contigo sin preocuparme por si el dueño del club, que resulta ser el hombre con el que pretenden casarme, viene o no.

No voy a verlo, y mucho menos a hablar con él.

No me interesa. Me mantendré lejos de las zonas VIP para evitar cualquier posibilidad de encontrarlo.

Giana respiró hondo. Parecía avergonzada por haber sacado el tema y me sentí mal por haber sido tan brusca.

—Tienes razón. Esta noche es nuestra. ¡Que se jodan los hombres y sus planes! —Alzó su cóctel, todavía lleno, para brindar. Yo levanté mi copa, aunque ya estaba vacía.

—¡Que se jodan! Y ahora quiero bailar.

Fuimos a la pista y dejé que la música me llevara. Me olvidé de las palizas, de las amenazas y de aquella venganza en la que me habían metido quisiera o no. En ese momento solo era Chiara Caruso, una mujer de mi edad disfrutando de una noche de discoteca con su mejor amiga.

Bailé sola la mayor parte del tiempo, aunque también acepté alguna que otra canción con los chicos que se acercaban.

Cuando notaba que alguno tenía otras intenciones, me alejaba con la excusa de ir a por una bebida.

Alterné los cócteles con vasos de agua porque no quería emborracharme ni acabar con resaca.

Tenía que llegar a casa en condiciones: aún me esperaba subir por la cuerda hasta mi habitación sin hacer ruido. No podía dejarme llevar del todo.

Pasaron las horas y perdí la noción del tiempo. Habíamos vuelto a la pista y sonaba una canción sensual cuando un camarero se me acercó y me ofreció un cóctel que no había pedido. Negué con la cabeza enseguida.

—No he pedido nada... —empecé a decir, pero me interrumpió.

—Es una invitación suya. —Señaló con la cabeza hacia una zona reservada. Allí encontré a un hombre deslumbrante que me miraba con deseo. Esbozó una media sonrisa cargada de intención y alzó un vaso con una bebida de color ámbar, seguramente whisky, a modo de brindis.

Sonreí sin darme cuenta y acepté el cóctel. Era exactamente el mismo que había pedido durante toda la noche. Me sorprendió que hubiera acertado incluso con el sabor que más me gustaba.

Alcé la copa para corresponder a su brindis silencioso y le di las gracias con un gesto de cabeza. El desconocido moreno me respondió del mismo modo.

Sus ojos no se apartaban de los míos. Por más que intenté distraerme, tampoco pude dejar de mirarlo. Con todo el alcohol que llevaba en el cuerpo, empecé a moverme de forma sensual, insinuante, y tomé un sorbo del cóctel sin romper el contacto visual.

El deseo en su mirada era imposible de confundir. Saber que un hombre tan atractivo, que desprendía poder y masculinidad, me miraba de aquella manera me animó a seguir bailando. Porque eso era lo que estaba haciendo: bailar solo para él.

Sabía que no debía hacerlo. Tenía un novio que, en aquel momento, quizá estuviera durmiendo en su casa mientras yo flirteaba con un desconocido.

Pero aparté esa idea. Quería disfrutar de que se hubiera fijado en mí y se hubiera tomado la molestia de enviarme mi bebida favorita, aunque imaginara qué esperaba conseguir aquella noche.

No pensaba llegar tan lejos, pero eso no me impedía dejar que me mirara y me deseara.

La canción terminó y empezó otra mucho más animada. Eso me sacó de aquel estado de ensimismamiento.

Mi amiga se puso a bailar conmigo y empezó a provocarme.

—Es guapísimo, ¿eh? Yo caería de cabeza... —Se echó a reír y acabé riéndome con ella.

—Si no tuviera novio, quién sabe... —Aunque, en el fondo, sabía que ni siquiera en ese caso pasaría la noche con un completo desconocido al que acababa de ver en una discoteca.

Unos minutos después, noté que la gente se apartaba de nosotras. Me extrañó y, al volver la cabeza, vi que se acercaban tres hombres vestidos de negro. Los tres me miraban directamente.

—Buenas noches, señorita. —No respondí; me limité a mirarlo con desconcierto—. El señor Lucchese las invita a usted y a su amiga a tomar algo con él en la zona reservada del club.

Tragué saliva mientras mi mente, enturbiada por el alcohol, empezaba a unir las piezas.

¿Lucchese?

—¿Q-quién? —conseguí preguntar. Necesitaba confirmar que no se trataba de quien pensaba. El hombre señaló la zona reservada y volví a ver al desconocido. Seguía mirándome como un cazador que ya había elegido a su presa. Y esa presa era yo.

Entonces comprendí la mierda que había hecho. El moreno para quien acababa de bailar era nada menos que Matteo Lucchese, el don con quien mi madre quería casarme. Ella me había dado incontables consejos para atraerlo cuando tuviera la oportunidad de conocerlo en persona.

Intenté pensar qué debía hacer. Acercarme a él parecía lo que se esperaba de mí, sobre todo porque pronto se celebraría el baile de las elegidas, en el que mi madre esperaba que nos uniéramos.

Matteo estaba allí, a pocos metros, y quería conocerme y tomar algo conmigo.

No podía presentarse una oportunidad mejor. Pero yo no estaba preparada.

Tampoco podía salir corriendo. Sus guardias me seguían de cerca y me atraparían antes de que diera dos pasos.

—¿Señorita? —El guardia que tenía más cerca reclamó mi atención. Me di cuenta de que aún no había respondido.

—Antes necesito ir al baño. —Tenía que ganar tiempo. Miré a Giana, que me observaba incrédula ahora que también había comprendido lo que ocurría—. Vuelvo enseguida.

Asintió y se quedó donde estaba. Me dirigí a los aseos de mujeres seguida por los perros guardianes del hombre al que odiaba.

Miré de reojo hacia la zona reservada y comprobé que Matteo aún me seguía con la mirada.

Respiré hondo, tratando de ordenar mis pensamientos y decidir si buscaba una forma de escapar o me enfrentaba a él de una vez.

—La esperaremos aquí —dijo el mismo guardia cuando entré en el amplio aseo. Por suerte, la única mujer que había dentro acababa de salir. Empecé a caminar de un lado a otro como un león enjaulado, buscando una salida.

Miré alrededor y descubrí una ventana de cristal en lo alto de la pared. Era grande; quizá pudiera pasar por ella si lograba romperla. No se abría, ya que solo servía para dejar entrar la luz durante el día.

Me mordí el labio, inquieta. No sabía si era mejor arriesgarme a cortarme con los cristales o afrontar mi futuro de una vez. Respiré hondo y busqué la fuerza que me había permitido soportar todo lo que había vivido sin venirme abajo. Entonces supe lo que iba a hacer.